InicioApuntes Y MonografiasEl Egoismo Capitalista
Este sistema que nos vuelve Egoistas hacia los mas necesitados



Egoísmo y cooperación son caras de una misma moneda. Los dos aspectos conforman el tira y afloja de la naturaleza salvaje y de la cultura humana. Su relación es dialéctica: ambos conceptos se modifican constantemente. Ahora vamos a detenernos en el egoísmo, tal vez la sustancia más relevante que da sentido profundo al sistema capitalista.

Pura necesidad, dolor y placer

Los seres humanos somos egoístas, aunque no termine aquí nuestra complejidad constitutiva. Millones de años de evolución nos permiten partir de esta hipótesis como premisa fundamental de trabajo, si bien solo es una faceta esencial más del ser humano. El ser humano no es algo conformado definitivamente sino dialéctica pura, nunca está acabado porque siempre se está actualizando de modo automático en interacción con el medio. El ser humano es movimiento, sin más atributos.

En el siglo XVI, el pensador inglés Thomas Hobbes, observando cómo funcionaba la naturaleza, pudo pronunciar la famosa frase de que el hombre es un lobo para el hombre. La naturaleza se regía por la máxima de una guerra total de todos contra todos. En el reino salvaje no existía la libertad: todo era pura necesidad y egoísmo. La naturaleza, a la que pertenece el ser humano, no albergaba ética alguna, lo bueno y lo malo no tenían cabida en ella.

Probablemente, Hobbes hablaba de meras intuiciones ya que la ciencia estaba en aquella época muy poco avanzada, precisando de fijezas incontrovertibles para avanzar mediante instrumentos de pensamiento que permitieran el dominio de la complejidad social. Sin embargo, a pesar de que sus observaciones de la realidad eran poco profundas y con escasa base empírica, muchas cosas resultaban evidentes: en estado salvaje, los animales, también los seres humanos, eran territoriales, marcaban una zona para sí mismos e incluso para aparearse se veían obligados a competir para hacerse con las mejores hembras y transmitir su información genética a los generaciones sucesivas.



De esas primeras miradas se desprenden algunas cuestiones muy importantes: vivir es una lid a muerte con los otros para salir adelante, esto es, para sobrevivir. Los más aptos alcanzaban su éxito a base de fuerza bruta alimentada por una incipiente inteligencia práctica. Ese fue el estado natural durante millones de años.

Utilitarismo egoísta: buscamos la felicidad

Las teorías de Hobbes subieron un peldaño intelectual en su elaboración práctica con los también filósofos ingleses de finales del siglo XVIII y principios del XIX, Jeremy Bentham y John Stuart Mill. Con ellos el utilitarismo dio un paso de gigante.

Bentham dijo que el ser humano (igualmente podría aplicarse a otras criaturas de la naturaleza) siempre responde y adapta su conducta a dos estímulos o principios básicos: el dolor o el placer, o mejor expresado, procuran evitar el dolor y dotarse de experiencias placenteras. Por tanto, dedujo que el ser humano busca lo útil de forma egoísta, esto es, lo que le produce sensaciones placenteras.

Stuart Mill siguió el pensamiento de su maestro, pero introdujo matizaciones muy interesantes. Sin estar en desacuerdo con su predecesor, él unificó el doble principio placer-dolor en uno solo: la felicidad. El ser humano adapta su conducta a ese fin: ser feliz. Siempre actúa con vistas a esa meta finalista, pero el ser humano sabe que vive en comunidad con otros individuos que persiguen idéntica meta egoísta: realizar su propia felicidad. Según Stuart Mill, esa conciencia comunitaria le lleva a ser pragmático: si la sociedad en su totalidad es feliz yo también lo seré. El individuo egoísta trabaja por el conjunto porque ello es bueno para él mismo. Se trata de una cooperación egoísta, utilitarista, no altruista ni desinteresada.

Darwin: sobreviven los más fuertes, sistema capitalista, guerras del siglo XX

De alguna manera, con los utilitaristas ya salimos del estado de naturaleza para entrar en un escalón superior: la cultura humana en toda la extensión que conlleva la misma.

Con el naturalista inglés Charles Darwin y su revolucionaria teoría de la evolución de todos los seres vivos a partir de un antepasado común entramos en un capítulo decisivo de la historia de la ciencia. Estamos en pleno siglo XIX. Con él se demuestra fehacientemente que la vida es lucha constante por sobrevivir mediante la adaptación al medio. Solo los más aptos y flexibles a los cambios serán capaces de conseguir la supervivencia.

