InicioApuntes Y Monografiasaun crees en la navidad???
esta investigacion la realize en el bachillerato lo que buscaba eran los inicios del concepto de nochebuena. y miren lo que encontre.




Cada año, con la llegada del invierno, millones de cristianos alrededor del mundo se reúnen para festejar una fiesta pagana en honor a un abanico de dioses solares como Apolo, Helios, Amón y Mitra, todos ellos fundidos en el concepto del Sol Invicto de los Romanos; se dan regalos en honor a Saturno, colocan un árbol en recuerdo de los antiguos espíritus de los Druidas, y cuelgan una media con ofrendas al dios Odín, de quien esperan recibir regalos por un año de buen comportamiento. Una hermosa festividad que recoge los simbolismos más importantes de antiguos cultos paganos del Imperio Romano. Aunque casi ningún cristiano lo sepa, nada hay tan plural y ecléctico como la Navidad.
La Navidad para el cristiano no es otra cosa que el festejo del nacimiento de Cristo, aunque en realidad nadie sabe cuándo pudo haber nacido. Eso sí, es muy poco probable que fuera en una fecha tan fría e invernal como el 25 de diciembre, ya que los evangelios hablan de pastores paseando sus animales al aire libre, cosa poco recomendable en el invierno palestino.
No obstante tenemos una fecha, se pone un árbol de navidad, calcetas en las paredes, un nacimiento con heno y musgo y se espera la llegada de Santa Claus. La verdad es que la fecha fue instituida por el Imperio Romano, el árbol es una tradición nórdica muy pagana, el nacimiento nos queda mucho más verde y fértil de lo que es el desierto donde habría nacido Jesús, las calcetas son una ofrenda al Odín germánico, quien a su vez asume el papel de Papa Noel. Toda una combinación de cultos en el festejo del nacimiento del único Dios. ¿Paradójico?, tal vez, pero nada extraño si entendemos la mezcla de cultos y tradiciones que en realidad es el cristianismo.
El Imperio Romano era un mosaico de culturas, y mientras pagaran sus impuestos y respetaran la ley, todas eran respetadas. Para la época de Cristo, convivían en el Imperio decenas de religiones: el gnosticismo griego, su religión olímpica, la versión romana de esta misma, los cultos solares traídos de Egipto, las comunidades judías en sus diversas versiones, el mazdeísmo monoteísta de los persas y el culto a Mitra, de este mismo pueblo. Todo eso sumado a la pléyade de dioses de Mesopotamia, de los fenicios, de los pueblos nórdicos y hasta de influencia hindú. En este contexto el cristianismo fue sólo una religión más en el menú, y nada tenía Roma en contra de ella, salvo el hecho de que sus seguidores desconocían la autoridad del César.
A lo largo y ancho del Mediterráneo fueron surgiendo comunidades cristianas, poco comunicadas y con muy distintas ideas en torno a Jesús y su mensaje, lo que es un hecho es que ninguna festejaba su cumpleaños. La única festividad común, única dejada muy clara en los evangelios, era conmemorar la última cena de Cristo.
Pero todo cambió en el siglo IV, cuando Constantino llegó al poder. El Imperio había alcanzado su máxima extensión territorial, hasta las islas británicas, estaba sumido en una terrible crisis económica que había empobrecido a la inmensa mayoría de la población, y al haber cada más pueblos conquistados, la diversidad era tal que no había un solo vínculo de unidad. Fue en ese contexto que Constantino decidió tratar de evitar el desmoronamiento de su Imperio a través de la unidad en una sola fe.
En el año 313 proclamó el Edicto de Milán, con el que daba tolerancia religiosa a los cristianos, e incluso los ayudó a propagar su culto. No porque el emperador se convirtiese, sino porque políticamente era una jugada inteligente. El Imperio estaba lleno de religiones aristocráticas que prometían paraísos a los más fuertes, nobles, ricos y poderosos; promover en un Imperio lleno de pobres, un culto que daba la salvación a estos pobres, era lo más sensato. Así lo hizo el emperador.
Pero se dio cuenta Constantino de que no había un solo cristianismo sino muchas versiones; fue por eso que en el año 325 convocó al Concilio de Nicea, para unificar dogmas en torno a la versión más extendida, los seguidores de Pablo de Tarso que se hacían llamar católicos o universales. En Nicea se establecieron los primeros y fundamentales dogmas, pero sabía el emperador que una religión necesita fiestas, y la única que se festejaba hasta ese momento era la muerte y resurrección de Cristo, muerte en manos de los romanos, cosa que había que callar. Por eso decidió festejar su nacimiento.
