hola taringueros, les dejo la cuarta entrega de mi historia, espero que la lean y les guste, tambien espero que taringa no me borre el post. no soy muy bueno en presentaciones asi que no sé que mas decir, sin mas ni mas les dejo mi historia, espero que les guste, les dejo los enlaces de los 3 capitulos anteriores para los que no la han leido y quieran comenzar a hacerlo. saludos.
CAPITULO 1:
CAPITULO 2:
CAPITULO 3:
AZ1: INFECCIÓN
Estábamos acorralados, presas del pánico, el oficial hacia disparos, las detonaciones eran muy consecutivas, nadie podía hacer nada, ese fue el momento en el que sentí que la muerte pronunciaba mi nombre. No quería ser un maldito monstruo como ellos, quería vivir, y no me iba a dejar morir tan fácilmente.
Todos nos gritábamos entre sí, pero nadie decía algo que realmente sirviera, quizás podíamos haber intentado correr, pero el grupo que nos rodeaba era bastante grande, quizás eran veinte o treinta errantes, no lo sé, no podía contarlos, las matemáticas no eran necesarias en ese instante. En el momento en que me sentía acorralado solo pensaba en que cada uno de ellos, fue alguna vez una persona; me imaginaba a un padre, a un hijo, a una madre, que llevaban una vida normal hasta el día que todo se dio por perdido. ¿Tenían ellos la culpa de su desgracia?
El oficial nos protegía con su cuerpo, disparando a cada una de éstas criaturas, muchas caían al suelo, pero se reincorporaban con facilidad, parecían hechos de acero, inclusive algunos de estos monstruos, venían mutilados, podías ver a errantes sin brazos, sin manos, con los estómagos abiertos, y de hecho se veían algunos sin piernas, pero esto no los detenía, estaban sin piernas pero se arrastraban, su ímpetu asesino podía mas que sus limitaciones, la carne fresca los motivaba, y solo se escuchaban sus quejidos que hacían estremecer el cuerpo.
El sonido de su desesperación era cruel, era despiadado, pedían con sus quejidos comida, pero para nuestra desgracia, nosotros pintábamos para ser el menú del día. De pronto el oficial voltea, nos ve, su rostro era distinto, la sangre hacia que pareciese uno de ellos, sus duros gestos mostraban la verdad de lo que sucedía.
-Me he quedado sin munición, grito desesperado.
Sentí un frío en la espalda al escuchar tan atroz afirmación, le devolví el arma que me había dado.
-Ten usa ésta, no he disparado más,- le contesté.
Le puse el arma en la mano, la tomo y sin pensarlo dos veces comenzó a disparar, cada disparo era tan dibujado, que ya seguía la ruta de cada una de las balas, la sangre coagulada volaba en el aire, parecía una lluvia en la que el liquido eran los fluidos de las criaturas. Mas errantes caían, los pocos tiros no iban a ser suficientes para acabar con todos. Además que el numero de errantes parecía ir en aumento.
El señor que venía con nosotros, levanto un pedazo de acero del suelo, y lo utilizaba como arma contra los errantes que se acercaban. Los golpes eran fuertes, asestaba tan fuerte que era obvio que debían quedarse en el suelo para no reincorporarse, pero lo obvio no funcionaba, estas criaturas, se ponían de pie, y volvían a atacar llenos de rabia. Parecíamos estar en otra dimensión, donde los atacantes eran casi indestructibles.
Tomé su iniciativa y levante un pedazo de fierro del suelo, y como bateador frustrado, comencé a darles a los errantes que nos atacaban, mis brazos se cansaban, me ardían los músculos por el esfuerzo, pero el instinto de supervivencia era mas fuerte. Al oficial se le terminó de nuevo la munición, y viendo lo que hacíamos, recogió un pedazo de madera del suelo y comenzó a golpearlos a todos, golpeaba fuerte, constante hasta que la madera se hizo pedazos, la chica no hacia nada, solo veía y gritaba, quizás el miedo la hacia torpe.
Ya no podíamos mas, el cansancio era demasiado, la respiración era agitada, el dolor de los brazos era muy grande, la fuerza se había terminado, solo nos quedo hacernos para atrás y arrinconarnos como ratas en una jaula sin salida.
Nos pegamos a la pared de un edificio, la cantidad de errantes ya era menor, quizás como ocho, pero no podíamos esquivarlos, ya todos resignados a morir y como los mas cobardes, nos acercábamos unos a otros, lo que habíamos batallado fue en vano, comenzaron a acercarse a nosotros tomándonos de la ropa y jalándonos hacia ellos, nuestra única defensa eran nuestras manos, solo podíamos empujarlos y hacer mas larga nuestra agonía.
