Naypyidaw, la capital fantasma de Birmania
Para aislarse de la población, la Junta militar de Myanmar ha construido en plena jungla una surrealista y desierta ciudad donde sólo residen los funcionarios y únicamente hay viviendas y Ministerios. Frente a los rudimentarios e impersonales bloques que ocupan los empleados públicos, todas iguales, los generales que dirigen esta paupérrima nación del Sureste Asiático viven en lujosos palacios y juegan al golf en campos levantados por esclavos, como niños de 10 años que trabajan como albañiles por un dólar al día. ABC llega hasta uno de los lugares más herméticos y prohibidos del mundo
Aunque Naypyidaw es la capital oficial de Birmania desde noviembre de 2005, no merece ni llamarse ciudad. En realidad, Naypyidaw parece más bien el desolador extrarradio de una gran urbe post-industrial, ya que está plagada de innumerables bloques de viviendas de cuatro plantas – todos iguales – que parecen diseñados por el Ministerio de la Vivienda del franquismo. Sólo les falta la plaquita con el yugo y las flechas en la puerta.
Panorámica de Naypyidaw, donde todos los edificios son fantasmagóricamente iguales y las amplias avenidas están desiertas
Desperdigados en medio de una frondosa maleza tropical que se cuela hasta la puerta de las casas, los edificios están separados por desiertas avenidas de cuatro carriles en cada sentido, inexistentes en cualquier otra parte de Myanmar, el nombre original con que la Junta militar rebautizó a esta paupérrima y aislada nación del Sureste Asiático.
En su delirio de grandeza, Naypyidaw es la última excentricidad del brutal régimen que dirige el general Than Shwe, un zafio y supersticioso cartero que, según la rumorología, se dejó guiar por su adivino personal para trasladar la capital administrativa desde Yangón (Rangún), la principal ciudad del país, hasta este lugar enclavado en plena jungla.
De todas maneras, no es la primera vez que un dirigente birmano levanta una nueva ciudad para su Gobierno, pues forma parte de una tradición histórica que ya siguió el rey Mindon en 1859, cuando trasladó la capital desde Amarapura hasta Mandalay. Antes de Rangún primero y ahora Naypyidaw, dicha urbe fue la antepenúltima capital de Birmania, pero la primera fue la monumental Bagan, el bastión del poderoso monarca Anawrhata. Desde la caída de la dinastía Pagan en 1044, la capital de Birmania ha cambiado de ubicación once veces, siempre por motivos tan dispares como los que ahora se barajan.
Según el Gobierno, Rangún, una destartalada urbe de 6,5 millones de habitantes donde parece que sus destartalados edificios coloniales se van a venir abajo, estaba tan congestionada que se había quedado pequeña. A tenor de la oposición, los generales temen tanto una invasión por parte de Estados Unidos que creen que podrían resistir mejor un ataque desde una capital como Naypyidaw, alejada de la costa y situada en el interior del país, desde donde se puede controlar mejor zonas rebeldes con fuerte presencia guerrillera, como los Karen.
Además, Naypyidaw ha sido levantada a unos tres kilómetros al oeste de Pyinmana, un lugar clave en la historia de Birmania porque aquí se encontraba la base del ejército que logró liberar al país de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y luego la independencia en 1948. Paradojas del destino, dicho ejército estaba comandado por el general Aung San, padre no sólo de la independencia de Birmania, sino también de la líder opositora y Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi. Esta enérgica mujer, todo un símbolo de la lucha por la democracia, se ha pasado confinada bajo arresto domiciliario 12 de los últimos 18 años, concretamente desde que ganó las elecciones de 1990, que luego fueron invalidadas por la Junta militar.
