Historia personal de una noción más bien poco interesante
Hijo de la clase media ilustrada, nacido cuando la Argentina tradicional se caía a pedazos, nunca escuché pronunciar con orgullo la palabra elite. Siempre fue para mí una noción negativa, teñida de una perspectiva (sociológica o política) que la usaba menos para describir una determinada formación social que para denunciar su dominación, su prepotencia, su codicia.
Pienso en la palabra elite y me viene la imagen de Bioy Casares al final de su vida, solo en su departamento de Recoleta, en la calle que recién adoptó su nombre cuando él ya no estaba vivo para caminarla. Es la imagen crepuscular del gentleman argentino por excelencia: culto, sin tensión, a la vez reservado y campechano, decoroso y superior. El dandy que ve por la ventana apagarse la vida de uno de los barrios más tradicionales de Buenos Aires. Pero la escena (y la palabra elite) sólo tiene sentido si se le restituye lo que la trabaja desde afuera. Mientras Bioy pierde sus ojos cristalinos en los nudos paquidérmicos de los gomeros de la plaza de enfrente, uno de los varios groupies de rapiña que viven de su incapacidad de decir que no le roba la ración diaria de cubiertos de plata de sus abuelos y disimula el botín (los cuchillos son buenos señaladores) entre las páginas de las dos o tres primeras ediciones que acaba de hurtar de la biblioteca, y a cincuenta metros de ese edificio francés, en un penthouse pintado de negro y forrado de espejos, un capomaffia rengo de la TV argentina hojea con sus dedos manicurados el portafolio del que saldrán, si todo va bien, la falange de mujeres que dos meses más tarde, bajo el mote de “secretarias”, transportarán el sobre con el nombre del ganador de un concurso lleno de trampas haciendo vibrar sus glúteos de acero en vivo y en directo.
¿Qué es menos desagradable? ¿Esa elite decadente, veteada de ruindad, cortada por los avatares del parasitismo y el show business; la elite original, “genuina”, bien siglo XIX (que seguimos romantizando retroactivamente, a la luz de las posteridades siniestras o vulgares de la burguesía argentina), o la elite arrogante y brutal, tan satisfecha de sí, que tenían en la mira los insurrectos años setenta? Por más náuseas que me dé, tiendo a preferir la primera. Tiene algo que la segunda y la tercera nunca toleraron, porque amenazaba su veleidad esencial: es impura (y en lo impuro, aun lo más abyecto, siempre hay algo nuevo que acecha). Hijo de la clase media ilustrada, nacido cuando la Argentina tradicional se caía a pedazos, nunca escuché pronunciar con orgullo la palabra elite. Siempre fue para mí una noción negativa, teñida de una perspectiva (sociológica o política) que la usaba menos para describir una determinada formación social que para denunciar su dominación, su prepotencia, su codicia. Era como la palabra “negro”, que –al menos hasta que se la apropiaron los negros– sólo la pronunciaban los no negros o el Klan. Era una palabra francesa (lo que la volvía instantáneamente deseable a los oídos porteños); solía usarse más como adjetivo (elitista), para designar proyectos políticos, escuelas, clubes, restaurantes, publicaciones, deportes, prácticas artísticas, que como sustantivo. Elitista era todo lo que se opusiera a masivo, es decir a popular, es decir a progresista. (Hoy, las ínfulas sinonímicas de ese trío de palabras no puede no hacernos sonreír; no entiendo por qué no hacían sonreír entonces, con un mundo ya bastante curtido en experiencias masivas no precisamente emancipatorias, pero ésa es otra historia). Elitistas eran Borges, la música clásica, el cine de Antonioni, Mondrian, el idioma mismo en el que se decía elite (antes de que el español la nacionalizara) y hasta el Colegio Nacional de Buenos Aires, la gran institución de enseñanza pública del país, de la que habían salido siempre los cuadros más conspicuos de las elites y también los que se vanagloriaban de querer pasarlas a degüello. Así, hasta que las novelas de Manuel Puig –con sus melodramas mucamiles y sus técnicas de montaje, sus folletines de revista femenina y sus monólogos interiores a la Joyce– lo complicaron todo. Lo interesante, como siempre, estaba entre.