Como nadie tenía idea sobre esa fecha, Constantino creó el primer gran simbolismo de sincretismo religioso; ya que los cultos solares a Apolo, Helios, Mitra, Amón, o el Sol Invicto, religión que él mismo profesaba, festejaban el nacimiento del sol el 25 de diciembre, se estableció como oficial esa fecha como nacimiento de Cristo, otro dios solar. Si nadie conocía la fecha, cualquiera era buena, y qué mejor que una que ya era festejada.
En el año 380, el emperador Teodosio proclamó el Edicto de Tesalónica, en el que prohibía cualquier otra religión y se convertía a la versión católica del cristianismo en el único culto permitido. Para que esta conversión forzosa fuera más fácil, se procedió a fundir todos los símbolos más importantes de los cultos existentes dentro del cristianismo. El más importante, desde luego; todo culto solar se convierte en culto a Jesús. De hecho, en el Vaticano, en el techo de la tumba del Papa Julio I hay un mosaico que muestra a Cristo en forma del dios solar Helios o Sol Invicto conduciendo su carroza al cielo.
Otra fiesta importante de los romanos eran las saturnalias, en honor a Saturno, un festival que comenzaba nueve días antes del solsticio de invierno; hoy se llaman posadas, y que culminaba con una celebración donde los romanos intercambiaban regalos, declaraban treguas en las guerras y hasta liberaban temporalmente a esclavos. Se siguió festejando pero en un marco cristiano.
Los pueblos nórdicos cada vez entraban más al Imperio; germanos y escandinavos también celebraban un culto solar, el nacimiento del dios Frey el 26 de diciembre, por lo que fueron incluidos en los festejos junto con uno de sus grandes símbolos: adornar un árbol que representaba al Yggdrasil o árbol del Cosmos, costumbre que se transformó en el árbol de navidad.
Por cierto que los druidas acostumbraban colgar lámparas luminosas en las ramas de los árboles hasta quemarlos, para liberar a los espíritus que los habitaban. Fue Lutero quien cambio esta costumbre entre los protestantes, y en lugar de quemar el árbol, se le encendían velas decorativas.
Pocas tradiciones hay tan navideñas como la espera de Santa Claus, o cualquier nombre que se le dé al viejo obispo Nicolás de Lacia, en quien supuestamente se basa el mito. Pero todo indica que, más allá de la legendaria generosidad de San Nicolás, nuestro Papa Noel, ubicado en el Polo Norte, en un contexto de nieve, con traje polar y renos, nada de lo cual existía en el Mediterráneo, está más relacionado con el dios germano Odín.
Odín vivía en la Estrella Polar, tenía una larga y abundante barba blanca y un extraño sombrero para el frío. Los pueblos nórdicos creían que, tras las fiestas al Sol, el día del solsticio, Odín cabalgaba, en renos, con las almas de los difuntos, del 25 de diciembre al 6 de enero (¿otra casualidad?), y otorgaba el mayor de los regalos, el de la prosperidad, ya que a su paso fertilizaba la tierra. Para corresponder, la gente del pueblo dejaba sus botas llenas de heno como ofrenda, para alimento de los renos, a cambio de lo cual Odín dejaba oro. Hoy pensamos que Rodolfo el reno no come, y lo que dejamos son galletitas para Santa Claus.
Así pues, desde la fecha misma de la navidad, el 25 de diciembre, y prácticamente todos sus ritos y costumbres, como el árbol, las velas, los regalos y hasta el propio Santa Claus, con barba, renos y toda la cosa, es una mezcla de los cultos existentes en la antigua roma, mezcla hecha deliberadamente para cristianizar a todos, aunque no se dieran cuenta. Resultado: los paganos se cristianizaron y el cristianismo es muy pagano.
Tal vez el mayor cambio moderno en la navidad vino cuando la celebración se unió a otro dios, el Dios Dinero, y todo se convirtió en una parafernalia comercial, donde el supuesto festejado, Jesús, es muchas veces el menos recordado. Jesús claro, no trae regalos, Odín Claus sí los trae. A mediados del siglo XX, éste personaje tomó su iconografía definitiva cuando se convirtió en marca registrada de Coca Cola, dueña actual de Santa Claus, quien por eso lo vistió con los colores de la empresa. Si Pepsi se hubiera visto viva, Papa Noel vestiría de azul, y si los hábiles hubieran sido los refrescos Pascual, los regalos los traería el Pato Donald.
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