InicioApuntes Y MonografiasNunca deje de creer en la magia... [Capítulo IV]

Nunca deje de creer en la magia... [Capítulo IV]

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CAPÍTULO IV


EL QUE VOLVIÓ A NACER

La sensación de caer al vacío era aterradora, pero a la vez reconfortante. Saber que había salvado mis recuerdos hizo que mi cuerpo se llene de felicidad y tranquilidad.

Esa sensación se desvaneció tan pronto recordé que estaba cayendo en un abismo, y estaba seguro que una vez que llegase al fondo, moriría.
¿Acaso había hecho lo correcto? De todas maneras, hubiese sido mejor olvidar que morir.

Pero ya no había marcha atrás, así que empecé a aferrarme y disfrutar mis recuerdos, en los últimos instantes que me quedaban de vida.
En cualquier momento llegaría al fondo, y…
Ni siquiera quería pensar en lo que me iba a suceder.

Había pasado ya bastante tiempo desde que salté, y la tenue luz de la superficie había desaparecido por completo. Cada vez la sensación de estar cayendo iba disminuyendo, hasta parecer que tan solo estuviese flotando. Solo el viento que rozaba mi cara me hacía acuerdo que seguía descendiendo por el abismo, y que en cualquier momento llegaría al fondo.

Realmente iba a morir, y una vez que esa idea se apodero de mí, me inundo la tristeza. Las lágrimas brotaron naturalmente de mis ojos, y los sollozos no tardaron en dejarse escuchar.
Era la segunda vez que lloraba en mi existencia, y también la última.

Mis lamentos cada vez aumentaban en volumen, hasta que se convirtieron en gritos. Gritaba por ayuda, pero sabía que nadie me escucharía; de alguna manera, hacerlo me hacía sentir mejor.

De pronto, todo cambió, en lugar de seguir cayendo, me detuve. Sentí como si una cuerda que estuviese amarrada a mi torso me estuviese sosteniendo. Acaso alguien me habría escuchado y acudido a mi ayuda. Seguro que sí, era la única manera.

Ahora estaba a salvo, y me vi envuelto en paz y armonía. Yo estaba equivocado, “olvidar o morir” no eran las únicas opciones, pues me sentí más vivo que nunca.

Comencé a escuchar un montón de ruidos que parecían un palpito, un latir, era lo que llamamos el corazón, sentía como por mis venas recorría un mar de amor, de calma, de paz. Sentí como mi cuerpo se estremecía, y a la vez sentía temor a lo desconocido.

Una voz se escuchó, muy parecida a la de las hadas y ninfas, a la de una princesa, que me decía, “Estoy contigo precioso”, y un fuerte zumbido recorrió mi cuerpo enteró, no sabía que pasaba, pero jamás me sentí mas a salvo.

Una cuerda me sostenía y flotaba en un manantial de amor.

En ocasiones escuchaba una voz parecida a la del Gran Roble que me decía “Has cambiado nuestras vidas pequeño ser”.
Millones de caricias y lágrimas pasaban por mi cuerpo, las sentía, y estaba seguro que era mi princesa quien me las daba.
Me llenaba de dicha el saber que no estaba solo

Habían momentos en los que todos los recuerdos venían a mi mente, pero no me daba nostalgia sino me engrandecían, sentía que estaba creciendo a pasos agigantados, pero no sabía por qué.

Estaba a salvo. No morí, ni olvide.

Y llego la hora de salir de este abismo.

Mientras ascendí como halado por la misma cuerda que me salvo, el sitio se iba estrechando cada vez más, hasta que mi cuerpo quedó totalmente apretado.

Este lugar era increíblemente extraño.

Me había lanzado desde un acantilado amplio y abierto, y ahora que volvía a subir, me encontraba apretado por lo que parecían ser unas incomodas paredes que comprimían mi cuerpo.

Esa sensación de no poder moverse me estaba desesperando. Así que continué gritando por ayuda, pataleando y forcejeando por liberarme de esta prisión. Lentamente seguía avanzando cada vez apretándome más, hasta que finalmente pude abrir mis ojos.

Estaba aterrorizado, bañado en lágrimas, y lo único que lograba escuchar eran mis gritos.
Cegado por fuertes luces, y en las manos de pálidos fantasmas, divisé a una hermosa dama que yacía acostada.
Jamás la había visto en mi vida, pero en el momento que la miré, supe que era mi princesa, la que tanto anhelaba conocer.

Intenté presentarme, pero no puede, aún así no hizo falta; tanto yo como ella sabíamos exactamente quiénes éramos.
Jamás me había sentido tan feliz en la vida.
Junto a ella se hallaba un caballero de barba tupida, y con lágrimas en los ojos me miraba con la misma sabiduría del Gran Roble del Edén.

Los blancos fantasmas me llevaron hacia ellos, que ansiosamente me tomaron en sus brazos.

Ellos me llamaron Renato, que de donde vengo significa el que volvió a nacer; y yo simplemente los llamé MAMÁ y PAPÁ.
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