La irrupción del capitalismo en la historia humana abre nuevos horizontes al egoísmo, si bien adopta formas muy diversas y sofisticadas. El ser humano ha dejado hace ya muchísimo tiempo de ser nómada, ahora es sedentario porque busca la estabilidad en un lugar concreto. Vivir en sociedad resulta más complejo, en la guerra de todos contra todos sería muy complicado sobrevivir, habitaríamos un mundo inseguro e inestable, en continúa alerta ante las amenazas de una convivencia precaria, situación poco propicia para el desarrollo pacífico y el progreso económico.

La regla de oro de la competitividad salvaje se va modificando sucesivamente. La sociedad hay que hacerla más dulce y cálida mediante leyes no escritas (costumbre de cooperación) y normas más o menos estrictas que mitiguen los daños colaterales de una lucha a campo abierto y sin cuartel. Se pretende con ello suavizar las leyes de la selva y minimizar los efectos nocivos de la jungla de asfalto en la que actualmente vivimos.

A pesar de la complejidad de las relaciones sociales de hoy, el egoísmo sigue siendo la nota predominante en la conducta de los seres humanos. Las luchas y guerras por doquier están ahí para demostrarlo de modo más que convincente. El siglo XX ha sido el más cruento en la historia de la Humanidad: este hecho es irrefutable. Todos los conflictos bélicos buscan el dominio de unos sobre otros por acaparar recursos naturales, económicos o energéticos aunque se tiñan de guerras políticas, ideológicas o de religión. Bajo esas excusas siempre late un egoísmo feroz.

Yo, nosotros, el mercado laboral y el éxito

Podríamos resumir las tendencias naturales egoístas en cuatro apartados básicos:

Primero yo y luego los demás. Es la regla básica del egoísmo puro. Richard Dawkins, zoólogo inglés contemporáneo viene a apuntalar esta idea fundamental siguiendo los patrones de Darwin aunque ligeramente modificados. En su opinión, el egoísmo no reside en el individuo considerado como un todo sino en la unidad básica de información que nos constituye: el gen, gen egoísta que busca de modo automático su preeminencia en cualquier organismo vivo. Ese gen quiere vivir a toda costa sin importarle donde: solo sabe que quiere vivir, no se hace ninguna pregunta ética al respecto. Bien es cierto que Dawkins también introduce un matiz muy relevante de carácter ambiental: los memes, que serían unos genes culturales que se irían adaptando al medio social en función de su éxito reproductivo por contacto con otras generaciones.

Nosotros y los otros. El egoísmo ha ido buscando su mejor acomodo en el devenir de las transformaciones sociales según iban surgiendo unidades de convivencia más amplias: la familia, la tribu, los clanes, las naciones… Los otros juegan el papel del rival o adversario individual. Nosotros y los otros se han ido conformando a partir de lazos de sangre, lenguas comunes, creencias e historias compartidas e intereses económicos concretos. Los nacionalismos extremos son la exacerbación del nosotros frente a un otros diferente casi en términos absolutos. De ese nacionalismo radical nacieron, en gran medida, el nazismo y otros fascismos históricos. Las experiencias comunistas y socialistas han fracasado porque el egoísmo radical alentado por la ideología consumista ha minado sus buenos propósitos, entre otros factores de índole muy diversa.

Competencia laboral. Hoy, el sustento para sobrevivir solo es posible acudiendo al mercado de trabajo, donde los puestos ofrecidos son muy pocos y la competencia es muy acusada. Todos competimos con todos de mil maneras por acceder a ese bien tan precario en la actualidad.

Estatus social. Se trata de un ámbito más abstracto. Mediante la emulación y el egoísmo todos ansiamos ganar, alcanzar el éxito absoluto. Las competiciones deportivas y los concursos de todo tipo incentivan ese proceso: competir para ganar estatus y reconocimiento social. El consumismo desmesurado es asimismo una manera de ganar más estatus simbólico.