Frente a la admiración que la sociedad birmana siente por la “Dama”, como es popularmante conocida Aung San Suu Kyi, el detestado régimen de los generales ha optado por aislarse del pueblo con el fin de perpetuarse en el poder. Para ello, se ha construido una gigantesca y desangelada ciudad de 4.600 kilómetros cuadrados – 78 veces la extensión de Manhattan – en la que sólo pueden vivir los funcionarios de los Ministerios.
Una niña, con la cara maquillada con la tradicional pintura "thanakha", pasea por las desoladas calles de la nueva capital de Birmania
Además, este frío urbanismo basado en amplias avenidas y con las sedes oficiales muy distantes entre sí es un seguro contra protestas ciudadanas como las que tuvieron lugar en septiembre del año pasado durante la “Revolución Azafrán”. Al contrario que en Rangún, los manifestantes no habrían podido esconderse aquí en ninguna callejuela y, con tantos espacios abiertos, cualquier movilización ciudadana puede ser aplastada con facilidad.
Dividida en una parte civil y otra militar, donde está prohibido el acceso, Naypyidaw es todo lo contrario a lo que se supone debería ser una ciudad. En lugar de ser un espacio para la socialización, Naypyidaw es un alienante engendro urbano donde las casas están separadas de los Ministerios en los que trabajan sus habitantes.
De hecho, no existe un centro urbano ni hay tiendas, restaurantes o bancos por los calles, ya que todos los establecimientos comerciales están concentrados en una especie de rudimentario centro comercial plagado de pequeños locales. Por su parte, los restaurantes se concentran en una colina contigua, muy cerca de unas dársenas que parecen ser una estación de autobuses.
Todo lo demás son bloques de pisos exactamente iguales donde lo único que cambia es el color de sus tejados. En dichos edificios viven unas 16 familias, en las que al menos uno de sus miembros trabaja como funcionario en un Ministerio. Además, todos los inquilinos de un bloque pertenecen al mismo Ministerio y sólo hay un teléfono por edificio, generalmente instalado en la casa del chivato de turno para que así pueda informar a la Policía de las conversaciones íntimas de sus vecinos.
Uno de dichos funcionarios es el padre de Kyaw Zin Win, un joven de 29 años que, junto a su hijo pequeño y su madre, tuvo que dejar atrás su vida y sus amigos de Rangún cuando el Gobierno obligó a su progenitor a cambiar de destino. El viernes 6 de noviembre de 2005, y siguiendo los misteriosos designios del adivino personal del general Than Shwe, la Junta militar anunció por sorpresa el traslado a la nueva capital para que, al lunes siguiente, los funcionarios se presentaran en sus nuevos puestos de trabajo.
Miles de autobuses y camiones, muchos de ellos transportando a los animales del zoológico de Rangún, recorrieron los más de 300 kilómetros de la tortuosa carretera que atraviesa la jungla hasta Naypyidaw. Al final de las más de nueve horas de trayecto, plagado de miseros villorrios formados por chozas de madera, la estrecha calzada se abre en una flamante autopista de varios carriles, que desemboca en el cruce que dirige hasta las dos zonas bien diferenciadas de la capital.
Naypyidaw, que fue oficialmente bautizada en marzo de 2006 con motivo del Día de las Fuerzas Armadas, significa “Morada de Reyes” en birmano y en ella viven unas 100.000 personas con más pena que gloria a pesar de tan ostentoso nombre. “Aquí hay poco que hacer y no conozco a nadie, pero al menos no tenemos que pagar una renta de alquiler por el piso”, explica a ABC Kyaw Zin Win, quien habita una casa de 80 metros cuadrados y dos habitaciones donde ni siquiera hay muebles.
“Mi padre gana al mes unos 50.000 kyiats (50 dólares) en el Ministerio de Deportes, así que yo tengo que trabajar con mi moto como taxista porque los precios han subido tanto que el dinero no nos llega”, desgrana junto a las mantas en el suelo donde duerme toda la familia.
