entrevista realiza por Gabriel Rocca a Diego Laderach, para "El Cable"
- ¿Cómo empezó tu carrera?
- Yo soy entrerriano y me recibí de
bioquímico en la Universidad Nacional de Córdoba en el año 91. En esa época
estaba muy difícil obtener becas para hacer un doctorado en Argentina pero logré
financiamiento para ir a Francia, al Hospital
Necker en París. Todo fue muy complejo,
porque yo no hablaba francés y eso me
complicaba mucho la vida cotidiana. En el
laboratorio no tanto porque se usa mucho
el inglés. No fue fácil al principio. A pesar de
todo, en el 95 ya había terminado mi tesis.
En ese momento partí hacia los Estados
Unidos, a la Wayne State University, en Detroit, para trabajar en células dendríticas.
- Cuando finalizaste tu tesis, ¿evaluaste la posibilidad de volver?
- Yo siempre tuve la idea de volver. De hecho, mi beca era con obligación de retorno.
El problema era que, en esos años, la situación de la ciencia en Argentina no era
muy propicia. Entonces, yo iba dilantando
el regreso.
- ¿Cuánto tiempo te quedaste en Detroit?
- Dos años. Después volví a Francia. Trabajé en distintos lugares y finalmente retorné al Hospital Necker, adonde estuve
cuatro años antes de regresar al país.
- Luego de haber trabajado en Francia
y en Estados Unidos, ¿cómo caracterizarías los sistemas científicos de ambos países?
- Yo creo que el sistema argentino es mucho
más parecido al sistema europeo, en el cual
el Estado a través de distintos organismos
se involucra de una manera muy activa en
su financiamiento. Eso en Francia es muy
similar. En cambio, en Estados Unidos, si
bien hay fondos públicos, todo va a depender de la recaudación que obtenga el investigador que dirige cada laboratorio. Vos hoy
podés tener mucho dinero, pero si las cosas
no salen como se esperaba, al año siguiente te podés quedar sin fondos. Uno observa
que hay laboratorios que crecen muy rápido
y otros que, de un día a otro, desaparecen.
En Argentina y en Francia eso es poco habitual y son procesos mucho más lentos.
- ¿Y en relación con el trabajo diario?
- A nivel de intensidad de trabajo yo no tuve
experiencias en lugares en los que se dice
que se trabaja muchísimo. Lo que sí me
llamó la atención en Estados Unidos es
que era muy raro encontrar jóvenes estadounidenses trabajando en ciencia. Uno
se paseaba por los laboratorios y veía gran
mayoría de inmigrantes. Por supuesto, el
jefe siempre es estadounidense. Pero las
generaciones jóvenes no parecen interesadas en hacer ciencia.
- Luego de 14 años en el exterior, ¿qué
te llevó a decidir la vuelta?
- El tema es que llega un momento en el
cual uno quiere empezar un proyecto a largo plazo, establecer una línea de trabajo
propia, formar recursos humanos. Y eso no
era posible a partir de los contratos renovables con los cuales yo trabajaba en Francia. En cambio, en Argentina, ingresando al
Conicet, yo podía empezar a concretarlo.
- ¿Cómo fuiste armando la arquitectura
de tu regreso?
- Hacia el 2005 comencé a hacer un testeo
de laboratorios porque es muy difícil volver
sin un lugar en donde instalarte. En este
caso yo regresé en el marco de un laboratorio dirigido por Gabriel Rabinovich, a quien
conozco desde la época universitaria, que
está en el IBYME y también tiene un grupo
estable en la Facultad al cual me incorporé.
- ¿Cómo te fue con el Conicet?
- El ingreso a carrera yo lo pedí desde el
exterior, alternativa que facilita mucho las
cosas. El ingreso, a su vez, me abrió las
puertas para solicitar una beca para financiarme hasta que mi cargo fuera oficialmente aceptado y pudiera empezar a cobrar.
También me cubrió el pasaje de regreso,
la mudanza y creo que también tuvo algún
monto pequeño para gastos de instalación.
- ¿Influyeron los cambios que tuvo el
sistema científico argentino en tu decisión de volver?
- Cuando me fui estaba cerrado el ingreso
a Conicet. Ahí ya se puede observar una diferencia importante. Y en los últimos años,
la creación del Ministerio de Ciencia, marca
la decisión de darle un lugar de importancia
a la ciencia. Hay más financiamiento para
trabajar, quizás no son los mismos recursos que puede tener un estadounidense o
un francés, pero ha crecido bastante.
- Después de tantos años afuera, ¿te
adaptaste rápido a tu regreso?
- Cuesta un poco. Yo me había acostumbrado a una manera de trabajar en la que
se pensaba más a largo plazo. Acá pensamos mucho en el presente. Entonces, se
descompone un aparato, y quizás lo solucionamos de manera provisoria, pero ma-
ñana lo tenemos que reparar de vuelta y
pasado otra vez, mientras que, si desde un
principio le destinamos un poco más de dinero y lo hacemos durar tres años, muchos
de esos gastos se evitarían. Es un problema de mentalidad. Pero, por otro lado, creo
que las facultades argentinas forman recursos de muy alto nivel con los cuales se
puede trabajar muy bien y hacer avanzar
los proyectos científicos.
- ¿Estás conforme con tu regreso?
- Estoy conforme. Si bien en el laboratorio
arrancamos sin tener nada, Gabriel (Rabinovich) nos ayudó muchísimo a encontrar
dinero y, de a poquito, nos vamos equipando. Trabajar a partir de una estructura
nueva es una restricción pero también es
un desafío, y estoy contento de haberlo
encarado.
FUENTE : "El Cable" diario semanal de la facultad de ciencias exactas y naturales, UBA.
