Grandes maestros.
Los grandes científicos no tienen por qué ser grandes profesores. La historia está plagada de buenísimos científicos que eran pésimos como maestros. Pero no me refiero a maestros como los clásicos profesores en la tarima, sino maestros tanto dentro como fuera de las aulas, en estrecha relación personal con los alumnos, en los paseos, bares, reuniones. La historia de hoy habla algunos de ellos.
Uno de los más destacados fue Niels Bohr. Prefería enseñar en conversaciones privadas que no en clases formales. Al estudiante que venía al gabinete de Bohr le eran formuladas agudas preguntas sobre su investigación y se veía embarcado en una animada charla. No había críticas. Se reunían para aprender juntos y se daban cuenta de lo mucho que valía Bohr cuando conversaban con él. Si alguien le presentaba un nuevo trabajo su primer juicio solía ser: “¡Magnífico!”. Pero sólo los novatos caían en la trampa y creían triunfar demasiado pronto.
Quien conociera a Bohr algo mejor sabía, por ejemplo, que las palabras “very, very interesting” pronunciadas con una ligera sonrisa como de disculpa después de la conferencia de un joven discípulo, en realidad eran un juicio sumamente negativo.
Preguntando, hablando sólo a ratos o callando algunos minutos el gran pensador conseguía que el joven físico, que le había pedido consejo, llegara por sí mismo a darse cuenta que quizá en efecto su trabajo no estaba bien meditado. Una conversación de este tipo podía durar horas y prolongarse hasta bien entrada la noche. De vez en cuando, silenciosa y desapercibidamente, entraba la señora Bohr. Sin decir palabra, con una simple sonrisa en los labios, les servía un plato de sabrosos bocadillos y unas cuantas cajas de cerillas para que el maestro pudiera encender su pipa que se estaba apagando constantemente.
Y es que Bohr siempre tenía una pipa que eternamente procuraba mantener encendida. Le era imposible hablar y al mismo tiempo volverla a encender. Se pasaba buena parte del tiempo teniendo en la mano un fósforo que se iba consumiendo hasta los dedos y en el instante justo era arrojado de la mano. Quienes hablaban con él miraban fascinados todo ese espectáculo (al lado del asiento de Bohr se amontonaban los fósforos y al acabar, el gran hombre se ponía a gatas y recogía todo aquello).
Por fin el discípulo empezaba no sólo a descubrir las faltas de su trabajo sino incluso a criticarlas duramente. Entonces Bohr le frenaba advirtiéndole que no lo desechara todo, porque incluso en el error siempre hay algo aprovechable (dicen que los progresos de Bohr eran obtenidos “cometiendo todos los errores posibles; el punto decisivo era cometerlos rápidamente y aprender gracias a ellos”).
Gracias a esas discusiones el estudiante acababa conociendo íntimamente a Bohr. Hablando precisamente de esos jóvenes, Léon Rosenfeld (1904-1974, quien acuñó la palabra leptón) dijo una vez:
Vienen buscando al científico y encuentran al hombre, en el pleno sentido de la palabra.
No es de extrañar que de su círculo salieran tantos y tan grandes científicos. Casi todos los discípulos que pasaron por las manos de Bohr fueron Premios Nobel, directores de importantes instituciones o hicieron grandes contribuciones a la ciencia.
Y es que cuando hay algún buen profesor en algún lugar, los resultados pueden medirse en el éxito de sus alumnos. Un ejemplo menos conocido es el del barón Eötvös. Para empezar fue pionero de la ortografía: ¡dos diéresis!. En la era Eötvös hubo una explosión de genios en Budapest y salieron lumbreras del calibre de Edward Teller, Eugene Wigner, Leo Szilard y John von Neumann. Muchos observadores de la época pensaban que Budapest había sido colonizada por marcianos para controlar el planeta.
No, no era una invasión de marcianos. Lo que pasa es que había un gran profesor.
Otro gran físico y gran maestro fue J.J. Thomson, descubridor del electrón y premio Nobel de Física en 1906. Siete físicos que fueron ayudantes suyos recibieron posteriormente un Nobel, incluido su hijo G.J. Thomson. Fue muy apreciado como maestro, guía y director de departamento.
