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La vida en un buque de guerra.

Info8/30/2008



El Siglo de las Luces supuso la consagración del navío de línea como una de las creaciones más espléndidas jamás realizadas por el hombre. Ya a finales de la centuria anterior se había adoptado y definido la línea de combate, con duelos artilleros a corta distancia, frente a la línea frontal o clásica que suponía la conclusión del combate al abordaje. La disposición de la artillería en baterías y la formación en línea consistente en agrupar los navíos formando una muralla con los costados implica la construcción de buques más grandes y robustos. Como el acorazado un siglo después, las “murallas de madera” impactaron por el volumen de sus aparejos, sus elegantes castillos de popa y el poder de su potencia de fuego y ejemplares como el Victory (inglés, de 106 cañones), Santísima Trinidad (español, de 118 y el mayor del mundo hasta 1805) figurarán para siempre en los anales más gloriosos de la arquitectura naval.



Sin embargo ¿Cómo transcurría la vida a bordo? ¿Cómo se mantenía la disciplina en travesías que duraban meses o durante los cruentos combates? ¿Y la convivencia y la alimentación? La realidad, más allá de glorias y medallas, no era tan poética.

Un navío constituía el fiel reflejo de la muy estratificada sociedad de la época. El alcázar ocupaba casi la mitad de la cubierta superior y era coto exclusivo de los oficiales, de forma que a ningún marinero corriente se le permitía el acceso, salvo que fuera requerido para ello o para realizar una tarea específica. El capitán y los almirantes ocupaban una espaciosa camareta abierta, con ventanales y balaustradas a popa, acogedora y bien iluminada, pero los oficiales dormían en unas cabinas parecidas a armarios en el comedor de oficiales, mientras que los guardias marinas (entre 20 y 30, según los casos) se apiñaban en un cuarto de 6x3 m en la cubierta de sollado y en otro pequeño espacio situado en la cubierta inferior, un recinto sucio y sórdido por debajo de la línea de flotación. En él los olores de la mantequilla y el queso rancio procedentes del almacén del sobrecargo se mezclaban con el hedor de las sentinas situadas justo debajo de ellos. La mesa del comedor servía también como banco del cirujano, mezclándose las manchas de salsa con las de sangre reseca.



El resto de la dotación, la chusma, se amontonaba en las cubiertas de batería (dos, tres o cuatro, según los buques) y el castillo de proa. Sin intimidad alguna, atestadas y hediondas, cientos de hombre dormían en ellas sobre hamacas que se colgaban justo encima de los cañones. Si eran artilleros pasaban prácticamente cada momento de vigilia junto a las monstruosas piezas de 24 y 32 cm y, por la noche, los que no hacían guardia desplegaban sus hamacas y las colgaban de ganchos fijos a las vigas del techo. De día comían sobre tablas de madera que pendían de dichas vigas y la espalda apoyada contra las mismas.



Las cubiertas eran cerradas, las vigas superiores no sobrepasaban el 1.80m de altura y las únicas ventanas por las que penetraba el aire fresco y la luz natural eran las portas de los cañones. Si hacía mal tiempo, se cerraban dichas portas permaneciendo cientos de hombres encerrados y apiñados en casi total oscuridad. A los pocos días de permanecer en esta situación se amontonaban en la sentina todas las aguas negras del barco produciendo tales emanaciones que el aire, ya de por sí enrarecido, se hacía irrespirable y el buque se convertía en un organismo en estado de putrefacción, donde el individuo más equilibrado podía perder la razón si sobrevivía.

Navío Santísima Trinidad. Detalle del espejo de popa y peineta
El guarda-aguas del extremo de proa de la cubierta inferior servía tanto de rompedor contra el agua que penetraba por los escobenes del ancla como de jaula para los animales vivos que se transportaban a bordo con el fin de nutrir de carne fresca a la oficialidad. Vacas, cabras y ovejas estaban seguramente encerrados, pero los pollos, patos y cerdos a menudo lograban escapar del guarda-aguas y pululaban por la cubierta, llenándola de inmundicias. Como instalación sanitaria se utilizaban cajas abiertas que se descargaban al mar por la proa. Esta era también el emplazamiento de la pasarela de los marineros, un puesto de vigilancia en donde se colocaban los guardias cuando el buque recalaba en puerto, con orden de disparar a cualquiera que intentara escabullirse por los costados del barco.

