Esto aqui segun el libro caballo de troya 1 (Jerusalen)
respeto las creencias de cada uno de los que lean este post. El mismo es solo con el afan de que podamos entender alagunas dudas que como seres humanos nos preguntamos hacerca de la ision de Jesus de Nazareth.
Recomiendo leerlo todo.

Avanzada ya la medianoche, uno a uno, los discípulos fueron levantándose y abandonando el
fuego. Mientras buscaban refugio en las tiendas o se arropaban con sus mantos al socaire del
muro de piedra, Andrés procedió a designar el primer turno de guardia: dos hombres armados
con espadas. Uno se situó al sur, en la entrada del huerto y el otro, al norte, en las
proximidades de la gruta. El relevo se efectuaría cada hora.
Pero Jesús no se movió. Sentado a metro y medio de la hoguera -y de espaldas al olivar-,
permaneció unos minutos con la mirada fija en las ondulantes y encarnadas lenguas de fuego,
que chisporroteaban a ratos a causa de algunos de los troncos, algo más húmedos que el resto.
Pronto me quedé solo, frente a él y con la fogata como único testigo, casi mudo, de la que
iba a ser mi tercera y última conversación con el Maestro. Sus brazos descansaban sobre las
piernas, cruzadas una sobre otra. El Nazareno había abierto sus manos, recogiendo el calor
sobre las palmas. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante y sus cabellos y rostro
se iluminaban y apagaban, a capricho del jugueteo de las llamas. Su expresión, acogedora y
apacible durante toda la noche, se había vuelto grave.
De pronto, el corazón me dio un vuelco. Brillante, tímida y sin prisas, una lágrima había
hecho aparición en su mejilla derecha. Era la segunda vez que veía llorar a aquel extraño
hombre...
No respiré siquiera, conmovido e intrigado por aquel sereno y súbito llanto del Galileo. Pero
Jesús parecía totalmente ausente. Y a los pocos minutos, echando la cabeza hacia atrás, inspiró
profundamente, incorporándose. En mi mente bullían y se cruzaban un sinfín de hipótesis sobre
el estado de ánimo del Galileo, pero no me atreví a moverme.
Le vi alejarse hacia el interior del olivar y detenerse a cosa de treinta o cuarenta pasos de
donde me encontraba. Y así permaneció en pie y con la cabeza baja- por espacio de una hora.
La luna, casi llena, solitaria entre miles de estrellas, se encargó de bañarlo con una luz
plateada, oscilante a veces por una brisa que entraba de puntillas entre las hojas verdiblancas
de los olivos.
Sin saber exactamente por qué, esperé. La temperatura había descendido notablemente,
haciendo tiritar a los astros con escalofríos blancos, azules y rojos. Durante un tiempo que no
sabría precisar me quedé con el rostro perdido en aquel negro y soberbio firmamento.
Jesús me sorprendió cuando alimentaba la hoguera con una nueva carga de leña.
-Jasón -me dijo-, ¿no duermes? Sabes de la dureza de las próximas horas. Deberías
descansar como todos los demás...
Sentado junto al fuego le miré con curiosidad, al tiempo que le invitaba a responder a una
pregunta que llevaba dentro desde que le había visto alejarse hacia el olivar:
-Maestro, ¿por qué un hombre como tú necesita de la oración...? Porque, si no estoy
equivocado, eso es lo que has hecho durante este tiempo...
El Galileo dudó. Y antes de responder, volvió a sentarse, pero esta vez junto a mi.
-Dices bien, Jasón. El hombre, mientras padece su condición de mortal, busca y necesita
respuestas. Y en verdad te digo que esa sed de verdad sólo puede aplacarla mi Padre. Ni el
poder, ni la fama, ni siquiera la sabiduría, conducen al hombre al verdadero contacto con el
reino del Espíritu. Es por la oración cómo el humano trata de acercarse al infinito. Mi espíritu
empieza a estar afligido y yo también necesito del consuelo de mi Padre.
-¿Es que la verdadera sabiduría está en el reino de tu Padre?
-No... Mi Padre es la sabiduría.
Jesús recalcó la palabra «es» con una fuerza que no admitía discusión.