Como ya dije, no deja de ser gracioso que J.J. (el padre) recibiera el premio Nobel por probar que el electrón era una partícula y, 31 años después, G.J. (el hijo) recibiera el mismo premio por demostrar que el electrón era una onda.
Uno de sus estudiantes, Max Born (1882-1970), premio Nobel de Física en 1954 y catedrático de Física de Edimburgo, a la muerte de J.J., recordaba:
Fue el nombre del profesor J.J. Thomson el que me llevó a Cambridge en 1906 (…) Más de quince años después, en una visita a Cambridge me encontré al hijo de Thomson, que me llevó al Cavendish, al sótano, donde J.J. estaba trabajando rodeado de las habituales y complicadas estructuras de aparatos, tubos de vidrio y cables. Fui presentado:
- Padre, aquí está un antiguo discípulo tuyo que estudió contigo hace años …
La cabeza gris, inclinada sobre un tubo de vacío que brillaba, se levantó durante un minuto:
- ¡Qué tal! Ahora, mire aquí, este es el espectro de …
y al momento estábamos inmersos en el ámbito de la investigación, olvidando el abismo de años, guerra y posguerra, que había entre este reencuentro y la época en que nos conocimos por primera vez. Así era Thomson en el Cavendish: la ciencia personificada.
Incluso Rutherford, que no era precisamente un ejemplo de modestia, le tenía muchísimo respeto, tanto al padre como al hijo. En cierta ocasión, un físico llamado Francis William Aston (1877-1945), premio Nobel de Química en 1922 e inventor del espectrógrafo de masas, se quejaba de que Thomson no creería la evidencia a favor de un nuevo isótopo, a lo que Rutherford le contestó que en realidad debería estar agradecido y añadió:
- Si Thomson la creyera, el chaval te la habría birlado.
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Fuentes:
“La partícula divina”, Leon Lederman
“Historia de la Ciencia”, John Gribbin
“Eurekas y Euforias”, Walter Gratzer
“De la fisión del átomo a la bomba de hidrógeno”, Otto von Frisch
“Los creadores de la nueva física”, Barbara Lovet Cline
“Los cazadores de partículas”, Yuval Ne’eman y Yoram Kirsh
Los grandes científicos no tienen por qué ser grandes profesores. La historia está plagada de buenísimos científicos que eran pésimos como maestros. Pero no me refiero a maestros como los clásicos profesores en la tarima, sino maestros tanto dentro como fuera de las aulas, en estrecha relación personal con los alumnos, en los paseos, bares, reuniones. La historia de hoy habla algunos de ellos.
Uno de los más destacados fue Niels Bohr. Prefería enseñar en conversaciones privadas que no en clases formales. Al estudiante que venía al gabinete de Bohr le eran formuladas agudas preguntas sobre su investigación y se veía embarcado en una animada charla. No había críticas. Se reunían para aprender juntos y se daban cuenta de lo mucho que valía Bohr cuando conversaban con él. Si alguien le presentaba un nuevo trabajo su primer juicio solía ser: “¡Magnífico!”. Pero sólo los novatos caían en la trampa y creían triunfar demasiado pronto.
Quien conociera a Bohr algo mejor sabía, por ejemplo, que las palabras “very, very interesting” pronunciadas con una ligera sonrisa como de disculpa después de la conferencia de un joven discípulo, en realidad eran un juicio sumamente negativo.
Preguntando, hablando sólo a ratos o callando algunos minutos el gran pensador conseguía que el joven físico, que le había pedido consejo, llegara por sí mismo a darse cuenta que quizá en efecto su trabajo no estaba bien meditado. Una conversación de este tipo podía durar horas y prolongarse hasta bien entrada la noche. De vez en cuando, silenciosa y desapercibidamente, entraba la señora Bohr. Sin decir palabra, con una simple sonrisa en los labios, les servía un plato de sabrosos bocadillos y unas cuantas cajas de cerillas para que el maestro pudiera encender su pipa que se estaba apagando constantemente.
Y es que Bohr siempre tenía una pipa que eternamente procuraba mantener encendida. Le era imposible hablar y al mismo tiempo volverla a encender. Se pasaba buena parte del tiempo teniendo en la mano un fósforo que se iba consumiendo hasta los dedos y en el instante justo era arrojado de la mano. Quienes hablaban con él miraban fascinados todo ese espectáculo (al lado del asiento de Bohr se amontonaban los fósforos y al acabar, el gran hombre se ponía a gatas y recogía todo aquello).