Las comidas calientes se preparaban en un enorme hornillo alimentado por carbón capaz de asar un cerdo entero en su espetón de 2m y sacar 40 Kg de galleta en una sola horneada. En su caperuza de palo había un condensador de cobre que producía unos seis cuartos de agua destilada al día para el médico de a bordo.

Por lo general, la dieta consistía en pescado y carnes saladas, legumbres, galletas y, en ocasiones, mantequilla y queso. En teoría, porque tras las primeras semanas de travesía los víveres se corrompían, surgiendo toda una colonia de parásitos que era imposible separar de los alimentos. La carne curada, por ejemplo, aunque de calidad miserable, resultaba en principio nutritiva y no del todo desagradable hasta que se tornaba tan dura que se podía tallar en baratijas de color caoba. El queso se infestaba de largos y rojos gusanos y lo mismo ocurría con las galletas. Los gusanos no frenaban a un marinero hambriento, de hecho eran recibidos con cierto alivio, sobre todo en las primeras fases de descomposición. Pero más adelante, cuando los gorgojos se apoderaban de ellas, las galletas se convertían en polvo y perdían todo su valor nutritivo.

Llegados hasta este punto, los hombres se comían las ratas del barco. Eran conocidas como “molineras” debido a la capa blanca que se les pegaba encima por pasar mucho tiempo en la harina. Una rata grande y bien despellejada constituía un artículo muy apreciado. Mientras tanto, a la oficialidad se le ofrecía cerdo recién cortado acompañado de buenos vinos.

En la Marina británica se hizo muy popular el “grog”, una ración de ron que se le proporcionaba dos veces al día a la tripulación, así llamada por la capa de gorgorán (grog) usada por el almirante Edward Vernon, quien en 1740 ideó la fórmula de tres partes de agua y una de ron. La combinación era fuerte y conducía al bebedor al borde de una feliz ebriedad, de ahí el dicho de quedarse “groggy”.

Un día rutinario en el mar comenzaba al amanecer. Con el sonido de la gaita del contramaestre y a voz en grito sus subordinados recorrían las cubiertas inferiores y golpeaban con cuerdas anudadas a los durmientes en las hamacas. Los marineros que no se levantaban en el acto eran tirados directamente al suelo. Rápidamente los hombres se vestían, aseguraban sus hamacas y subían a cubierta. Una vez arriba, los hombres trabajaban en el lavado de las cubiertas y pulían la superficie con “piedras benditas”, así llamadas porque la más pequeña de esas piedras de lijar tenía el tamaño de un libro de oraciones.




Navío Santísima Trinidad.
Detalle jardín de estribor
La cubierta se rociaba con arena, lo cual ayuda a limpiar la superficie pero también cortaba las rodillas de los hombres que se arremangaban los pantalones para preservar las preciadas ropas, por otro lado escasas y livianas, hasta el punto de que el marinero tipo pasaba la mayor parte del día desnudo de cuerpo para arriba y descalzo con el fin de sentirse más cómodo para subir y bajar de los obenques, levar anclas, etc.

A las 6.00h, la gaita sonaba de nuevo anunciado la primera comida de la dotación, lo que los británicos denominaban “burgu”, una pasta de agua y gachas que acompañaban con café escocés, un brebaje amargo hecho de bizcocho disuelto en agua caliente.

Las guardias nocturnas eran durísimas, sobre todo cuando hacía mar gruesa. Duraban cuatro horas, desde las 20.00h hasta la medianoche y así sucesivamente y podrían resultar insufribles para hombres vestidos tan solo con ropa de lona y algodón, ya que no se disponía de abrigos protectores. Un castigo frecuente que se imponía a los jóvenes guardiamarinas, por lo general adolescentes inexpertos de buena familia, era exiliarles durante horas en el tope del mástil, algo que con mala climatología podía resultar terrible.