EN LINEA CON ARGENTINA
- ¿Cómo empezó tu carrera?
- Yo soy entrerriano y me recibí de
bioquímico en la Universidad Nacional de Córdoba en el año 91. En esa época
estaba muy difícil obtener becas para hacer un doctorado en Argentina pero logré
financiamiento para ir a Francia, al Hospital
Necker en París. Todo fue muy complejo,
porque yo no hablaba francés y eso me
complicaba mucho la vida cotidiana. En el
laboratorio no tanto porque se usa mucho
el inglés. No fue fácil al principio. A pesar de
todo, en el 95 ya había terminado mi tesis.
En ese momento partí hacia los Estados
Unidos, a la Wayne State University, en Detroit, para trabajar en células dendríticas.
- Cuando finalizaste tu tesis, ¿evaluaste la posibilidad de volver?
- Yo siempre tuve la idea de volver. De hecho, mi beca era con obligación de retorno.
El problema era que, en esos años, la situación de la ciencia en Argentina no era
muy propicia. Entonces, yo iba dilantando
el regreso.
- ¿Cuánto tiempo te quedaste en Detroit?
- Dos años. Después volví a Francia. Trabajé en distintos lugares y finalmente retorné al Hospital Necker, adonde estuve
cuatro años antes de regresar al país.
- Luego de haber trabajado en Francia
y en Estados Unidos, ¿cómo caracterizarías los sistemas científicos de ambos países?
- Yo creo que el sistema argentino es mucho
más parecido al sistema europeo, en el cual
el Estado a través de distintos organismos
se involucra de una manera muy activa en
su financiamiento. Eso en Francia es muy
similar. En cambio, en Estados Unidos, si
bien hay fondos públicos, todo va a depender de la recaudación que obtenga el investigador que dirige cada laboratorio. Vos hoy
podés tener mucho dinero, pero si las cosas
no salen como se esperaba, al año siguiente te podés quedar sin fondos. Uno observa
que hay laboratorios que crecen muy rápido
y otros que, de un día a otro, desaparecen.
En Argentina y en Francia eso es poco habitual y son procesos mucho más lentos.
- ¿Y en relación con el trabajo diario?
- A nivel de intensidad de trabajo yo no tuve
experiencias en lugares en los que se dice
que se trabaja muchísimo. Lo que sí me
llamó la atención en Estados Unidos es
que era muy raro encontrar jóvenes estadounidenses trabajando en ciencia. Uno
se paseaba por los laboratorios y veía gran
mayoría de inmigrantes. Por supuesto, el
jefe siempre es estadounidense. Pero las
generaciones jóvenes no parecen interesadas en hacer ciencia.
- Luego de 14 años en el exterior, ¿qué
te llevó a decidir la vuelta?
- El tema es que llega un momento en el
cual uno quiere empezar un proyecto a largo plazo, establecer una línea de trabajo
propia, formar recursos humanos. Y eso no
era posible a partir de los contratos renovables con los cuales yo trabajaba en Francia. En cambio, en Argentina, ingresando al
Conicet, yo podía empezar a concretarlo.
- ¿Cómo fuiste armando la arquitectura
de tu regreso?
- Hacia el 2005 comencé a hacer un testeo
de laboratorios porque es muy difícil volver
sin un lugar en donde instalarte. En este
caso yo regresé en el marco de un laboratorio dirigido por Gabriel Rabinovich, a quien
conozco desde la época universitaria, que
está en el IBYME y también tiene un grupo
estable en la Facultad al cual me incorporé.
- ¿Cómo te fue con el Conicet?
- El ingreso a carrera yo lo pedí desde el
exterior, alternativa que facilita mucho las
cosas. El ingreso, a su vez, me abrió las
puertas para solicitar una beca para financiarme hasta que mi cargo fuera oficialmente aceptado y pudiera empezar a cobrar.
También me cubrió el pasaje de regreso,
la mudanza y creo que también tuvo algún
monto pequeño para gastos de instalación.
- ¿Influyeron los cambios que tuvo el
sistema científico argentino en tu decisión de volver?
- Cuando me fui estaba cerrado el ingreso
a Conicet. Ahí ya se puede observar una diferencia importante. Y en los últimos años,
la creación del Ministerio de Ciencia, marca
la decisión de darle un lugar de importancia
a la ciencia. Hay más financiamiento para
trabajar, quizás no son los mismos recursos que puede tener un estadounidense o
un francés, pero ha crecido bastante.
- Después de tantos años afuera, ¿te
adaptaste rápido a tu regreso?
- Cuesta un poco. Yo me había acostumbrado a una manera de trabajar en la que
se pensaba más a largo plazo. Acá pensamos mucho en el presente. Entonces, se
descompone un aparato, y quizás lo solucionamos de manera provisoria, pero ma-
ñana lo tenemos que reparar de vuelta y
pasado otra vez, mientras que, si desde un
principio le destinamos un poco más de dinero y lo hacemos durar tres años, muchos
de esos gastos se evitarían. Es un problema de mentalidad. Pero, por otro lado, creo
que las facultades argentinas forman recursos de muy alto nivel con los cuales se
puede trabajar muy bien y hacer avanzar
los proyectos científicos.
- ¿Estás conforme con tu regreso?
- Estoy conforme. Si bien en el laboratorio
arrancamos sin tener nada, Gabriel (Rabinovich) nos ayudó muchísimo a encontrar
dinero y, de a poquito, nos vamos equipando. Trabajar a partir de una estructura
nueva es una restricción pero también es
un desafío, y estoy contento de haberlo
encarado.
FUENTE : "El Cable" diario semanal de la facultad de ciencias exactas y naturales, UBA.