Después, la noción palidece y tiende a desaparecer, al menos del lenguaje público. Hay otra, que rivaliza con ella en los setenta, que de algún modo la vampiriza y la eclipsa: es la noción de minoría. Aunque designaban ambas un mismo target político –la secta de notables que cortaban el bacalao–, minoría siempre fue más inteligente, más sutil, más moderna y sobre todo más ambivalente que elite. Elite era sociopolítica; minoría era cultural. Elite, demasiado envarada, vestida siempre de levita, era irrecuperable; minoría, ya en los setenta –cuando en la Argentina la palabra no evocaba mujeres ni gays ni ninguna comunidad de marginados sino salones de fumar de terratenientes e industriales, socios del Jockey Club, el público lacio y rubio de los campeonatos de polo– daba pie para gemas de la recuperación irónica como el eslogan que inmortalizó La Opinión, el matutino de Jacobo Timerman venerado por la clase media progre: “El diario de la inmensa minoría”.
Minoría, como todos sabemos, triunfó. El sentido del Primer Mundo se impuso sobre el del Tercero (una operación colonial que pocos insurrectos se tomaron el trabajo de desmenuzar) y transformó lo que para el sentido común era un estigma (como ahora “terrorista”, “narco” o “mafia”) en un sujeto colectivo nuevo, imaginativo, digno de solidaridad y reivindicación. Me pregunto si elite tendrá alguna vez la misma chance. Al revés de lo que se podría pensar, el perfume anacrónico que despide me hace creer que sí. Algo parecido hizo a mediados de los setenta Roland Barthes con el discurso amoroso, reliquia arqueológica que retrocedía hacia el museo, intimidada por el goce, la perversión y los objetos parciales, estrellas del firmamento erótico de la época.
Si Barthes, en pleno París posestructuralista, arrancó del letargo un fósil como la declaración de amor, ¿por qué
la noción de elite –que hoy, al menos en la Argentina, apenas nombra una marca de bombones de origen suizo absolutamente pasada de moda– no habrá de nombrar, de acá a unos años, por ejemplo, alguno de los 2.985.984 falansterios con los que el gran Charles Fourier, para felicidad de todos, pretendía poblar la superficie de la tierra?
Fuente.
Hijo de la clase media ilustrada, nacido cuando la Argentina tradicional se caía a pedazos, nunca escuché pronunciar con orgullo la palabra elite. Siempre fue para mí una noción negativa, teñida de una perspectiva (sociológica o política) que la usaba menos para describir una determinada formación social que para denunciar su dominación, su prepotencia, su codicia.

Pienso en la palabra elite y me viene la imagen de Bioy Casares al final de su vida, solo en su departamento de Recoleta, en la calle que recién adoptó su nombre cuando él ya no estaba vivo para caminarla. Es la imagen crepuscular del gentleman argentino por excelencia: culto, sin tensión, a la vez reservado y campechano, decoroso y superior. El dandy que ve por la ventana apagarse la vida de uno de los barrios más tradicionales de Buenos Aires. Pero la escena (y la palabra elite) sólo tiene sentido si se le restituye lo que la trabaja desde afuera. Mientras Bioy pierde sus ojos cristalinos en los nudos paquidérmicos de los gomeros de la plaza de enfrente, uno de los varios groupies de rapiña que viven de su incapacidad de decir que no le roba la ración diaria de cubiertos de plata de sus abuelos y disimula el botín (los cuchillos son buenos señaladores) entre las páginas de las dos o tres primeras ediciones que acaba de hurtar de la biblioteca, y a cincuenta metros de ese edificio francés, en un penthouse pintado de negro y forrado de espejos, un capomaffia rengo de la TV argentina hojea con sus dedos manicurados el portafolio del que saldrán, si todo va bien, la falange de mujeres que dos meses más tarde, bajo el mote de “secretarias”, transportarán el sobre con el nombre del ganador de un concurso lleno de trampas haciendo vibrar sus glúteos de acero en vivo y en directo.