Como en la mayoría de las casas de los humildes funcionarios, en la vivienda de Kyaw Zin Win no hay ni siquiera muebles ni cortinas en las ventanas
Como el 90 por ciento de los birmanos, que ganan un dólar al día, los funcionarios estatales son tan pobres como el padre de Kyaw Zin Win, que ni siquiera puede comprar cortinas por las ventanas y por eso las cubre con papeles de periódico.
En la casa sólo hay una mesa en el salón y verduras casi podridas en la cocina, donde falta el frigorífico, pero la hospitalidad de los birmanos es tan sobrecogedora que el anfitrión no duda en ofrecer al visitante lo poco que tiene: unas galletas, unos chicles y hasta unas servilletas de papel sin abrir.
A pesar de estas precariedades, Kyaw Zin Win puede considerarse afortunado porque, al menos, el hecho de vivir en Naypyidaw le asegura disponer de agua y electricidad las 24 horas al día, un lujo del que no disfrutan en Rangún y por el cual sus habitantes envidían a los privilegiados capitalinos.
Fuera de la vivienda, el paisaje es aún más desalentador, ya que las amplias calles están totalmente vacías y por ellas no circula ni un solo vehículo, un lujo que está fuera del alcance de la mayoría de los birmanos. El aspecto fantasmagórico de la ciudad tan sólo es roto por una vendedora ambulante que ha dispuesto sus frutas y verduras en la acera mientras, dos manzanas más allá, un grupo de niños juegan descalzos corriendo sobre la desierta calzada. La alegría de los pequeños hace aún más triste este sombrío lugar donde no hay ni parques ni cines ni teatros, tan sólo casas para los funcionarios estatales y calles para que acudan todos los días a su rutinario trabajo.
La mayoría de los ministerios, como los de Energía, Planificación, Transportes, Turismo y Educación, se agrupan en la avenida del Éxito (Zayyatharne), una interminable arteria donde las sedes oficiales están separadas por kilómetros de maleza. La intención del Gobierno consiste en que, desde finales de este año, se instalen aquí las Embajadas extranjeras que aún continúan en Rangún con el fin de llenar esos inmensos espacios muertos, pero pocas legaciones diplomáticas se han mostrado dispuestas a mudarse a un siniestro y paranoico lugar donde podría rodarse una versión cutre y de ojos rasgados de la novela “1984”, de George Orwell.
Y es que los edificios de las viviendas y los Ministerios, de aspecto bastante rudimentario y no demasiado grandes, no tienen nada que ver con los descomunales palacios que el general Than Shwe y los principales hombres del régimen se están levantando en Naypyidaw. Tampoco se parecen a las imponentes estatuas de los tres principales reyes de Birmania que presiden la zona militar, a los que la Junta militar intenta emular.
Imponente entrada a la restringida zona militar de Naypyidaw, desde donde la Junta militar controla el país en un bunker subterráneo
Pero, ¿cómo es posible que un país tan pobre se permita gastarse miles de millones de euros – 4.000 millones, según algunos cálculos – en construir de la nada una ciudad en plena jungla? La respuesta es sencilla: con obreros que trabajan como si fueran esclavos. Por unos 1.200 kyiats al día (un dólar), hombres, mujeres y niños se pasan doce horas cada jornada juntando ladrillos, removiendo mezclas y arrastrando sacos de tierra y cemento.
Es el caso de Su Haling, una niña de doce años que trabaja junto a sus padres construyendo una réplica de la espectacular pagoda de Shwedagon, el monumento más emblemático de Rangún. Para que a la nueva capital no le falten sus encantos turísticos, los generales han decidido no sólo copiar uno de los principales reclamos del país, sino también trasladar hasta Naypyidaw a los animales del zoo de la antigua capital.
“No puedo ir a la escuela porque mi familia es tan pobre que debo venir aquí a trabajar todos los días”, se lamenta Su Haling, ataviada con un pañuelo y una gorra que la protegen del intenso sol cenital, junto a un montón de arena donde un bebé que apenas puede andar gatea mientras sus padres se afanan erigiendo un muro de hormigón.
