No puede haber mayor compromiso en el campo del saber que el de salvaguardar y proteger el carácter “asombroso” de lo más asombroso contra la acometida del escepticismo y la indolencia, que en última instancia son el fruto de una vida que se encuentra asediada por lo que llamamos “la época del mundo”. Una época nutrida y embotada en la exterioridad y la diversión; cuya artificialidad es incapaz de “ver en un rastro taciturno la belleza que brota por la claridad de su mirada” (Guitton, Jean. El trabajo intelectual. Madrid: Rialp, 2005).


Tal época se halla precedida por una disposición impetuosa e irreverente, “la cual siempre está ávida de fabricar una explicación sobre cualquier cosa ó asunto que resulta entendible para todo el mundo y que luego se lanza al mercado” (Heidegger, Martín. ¿Qué es la filosofía? Barcelona: Herder, 2004).


Las cosas más reales en este mundo son aquellas que no podemos ver.
¿Has visto alguna vez la verdad, la belleza o la amistad? ¿En qué mundo vivimos si solo “es”, lo que es palpable? No tendríamos felicidad, salvo que fuese palpable. Y si fuese así la luz eterna de lo humano que llena el mundo se extinguiría.


El no poder ver o palpar, no es prueba de que esas realidades no estén ahí. Pues de ser así nadie podría concebir o imaginar todas las maravillas que no podemos ver o sentir en este mundo. Qué monótono sería el mundo, si no existiera ningún niño. Pero su existencia es tan cierta como la del amor, la amistad, la generosidad, la alegría. “Los que tú sabes que existen y que dan a tu vida su mayor belleza y alegría” (Church, Francis P. 1897).

El hombre a través de los siglos mediante su poderosa razón ha conquistado y desarmado el mundo, su exploración ha sondeado la inmensidad del cielo, su curiosidad ha llegado hasta los más remotos lugares de nuestro propio cuerpo, su pretensión más aguda: creer que puede entender la vida. El “misterio invisible” que cubre lo humano y la realidad no puede ser desarmado o entendido por el hombre más capaz, ni la sagacidad unida de todos los hombres que hayan existido.


Solo por aquello que es profundamente humano como el amor, la fe, la esperanza; solo por aquello que es expresión de lo profundamente humano, la verdad, la bondad y la belleza pueden correr el velo y ver la profundidad inmensa del misterio, ya que no somos luz, sino que solo vemos lo iluminado por la luz que resplandece con su gloria inexorable. Luz por la cual somos capaces de ver y todo se hace visible.


La respuesta a la pregunta es, sí.
Pero es una respuesta que sigue siendo pregunta. La felicidad consiste en un acto del entendimiento, un conocer, porque todo ser dotado de inteligencia, y ya por ello eminentemente rico, se encuentra también provisto de esa inclinación al bien en cuanto bien que denominamos voluntad, y cuyos frutos naturales son la autonomía en el obrar y el amor, que hacen más densa y sabrosa la cualidad interior de la persona.
Pero es una respuesta que sigue siendo pregunta. La felicidad consiste en un acto del entendimiento, un conocer, porque todo ser dotado de inteligencia, y ya por ello eminentemente rico, se encuentra también provisto de esa inclinación al bien en cuanto bien que denominamos voluntad, y cuyos frutos naturales son la autonomía en el obrar y el amor, que hacen más densa y sabrosa la cualidad interior de la persona.
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La felicidad consiste en “tener”, porque el tener en propiedad se apropia más intensamente en “un poseer”. Poseer superior que es el tener, que consiste en “amar”: la vida feliz, no significa amar lo que se posee, sino poseer lo que se ama (Tomás de Aquino). La posesión de lo amado tiene lugar en un acto de conocimiento, en ver, en mirar, en la contemplación. Todo nuestro premio es ver, ver lo amado. El motivo del ser feliz, por lo tanto no radica en el hecho de que “poseemos” sino en el amor, un acto totalizante del ser personal, por el cual se amplía y planifica el mismo ser personal. “Que todo lo que no se disminuye al darlo no es poseído rectamente si se lo tiene y no se lo da" (San Agustín). La felicidad tiene realmente lugar sólo cuando se alcanza su último fruto, cuando se “da”. En definitiva, los grandes bienes humanos sólo se poseen en comunión.

La temática de la felicidad nos introduce en un ámbito fundamental: el “misterio”, al descubrir que la felicidad consiste en considerar la “felicidad”, no como felicidad, sino en cuanto es real en aquel que es feliz. Dado que el fundamento de la felicidad es la inagotabilidad que emana de la misma realidad personal del hombre. El amor es presencia inexorablemente, interior en nuestra intimidad, por tanto viva presencia, por lo cual poseo aquello que es eminentemente humano y por el cuál abrimos los ojos al mar abierto de la felicidad.


Lic. en filosofía Leonardo C. Godoy.
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Y para vos existe la felicidad?