SKAY BEILINSON
"SOY EL ENCARGADO DE JUNTARNOS PARA IR A OTRA REALIDAD"
Dice que está feliz lejos de la parafernalia de los megarrecitales que conoció con Los Redondos,
y que lo mejor que le pasa por estos días es salir a tocar por todo el país en lo que
él llama ceremonias chamánicas. De eso, y de mucho más, habló con 4AM.
"SOY EL ENCARGADO DE JUNTARNOS PARA IR A OTRA REALIDAD"
Dice que está feliz lejos de la parafernalia de los megarrecitales que conoció con Los Redondos,
y que lo mejor que le pasa por estos días es salir a tocar por todo el país en lo que
él llama ceremonias chamánicas. De eso, y de mucho más, habló con 4AM.
La clave es empezar a hablarle al contestador automático, y antes de terminar la presentación atiende él, con su espíritu tranquilo y su voz apacible. Hace las preguntas de rigor sobre el calor, el juicio a Antonio Domingo Bussi... Cuenta que en ese momento le está cambiando las cuerdas a la guitarra para sus recitales en el norte, y la entrevista se va dando sola. Skay Beilinson no pone condiciones, sólo pide que se grabe la nota, porque ya tuvo una mala experiencia por una mala interpretación que le causó algún que otro dolor de cabeza. Habla, piensa y dice. No duda, y cuando debe ser contundente o frontal, lo es. Igual que cuando la pregunta le inspira esa profunda sensibilidad que irradia cuando toca la guitarra o al cantar. Porque parece ser el mismo arriba o abajo del escenario.
¿Hiciste alguna investigación sobre Caín y Abel para trabajar en tu último disco?
De movida, con Poli (su pareja, musa y manager) siempre en esas conversas largas tomamos el tema de Caín y Abel; ella siempre definía a los cainítas un poco como aquellos personajes que uno va encontrando en la vida, personajes que parecen un poco relegados del mundo, aquellos que no encajan fácilmente, y ella los llamaba así, cainítas. Después empezamos a armar una letra, que terminó siendo ‘La doble marca’, y empezamos a andar un poco más por los relatos bíblicos, y uno encuentra que es una buena manera de mirar el mundo actual, esta locura en la que estamos metidos, con la civilización a cuestas en esta especie de vagar errante por el mundo.
¿Tomás partido por alguno de los dos?
No, son dos aspectos de lo humano. Todos somos un poco Caín y un poco Abel, es la eterna lucha entre el bien y el mal, es la historia del sufrimiento, de la soledad y la alienación, de las dos pulsiones, la de la belleza y el bien, y la de lo autodestructivo.
En el disco hay muchas imágenes de opuestos, de confrontación. ¿Qué buscás?
Casi completan la mirada que tengo sobre el mundo, la vida, la existencia; porque tendemos a tener una mirada unívoca, desde un solo punto de vista, y todo nos remite siempre a lo mismo, a que hay diferentes realidades y diferentes maneras de entender esta cosa. Las dos caras de la moneda me llaman.
¿Hay grises o puntos intermedios?
Estos son ejemplos arquetípicos. Lo interesante es ver cómo se plantea la lucha entre estas dos pulsiones, que nos toca a todos, porque todos estamos metidos dentro del mismo viaje, entre Caín y Abel, y está bueno en esa búsqueda de contradicciones encontrar aquellos caminos que nos puedan liberar un poco de este sufrimiento.
Tus letras están mas trabajadas, más solidas...
Bueno, te lo agradezco... (risas modestas) Uno se mira y puede tener una idea más o menos distorsionada o certera de lo que es uno mismo. Lo difícil es explicar cosas que uno mismo no se explica, en ese lugar está.
Leí una nota en la que explicás las letras de “La marca de Caín” una por una...
En realidad, cualquier explicación que uno intente siempre es menor de lo que termina siendo, porque muchas veces tampoco sé lo que estoy queriendo decir, generalmente es más lo que uno va encontrando y hasta las mismas lecturas van cambiando con el tiempo, y cada uno que la escucha hace su interpretación.
Con tres discos como solista, ¿van disminuyendo temas de Los Redondos en tus recitales?
Y... Un poco es un proceso lógico. Los Redondos fueron algo muy importante en mi vida, como en la de muchos. Pero la aventura más grande es ir descubriendo qué es lo que todavía no hice. Y me gusta esto de poder mostrar lo que hago, hacérselo llegar a los demás. Y sí, el porcentaje va disminuyendo porque aparecen cada día más canciones que quieren estar presentes.
