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Camina por un cable desde una Torre a la otra

Info8/14/2008
Esta nota la lei en la Revista C del diario Critica de este domingo.... la verdad es que generalemente ni leo las notas porque no hay muchas interesantes.... pero me colgue a leer la historia de cómo este tipo tardo años para infiltrarse en las Torres Gemelas y caminar por arriba de un cable entre una y otra...

Si no quieren leerla toda vean por lo menos la parte donde cuenta eso...

Recomiendo que se tomen 10 minutos y lo lean.... es impresionante!!!!





Prohibido prohibir. La imaginación al poder. Seamos
realistas, pidamos lo imposible. A las pintadas que
definieron la filosofía del Mayo Francés les faltan
solo meses para ver la luz de las paredes. Es invierno
en París, en el famoso año de 1968. Un adolescente
flaco y de pelo rojizo entra a la sala de espera de un dentista.
Tiene 18 años, se siente libre, rebelde y descreído, le duele la
muela. Se sienta, espera turno entre jubiladas burguesas y una
reproducción barata de Los nenufares de Monet, comienza a
ojear una revista. Se detiene en un artículo ilustrado que muestra
la maqueta de un edificio fabuloso que, aseguran, una vez construido
“le hará cosquillas a las nubes”. Se produce entonces una
iluminación. Arranca las hojas de la revista y huye corriendo.
Philippe Petit, funambulista de formación autodidacta, ha descubierto
a las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva
York, que se convertirán en su gran amor, su obsesión. La que lo
llevará a cometer uno de los crímenes más fantásticos, perfectos
y memorables del siglo XX. Fue el siete de agosto de 1974, se
acaban de cumplir 34 años y una película recién estrenada, Man
on Wire, recuerda la historia. El funambulista cruzó, caminando
sobre un cable de acero y a más de 400 metros del piso, la distancia
entre las dos torres. A la luz de lo que pasó después, podría
decirse también que fue el último crimen romántico del siglo.
Petit se convirtió, por entonces, en un célebre artista que se
ganó la admiración y la amistad de personajes tan dispares como
Paul Auster –que tradujo al inglés su libro titulado Tratado de
Funambulismo–, Werner Herzog, Jessica Lange, Norman Mailer
y Robin Williams. Se convirtió en Artista en Residencia de la
Iglesia de San Juan el Divino, tuvo una hija llamada Cordia-
Gypsy que murió a los nueve años y comenzó a planear su todavía
incumplido sueño de realizar una caminata por las alturas del
Gran Cañón del Colorado. Trabajó también en la escritura de un
manual para carteristas, recorrió el mundo dando conferencias
y publicó un libro autobiográfico titulado Alcanzar las nubes.
El pasado primero de agosto fue el estreno mundial de Man on
Wire (Hombre en un cable), una gran película del director inglés
James Marsh que, utilizando todas las técnicas del documental,
reconstruye la historia de Petit y su fascinación por las Torres. En
entrevistas concedidas durante la campaña promocional, el francés
aseguró ser un hombre normal que no tiene límites, pero sí
miedo a las arañas y a las serpientes.
La película está contada en forma de thriller y produce en el
espectador una sensación de vértigo absoluto, tanto interior como
exterior. “El vértigo –suele decir Petit– es el guardián de los abismos”.
Sobre su hazaña, resumió: “Lo que pasó fue un cuento de
hadas. Un jovencito se enamora de dos torres y las conquista”.
Aquí, el relato de los hechos.


