Fiandra, revolucionario de la cardiología
Hace 53 años los médicos Orestes Fiandra y Roberto Rubio implantaron en Uruguay el primer marcapaso autónomo exitoso. Los pacientes ya no requerirían una conexión eléctrica externa, y no deberían, en adelante, permanecer enchufados a una pared.
Orestes Fiandra fue una de las figuras más notables de la medicina uruguaya.
Ese hecho, hoy tan cotidiano, marcó el inicio de una revolución en la cardiología mundial.
Roberto Rubio (Castillos, 1917-Montevideo, 2011), quien llegó a presidir el Directorio del Partido Nacional, fue un personaje notable. Pero se sabía menos de Orestes Fiandra, quien no le iba a la zaga. Pero ya no.
Mañana lunes a las 19 horas se presenta en el Ballroom del Sheraton de Punta Carretas el libro Orestes Fiandra - Médico de corazón, escrito por su viuda, María Élida De León, y editado por Diego Fischer. Es un texto poblado de recuerdos, amor y admiración. Lo que recaude será donado a la Biblioteca Popular Jacinto Laguna, de Nueva Palmira, ciudad que Orestes Fiandra frecuentó y amó con peculiar intensidad.
Fiandra, quien nació en Montevideo el 4 de agosto de 1921 y falleció el 20 de marzo de 2011, fue médico cardiólogo, docente, investigador y empresario.
Nueva Palmira.
Hijo de un comerciante muy interesado en la electrónica, en los tiempos augurales de la radio, se crió en el Cordón. Pero desde niño, cada vez que podía, se instalaba en Nueva Palmira, en el extremo noroeste del departamento de Colonia, donde termina el río Uruguay y se inicia el Plata. Allí se crió su madre y residían sus abuelos maternos, entre ellos un viejo marinero croata.
En Nueva Palmira se convirtió en un gran nadador y realizaba largas excursiones en bote. Mucho después, ya casado y con familia, construyó una casa y compró un yate a motor con el que navegaba por el río Uruguay, el río Negro y el delta del Paraná. También gustaba de jornadas de caza en familia. Impaciente, ansioso, también practicó boxeo, gimnasia y cuanto deporte se le pusiese por delante.
Cuando tenía 16 años realizó en los rancheríos de Nueva Palmira, a pedido del médico Rodolfo Tálice, otra leyenda, una extensa encuesta sobre el mal de Chagas. Fue el inicio de su vocación por la medicina, que acabó con sus intenciones de estudiar ingeniería y electrónica.
Los marcapasos.
Fiandra hizo sus prácticas como estudiante en diversas instituciones, desde el Hospital Maciel al Saint Bois. Luego, como médico, trabajó en el Hospital Español, el Hospital de Clínicas, el Casmu y otras instituciones. Obtuvo su título de médico en enero de 1953. En junio de ese año se casó con María Élida De León, su novia durante siete años, contra la voluntad de su madre y en una ceremonia civil a la que concurrieron sólo siete personas.
Durante cinco meses de 1954-1955 estudió en el Instituto Karolinska, de Estocolmo, Suecia, un centro de vanguardia en cardiología. Allí conoció la técnica de los marcapasos, entonces enormes aparatos conectados a un enchufe en la pared con 220 volts, lo que convertía a los pacientes en cautivos. El problema era hallar una batería ("pila" suficientemente pequeña y perdurable que se pudiera implantar al paciente mediante cirugía.
Durante años se carteó con médicos e ingenieros suecos en procura de fabricar un marcapasos autónomo confiable.
El 3 de febrero de 1960, en el Casmu y junto a Roberto Rubio, escribió un capítulo clave en la historia de la cardiología. Implantaron con éxito el primer marcapaso sin conexión a una red eléctrica externa, sino recargable. Un éxito mundial, pues experimentos anteriores habían fallado. En marzo de ese año se realizó en Londres el segundo implante exitoso de ese tipo.
A partir de 1969 comenzó a fabricar marcapasos -cardioestimuladores- en su casa, con técnicas artesanales. El médico Walter Espasandín colaboró para perfeccionar los métodos de implantes, que comenzaron a realizarse en abril de 1970. Entonces los marcapasos se volvieron accesibles al bolsillo de muchos uruguayos. Fue el inicio de los cardioestimuladores CCC, en el presente una empresa uruguaya muy reconocida, que desarrolla tecnología médica a pedido para grandes centros médicos, laboratorios y universidades del mundo; y ocupa a 170 personas, en su mayoría técnicos universitarios.
En 1966 abrió su propio consultorio, en el que ahora sus hijos Daniel y Alfredo realizan exámenes cardiológicos. Afín al Partido Colorado, entre sus pacientes se contaron Luis Batlle Berres y Tomás Berreta. También viajó por años al interior del país y atendió los sábados en Rosario, Colonia. Austero, nunca fumó ni bebió alcohol. Prefería el mate. Fue docente, realizó una gran variedad de publicaciones científicas y recibió muchos premios y homenajes.
Vivió hasta sus últimos días en su amplia casa de Punta Gorda, que había adquirido, rotosa y pequeña, en 1957.
EL LIBRO
La mano del muerto
Cierto día, cuando estaba en primer año de Facultad de Medicina, Orestes Fiandra se quedó sin tiempo para disecar una mano humana. "Resolvió llevarse la mano a su casa y la colocó en el bolsillo de atrás del pantalón. En el tranvía notó que algo en él llamaba la atención de las personas que tenía a su lado, porque lo miraban en forma extraña". Al llegar a su casa se percató que la mano había quedado al descubierto, y del bolsillo asomaban los dedos descarnados.
La curiosa anécdota, una de las tantas que salpican la fecunda vida de Orestes Fiandra, se narra en un capítulo del libro que recuerda sus años de universitario.