Con lo ya apuntado no es de extrañar que los hombres sucumbieran rápidamente víctimas de enfermedades (escorbuto, fiebre amarilla) que se propagaban con extraordinaria rapidez, diezmando las dotaciones y convirtiendo el buque en un foco de infección, de modo que cuando hacía escala en puerto el pánico se extendía por la población costera. En estos casos, se hacían ondear banderas de señales para indicar que la embarcación se encontraba en cuarentena. Incluso en circunstancias normales, al grueso de la marinería jamás se le permitía trasladarse a tierra firme para evitar deserciones en masa, de manera que la diversión en forma de mujeres y ron era transportada a bordo, y no a la inversa, y en estas ocasiones los puentes se transformaban en tabernas improvisadas donde hombres y mujeres copulaban, se emborrachaban y danzaban a toque de violín y gaita.

Habitualmente cada buque contaba con un médico-cirujano. Como mesa de operaciones utilizaban la mesa del comedor de los guardiamarinas, en donde colocaba sus sierras, hojas y torniquetes. En tiempos de guerra el remedio milagroso para todas las heridas era la amputación, de modo que al lado de la mesa se colocaba un barril para arrojar los miembros amputados y un brasero en donde se calentaba el instrumental para reducir el shock del acero frío. Como anestésico se empleaba ron de alta graduación, si se podía disponer de él. Aún con todo, la proporción de muertos o heridos en combate resultaba inferior a las causadas por las durísimas condiciones de vida, de modo que la perspectiva de servir en la Marina resultaba realmente terrible y tan solo unos pocos se sentían atraídos por propia voluntad por los carteles de reclutamiento y los sueños de gloria en el mar.

El alistamiento se realizaba casi siempre a la fuerza (hot press), a base de bandas de enrolamiento que recorrían las ciudades portuarias llevándose a casi todos los hombres útiles que encontraban, marineros o no, convirtiéndose en una indiscriminada caza del hombre. Ante el rumor de una nueva leva, las poblaciones costeras se quedaban desiertas, hasta el punto de levantar airadas protestas por parte de los propietarios de buques mercantes, que veían como se enganchaba a tripulaciones enteras. La falta de personal para nutrir los buques llegó a ser seria en España (con desastrosas consecuencias en los enfrentamientos de San Vicente (1799) y Trafalgar (1805), y en la Francia revolucionaria, teniéndose que recurrir no pocas veces a vagabundos, pordioseros y conscriptos que huían de la miseria de la vida en tierra para llegar a un mundo no menos despiadado y cruel.

Para moldear esta amalgama variopinta, la disciplina era feroz y los castigos se encontraban a la orden del día. Por un delito menor, como un exceso de maldiciones, al culpable se le ponían grilletes y era expuesto en la cubierta superior. Se le mantenía en postura sentada con las manos atadas a la espalda y permanecía así hasta que el capitán lo liberaba..

Los azotes merecen especial atención. Se convocaba a toda la tripulación a las 11.00h, hora tradicional de castigo, para contemplar el edificante espectáculo y ante los oficiales se plantaba el maestre de armas, varios robustos maestres y, vigilado por una pareja de cabos de mar, el esposado marinero que iba a ser castigado. El capitán le preguntaba si tenía algo que alegar en su favor: por lo general este callaba y entonces el capitán ordenaba desnudarlo y sujetarlo a un par de anillas. Luego se leía el pasaje correspondiente de las ordenanzas mientras todos los presentes se quitaban el sombrero.

Finalmente, con permiso del capitán, el maestre sacaba el látigo de nueve colas y comenzaban los azotes, golpeando con todas sus fuerzas. Después de una docena de latigazos, el maestre era sustituido por un segundo maestre para asegurar la eficacia del castigo. El capitán podía ordenar hasta 100 latigazos. Muchos hombres no sobrevivían.



F: http://www.lilliputmodel.com/articulos/alarcon/vida_buque_guerra/vida_buque_guerra.htm

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