La niña Su Haling construye, junto a sus padres, una réplica de la pagoda de Shwedagon, el monumento más emblemático de Rangún
Esta es la mano de obra que también ha sido utilizada en los siete hoteles de lujo construidos en la denominada zona de servicios de Naypyidaw. Todos estos establecimientos son regentados por los generales o por hombres afines al régimen, como el multimillonario U Ta Zay, el yerno del general Than Shwe y propietario de los principales negocios del país.
Además de dirigir la aerolínea Air Bagan y de poseer un centro comercial enclavado en el centro de Rangún donde se venden para la élite bolsos de Louis Vuitton, zapatos de Dior, perfumes de Chanel y champán Moet Chandon – todo traído de Singapur –, U Ta Zay es el dueño del hotel Aureum Palace. Enclavado en un idílico paraje natural con el césped perfectamente recortado, este gigantesco “resort” cuenta con 13 lujosos bungalows de madera donde, por unos precios que oscilan entre los 85 y los 350 dólares, no faltan las televisiones con pantalla de plasma y los servicios de sauna y masajes.
“Casi todas nuestras habitaciones están ahora vacías porque se acaban de marchar unos clientes rusos que habían venido en viaje de negocios”, indica uno de los empleados del hotel. Aunque no sabe cuáles eran tales negocios, es bastante probable que los generales cerraran el trato en el campo de golf donde suelen llevar a sus invitados, según desgrana otro habitante de Naypyidaw que prefiere ocultar su identidad.
La dictadura militar ha impuesto entre la población un paranoico estado de terror que ha sembrado la desconfianza y ha llenado las calles de soplones. Desde el búnker diseñado por ingenieros norcoreanos, la Junta pilotada por el general Than Shwe sigue controlando a su antojo Birmania y expoliando sus ricos recursos naturales aislada en su nueva capital fantasma.
Fuente
Para aislarse de la población, la Junta militar de Myanmar ha construido en plena jungla una surrealista y desierta ciudad donde sólo residen los funcionarios y únicamente hay viviendas y Ministerios. Frente a los rudimentarios e impersonales bloques que ocupan los empleados públicos, todas iguales, los generales que dirigen esta paupérrima nación del Sureste Asiático viven en lujosos palacios y juegan al golf en campos levantados por esclavos, como niños de 10 años que trabajan como albañiles por un dólar al día. ABC llega hasta uno de los lugares más herméticos y prohibidos del mundo
Aunque Naypyidaw es la capital oficial de Birmania desde noviembre de 2005, no merece ni llamarse ciudad. En realidad, Naypyidaw parece más bien el desolador extrarradio de una gran urbe post-industrial, ya que está plagada de innumerables bloques de viviendas de cuatro plantas – todos iguales – que parecen diseñados por el Ministerio de la Vivienda del franquismo. Sólo les falta la plaquita con el yugo y las flechas en la puerta.
Panorámica de Naypyidaw, donde todos los edificios son fantasmagóricamente iguales y las amplias avenidas están desiertas
Desperdigados en medio de una frondosa maleza tropical que se cuela hasta la puerta de las casas, los edificios están separados por desiertas avenidas de cuatro carriles en cada sentido, inexistentes en cualquier otra parte de Myanmar, el nombre original con que la Junta militar rebautizó a esta paupérrima y aislada nación del Sureste Asiático.
En su delirio de grandeza, Naypyidaw es la última excentricidad del brutal régimen que dirige el general Than Shwe, un zafio y supersticioso cartero que, según la rumorología, se dejó guiar por su adivino personal para trasladar la capital administrativa desde Yangón (Rangún), la principal ciudad del país, hasta este lugar enclavado en plena jungla.