Pero no te molesta tener que hacer canciones de Los Redondos...
No, si las disfruto y todo. Pero en realidad el show no gira sobre esos temas, son momentos como para celebrar juntos, con un poco de nostalgia e historia.
¿El espíritu de los recitales fue cambiando en tu carrera solista?
Me doy cuenta de que el público acepta y celebra los temas, y hasta más que los de Los Redondos. Tuvieron una buena acogida entre quienes se subieron a este viaje, y hay otros que siguen pegados a la nostalgia y el pasado, y a ellos tal vez les resulte escaso el porcentaje de temas de Los Redondos. Lo que encuentro es que lo disfrutan y los festejan, haciendo sus propias participaciones.
Hace poco definiste tus shows como ceremonias chamánicas. ¿Cuáles son los elementos que le dan ese carácter?
A mi me gusta pensarlos... Lo que uno hace es una ofrenda, un servicio y una alabanza. Intento que puedan reflejar verdad, belleza, y me toca ser de alguna manera el lugar en el que pivota todo. Soy casi como el encargado de juntarnos y poder irnos hacia otra realidad, ¿no?
El chamán...
Posiblemente... (risas)
¿Cuál es la diferencia entre una ceremonia chamánica y lo que fueron las misas ricoteras?
Lo que pasa es que va cambiando todo: los tiempos, la gente, los códigos. En aquel momento... viste cuando uno es joven... yo era una especie de terrorista cultural, alguien a quien le gustaba desafiar lo establecido, y después uno se va volviendo maduro y entra a encontrar otras cosas que son más ricas. Hoy el dasafío es capturar la verdad y la belleza, como en la vida. El show sigue siendo un lugar de incertidumbre, un lugar que desconozco, y hoy lo mío no es desafiar lo que está establecido, sino acercarme a la belleza.
¿Extrañás los recitales multitudinarios?
No, cada vez menos. Para mí los lugares grandes, si bien tiene algo que es conmovedor por la magnitud y todo eso, hay mucho que se pierde; es como que la energía se diluye y es mucho más intangible. El hecho artístico es mucho más potente en un lugar más chico, más concentrado. Lo disfruto muchísimo más, porque uno puede hasta sentir la respiración del otro, y no como en esa cosa tan gigantesca en la que no sabés dónde estás parado.
Lo decís habiéndolo vivido...
Sí, en todas las instancias. Y me di cuenta de que no es algo mío en particular o un capricho mío, sino que le pasa a la mayoría de los artistas... Qué se yo, los Stones de vez en cuando se meten en un bolichito para tocar para 200 personas, cosas extrañas.
¿En qué es diferente el hecho artístico?
Lo que pasa es que en lugares grandes todo está dependiendo de la tecnología, viste que el sonido tiene que ser muy preciso, tiene que haber pantallas porque los muñequitos quedan lejos... Tiene que haber un despliegue técnico sobre el que casi no tenés control. En lugares pequeños todo depende de vos, que estás ahí arriba, y de lo que hagas sin esa parafernalia.
La banda cambió de nombre varias veces pero es la misma. ¿Va a tener un nombre fijo o no importa?
No me importa demasiado, el nombre es una manera de que la gente nos reconozca y sepa quiénes somos y dónde estamos. Lo importante es la obra en sí y lo que sucede.
Y vos sos el punto de referencia ineludible.
Si, supongo (risas).
¿Cómo sentís este momento de tu carrera? ¿Estás feliz, pleno...?
Absolutamente. Pasa que con los años uno siente... En la juventud suena raro hablar de madurez y esas cosas, pero desde el tiempo uno reconoce que hay algo que está bien, y yo estoy en pleno uso de mis facultades, creando de la mejor manera, con el mejor espíritu, logrando hacer lo que quiero hacer con la gente que quiero. Realmente es un momento inmejorable.
No te ves jubilado...
No, ni a palos. Sea como sea y me agarre donde me agarre la vejez, la música va a estar siempre junto a mí de alguna manera. No sé cómo será, pero me veo siempre vinculado a la música. Y si algún día no puedo subir al escenario, seguiré grabando discos, qué se yo. No me veo de otra manera.
¿Ya estás trabajando en un próximo disco?
De alguna manera sí, porque tengo la virtud, o el defecto, de componer todo el tiempo. Tengo una bocha de canciones que están tomando forma bastante certera como para que en algún momento entremos al estudio a grabarlas.