Por fin el discípulo empezaba no sólo a descubrir las faltas de su trabajo sino incluso a criticarlas duramente. Entonces Bohr le frenaba advirtiéndole que no lo desechara todo, porque incluso en el error siempre hay algo aprovechable (dicen que los progresos de Bohr eran obtenidos “cometiendo todos los errores posibles; el punto decisivo era cometerlos rápidamente y aprender gracias a ellos”).
Gracias a esas discusiones el estudiante acababa conociendo íntimamente a Bohr. Hablando precisamente de esos jóvenes, Léon Rosenfeld (1904-1974, quien acuñó la palabra leptón) dijo una vez:
Vienen buscando al científico y encuentran al hombre, en el pleno sentido de la palabra.
No es de extrañar que de su círculo salieran tantos y tan grandes científicos. Casi todos los discípulos que pasaron por las manos de Bohr fueron Premios Nobel, directores de importantes instituciones o hicieron grandes contribuciones a la ciencia.
Y es que cuando hay algún buen profesor en algún lugar, los resultados pueden medirse en el éxito de sus alumnos. Un ejemplo menos conocido es el del barón Eötvös. Para empezar fue pionero de la ortografía: ¡dos diéresis!. En la era Eötvös hubo una explosión de genios en Budapest y salieron lumbreras del calibre de Edward Teller, Eugene Wigner, Leo Szilard y John von Neumann. Muchos observadores de la época pensaban que Budapest había sido colonizada por marcianos para controlar el planeta.
No, no era una invasión de marcianos. Lo que pasa es que había un gran profesor.
Otro gran físico y gran maestro fue J.J. Thomson, descubridor del electrón y premio Nobel de Física en 1906. Siete físicos que fueron ayudantes suyos recibieron posteriormente un Nobel, incluido su hijo G.J. Thomson. Fue muy apreciado como maestro, guía y director de departamento.
Como ya dije, no deja de ser gracioso que J.J. (el padre) recibiera el premio Nobel por probar que el electrón era una partícula y, 31 años después, G.J. (el hijo) recibiera el mismo premio por demostrar que el electrón era una onda.
Uno de sus estudiantes, Max Born (1882-1970), premio Nobel de Física en 1954 y catedrático de Física de Edimburgo, a la muerte de J.J., recordaba:
Fue el nombre del profesor J.J. Thomson el que me llevó a Cambridge en 1906 (…) Más de quince años después, en una visita a Cambridge me encontré al hijo de Thomson, que me llevó al Cavendish, al sótano, donde J.J. estaba trabajando rodeado de las habituales y complicadas estructuras de aparatos, tubos de vidrio y cables. Fui presentado:
- Padre, aquí está un antiguo discípulo tuyo que estudió contigo hace años …
La cabeza gris, inclinada sobre un tubo de vacío que brillaba, se levantó durante un minuto:
- ¡Qué tal! Ahora, mire aquí, este es el espectro de …
y al momento estábamos inmersos en el ámbito de la investigación, olvidando el abismo de años, guerra y posguerra, que había entre este reencuentro y la época en que nos conocimos por primera vez. Así era Thomson en el Cavendish: la ciencia personificada.
Incluso Rutherford, que no era precisamente un ejemplo de modestia, le tenía muchísimo respeto, tanto al padre como al hijo. En cierta ocasión, un físico llamado Francis William Aston (1877-1945), premio Nobel de Química en 1922 e inventor del espectrógrafo de masas, se quejaba de que Thomson no creería la evidencia a favor de un nuevo isótopo, a lo que Rutherford le contestó que en realidad debería estar agradecido y añadió:
- Si Thomson la creyera, el chaval te la habría birlado.
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Fuentes:
“La partícula divina”, Leon Lederman
“Historia de la Ciencia”, John Gribbin
“Eurekas y Euforias”, Walter Gratzer
“De la fisión del átomo a la bomba de hidrógeno”, Otto von Frisch
“Los creadores de la nueva física”, Barbara Lovet Cline
“Los cazadores de partículas”, Yuval Ne’eman y Yoram Kirsh