-Entonces, si yo rezo, ¿puedo saciar mi curiosidad e iluminar mi espíritu?
-Siempre que esa oración nazca realmente de tu espíritu. Ninguna súplica recibe respuesta,
a no ser que proceda del espíritu. En verdad, en verdad te digo que el hombre se equivoca
cuando intenta canalizar su oración y sus peticiones hacia el beneficio material propio o ajeno.
Esa comunicación con el reino divino de los seres de mi Padre sólo obtiene cumplida respuesta
cuando obedece a una ansia de conocimiento o consuelo espirituales. Lo demás -las
necesidades materiales que tanto os preocupan- no son consecuencia de la oración, sino del
amor de mi Padre.
-¿Por eso has insistido tanto en aquello de «buscar el reino de Dios y su justicia...»?
-Si, Jasón. El resto siempre se os da por añadidura...
-¿Y cómo debemos pedir?
-Como si ya se os hubiera concedido. Recuerda que la fe es el verdadero soporte de esa
súplica espiritual.
-Dices que la oración -así formulada- siempre obtiene respuesta. Pero yo sé que eso no
siempre es así...
El Galileo sonrió con benevolencia.
-Cuando las oraciones provienen en verdad del espíritu humano, a veces son tan profundas
que no pueden recibir contestación hasta que el alma no entra en el reino de mi Padre.
-No comprendo...
-Las respuestas, no lo olvides, siempre consisten en realidades espirituales. Si el hombre no
ha alcanzado el grado espiritual necesario y aconsejable para asimilar ese conocimiento
emanado del reino, deberá esperar -en este mundo o en otros- hasta que esa evolución le
permita reconocer y comprender las respuestas que, aparentemente, no recibió en el momento
de la petición.
-¿Esto explicaría ese angustioso silencio que parece constituir en ocasiones la única
respuesta a la oración?
-Sí. Pero no te confundas. El silencio no significa olvido. Como te he dicho, todas las súplicas
que nacen del espíritu obtienen respuesta. Todas... Déjame que te lo explique con un ejemplo:
el hijo está siempre en el derecho de preguntar a sus padres, pero éstos pueden demorar las
respuestas, a la espera de que el infante adquiera la suficiente madurez como para
comprenderlas.
»La gran diferencia entre los padres humanos y nuestro Padre verdadero está en que
aquellos olvidan a veces que están obligados a contestar, aunque sea al cabo de los años.
-Según esto, cuando muramos, todos seremos sabios...
-Insisto que la única sabiduría válida en el reino de mi Padre es la que brota del amor.
Después de gustar la muerte, nadie será sabio si no lo ha sido antes en vida...
-¿Debo pensar entonces que la demora en la respuesta a mis súplicas es señal de mi
progresivo avance en el mundo del espíritu?
Jesús me miró con complacencia.
-Hay infinidad de respuestas indirectas, de acuerdo con capacidad mental y espiritual del
que pide. Pero, cuando una súplica queda temporalmente en blanco, es frecuente presagio de
una contestación que llenará, en su día, a un espíritu enriquecido por la evolución.
-¿Por qué resulta todo tan complejo?
-No, querido amigo. El amor no es complicado. Es vuestra natural ignorancia la que os
precipita a la oscuridad y la que os inclina a una permanente justificación de vuestros errores.
Guardé silencio. Aquel hombre llevaba razón. Sólo los hombres tratan desesperadamente de
justificarse y justificar sus fracasos...
Levanté la vista hacia las estrellas y señalándole aquella maravilla, le dije:
-¿Qué sientes ante esta belleza?
El Galileo elevó también sus ojos hacia el Firmamento y respondió con melancolía:
-Tristeza...
-¿Por qué?
-Si el hombre no es capaz de recibir en su alma la grandeza de esta obra, ¿cómo podrá
captar la belleza de Aquél que la ha creado?
-¿Es Dios tan inmenso como dices?
-Más que pensar en la inmensidad de mi Padre, debes creer en la inmensidad de su promesa
divina. Rebasa el espíritu del hombre y llega a producir vértigo en las legiones celestiales...
-Ya me lo explicaste, pero, ¿de verdad el acceso al reino de tu Padre está al alcance de todos
los mortales?
