Hasta hace algún tiempo, en la India las viudas eran quemadas vivas junto a sus difuntos esposos. La ceremonia se llama sutee, y está prohibida desde 1829 aunque se siguió practicando esporádicamente hasta 1981.
La razón de que la viuda fuera quemada se debe a que en la jerarquía tradicional hindú una mujer perdía todo su valor cuando su esposo moría. Incluso, se consideraba de mala suerte toparse con ellas, tocar algún objeto de su pertenencia y hasta mirarlas de lejos, así que les parecía razonable deshacerse de ellas.
En la ceremonia del sutee, la mujer acompañaba a su esposo en la pira funeraria, y los asistentes se armaban de cañas, pues la mayor parte de las viudas decidían a última hora salir de la hoguera cuando las cosas estaban poniéndose demasiado ardientes. La cañas servían, como se podrán imaginar, para impedirles salir del fuego, ya que esto se consideraba indigno.
Auto-momificación o un largo suicidio
Diseminadas por el norte de Japón, pueden encontrarse hasta 12 momias conocidas como Sokushinbutsu expuestas en templos budistas. Estas momias, pertenecientes a monjes seguidores del Shugendo, la antigua tradición budista japonesa, constituyen tal vez la más sólida prueba de entrega voluntaria de la propia vida que se haya visto jamás en una religión.
Durante tres años, los monjes seguían una estricta dieta de frutos secos y semillas al tiempo que practicaban un régimen de dura actividad física para eliminar tanta grasa de su cuerpo como fuese posible. Después, sus alimentos se limitaban sólo a cortezas y raíces y comenzaban a beber un té venenoso hecho con la savia del árbol Urushi, que contiene Urushiol, una sustancia habitualmente empleada en el lacado de piezas de porcelana. La ingestión de este té causaba vómitos y una rápida pérdida de líquidos corporales. Llegado a este punto, el monje se encerraba a sí mismo en un sarcófago de piedra apenas más grande que su propio cuerpo en el que no abandonaría la posición del loto. Cerrado el sarcófago, la única conexión del monje con el mundo exterior consistía en un tubo para respirar y una cuerda para hacer sonar una campanilla. Cada día el monje hacía sonar la campanilla para mostrar a sus compañeros que aún seguía vivo. Cuando la campanilla dejaba de sonar, éstos sellaban la tumba herméticamente.
Este proceso de automomificación era extremadamente largo y doloroso y los pocos monjes que conseguían seguirlo hasta el final eran expuestos en forma de momia a sus compañeros y recibían todas las muestras de respeto posibles. No todos los monjes que decidían seguir este camino de autonegación y control de las sensaciones físicas eran capaces de llegar al final, pero los pocos que lo conseguían alcanzaban el rango de Buda, un estatus semidivino en sus congregaciones, como muestran hoy las enseñanzas de la secta Shingon del budismo japonés.
El estado japonés prohibió el Sokushinbutsu en el siglo XIX, aunque la práctica continuó hasta bien entrado el siglo XX. El gobierno tuvo que prohibir esta curiosa forma de suicidio ante la posibilidad de que millares de monjes budistas decidiesen seguir la senda de la automomificación.
Entierro “aéreo” tibetano
En el Tibet, se piensa que el cuerpo es solamente un envase para el alma, por lo que no tiene ninguna importancia. Además, la madera es excesivamente cara, y quemar un cuerpo es un proceso prohibitivo. Además, el suelo rocoso y permanentemente congelado es tan duro que es casi imposible cavar una fosa dónde enterrar el cuerpo.
Por estas razones, cuando una persona muere es desmembrada y sus entrañas se ofrecen a los buitres, los cuales despachan hasta el último trozo del cadáver, incluyendo los huesos, que se trituran y se mezclan con harina para que las aves se los coman.
La exposición corporal de los aborígenes australianos

En algunas regiones del norte de Australia, los aborígenes tienen su propia forma de lidiar con la muerte. Una vez que la persona ha fallecido, su cuerpo es colocado en una elevada plataforma de madera y se le cubre con hojas y ramas hasta que toda la carne ha sido consumida por los insectos y las aves. Después, los huesos son llevados a alguna cueva abandonada o depositados en el hueco de un árbol. En algunas ocasiones, son los familiares quienes los resguardan, pero la casa y las posesiones del fallecido deben ser destruidas o abandonadas, y se prohíbe que el nombre del difunto se pronuncie, pues eso atraería al fantasma del muerto.
Fuentes
http://scorpiace.blogspot.com/2007/08/un-largo-suicidio.html