La violencia de la Clase Combativa Propietaria (y sojera)

El cacerolismo, la CCCP argentina, antimarxista pero igual de revoltosa, alega sufrir violencia. Eso justificaría su enojo y, en un momento posterior, la violencia que en consecuencia decidan ejercer. El derecho revolucionario al uso de la fuerza, porque esto es una dictadura. La dictadura más democrática que vio el mundo, pero dictadura el fin. Son algo marxistas, convengamos: alguna vez deben haber leído, pintado con aerosol en alguna pared, aquello de la violencia de arriba que engendra la violencia de abajo. Claro que ellos no se consideran ni se considerarán abajo jamás. El odio les impide filtrar, y entonces dicen cosas como "devuelvan el país" o "no damos más" o "basta a todo". Caldo gordo para la panzada de cualquier psicólogo, sea nac&pop o no: se piensan los legítimos propietarios del país, ellos son los que dan y se hartaron. Basta a todo: las reglas las imponemos nosotros, dicen sin decirlo, pero ni falta hace. De la palabra se encargan los historiadores oficiales.
La mentira es violencia, dicen los de la Corriente Clasista Combativa Propietaria, y citan al INDEC. La corrupción es violencia, dicen, y muchos comulgan como si el Vaticano estuviera libre de ese pecado moderno. Están convencidos de que son ellos, en definitiva, los que mantienen a los "vagos" pagando impuestos. Llevado al extremo, los liberales libertarios piden... bueno, no se muy bien qué piden porque no quieren Estado pero sí quieren que el Estado siga protegiendo sus bienes. Complicado.

Pocas cosas más violentas que nuestra clase propietaria. Históricamente. Mucho del odio al peronismo tiene que ver con la sublevación de la chusma, que antes no osaba discutirles o, menos que menos, mirarlos a los ojos. No te juntes con esta chusma, Quico. Sí, mami. Chusma, chusma, ¡pppddrrrr! Las patas en la fuente y todo eso, ¿no? No. O sí, pero esas son anécdotas que generalizan. Los casos particulares son más difíciles de digerir: duelen más. Anécdotas no faltan en nuestra literatura. Basta leer a David Viñas. El Grupo Aurora debería parir un José Marmol que pintara a los actuales patricios como pedazos de cielo. Aguinis no puede. Martín Fierro reniega de las injusticias que la civilización, esa civilización de los patrones para los patrones (¿Fierro militaría en el MST?), le impone, y pierde a su familia, y se transforma en forajido. Pocas cosas más violentas que nuestra clase propietaria. Cuando el "paro histórico del campo", en 2008, los autos y colectivos que se negaban a colocar el adhesivo "Estoy con el campo argentino" se exponían a consecuencias. Un apoyo compulsivo, digamos. Sin planes sociales como contraprestación. Ni siquiera un bolsón. Con sus impuestos que mantienen a los vagos sobra. Sobra, ¿eh? No me contaron de la violencia que los patrones rurales ejercían en los cortes, yo los ví. Si los medios opositores son adeptos a los psicologismos para explicar el actuar del kirchnerismo, me permitirán uno a mí: la actitud de los campestres que cortaban rutas no era como la de la CCC o cualquier agrupación piquetera cuando cortaban. Éstos últimos, la Tupac, saben que no son propietarios de las rutas que cortan. Los de la CCCP, los patrones rurales, parecían seguros de poseer títulos de propiedad sobre las rutas argentinas, porque la Argentina les debe todo. Dicen tener el pagaré para probarlo.
Así, la violencia ejercida contra los movileros de 678 está justificada. Encuentra su ethos en la historia de las clases patricias, propietarias, clasistas, combativas. Los golpes salvajes, precedidos por insultos, quieren ser explicados por la violencia que el kircherismo ejercería sobre ellos, cuando en realidad responden a una marca de clase, a una tradición, casi. La humillación de quitarle los pantalones, desnudarlo, no tendría sentido si olvidáramos las vejaciones a las que eran sometidas las víctimas durante la última dictadura. Cívico-militar. Fue recién anoche, en el programa, que vi las imágenes de la agresión. No quise hacerlo antes. Sabía que sentiría lo que sentí: que en esa golpiza también me estaban golpeando a mí.