-El reino de nuestro Padre -me corrigió Jesús- está en el corazón de todos y cada uno de los
seres humanos. Sólo los que despiertan a la luz del evangelio lo descubren y penetran en él.
-Entonces, ¿todas las religiones, credos o creencias pueden llevarnos a la verdad?
-La verdad es una y nuestro Padre la reparte gratuitamente. Es posible que el gusto y la
belleza puedan ser tan caros como la vulgaridad y la fealdad, pero no sucede lo mismo con la
verdad: ésta sí es un don gratuito que duerme en casi todos los humanos, sean o no gentiles,
sean o no poderosos, sean o no instruidos, sean o no malvados...
-¿A quién aborreces más?
-En el corazón de mi Padre no hay lugar para el odio... Deberías saberlo. Guárdate sólo de
los hipócritas, pero no viertas jamás en ellos el veneno de la venganza.
-¿Quién es hipócrita?
-Aquel que predica la vía del reino celestial y, en cambio, se instala en el mundo. En verdad
te digo que los hipócritas engañan a los simples de corazón y no satisfacen más que a los
mediocres.
-¿A quién estimas más: a un hombre espiritual o a un revolucionario?
El Maestro sonrió, un tanto sorprendido por mi pregunta. Y posando su mano izquierda sobre
mi hombro, repuso con firmeza:
-Prefiero al hombre que actúa con amor...
-Pero, ¿quién puede llegar a amar más?
-Pregunta mejor, ¿quién puede llegar a comprender más?
-¿Quién?
-Aquel que es capaz de amarlo todo. Pero, ¡ojo! Jasón, aquel que ama de verdad no coloca la
palabra «amor» sobre su puerta, tratando de justificarse ante el mundo. Y el que da, tampoco
escribe la palabra «caridad» para que todos le reconozcan. Cuando alguna vez veas esas
palabras, desvergonzadamente ostentadas en el mundo, no dudes que tienen la única finalidad
de enriquecer y ensalzar a cuantos las esgrimen y airean.
»EI reino de mi Padre es semejante a una mujer que llevaba un cántaro lleno de harina.
Mientras marchaba por un camino apartado se le rompió el asa y la harina se derramó detrás
de ella por el camino. La mujer no se dio cuenta y no supo su desgracia. Cuando llegué a su
casa depositó el cántaro en tierra y lo encontró vacío.
-¡Aquel que es capaz de amarlo todo!... -repetí con un ligero movimiento de cabeza-. ¡Qué
difícil es eso...!
-Nada hay difícil para el que ha aprendido a ceder.
-Pero, ¿qué me dices de las injusticias? ¿También debemos aprender a amar a los que nos
humillan o tiranizan?
-Cuando llegue el caso, pide explicaciones a tu hermano, pero nunca le odies. Sólo cuando
miréis a vuestros hermanos con caridad podréis sentiros contentos.
-Ahora empiezo a comprender -comenté casi para mí mismo- por qué mi mundo se siente
infeliz... (cabe mencionar que para los que no an leido el libro cuando dice mi mundo se refiere al siglo XXI)
-El mayor error de tu mundo -repuso Jesús- es su falta de generosidad. El que conoce y
practica el amor no suele tener necesidad de perdonar: siempre está dispuesto a comprenderlo
todo.
-Puede que estés en lo cierto, pero siempre pensé que el gran error de nuestro mundo era
su «empacho» tecnológico...
El Nazareno me miró con una inagotable afabilidad.
-Debéis tener paciencia y confiar. La humanidad, a veces, se emborracha y embota con sus
propios hallazgos y triunfos, olvidando que su auténtico estado natural reside en la serenidad
de su espíritu. El día que despierte de tan pesado letargo volverá sus ojos al sendero del amor:
el único que conduce a la verdadera sabiduría.
El cansancio empezaba a apoderarse de ambos y, de mutuo acuerdo, decidimos descansar
las escasas horas que restaban ya para el alba. Mientras me envolvía en el manto,
acomodándome lo mejor que pude bajo uno de los olivos, una estrella fugaz -una «lírida»-
cruzó frente a las estrellas Kappa Lyrae y Nu Herculis, rasgando el velo del firmamento y el de
mi profunda melancolía.