Hace 53 años los médicos Orestes Fiandra y Roberto Rubio implantaron en Uruguay el primer marcapaso autónomo exitoso. Los pacientes ya no requerirían una conexión eléctrica externa, y no deberían, en adelante, permanecer enchufados a una pared.
Orestes Fiandra fue una de las figuras más notables de la medicina uruguaya.
Ese hecho, hoy tan cotidiano, marcó el inicio de una revolución en la cardiología mundial.
Roberto Rubio (Castillos, 1917-Montevideo, 2011), quien llegó a presidir el Directorio del Partido Nacional, fue un personaje notable. Pero se sabía menos de Orestes Fiandra, quien no le iba a la zaga. Pero ya no.
Mañana lunes a las 19 horas se presenta en el Ballroom del Sheraton de Punta Carretas el libro Orestes Fiandra - Médico de corazón, escrito por su viuda, María Élida De León, y editado por Diego Fischer. Es un texto poblado de recuerdos, amor y admiración. Lo que recaude será donado a la Biblioteca Popular Jacinto Laguna, de Nueva Palmira, ciudad que Orestes Fiandra frecuentó y amó con peculiar intensidad.
Fiandra, quien nació en Montevideo el 4 de agosto de 1921 y falleció el 20 de marzo de 2011, fue médico cardiólogo, docente, investigador y empresario.
Nueva Palmira.
Hijo de un comerciante muy interesado en la electrónica, en los tiempos augurales de la radio, se crió en el Cordón. Pero desde niño, cada vez que podía, se instalaba en Nueva Palmira, en el extremo noroeste del departamento de Colonia, donde termina el río Uruguay y se inicia el Plata. Allí se crió su madre y residían sus abuelos maternos, entre ellos un viejo marinero croata.
En Nueva Palmira se convirtió en un gran nadador y realizaba largas excursiones en bote. Mucho después, ya casado y con familia, construyó una casa y compró un yate a motor con el que navegaba por el río Uruguay, el río Negro y el delta del Paraná. También gustaba de jornadas de caza en familia. Impaciente, ansioso, también practicó boxeo, gimnasia y cuanto deporte se le pusiese por delante.
Cuando tenía 16 años realizó en los rancheríos de Nueva Palmira, a pedido del médico Rodolfo Tálice, otra leyenda, una extensa encuesta sobre el mal de Chagas. Fue el inicio de su vocación por la medicina, que acabó con sus intenciones de estudiar ingeniería y electrónica.
Los marcapasos.
Fiandra hizo sus prácticas como estudiante en diversas instituciones, desde el Hospital Maciel al Saint Bois. Luego, como médico, trabajó en el Hospital Español, el Hospital de Clínicas, el Casmu y otras instituciones. Obtuvo su título de médico en enero de 1953. En junio de ese año se casó con María Élida De León, su novia durante siete años, contra la voluntad de su madre y en una ceremonia civil a la que concurrieron sólo siete personas.
Durante cinco meses de 1954-1955 estudió en el Instituto Karolinska, de Estocolmo, Suecia, un centro de vanguardia en cardiología. Allí conoció la técnica de los marcapasos, entonces enormes aparatos conectados a un enchufe en la pared con 220 volts, lo que convertía a los pacientes en cautivos. El problema era hallar una batería ("pila" suficientemente pequeña y perdurable que se pudiera implantar al paciente mediante cirugía.
Durante años se carteó con médicos e ingenieros suecos en procura de fabricar un marcapasos autónomo confiable.
El 3 de febrero de 1960, en el Casmu y junto a Roberto Rubio, escribió un capítulo clave en la historia de la cardiología. Implantaron con éxito el primer marcapaso sin conexión a una red eléctrica externa, sino recargable. Un éxito mundial, pues experimentos anteriores habían fallado. En marzo de ese año se realizó en Londres el segundo implante exitoso de ese tipo.
A partir de 1969 comenzó a fabricar marcapasos -cardioestimuladores- en su casa, con técnicas artesanales. El médico Walter Espasandín colaboró para perfeccionar los métodos de implantes, que comenzaron a realizarse en abril de 1970. Entonces los marcapasos se volvieron accesibles al bolsillo de muchos uruguayos. Fue el inicio de los cardioestimuladores CCC, en el presente una empresa uruguaya muy reconocida, que desarrolla tecnología médica a pedido para grandes centros médicos, laboratorios y universidades del mundo; y ocupa a 170 personas, en su mayoría técnicos universitarios.
En 1966 abrió su propio consultorio, en el que ahora sus hijos Daniel y Alfredo realizan exámenes cardiológicos. Afín al Partido Colorado, entre sus pacientes se contaron Luis Batlle Berres y Tomás Berreta. También viajó por años al interior del país y atendió los sábados en Rosario, Colonia. Austero, nunca fumó ni bebió alcohol. Prefería el mate. Fue docente, realizó una gran variedad de publicaciones científicas y recibió muchos premios y homenajes.
Vivió hasta sus últimos días en su amplia casa de Punta Gorda, que había adquirido, rotosa y pequeña, en 1957.
EL LIBRO
La mano del muerto
Cierto día, cuando estaba en primer año de Facultad de Medicina, Orestes Fiandra se quedó sin tiempo para disecar una mano humana. "Resolvió llevarse la mano a su casa y la colocó en el bolsillo de atrás del pantalón. En el tranvía notó que algo en él llamaba la atención de las personas que tenía a su lado, porque lo miraban en forma extraña". Al llegar a su casa se percató que la mano había quedado al descubierto, y del bolsillo asomaban los dedos descarnados.
La curiosa anécdota, una de las tantas que salpican la fecunda vida de Orestes Fiandra, se narra en un capítulo del libro que recuerda sus años de universitario.

