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G.P
Lo ví recientemente al hombre (a quien a los efectos prácticos del relato lo vamos a designar, provisoriamente, como G.P).
La noche previa había llovido. Y siempre que llueve, las calles terradas del Viejo Pirané, transforman a los caminantes en malabaristas ocasionales: saltando, esquivando, haciendo equilibrio, subiendo y bajando, alternando entre la vereda y la calle. Era mi caso y de dos señoras mayores, que iban delante de mí, a un paso de distancia. Ellas abroqueladas literalmente, agarradas de las manos, sosteniéndose mutuamente. Yo, por mi parte, ensimismado iba, buscando esa armonía ideal para no resbalar y, a su vez, viendo de qué modo el barro se me había ido enmarañando hasta bien arriba de los tobillos. De pronto una de las señoras, le dice a la otra (se detienen de hecho): “¡mirá quién está ahí, es G.P!” (Así en ese tono, que rayaba entre el espanto y el asombro). En el medio de toda esa vorágine aunque yo también detuve circunstancialmente la marcha, vencido acaso por la curiosidad. Y entonces me resulta imposible evitar girar hacia la derecha, viendo hacia el interior de una casa, por cuya vereda transitábamos, precedida por un patio importante. Efectivamente, allí estaba el imponderable G.P, asomando medio cuerpo en una gran ventana. Hacía muchos años que no lo veía en persona. Su semblante ajado, expresaba sin dudas los años que se le fueron impregnando. El tiempo se abatió sobre él, fue lo que pensé súbitamente. Dicen, los que saben, que vemos el incansable transcurrir del tiempo y sus consecuencias, no en el espejo donde cotidianamente lidiamos con nuestras imágenes (que seguramente cambian, de un año a otro), sino en los rostros y aspectos de las personas, que de una u otra manera formaron parte de nuestro ayer.
Sí, así es: de una u otra manera, voluntaria o involuntariamente, las personas van constituyéndose en parte constitutiva del paisaje cotidiano. No su persona concretamente, pero sí la representación de ella, es decir su personaje, está relacionado con algunas reminiscencias de la niñez, cuando precisamente G.P pasó a ser el elemento de presión de algunos mayores, principalmente, para que los niños callejeros nos quedemos en la casa, en algunas de esas soleadas y desérticas siestas del Pirané de otrora: “¡no salgan, que los va a llevar G.P!”. Amenaza efectiva, si las había. Justamente en esa época donde la ingenuidad era un derecho natural y adquirido de los niños.
Obtuvo el rechazo exclusivo de gran parte de la sociedad piranense. “Degenerado o sátiro (una denominación que apareció a principios de los 80, y no sé exactamente porque) fueron sus rótulos más comunes. Declaraciones que nunca jamás le favorecieron y que fueron seguramente lanzadas por señoras, señoritas o señores pudorosos, a quienes les era imposible sobrellevar la extrema facilidad con la que G.P solía exhibir sus partes pudendas. Lo recuerdo cabalmente caminando por las calles del pueblo, a cualquier hora. En un andar anárquico y desordenado, moviendo todas sus extremidades, como hamacándose en cada paso. Siempre con una marcada calva y de mentón destacado, provisto de una barbilla consecuente con su peinado desorganizado. Sus pantalones con pinza rigurosamente levantados por encima de la cintura, rodeado acaso por algún material versátil que oficiara temporalmente de cinturón. De camisa arremangada. Lo mismo que sus pantalones, arremangados hasta la altura de las pantorrillas. Normalmente de alpargatas. Y, por supuesto, permanentemente en actitudes sospechosas. Huyendo despavorido o de los perros o de algunos vecinos que lo expulsaban frecuentemente, propinándole obligatoriamente epítetos de todo género y laya.
G.P pasó a formar parte de la leyenda urbana por ser un exhibicionista amateur, que obviamente atentaba contra las sanas tradiciones de un pueblo tranquilo. Los exégetas del apocalipsis de la sana costumbre y de la buena moral presagiaron el advenimiento de dos o tres generaciones traumadas, tras haber sido espectadores forzosos de las repetidas “muestras” de G.P; algo que evidentemente sucedió en el mundo entero (basta solamente con mirar la televisión, donde abundan exhibicionistas, pero profesionales) pero dudo mucho que nuestro “cuco” local tuviera algo que ver con esa trasmutación de usos y costumbres.
Villano, héroe, incomprendido, marginal, enfermo, víctima o victimario: tal vez su personaje represente todos esos significados al unísono, de acuerdo, claro, a la perspectiva que vayamos pues asumiendo. Sin embargo, nada de ello le impidió transformarse en uno de esos terribles personajes de pueblo, imposible de exiliarlo al olvido…
Seguíamos salteando el barro y el agua, ya íbamos caminando a la par, cuando de repente una de las señoras dice, en voz alta, como para que yo también participe de la charla: “dicen que se llama Faustino”. Ambas me miran, en tanto que la otra señora nos pregunta: “¿sigue haciendo lo que solía hacer antes?”. Nos llamamos a silencio, pero por las dudas ninguno de los tres tomó la iniciativa de voltear hacia la casa donde estaba el hombre, y entonces, así silenciosamente, nos apuramos en pasar de la vereda a la calle.

Autor : Gustavo Javier Lezcano
* Gusano Peludo ...Faustino Fernández


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