respeto las creencias de cada uno de los que lean este post. El mismo es solo con el afan de que podamos entender alagunas dudas que como seres humanos nos preguntamos hacerca de la ision de Jesus de Nazareth.
Recomiendo leerlo todo.

Avanzada ya la medianoche, uno a uno, los discípulos fueron levantándose y abandonando el
fuego. Mientras buscaban refugio en las tiendas o se arropaban con sus mantos al socaire del
muro de piedra, Andrés procedió a designar el primer turno de guardia: dos hombres armados
con espadas. Uno se situó al sur, en la entrada del huerto y el otro, al norte, en las
proximidades de la gruta. El relevo se efectuaría cada hora.
Pero Jesús no se movió. Sentado a metro y medio de la hoguera -y de espaldas al olivar-,
permaneció unos minutos con la mirada fija en las ondulantes y encarnadas lenguas de fuego,
que chisporroteaban a ratos a causa de algunos de los troncos, algo más húmedos que el resto.
Pronto me quedé solo, frente a él y con la fogata como único testigo, casi mudo, de la que
iba a ser mi tercera y última conversación con el Maestro. Sus brazos descansaban sobre las
piernas, cruzadas una sobre otra. El Nazareno había abierto sus manos, recogiendo el calor
sobre las palmas. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante y sus cabellos y rostro
se iluminaban y apagaban, a capricho del jugueteo de las llamas. Su expresión, acogedora y
apacible durante toda la noche, se había vuelto grave.
De pronto, el corazón me dio un vuelco. Brillante, tímida y sin prisas, una lágrima había
hecho aparición en su mejilla derecha. Era la segunda vez que veía llorar a aquel extraño
hombre...
No respiré siquiera, conmovido e intrigado por aquel sereno y súbito llanto del Galileo. Pero
Jesús parecía totalmente ausente. Y a los pocos minutos, echando la cabeza hacia atrás, inspiró
profundamente, incorporándose. En mi mente bullían y se cruzaban un sinfín de hipótesis sobre
el estado de ánimo del Galileo, pero no me atreví a moverme.
Le vi alejarse hacia el interior del olivar y detenerse a cosa de treinta o cuarenta pasos de
donde me encontraba. Y así permaneció en pie y con la cabeza baja- por espacio de una hora.
La luna, casi llena, solitaria entre miles de estrellas, se encargó de bañarlo con una luz
plateada, oscilante a veces por una brisa que entraba de puntillas entre las hojas verdiblancas
de los olivos.
Sin saber exactamente por qué, esperé. La temperatura había descendido notablemente,
haciendo tiritar a los astros con escalofríos blancos, azules y rojos. Durante un tiempo que no
sabría precisar me quedé con el rostro perdido en aquel negro y soberbio firmamento.
Jesús me sorprendió cuando alimentaba la hoguera con una nueva carga de leña.
-Jasón -me dijo-, ¿no duermes? Sabes de la dureza de las próximas horas. Deberías
descansar como todos los demás...
Sentado junto al fuego le miré con curiosidad, al tiempo que le invitaba a responder a una
pregunta que llevaba dentro desde que le había visto alejarse hacia el olivar:
-Maestro, ¿por qué un hombre como tú necesita de la oración...? Porque, si no estoy
equivocado, eso es lo que has hecho durante este tiempo...
El Galileo dudó. Y antes de responder, volvió a sentarse, pero esta vez junto a mi.
-Dices bien, Jasón. El hombre, mientras padece su condición de mortal, busca y necesita
respuestas. Y en verdad te digo que esa sed de verdad sólo puede aplacarla mi Padre. Ni el
poder, ni la fama, ni siquiera la sabiduría, conducen al hombre al verdadero contacto con el
reino del Espíritu. Es por la oración cómo el humano trata de acercarse al infinito. Mi espíritu
empieza a estar afligido y yo también necesito del consuelo de mi Padre.
-¿Es que la verdadera sabiduría está en el reino de tu Padre?
-No... Mi Padre es la sabiduría.
Jesús recalcó la palabra «es» con una fuerza que no admitía discusión.
-Entonces, si yo rezo, ¿puedo saciar mi curiosidad e iluminar mi espíritu?