De todas maneras, no es la primera vez que un dirigente birmano levanta una nueva ciudad para su Gobierno, pues forma parte de una tradición histórica que ya siguió el rey Mindon en 1859, cuando trasladó la capital desde Amarapura hasta Mandalay. Antes de Rangún primero y ahora Naypyidaw, dicha urbe fue la antepenúltima capital de Birmania, pero la primera fue la monumental Bagan, el bastión del poderoso monarca Anawrhata. Desde la caída de la dinastía Pagan en 1044, la capital de Birmania ha cambiado de ubicación once veces, siempre por motivos tan dispares como los que ahora se barajan.
Según el Gobierno, Rangún, una destartalada urbe de 6,5 millones de habitantes donde parece que sus destartalados edificios coloniales se van a venir abajo, estaba tan congestionada que se había quedado pequeña. A tenor de la oposición, los generales temen tanto una invasión por parte de Estados Unidos que creen que podrían resistir mejor un ataque desde una capital como Naypyidaw, alejada de la costa y situada en el interior del país, desde donde se puede controlar mejor zonas rebeldes con fuerte presencia guerrillera, como los Karen.
Además, Naypyidaw ha sido levantada a unos tres kilómetros al oeste de Pyinmana, un lugar clave en la historia de Birmania porque aquí se encontraba la base del ejército que logró liberar al país de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y luego la independencia en 1948. Paradojas del destino, dicho ejército estaba comandado por el general Aung San, padre no sólo de la independencia de Birmania, sino también de la líder opositora y Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi. Esta enérgica mujer, todo un símbolo de la lucha por la democracia, se ha pasado confinada bajo arresto domiciliario 12 de los últimos 18 años, concretamente desde que ganó las elecciones de 1990, que luego fueron invalidadas por la Junta militar.
Frente a la admiración que la sociedad birmana siente por la “Dama”, como es popularmante conocida Aung San Suu Kyi, el detestado régimen de los generales ha optado por aislarse del pueblo con el fin de perpetuarse en el poder. Para ello, se ha construido una gigantesca y desangelada ciudad de 4.600 kilómetros cuadrados – 78 veces la extensión de Manhattan – en la que sólo pueden vivir los funcionarios de los Ministerios.
Una niña, con la cara maquillada con la tradicional pintura "thanakha", pasea por las desoladas calles de la nueva capital de Birmania
Además, este frío urbanismo basado en amplias avenidas y con las sedes oficiales muy distantes entre sí es un seguro contra protestas ciudadanas como las que tuvieron lugar en septiembre del año pasado durante la “Revolución Azafrán”. Al contrario que en Rangún, los manifestantes no habrían podido esconderse aquí en ninguna callejuela y, con tantos espacios abiertos, cualquier movilización ciudadana puede ser aplastada con facilidad.
Dividida en una parte civil y otra militar, donde está prohibido el acceso, Naypyidaw es todo lo contrario a lo que se supone debería ser una ciudad. En lugar de ser un espacio para la socialización, Naypyidaw es un alienante engendro urbano donde las casas están separadas de los Ministerios en los que trabajan sus habitantes.
De hecho, no existe un centro urbano ni hay tiendas, restaurantes o bancos por los calles, ya que todos los establecimientos comerciales están concentrados en una especie de rudimentario centro comercial plagado de pequeños locales. Por su parte, los restaurantes se concentran en una colina contigua, muy cerca de unas dársenas que parecen ser una estación de autobuses.
Todo lo demás son bloques de pisos exactamente iguales donde lo único que cambia es el color de sus tejados. En dichos edificios viven unas 16 familias, en las que al menos uno de sus miembros trabaja como funcionario en un Ministerio. Además, todos los inquilinos de un bloque pertenecen al mismo Ministerio y sólo hay un teléfono por edificio, generalmente instalado en la casa del chivato de turno para que así pueda informar a la Policía de las conversaciones íntimas de sus vecinos.