Los primeros retos

El niño Petit trepaba árboles, paredes, rocas, cualquier cosa que
lo distanciase del resto de los mortales. El niño Petit estudió dibujo,
pintura, escultura, teatro, carpintería, hipismo y esgrima. Fue
expulsado de cinco escuelas por practicar dos artes que le entusiasmaban:
el carterismo y la magia. Sus padres, para evitar responsabilidades,
lo emanciparon legalmente. Respondió convirtiéndose
en malabarista callejero y vagabundo profesional mientras
se ejercitaba en ajedrez, ruso, toreo, apertura de puertas con
ganzúas y literatura. Pero su corazón pertenecía al aire y sus pies
a los cables de acero, los espacios donde los funambulistas escriben
su poesía y juegan con la muerte. Su sueño era ser el mejor.
Quería alcanzar las nubes y no le importaba a qué precio.
Después del día en que se conocieron a distancia, Petit y las
Torres Gemelas tomaron caminos separados. Ellas pasaron de
los planes del arquitecto Minoru Yamasaki a una realidad que se
construía lenta y majestuosa a orillas del Hudson. Petit pasó
horas, días y meses caminando de una punta a otra de sus cables,
sin redes que lo protegieran de las caídas, con un desprecio total
por el miedo, perfeccionando su arte.
Su primera caminata ilegal la realizó el 26 de junio de 1971,
uniendo las torres góticas de la catedral de Notre Dame de París,
a una altura de 69 metros. Fue arrestado, encarcelado, criticado.
Decidió marcharse a Australia. El tres de junio de 1973 caminó
entre los pilares del Puente del Puerto de Sidney, a una altura de
89 metros. Otro arresto al que luego agregaría otros 499. En una
gran caja roja rotulada “Proyectos”, en su casa de la rue Laplace,
descansaban los recortes que irían dando forma a su gran
golpe.
Cuando Petit y las Torres Gemelas se volvieron a encontrar era
enero de 1974 y él estaba en Nueva York. La construcción de los
pisos superiores aun no había terminado. Él no tenía dinero ni
casa ni plan ni cómplices, pero sí una idea fija: tender un cable
que las uniera y caminar entre ellas. La operación debía ser similar,
en su logística y ejecución, a un asalto a un banco.


Cara a cara con las Torres

Petit sale del subte y se encuentra al pie de las Torres, mira hacia
arriba y siente terror, se paraliza. Imposible, se dice, es el final del
sueño. Burlando a los guardias pasa el cerco de seguridad y se
mete en el corazón del monstruo. Encuentra una escalera.
Atraviesa pisos con oficinas habitadas y en funcionamiento, pisos
vacíos pero terminados, atraviesa pisos en construcción. Después
de una hora y media llega al piso 110, al techo, a las alturas de
Manhattan, de cuya tierra firme lo separan 417 metros. Estudia
el lugar y hace anotaciones mentales. Las Torres se convierten en
“sus Torres”. Baja. Al día siguiente repite la expedición acompañado
de Jim Moore, fotógrafo e incondicional de la primera hora.
Se para en una pierna en el borde de la parte más alta del rascacielos,
hace malabares con un escobillón, se asoma al precipicio,
mira hacia la torre gemela, calcula, especula. Bajan. “Im-po-sible”,
se repite. “Imposible, sí, entonces a trabajar”, se dice.
Y a trabajar empieza. Recorre la ciudad comprando o robando
todas las postales y fotos que muestran las Torres. Decide que
debe retornar a Francia, buscar quien lo acompañe en su delirante
trama, buscar dinero. Y practicar-complotar-practicar-complotar-
practicar-complotar. Recluta número uno, Jean-Louis
Blondeau, su amigo del alma. Recluta número dos, Annie Allix,
su novia de siempre. Absorbe toda la información que hay en
París sobre los edificios a punto de terminarse y bautiza al dossier
como WTC. Es hora de volver a la escena del crimen.


Nueva York 2.0

Vuela a Estados Unidos y un oficial de Inmigraciones le abre el bolso.
Lo encuentra lleno de instrumentos de magia. El oficial los saca uno
a uno y comienza a hacer trucos. En sus ratos libres es mago. Lo
recibe como a un colega. Durante varias semanas Petit se dedica a
analizar detalladamente el movimiento de entrada y salida de obreros
y oficinistas de las Torres. Aprende claves de entrada, nombres,
hábitos. Y cada día se las ingenia para subir hasta la terraza de la
Torre Norte anotando en un cuaderno medidas, rincones,
rampas, pasadizos y todos los detalles que le
servirán para hacer el cableado.
Alquila un helicóptero para turistas y lo hace
sobrevolar las Torres. Le pide al piloto que flote
entre ellas. Le responden que está prohibido y se
enfurece. Con un fibrón pinta en las escaleras del
piso 103 un mini-mural que muestra Notre-Dame,
el Puente de Sidney y las Torres. Lo firma. Jim
Moore abandona el proyecto. Cuando Petit regresa
a Francia es el nueve de marzo de 1974.