¿Qué es menos desagradable? ¿Esa elite decadente, veteada de ruindad, cortada por los avatares del parasitismo y el show business; la elite original, “genuina”, bien siglo XIX (que seguimos romantizando retroactivamente, a la luz de las posteridades siniestras o vulgares de la burguesía argentina), o la elite arrogante y brutal, tan satisfecha de sí, que tenían en la mira los insurrectos años setenta? Por más náuseas que me dé, tiendo a preferir la primera. Tiene algo que la segunda y la tercera nunca toleraron, porque amenazaba su veleidad esencial: es impura (y en lo impuro, aun lo más abyecto, siempre hay algo nuevo que acecha). Hijo de la clase media ilustrada, nacido cuando la Argentina tradicional se caía a pedazos, nunca escuché pronunciar con orgullo la palabra elite. Siempre fue para mí una noción negativa, teñida de una perspectiva (sociológica o política) que la usaba menos para describir una determinada formación social que para denunciar su dominación, su prepotencia, su codicia. Era como la palabra “negro”, que –al menos hasta que se la apropiaron los negros– sólo la pronunciaban los no negros o el Klan. Era una palabra francesa (lo que la volvía instantáneamente deseable a los oídos porteños); solía usarse más como adjetivo (elitista), para designar proyectos políticos, escuelas, clubes, restaurantes, publicaciones, deportes, prácticas artísticas, que como sustantivo. Elitista era todo lo que se opusiera a masivo, es decir a popular, es decir a progresista. (Hoy, las ínfulas sinonímicas de ese trío de palabras no puede no hacernos sonreír; no entiendo por qué no hacían sonreír entonces, con un mundo ya bastante curtido en experiencias masivas no precisamente emancipatorias, pero ésa es otra historia). Elitistas eran Borges, la música clásica, el cine de Antonioni, Mondrian, el idioma mismo en el que se decía elite (antes de que el español la nacionalizara) y hasta el Colegio Nacional de Buenos Aires, la gran institución de enseñanza pública del país, de la que habían salido siempre los cuadros más conspicuos de las elites y también los que se vanagloriaban de querer pasarlas a degüello. Así, hasta que las novelas de Manuel Puig –con sus melodramas mucamiles y sus técnicas de montaje, sus folletines de revista femenina y sus monólogos interiores a la Joyce– lo complicaron todo. Lo interesante, como siempre, estaba entre.
Después, la noción palidece y tiende a desaparecer, al menos del lenguaje público. Hay otra, que rivaliza con ella en los setenta, que de algún modo la vampiriza y la eclipsa: es la noción de minoría. Aunque designaban ambas un mismo target político –la secta de notables que cortaban el bacalao–, minoría siempre fue más inteligente, más sutil, más moderna y sobre todo más ambivalente que elite. Elite era sociopolítica; minoría era cultural. Elite, demasiado envarada, vestida siempre de levita, era irrecuperable; minoría, ya en los setenta –cuando en la Argentina la palabra no evocaba mujeres ni gays ni ninguna comunidad de marginados sino salones de fumar de terratenientes e industriales, socios del Jockey Club, el público lacio y rubio de los campeonatos de polo– daba pie para gemas de la recuperación irónica como el eslogan que inmortalizó La Opinión, el matutino de Jacobo Timerman venerado por la clase media progre: “El diario de la inmensa minoría”.
Minoría, como todos sabemos, triunfó. El sentido del Primer Mundo se impuso sobre el del Tercero (una operación colonial que pocos insurrectos se tomaron el trabajo de desmenuzar) y transformó lo que para el sentido común era un estigma (como ahora “terrorista”, “narco” o “mafia”) en un sujeto colectivo nuevo, imaginativo, digno de solidaridad y reivindicación. Me pregunto si elite tendrá alguna vez la misma chance. Al revés de lo que se podría pensar, el perfume anacrónico que despide me hace creer que sí. Algo parecido hizo a mediados de los setenta Roland Barthes con el discurso amoroso, reliquia arqueológica que retrocedía hacia el museo, intimidada por el goce, la perversión y los objetos parciales, estrellas del firmamento erótico de la época.
Si Barthes, en pleno París posestructuralista, arrancó del letargo un fósil como la declaración de amor, ¿por qué
la noción de elite –que hoy, al menos en la Argentina, apenas nombra una marca de bombones de origen suizo absolutamente pasada de moda– no habrá de nombrar, de acá a unos años, por ejemplo, alguno de los 2.985.984 falansterios con los que el gran Charles Fourier, para felicidad de todos, pretendía poblar la superficie de la tierra?
Fuente.