Uno de dichos funcionarios es el padre de Kyaw Zin Win, un joven de 29 años que, junto a su hijo pequeño y su madre, tuvo que dejar atrás su vida y sus amigos de Rangún cuando el Gobierno obligó a su progenitor a cambiar de destino. El viernes 6 de noviembre de 2005, y siguiendo los misteriosos designios del adivino personal del general Than Shwe, la Junta militar anunció por sorpresa el traslado a la nueva capital para que, al lunes siguiente, los funcionarios se presentaran en sus nuevos puestos de trabajo.
Miles de autobuses y camiones, muchos de ellos transportando a los animales del zoológico de Rangún, recorrieron los más de 300 kilómetros de la tortuosa carretera que atraviesa la jungla hasta Naypyidaw. Al final de las más de nueve horas de trayecto, plagado de miseros villorrios formados por chozas de madera, la estrecha calzada se abre en una flamante autopista de varios carriles, que desemboca en el cruce que dirige hasta las dos zonas bien diferenciadas de la capital.
Naypyidaw, que fue oficialmente bautizada en marzo de 2006 con motivo del Día de las Fuerzas Armadas, significa “Morada de Reyes” en birmano y en ella viven unas 100.000 personas con más pena que gloria a pesar de tan ostentoso nombre. “Aquí hay poco que hacer y no conozco a nadie, pero al menos no tenemos que pagar una renta de alquiler por el piso”, explica a ABC Kyaw Zin Win, quien habita una casa de 80 metros cuadrados y dos habitaciones donde ni siquiera hay muebles.
“Mi padre gana al mes unos 50.000 kyiats (50 dólares) en el Ministerio de Deportes, así que yo tengo que trabajar con mi moto como taxista porque los precios han subido tanto que el dinero no nos llega”, desgrana junto a las mantas en el suelo donde duerme toda la familia.
Como en la mayoría de las casas de los humildes funcionarios, en la vivienda de Kyaw Zin Win no hay ni siquiera muebles ni cortinas en las ventanas
Como el 90 por ciento de los birmanos, que ganan un dólar al día, los funcionarios estatales son tan pobres como el padre de Kyaw Zin Win, que ni siquiera puede comprar cortinas por las ventanas y por eso las cubre con papeles de periódico.
En la casa sólo hay una mesa en el salón y verduras casi podridas en la cocina, donde falta el frigorífico, pero la hospitalidad de los birmanos es tan sobrecogedora que el anfitrión no duda en ofrecer al visitante lo poco que tiene: unas galletas, unos chicles y hasta unas servilletas de papel sin abrir.
A pesar de estas precariedades, Kyaw Zin Win puede considerarse afortunado porque, al menos, el hecho de vivir en Naypyidaw le asegura disponer de agua y electricidad las 24 horas al día, un lujo del que no disfrutan en Rangún y por el cual sus habitantes envidían a los privilegiados capitalinos.
Fuera de la vivienda, el paisaje es aún más desalentador, ya que las amplias calles están totalmente vacías y por ellas no circula ni un solo vehículo, un lujo que está fuera del alcance de la mayoría de los birmanos. El aspecto fantasmagórico de la ciudad tan sólo es roto por una vendedora ambulante que ha dispuesto sus frutas y verduras en la acera mientras, dos manzanas más allá, un grupo de niños juegan descalzos corriendo sobre la desierta calzada. La alegría de los pequeños hace aún más triste este sombrío lugar donde no hay ni parques ni cines ni teatros, tan sólo casas para los funcionarios estatales y calles para que acudan todos los días a su rutinario trabajo.
La mayoría de los ministerios, como los de Energía, Planificación, Transportes, Turismo y Educación, se agrupan en la avenida del Éxito (Zayyatharne), una interminable arteria donde las sedes oficiales están separadas por kilómetros de maleza. La intención del Gobierno consiste en que, desde finales de este año, se instalen aquí las Embajadas extranjeras que aún continúan en Rangún con el fin de llenar esos inmensos espacios muertos, pero pocas legaciones diplomáticas se han mostrado dispuestas a mudarse a un siniestro y paranoico lugar donde podría rodarse una versión cutre y de ojos rasgados de la novela “1984”, de George Orwell.