Presente: guerras locales y conflictos globales

Detengámonos en la actualidad. ¿Qué vemos a simple vista? Lucha entre bloques antagónicos (Unión Europea, Estados Unidos, Oriente Medio, China…), luchas entre naciones (Israel y Palestina, guerras en África…), luchas étnicas (tutsis y hutus, negros y blancos, indígenas o arios y mestizos o mulatos…), luchas religiosas (musulmanes y cristianos, católicos y protestantes, animistas y monoteístas…), luchas entre empresas capitalistas por ganar mercados nuevos (Pepsi y Coca Cola, marcas de automóviles asiáticas contra firmas europeas y estadounidenses, Microsoft versus Apple…), luchas sociales (inmigrantes y nacionales…) y atravesando todas esas guerras locales, regionales e internacionales la lucha de clases capitalista teorizada por el filósofo alemán Karl Marx en el siglo XIX. ¿Cómo se llama el egoísmo en el régimen capitalista que habitamos hoy en día? Pues tiene nombre aunque completamente oculto en las complejas relaciones actuales. Se llama plusvalía y no es más que la cristalización de un robo institucionalizado y legal por el que la clase explotadora empresarial se apropia de una parte del trabajo de los asalariados, formando con ella el capital suficiente para que el capitalismo siga funcionando, mal o menos mal, en el sistema de producción en vigor. La plusvalía es una forma de egoísmo moderno solapada o escondida mediante mensajes ideológicos de los medios de comunicación y la publicidad. ¿No es egoísmo apropiarse de lo ajeno se haga o no con violencia física o a través de entramados legales que legitiman tal práctica?

El gen egoísta puede salvarnos de la destrucción total

El egoísmo intrínseco del ser humano ha sido transformado con el paso del tiempo. Tiene una capacidad de adaptación asombrosa pero continúa siendo el motor esencial de la historia humana. Hoy, las necesidades primarias de sustento y supervivencia se han convertido en miles de deseos superfluos e inmediatos: la necesidad originaria se ha transmutado en imperiosa compulsión consumista. En el futuro, dos pruebas indicarán qué porvenir tiene el egoísmo puro y duro: los recursos limitados de nuestro planeta y las decisiones políticas que se llevarán a la práctica para distribuir la riqueza de modo más equitativo entre todos los habitantes de la Tierra. ¿Podemos corregir en positivo esa tendencia imparable que nos hace a todos egoístas por naturaleza? La historia dice que sí, pero los tiempos de crisis no permiten ser demasiado optimistas al respecto. Las armas nucleares de destrucción masiva están ahí para recordarnos que todo es posible, aunque precisamente un egoísmo atemperado pueda salvarnos de la catástrofe total: el egoísmo nos invita a vivir, al placer, a la felicidad, a trasladar nuestros genes a las nuevas generaciones… Ese egoísmo bien entendido, valga la paradoja, puede servirnos para no apretar el botón nuclear y que todo acabe en un suspiro. El mandatario que active ese botón tan peculiar tampoco sobreviviría para contarlo, así pues, según Dawkins, no existe, al parecer, ningún gen programado para suicidarse, todos quieren vivir. Confiemos, por tanto, en el gen egoísta que todos llevamos dentro. En el fondo, parece ser que ese egoísmo determinista también encierra en sí mismo la clave para aproximarnos al otro y cooperar mano a mano por el bien común. Todo movimiento es confrontación, diálogo de contrarios, fuerzas que se oponen para lograr objetivos colectivos.

El egoísmo institucionalizado capitalista exacerba este concepto en detrimento de la cooperación pacífica. Lo hace así porque es útil a la clase propietaria que obtiene los mayores beneficios y provecho del sistema económico. Helvétius, filósofo materialista francés del siglo XVII, venía a decir que por absurdas que parezcan algunas decisiones políticas y sociales, todas siguen el criterio del interés propio. Por tanto, el interés y la utilidad rigen los pasos de todo acontecer humano. Lo útil entendido como elemento necesario para reproducir el estatus vigente no desde un punto de vista ético o moral. El problema reside en que ese interés social, político e ideológico no representa en el régimen capitalista al conjunto de los ciudadanos, únicamente a la parte que rige los destinos de la sociedad.

El egoísmo, desde la perspectiva natural, solo sería un afán de persistir en el ser, de sobrevivir a toda costa, pero no en conflicto abierto y permanente con el semejante. La precariedad de cada existencia individual precisa imperiosamente del cuidado del otro, de un diálogo fluido y constante. El sesgo capitalista por el egoísmo en detrimento de la cooperación es inducido, de corte cultural e ideológico. Su interés y utilidad resultan obvios y evidentes: la explotación de la masa trabajadora por unos pocos privilegiados
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