Lograron separarnos, dos o tres errantes atacaban a cada uno de nosotros, verlos de cerca era tan devastador; sus ojos eran rojos con las pupilas completamente dilatadas, sus rostros pálidos manchados de sangre, sus labios resecos estaban muy lastimados, en sus dientes guardaban evidencia de su canibalismo, sus lenguas manchadas con sangre coagulada, y sus quejidos tan intimidantes como sus rostros, los harapos que vestían mostraban huellas de lo que habían sufrido antes de ser estas criaturas, su piel tan deteriorada y el maldito olor que emanaba de cada uno de ellos.
A mi me habían tomado dos errantes, su insistencia era demasiada, querían morderme y solo podía empujarlos, me tomaban con mucha fuerza y acercaban sus mandíbulas a mi cuerpo. Recuerdo que peleaba, los empujaba, los pateaba con fuerza, no quería ser uno de ellos o peor aun, convertirme en su alimento.
en mi desesperación enterré mis uñas en los ojos de uno de ellos, pensando que esto haría que se detuviera, las enterré con fuerza y hasta lo mas profundo que pude, pero no sirvió de nada, lo había dejado ciego, pero seguía aferrándose a mi cuerpo con fuerza. En la batalla con ellos, tropecé con algo y caí al suelo, y ellos dos cayeron sobre mí, no podía quitármelos de encima, eran pesados y me habían tomado de la ropa con fuerza, vi a los lados y mis compañeros se encontraban en la misma situación.
Vencido por el miedo, deje de luchar, sabía que iba a ser en vano seguir haciéndolo, estos malditos no me soltarían y solo alargaba mi muerte unos segundos, de pronto escuche disparos, varias detonaciones se escucharon, cuando estaba a punto de rendirme sentí esperanza y escuche en esas detonaciones el sonido de la gloria.
Los errantes sobre mi, seguían en su frenesí asesino, no me soltaban, tenía los ojos cerrados, no quería ver mi realidad y de repente, sentí que caía un liquido sobre mi rostro se escurría sobre mi cuello, los lamentos de los que me habían atrapado habían sido silenciados, sus manos ya no sujetaban con fuerza mi ropa, abrí los ojos lentamente, no sabía que esperar, el liquido que sentía que me caía, era sangre de una de las criaturas, para mi asombro alguien le había cortado parte de la cabeza. Ya no se movían, ni gritaban ni nada, pero el peso sobre mi era bastante.
CAPITULO 1:
CAPITULO 2:
CAPITULO 3:
AZ1: INFECCIÓN
CAPITULO IV
Estábamos acorralados, presas del pánico, el oficial hacia disparos, las detonaciones eran muy consecutivas, nadie podía hacer nada, ese fue el momento en el que sentí que la muerte pronunciaba mi nombre. No quería ser un maldito monstruo como ellos, quería vivir, y no me iba a dejar morir tan fácilmente.
Todos nos gritábamos entre sí, pero nadie decía algo que realmente sirviera, quizás podíamos haber intentado correr, pero el grupo que nos rodeaba era bastante grande, quizás eran veinte o treinta errantes, no lo sé, no podía contarlos, las matemáticas no eran necesarias en ese instante. En el momento en que me sentía acorralado solo pensaba en que cada uno de ellos, fue alguna vez una persona; me imaginaba a un padre, a un hijo, a una madre, que llevaban una vida normal hasta el día que todo se dio por perdido. ¿Tenían ellos la culpa de su desgracia?
El oficial nos protegía con su cuerpo, disparando a cada una de éstas criaturas, muchas caían al suelo, pero se reincorporaban con facilidad, parecían hechos de acero, inclusive algunos de estos monstruos, venían mutilados, podías ver a errantes sin brazos, sin manos, con los estómagos abiertos, y de hecho se veían algunos sin piernas, pero esto no los detenía, estaban sin piernas pero se arrastraban, su ímpetu asesino podía mas que sus limitaciones, la carne fresca los motivaba, y solo se escuchaban sus quejidos que hacían estremecer el cuerpo.
El sonido de su desesperación era cruel, era despiadado, pedían con sus quejidos comida, pero para nuestra desgracia, nosotros pintábamos para ser el menú del día. De pronto el oficial voltea, nos ve, su rostro era distinto, la sangre hacia que pareciese uno de ellos, sus duros gestos mostraban la verdad de lo que sucedía.
-Me he quedado sin munición, grito desesperado.
Sentí un frío en la espalda al escuchar tan atroz afirmación, le devolví el arma que me había dado.