-Siempre que esa oración nazca realmente de tu espíritu. Ninguna súplica recibe respuesta,
a no ser que proceda del espíritu. En verdad, en verdad te digo que el hombre se equivoca
cuando intenta canalizar su oración y sus peticiones hacia el beneficio material propio o ajeno.
Esa comunicación con el reino divino de los seres de mi Padre sólo obtiene cumplida respuesta
cuando obedece a una ansia de conocimiento o consuelo espirituales. Lo demás -las
necesidades materiales que tanto os preocupan- no son consecuencia de la oración, sino del
amor de mi Padre.
-¿Por eso has insistido tanto en aquello de «buscar el reino de Dios y su justicia...»?
-Si, Jasón. El resto siempre se os da por añadidura...
-¿Y cómo debemos pedir?
-Como si ya se os hubiera concedido. Recuerda que la fe es el verdadero soporte de esa
súplica espiritual.
-Dices que la oración -así formulada- siempre obtiene respuesta. Pero yo sé que eso no
siempre es así...
El Galileo sonrió con benevolencia.
-Cuando las oraciones provienen en verdad del espíritu humano, a veces son tan profundas
que no pueden recibir contestación hasta que el alma no entra en el reino de mi Padre.
-No comprendo...
-Las respuestas, no lo olvides, siempre consisten en realidades espirituales. Si el hombre no
ha alcanzado el grado espiritual necesario y aconsejable para asimilar ese conocimiento
emanado del reino, deberá esperar -en este mundo o en otros- hasta que esa evolución le
permita reconocer y comprender las respuestas que, aparentemente, no recibió en el momento
de la petición.
-¿Esto explicaría ese angustioso silencio que parece constituir en ocasiones la única
respuesta a la oración?
-Sí. Pero no te confundas. El silencio no significa olvido. Como te he dicho, todas las súplicas
que nacen del espíritu obtienen respuesta. Todas... Déjame que te lo explique con un ejemplo:
el hijo está siempre en el derecho de preguntar a sus padres, pero éstos pueden demorar las
respuestas, a la espera de que el infante adquiera la suficiente madurez como para
comprenderlas.
»La gran diferencia entre los padres humanos y nuestro Padre verdadero está en que
aquellos olvidan a veces que están obligados a contestar, aunque sea al cabo de los años.
-Según esto, cuando muramos, todos seremos sabios...
-Insisto que la única sabiduría válida en el reino de mi Padre es la que brota del amor.
Después de gustar la muerte, nadie será sabio si no lo ha sido antes en vida...
-¿Debo pensar entonces que la demora en la respuesta a mis súplicas es señal de mi
progresivo avance en el mundo del espíritu?
Jesús me miró con complacencia.
-Hay infinidad de respuestas indirectas, de acuerdo con capacidad mental y espiritual del
que pide. Pero, cuando una súplica queda temporalmente en blanco, es frecuente presagio de
una contestación que llenará, en su día, a un espíritu enriquecido por la evolución.
-¿Por qué resulta todo tan complejo?
-No, querido amigo. El amor no es complicado. Es vuestra natural ignorancia la que os
precipita a la oscuridad y la que os inclina a una permanente justificación de vuestros errores.
Guardé silencio. Aquel hombre llevaba razón. Sólo los hombres tratan desesperadamente de
justificarse y justificar sus fracasos...
Levanté la vista hacia las estrellas y señalándole aquella maravilla, le dije:
-¿Qué sientes ante esta belleza?
El Galileo elevó también sus ojos hacia el Firmamento y respondió con melancolía:
-Tristeza...
-¿Por qué?
-Si el hombre no es capaz de recibir en su alma la grandeza de esta obra, ¿cómo podrá
captar la belleza de Aquél que la ha creado?
-¿Es Dios tan inmenso como dices?
-Más que pensar en la inmensidad de mi Padre, debes creer en la inmensidad de su promesa
divina. Rebasa el espíritu del hombre y llega a producir vértigo en las legiones celestiales...
-Ya me lo explicaste, pero, ¿de verdad el acceso al reino de tu Padre está al alcance de todos
los mortales?
