InicioApuntes Y MonografiasÚltima vez desde ésta ventana
Última vez desde esta ventana


Ella entra con una sonrisa, trata de mantenerla en su cara casi de niña, mientras me dice: “vaya preparándose que dentro de un ratito vendrán a buscarla. A ver…, a ver…, la vena; eso es, un pinchacito que no duele nada”. Le digo que quiero quedarme unos minutos mirando por la ventana. Me responde que puedo, y sale cerrando la puerta despacio. Afuera, reunidos en la sala de espera, están mis hijos: Dora y Estela, maestras las dos, casadas, cada una me ha dado dos nietos varones. Y Andrés, el menor, treinta años, casado desde hace 5 meses.
Seguramente fuman. Estos días han fumado mucho los tres. Demasiado. Especialmente Andrés, que no sé por qué es el que me da mas pena, el que me inspira más ternura; tal vez porque es hombre y siempre sentí esa debilidad congénita que tienen los hombres frente a los dolores definitivos o los problemas insolubles.
Miro por la venta.
Veo las copas de los árboles. El verano las ha embardunado de pinceladas de diferentes verdes, las ha redondeado como a los vientres de las mujeres encinta. Veo algunos jardines estrechos, de casas de otras manzanas. Estoy en un piso alto y mis ojos ven como ven los ojos de los pájaros que cruzan este cielo tibio.
El verano me hace acordar a mi madre. A cuando mi madre me acunaba entre sus brazos y su aliento me calentaba las mejillas. El verano es piadoso, es como el líquido amniótico que nos envuelve y nos protege cuando aún estamos tan desprovistos.
En algunas terrazas hay ropa tendida. Sábanas que vuelan, blancas, rosadas; vestidos de colores, grandes y pequeños; medias de hombres; repasadores. Ropa de gente que entra y sale y cumple horarios y tiene obligaciones y rezonga por el precio de la leche y sabe, siente, piensa que tiene largos años para vivir. Para seguir queriendo. Para seguir ganando, o perdiendo, o sufriendo, o siendo feliz.
Para seguir.
Cuando yo era chica me llevaban a la rastra al dentista. Le tenía miedo al torno. En general, le tuve miedo al dolor físico. Aún de grande tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos para que las chicas o Andrés no se dieran cuenta de que palidezco cuando me ponen una inyección. Sé que no duele, pero me impresiona. Y además siempre sé que no duele después de que me la aplicaron, y por esa vez…, pero no tengo la seguridad de que la próxima vez no sea diferente.
Miro por la ventana. Un pájaro se cruza, gris, pequeño, casi redondo. Un gorrión. Lleva algo en el pico, una pajita o una lombriz, o una hojita.
Un chico anda en triciclo en una de las azoteas. Da vueltas y vueltas en redondo. Ahora la mamá aparece por una puerta de vitraux; se le acerca, le moja la cabeza con un jarrito; seguramente le recomienda algo, porque el pequeño se encoge de hombre y comienza a andar de nuevo.
Tal vez yo también les hice demasiadas recomendaciones a mis hijos cuando eran chicos. Debo haberlos aburrido un poco. Y eso critiquè en mi madre esa manía. Pero debe ser algo que se repite, un reflejo condicionado de las madres.
Oh, pero si allá hay rosas trepadoras en un muro. Un poco escondidas en un rincón. Cuánto hacía que no veía esas rosas, apenas ruborizadas, que se deshacen en una lluvia de pétalos en cuanto se las corta de la planta. ¡Había tantas en los portones de hierro de la casa de mi abuela! La inyección que me puso la enfermerita rubia me está dando sueño.
¿Me quitará el miedo este sueño que empieza lentamente?
¿Podré disimularlo cuando me saquen de este cuarto, en la camilla, para llevarme a la sala de operaciones?
Sala de operaciones.
No, yo ya sé que no servirá de nada. Sé que abrirán y cerrarán, menearán la cabeza negativamente, dirán: “está muy avanzado”. Lo sé, lo siento aquí, en la boca del estómago. Oí cuando el doctor Barreiro le dijo a Andrés: “Bueno, si ustedes quieren… siempre hay una posibilidad… aunque…”. Después habló conmigo con ternura, con cierta cálida piedad: “Todo está en manos de Dios… Usted puede decir que no…”
-Voy a operarme –contesté. No porque supusiera que había en la operación una esperanza, sino por ellos, por mis hijos, que piensan que están haciendo todo, todo lo posible por salvarme.
Para que ellos, cuando yo ya no esté, piensen, con la conciencia en paz, que agotaron todos los recursos y digan: “Se nos fue, pero hicimos por ella absolutamente todo lo que estaba al alcance de la ciencia y de nosotros”.
La enfermerita rubia entra, con su cara sonriente.
-Bueno…, ya es la hora… Hay tres personas afuera esperando para darle un abrazo y desearle mucha suerte… Y dentro de un rato, otra vez aquí, todos juntos, comentando cómo fue la operación ¿eh?
En el fondo de sus ojos veo que no piensa que es fácil, y que ella también sabe lo mismo que sé yo: que no habrá caso.
Miro por última vez la ventana.
Me despido del mundo. Del niño que da vueltas en triciclo, de la ropa que infla el viento, de las rosas-enredadera, de los árboles como sombrillas verdes.
Mastico el miedo y lo trago junto con mis lágrimas.
Ahora debo sonreír, abrazarlos, dejarles la impresión de que estoy segura de que todo marchará bien.
-Señorita Alicia –musito. Ya estoy lista. Dígales que pasen, por favor.

Útima vez desde ésta ventana, cuento del libro "Cuentos para leer sin rimmel" de Poldy Bird.
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
358visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

l
luchooh1🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts1
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.