Y es que los edificios de las viviendas y los Ministerios, de aspecto bastante rudimentario y no demasiado grandes, no tienen nada que ver con los descomunales palacios que el general Than Shwe y los principales hombres del régimen se están levantando en Naypyidaw. Tampoco se parecen a las imponentes estatuas de los tres principales reyes de Birmania que presiden la zona militar, a los que la Junta militar intenta emular.
Imponente entrada a la restringida zona militar de Naypyidaw, desde donde la Junta militar controla el país en un bunker subterráneo
Pero, ¿cómo es posible que un país tan pobre se permita gastarse miles de millones de euros – 4.000 millones, según algunos cálculos – en construir de la nada una ciudad en plena jungla? La respuesta es sencilla: con obreros que trabajan como si fueran esclavos. Por unos 1.200 kyiats al día (un dólar), hombres, mujeres y niños se pasan doce horas cada jornada juntando ladrillos, removiendo mezclas y arrastrando sacos de tierra y cemento.
Es el caso de Su Haling, una niña de doce años que trabaja junto a sus padres construyendo una réplica de la espectacular pagoda de Shwedagon, el monumento más emblemático de Rangún. Para que a la nueva capital no le falten sus encantos turísticos, los generales han decidido no sólo copiar uno de los principales reclamos del país, sino también trasladar hasta Naypyidaw a los animales del zoo de la antigua capital.
“No puedo ir a la escuela porque mi familia es tan pobre que debo venir aquí a trabajar todos los días”, se lamenta Su Haling, ataviada con un pañuelo y una gorra que la protegen del intenso sol cenital, junto a un montón de arena donde un bebé que apenas puede andar gatea mientras sus padres se afanan erigiendo un muro de hormigón.
La niña Su Haling construye, junto a sus padres, una réplica de la pagoda de Shwedagon, el monumento más emblemático de Rangún
Esta es la mano de obra que también ha sido utilizada en los siete hoteles de lujo construidos en la denominada zona de servicios de Naypyidaw. Todos estos establecimientos son regentados por los generales o por hombres afines al régimen, como el multimillonario U Ta Zay, el yerno del general Than Shwe y propietario de los principales negocios del país.
Además de dirigir la aerolínea Air Bagan y de poseer un centro comercial enclavado en el centro de Rangún donde se venden para la élite bolsos de Louis Vuitton, zapatos de Dior, perfumes de Chanel y champán Moet Chandon – todo traído de Singapur –, U Ta Zay es el dueño del hotel Aureum Palace. Enclavado en un idílico paraje natural con el césped perfectamente recortado, este gigantesco “resort” cuenta con 13 lujosos bungalows de madera donde, por unos precios que oscilan entre los 85 y los 350 dólares, no faltan las televisiones con pantalla de plasma y los servicios de sauna y masajes.
“Casi todas nuestras habitaciones están ahora vacías porque se acaban de marchar unos clientes rusos que habían venido en viaje de negocios”, indica uno de los empleados del hotel. Aunque no sabe cuáles eran tales negocios, es bastante probable que los generales cerraran el trato en el campo de golf donde suelen llevar a sus invitados, según desgrana otro habitante de Naypyidaw que prefiere ocultar su identidad.
La dictadura militar ha impuesto entre la población un paranoico estado de terror que ha sembrado la desconfianza y ha llenado las calles de soplones. Desde el búnker diseñado por ingenieros norcoreanos, la Junta pilotada por el general Than Shwe sigue controlando a su antojo Birmania y expoliando sus ricos recursos naturales aislada en su nueva capital fantasma.
Fuente