Secreto a voces

La cuarta etapa del plan se desarrolla en la casa de campo de sus
padres. Hace construir un modelo a escala de los dos techos y los
tres últimos pisos de las Torres. Reclutas números tres y cuatro,
Mark Lewis y Paul Frame, aventureros australianos. Viaja a dedo
a Alemania para ver a su amigo Francis Brunn, del Circo Sarrasani,
que le promete financiar el proyecto. Visita al profesor Rudy
Omankowsky, el funambulista más famoso de Europa y creador
de la troupe de equilibristas Los Diablos Blancos, para pedirle
consejos. Decide que para realizar la base del cableado entre las
Torres pasará, de techo a techo, una línea de pesca de 92 metros
de largo usando un arco y flechas. Practica varias horas por día en
un cable de altura de 100 metros de largo, ayudado de una pértiga
plegable de ocho metros de largo y 25 kilos de peso. La distancia
exacta entre torre y torre
es de 42,6 metros.
Su sueño es también
el de otros. Un sobre vía
aérea, celeste y blanco,
con matasellos de
Argentina, llega a su
buzón. La carta dice:
“Philippe, estuve pensando
acerca de tu idea.
¿Has pensado en la alta
velocidad de los vientos
que sistemáticamente
se generan en las estructuras
muy altas? Estoy
seguro de que debe
haber muchos libros
s o b r e e s t e t e m a .
Sinceramente, Antoine”. Un amigo de un amigo de un amigo. El
secreto es a voces y vuela de continente a continente. Todos quieren
ayudar. Tercer viaje a Nueva York, en compañía de Mark Lewis.
Otro oficial de Inmigraciones sospecha de los equipos que ve en
los bolsos. “No es nada, soy un funambulista y vine a poner un cable
entre las Torres Gemelas del World Trade Center”, le dice Petit. El
hombre se ríe y le desea buena suerte. En su primera subida a la
Torre Norte un policía lo arresta, le toma los datos y le dice que no
vuelva a pisar más ese lugar.
Llama a sus cómplices y les dice que el plan se abortó. Pero no:
se hace pasar por periodista y consigue una entrevista filmada
con los obreros que trabajan en el techo de las Torres y que le dan
toda la información que le falta. El plan renace de sus cenizas. La fecha fijada es el 27 de mayo.
Recluta número cinco, Jean Pierre Dosseau, vendedor de equipos
electrónicos en Nueva York.
La cuerda de acero a utilizar tendrá 76 metros de
largo y un diámetro de dos centímetros. Los aventureros
australianos abandonan el golpe. Jean-
Louis, su amigo, viaja a Nueva York, cree que las
condiciones no están dadas y regresa a Francia lleno
de dudas. Llega Annie, su novia, y se cancela la fecha
prevista. Petit reasume su exploración de las Torres
y ajusta y reajusta los detalles. La suerte le sonríe en
forma de Barry Greenhouse, sombrero tiroles y
bigotes dalinianos. Barry trabaja en el piso 82 de las
Torres. Reconoció a Petit, lo había visto actuar en la
calle en un viaje a Francia, acepta ser el recluta
número seis.
La idea es que Petit y cinco personas de su grupo se disfracen
de repartidores y lleven el material necesario para el cruce, como
un pedido falso, al piso 82, donde Barry lo recibirá y lo esconderá.
Petit y un cómplice se quedarán ocultos en la Torre Norte
hasta que anochezca y cargarán las cosas hasta la terraza. Otros
dos bajarán a la furgoneta estacionada en la calle, cambiarán el
disfraz por el de ejecutivos, subirán a la Torre Sur y repetirán el
procedimiento. Luego, los dos grupos se irán comunicando de
techo a techo y dejarán todo preparado para que Petit cruce las
Torres al amanecer.
Petit engaña a Emery Roth and Sons, la compañía que diseñó
las Torres, y consigue una copia de los planos originales. Falsifica
tarjetas de identidad idénticas a las de los repartidores que trabajan
en el lugar. Los
neoyorquinos Donald
y Chester, músico de
rock y carpintero respectivamente,
se convierten
en los reclutas
números siete y ocho.
Dustin Hoffman
escucha hablar de la
magia de los actos
callejeros de Petit y lo
cita en su casa para
proponerle un papel en
una obra de teatro de
tema circense que está
por dirigir. Petit rechaza
el ofrecimiento
argumentando que
está muy ocupado. Chester abandona y es reemplazado por Albert,
fotógrafo profesional y recluta número nueve. Petit convence a
Jean-Louis para que vuele inmediatamente a Nueva York porque
ya está todo preparado. Jean-Louis acepta y lleva consigo a Jean-
Francois Heckel, antiguo compinche de Petit y recluta número
diez. Es el domingo cuatro de agosto de 1974, faltan sólo 72 horas
para el gran día.