-Ten usa ésta, no he disparado más,- le contesté.
Le puse el arma en la mano, la tomo y sin pensarlo dos veces comenzó a disparar, cada disparo era tan dibujado, que ya seguía la ruta de cada una de las balas, la sangre coagulada volaba en el aire, parecía una lluvia en la que el liquido eran los fluidos de las criaturas. Mas errantes caían, los pocos tiros no iban a ser suficientes para acabar con todos. Además que el numero de errantes parecía ir en aumento.
El señor que venía con nosotros, levanto un pedazo de acero del suelo, y lo utilizaba como arma contra los errantes que se acercaban. Los golpes eran fuertes, asestaba tan fuerte que era obvio que debían quedarse en el suelo para no reincorporarse, pero lo obvio no funcionaba, estas criaturas, se ponían de pie, y volvían a atacar llenos de rabia. Parecíamos estar en otra dimensión, donde los atacantes eran casi indestructibles.
Tomé su iniciativa y levante un pedazo de fierro del suelo, y como bateador frustrado, comencé a darles a los errantes que nos atacaban, mis brazos se cansaban, me ardían los músculos por el esfuerzo, pero el instinto de supervivencia era mas fuerte. Al oficial se le terminó de nuevo la munición, y viendo lo que hacíamos, recogió un pedazo de madera del suelo y comenzó a golpearlos a todos, golpeaba fuerte, constante hasta que la madera se hizo pedazos, la chica no hacia nada, solo veía y gritaba, quizás el miedo la hacia torpe.
Ya no podíamos mas, el cansancio era demasiado, la respiración era agitada, el dolor de los brazos era muy grande, la fuerza se había terminado, solo nos quedo hacernos para atrás y arrinconarnos como ratas en una jaula sin salida.
Nos pegamos a la pared de un edificio, la cantidad de errantes ya era menor, quizás como ocho, pero no podíamos esquivarlos, ya todos resignados a morir y como los mas cobardes, nos acercábamos unos a otros, lo que habíamos batallado fue en vano, comenzaron a acercarse a nosotros tomándonos de la ropa y jalándonos hacia ellos, nuestra única defensa eran nuestras manos, solo podíamos empujarlos y hacer mas larga nuestra agonía.
Lograron separarnos, dos o tres errantes atacaban a cada uno de nosotros, verlos de cerca era tan devastador; sus ojos eran rojos con las pupilas completamente dilatadas, sus rostros pálidos manchados de sangre, sus labios resecos estaban muy lastimados, en sus dientes guardaban evidencia de su canibalismo, sus lenguas manchadas con sangre coagulada, y sus quejidos tan intimidantes como sus rostros, los harapos que vestían mostraban huellas de lo que habían sufrido antes de ser estas criaturas, su piel tan deteriorada y el maldito olor que emanaba de cada uno de ellos.
A mi me habían tomado dos errantes, su insistencia era demasiada, querían morderme y solo podía empujarlos, me tomaban con mucha fuerza y acercaban sus mandíbulas a mi cuerpo. Recuerdo que peleaba, los empujaba, los pateaba con fuerza, no quería ser uno de ellos o peor aun, convertirme en su alimento.
en mi desesperación enterré mis uñas en los ojos de uno de ellos, pensando que esto haría que se detuviera, las enterré con fuerza y hasta lo mas profundo que pude, pero no sirvió de nada, lo había dejado ciego, pero seguía aferrándose a mi cuerpo con fuerza. En la batalla con ellos, tropecé con algo y caí al suelo, y ellos dos cayeron sobre mí, no podía quitármelos de encima, eran pesados y me habían tomado de la ropa con fuerza, vi a los lados y mis compañeros se encontraban en la misma situación.
Vencido por el miedo, deje de luchar, sabía que iba a ser en vano seguir haciéndolo, estos malditos no me soltarían y solo alargaba mi muerte unos segundos, de pronto escuche disparos, varias detonaciones se escucharon, cuando estaba a punto de rendirme sentí esperanza y escuche en esas detonaciones el sonido de la gloria.
Los errantes sobre mi, seguían en su frenesí asesino, no me soltaban, tenía los ojos cerrados, no quería ver mi realidad y de repente, sentí que caía un liquido sobre mi rostro se escurría sobre mi cuello, los lamentos de los que me habían atrapado habían sido silenciados, sus manos ya no sujetaban con fuerza mi ropa, abrí los ojos lentamente, no sabía que esperar, el liquido que sentía que me caía, era sangre de una de las criaturas, para mi asombro alguien le había cortado parte de la cabeza. Ya no se movían, ni gritaban ni nada, pero el peso sobre mi era bastante.