-El reino de nuestro Padre -me corrigió Jesús- está en el corazón de todos y cada uno de los
seres humanos. Sólo los que despiertan a la luz del evangelio lo descubren y penetran en él.
-Entonces, ¿todas las religiones, credos o creencias pueden llevarnos a la verdad?
-La verdad es una y nuestro Padre la reparte gratuitamente. Es posible que el gusto y la
belleza puedan ser tan caros como la vulgaridad y la fealdad, pero no sucede lo mismo con la
verdad: ésta sí es un don gratuito que duerme en casi todos los humanos, sean o no gentiles,
sean o no poderosos, sean o no instruidos, sean o no malvados...
-¿A quién aborreces más?
-En el corazón de mi Padre no hay lugar para el odio... Deberías saberlo. Guárdate sólo de
los hipócritas, pero no viertas jamás en ellos el veneno de la venganza.
-¿Quién es hipócrita?
-Aquel que predica la vía del reino celestial y, en cambio, se instala en el mundo. En verdad
te digo que los hipócritas engañan a los simples de corazón y no satisfacen más que a los
mediocres.
-¿A quién estimas más: a un hombre espiritual o a un revolucionario?
El Maestro sonrió, un tanto sorprendido por mi pregunta. Y posando su mano izquierda sobre
mi hombro, repuso con firmeza:
-Prefiero al hombre que actúa con amor...
-Pero, ¿quién puede llegar a amar más?
-Pregunta mejor, ¿quién puede llegar a comprender más?
-¿Quién?
-Aquel que es capaz de amarlo todo. Pero, ¡ojo! Jasón, aquel que ama de verdad no coloca la
palabra «amor» sobre su puerta, tratando de justificarse ante el mundo. Y el que da, tampoco
escribe la palabra «caridad» para que todos le reconozcan. Cuando alguna vez veas esas
palabras, desvergonzadamente ostentadas en el mundo, no dudes que tienen la única finalidad
de enriquecer y ensalzar a cuantos las esgrimen y airean.
»EI reino de mi Padre es semejante a una mujer que llevaba un cántaro lleno de harina.
Mientras marchaba por un camino apartado se le rompió el asa y la harina se derramó detrás
de ella por el camino. La mujer no se dio cuenta y no supo su desgracia. Cuando llegué a su
casa depositó el cántaro en tierra y lo encontró vacío.
-¡Aquel que es capaz de amarlo todo!... -repetí con un ligero movimiento de cabeza-. ¡Qué
difícil es eso...!
-Nada hay difícil para el que ha aprendido a ceder.
-Pero, ¿qué me dices de las injusticias? ¿También debemos aprender a amar a los que nos
humillan o tiranizan?
-Cuando llegue el caso, pide explicaciones a tu hermano, pero nunca le odies. Sólo cuando
miréis a vuestros hermanos con caridad podréis sentiros contentos.
-Ahora empiezo a comprender -comenté casi para mí mismo- por qué mi mundo se siente
infeliz... (cabe mencionar que para los que no an leido el libro cuando dice mi mundo se refiere al siglo XXI)
-El mayor error de tu mundo -repuso Jesús- es su falta de generosidad. El que conoce y
practica el amor no suele tener necesidad de perdonar: siempre está dispuesto a comprenderlo
todo.
-Puede que estés en lo cierto, pero siempre pensé que el gran error de nuestro mundo era
su «empacho» tecnológico...
El Nazareno me miró con una inagotable afabilidad.
-Debéis tener paciencia y confiar. La humanidad, a veces, se emborracha y embota con sus
propios hallazgos y triunfos, olvidando que su auténtico estado natural reside en la serenidad
de su espíritu. El día que despierte de tan pesado letargo volverá sus ojos al sendero del amor:
el único que conduce a la verdadera sabiduría.
El cansancio empezaba a apoderarse de ambos y, de mutuo acuerdo, decidimos descansar
las escasas horas que restaban ya para el alba. Mientras me envolvía en el manto,
acomodándome lo mejor que pude bajo uno de los olivos, una estrella fugaz -una «lírida»-
cruzó frente a las estrellas Kappa Lyrae y Nu Herculis, rasgando el velo del firmamento y el de
mi profunda melancolía.