¿Seguís buscando tu lugar como compositor o ya le encontraste la vuelta?
No, siempre me gusta entrar a lugares donde no estoy demasiado seguro, buscar otros timbres, otros ritmos, lugares donde me sorprenda a mí mismo... Un poco es la búsqueda de aquello que falta.
Cambió tu posición respecto de la de Los Redondos de no dar notas, de no hacer publicidad de los shows. ¿Por qué?
En realidad lo nuestro no fue una bandera a ultranza, fue una estrategia que se estableció en un momento y fue útil. Hoy en día, bueno... no es que uno sea un combatiente que no da notas, sino que se va adaptando a cada momento.
Una historia redonda
Cuando el pequeño Eduardo Beilinson descubrió a Los Beatles, a los 12 años, llevaba un buen tiempo aprendiendo a tocar la guitarra, y empezó a rasgar las cuerdas en busca de ese sonido que aún le impacta. Cuando tenía 15 años, en un viaje a Sudáfrica con sus padres ganó un concurso de talentos, y ahí terminó de definir su vocación y su futuro. Luego, con su hermano Guillermo viajó a Francia, y vivió los coletazos del Mayo Francés (1969).
Pasó por Londres, en pleno estallido del hippismo y la psicodelia, y vio en vivo a Jimi Hendrix. Se compró un amplificador Marshall, una guitarra Grestch, un wah wah y un distorsionador, y regresó a La Plata. Pero dejó el colegio, y se fue a vivir en comunidad en La Cofradía de la Flor Solar. Allí conoció a la Negra Poli, la mujer con la que lleva 38 años como pareja, y que con el tiempo fue uno de los tres pilares de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, junto con Skay y el Indio Solari. Vivió en Mendoza y en Salta, además en diferentes zonas de la provincia de Buenos Aires, siempre en comunidades nómades bastante románticas (hasta intentó vivir de la caza y de la pesca).
En La Cofradía estrechó una amistad que se mantiene aún hoy con Ricardo Cohen, el artista que trabajó bajo el seudónimo de Rocambole el arte de los discos de Los Redondos y las escenografías, como lo hizo también con los tres discos de Skay.
Después apareció por ahí el Indio, y la semilla de Los Redondos ya estaba en plena germinación, y fue en el fatídico 1976 que empezó a gestarse la banda que durante más de 25 años más impactó en el rock argentino. En 2001 la banda se separó sin despedidas. Desde entonces Skay editó “A través del mar de los Sargazos” ( 2002), “Talismán” (2004) y “La marca de Caín” (2007). El Indio sacó “El tesoro de los inocentes (bingo fuel)” (2004) y “Porco Rex” (2007). El cantante hizo hasta ahora cinco shows gigantes y el violero cientos de recitales en teatros y clubes por todo el país.
Cromañón y después
El inicio del juicio por la tragedia de Cromagnon movilizó también a Skay Beilinson. Pero él prefiere no emitir juicios de valor, sino esperar que termine el dolor. “Se ha dicho tanto y hubo tanta confusión, tanta mala leche, que quedó todo metido en un grado de locura bastante raro”, dice cuidando cada palabra. “Espero que pueda salir a la luz todo lo que ha pasado, que puedan determinarse responsablidades y que de una vez por todas podamos salir de este lugar de tanto dolor”, reclama.
El violero dice que lo ocurrido la noche del 30 de diciembre de 2004 fue muy duro para todo, y que modificó radicalmente la escena rockera argentina. “Pasó algo muy serio, sobre todo en los semilleros para grupos nuevos, donde tenían posiblidades de emerger, de que aparecieran otros grupos. Todo eso se cortó de manera feroz”, dice, y aclara que eso repercute directamente en la situación de la movida. “Cuesta encontrar lo nuevo dentro del rock, pero soy optimista; siempre hubo momentos de picos de creatividad, y mesetas en las que parece que no pasa nada. Y seguramente en algún lugar debe estar gestándose música interesante para el futuro”, arriesga con esperanzas.
Skay no mira mucha televisión, no tiene computadora en su casa, ni teléfono celular, y tampoco escucha mucha música, según dice. “En general soy de escuchar poco, pero cuando nos juntamos y ponemos música suelo recurrir a los clásicos, que son una fuente inagotable de frescura y belleza”, señala.
Fuenre: MundoRedondo