El golpe

El material que deben introducir y subir a los techos de las Torres
incluye cinturones de seguridad, cascos, llaves inglesas, cavalettis
–unos aparejos especiales que ayudan a dar la tensión justa–, cuerdas
de prolipoleno y de nylon, guantes, arcos y flechas, vigotas,
poleas, rollos de acero, lonas y equipos de comunicación electrónica,
aparte de los más importantes: el gran cable de acero y la
pérgola de balanceo desmontable. El peso total es descomunal.
En la tarde del seis de agosto, Petit, Jean-Louis, Donald, Jean-
Francois, Albert y Jean-Pierre comienzan la operación. Por una
serie de casualidades consiguen transportar todos los equipos al
último piso de la Torre Norte, en vez del 82 como estaba previsto.
Donald y Jean-Pierre regresan a tierra firme. Petit y Jean-Francois
se esconden, tapados por una lona, en un hueco que da a un vacío
de tres pisos. Allí pasarán seis horas de inmovilidad y silencio
absoluto. Jean-Louis y Albert bajan, se transforman en ejecutivos
y suben a la Torre Sur, donde también se esconden. Cerca de
medianoche las dos parejas suben a sus respectivos techos y
comienzan el dificultoso montaje. Los inconvenientes y el azar se
mezclan con la técnica, el conocimiento del oficio y la seguridad.
Solo un milagro hace que ninguno de los numerosos guardas
nocturnos los descubran.
A las 7.15 de la mañana del siete de agosto de 1974 todo está
listo. Petit duda, tiembla, tiene miedo. Apoyando primero el pie
izquierdo y luego el derecho comienza su caminata por el cable
de acero tendido entre las Torres Gemelas. Da pasos certeros,
mira al frente, ignora la extrema tensión de los cables, desafía la
leve brisa y la ley de gravedad, siente la pérgola como una extensión
de sus brazos. El vacío y el viento lo ignoran a él. Camina el
aire, piensa que el Dios de las alturas está de su lado. Abajo se
juntan centenares de curiosos que elevan sus miradas al cielo y
ven cómo llega sano y salvo a la Torre Sur.
Es sólo el comienzo del más increíble acto de funambulismo
jamás realizado. Petit vuelve sobre sus pasos y saluda arrodillándose,
camina, se sienta, se vuelve a parar y llega al otro extremo.
Comienza un frenesí de idas y venidas, algunos dicen que fueron
seis, otros ocho; todos, que duró 45 minutos. Él no dice nada.
El acto sigue. Petit sonríe, camina, se acuesta, se levanta y hace
un gesto de torero. Ya son miles las personas que lo miran. Un
avión cruza el aire. Hay policías en los dos techos de las Torres,
intentan hacerlo desistir. Los medios ya fueron alertados y
comienzan a llegar. Un helicóptero policial sobrevuela la escena.
Se escuchan gritos, amenazas, sirenas; si no se entrega, el helicóptero
intentará atraparlo. Petit camina despacio hacia la Torre
Norte y da por terminado el acto. Los policías se abalanzan sobre
él. Lo golpean, le leen sus derechos y lo arrestan. Abajo, sin que
él pueda escucharla, una multitud lo aplaude.


Sin porqués

¿Porque lo hizo?, le preguntan a coro. “No hay porqués\", responde.
El caso es caratulado: \"Hombre en un cable”. Las televisiones
y las radios interrumpen sus programas para dar la noticia. Petit
es trasladado a un hospital psiquiátrico donde un especialista
dictamina que está en su sano juicio. De ahí lo llevan a la cárcel.
La inmediata popularidad del hombre que asegura haber nacido
con una mente criminal lo convierte en leyenda viviente. Rendido
ante la evidencia, el fiscal del Distrito le ofrece retirar todos los
cargos a cambio de que se comprometa a ofrecer un show para
los niños de Nueva York. Petit acepta. Lo liberan.
Comienzan a lloverle ofertas millonarias. Burger King le propone
disfrazarse de hombre hamburguesa e inaugurar uno de sus
locales. Le piden promocionar papas fritas, cervezas, jabones,
perfumes, cereales. Le ofrecen hacer una película, escribir un libro,
dar reportajes exclusivos. Petit rechaza todo y a todos. “Nadie me
convertirá en millonario”, dice. Bob Dylan canta “Don´t Fall” en su
honor. Richard Nixon se convierte en el primer presidente norteamericano
en renunciar y cuando lo hace dice: “Ojalá yo hubiera
tenido la mitad de la publicidad que tuvo el francés”


FUENTE: CRITICA DIGITAL

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