aca van los cueNTOSSSs ,pero antEs un consejo :p bájense el texaloud y copien peguen esta muy bueno poder absorber cuentos(EN FORMA RAPIDA Y OBVIO SIEMPRE ENTENDIENDO) es mas libros de borges ya que es bueno extender el lenguaje,,, suerte!!!
DIARIO DE MI MUERTE...
Día 13 de abril de 1895
Hoy ha llovido toda la tarde y mamá no me ha dejado salir a jugar, pero igual he salido. Y ahora me he enfermado. Me duele mucho la pancita y la cabeza. Papá trajo a una mujer para que sea mi enfermera. Es una mujer joven. Mamá no quiere que se quede aquí conmigo ni que me cuide. Dice que es una bruja. Así que le ha pedido al criado que traiga la cama de ella aquí junto a la mía.
Día 17 de abril de 1895
Mama parece que también ha enfermado. Ahora Ella debe cuidarnos a las dos. Mama está mal. Tiene fiebre y habla cosas que no entiendo que significan. Me asusta que esté así...
Noche del 17 de abril de 1895
Fui a buscar un vaso de agua para mama y sin querer espié por el dormitorio de Ella. Estaba con papá. Y el la besaba y hacían cosas... Me fui corriendo pero creo que ella igual me vio...
Día 20 de abril de 1895
Ella le trajo a mamá una cosa rara para que comiera. Mamá no quería y ella la obligaba. Le abría la boca y le ponía eso y le hacía tragar todo. Después le daba leche...pobre mama... cada vez está peor, y yo no mejoro nada, aunque ya no me duele la cabeza. No le conté nada de lo que vi la otra vez, o se pondría peor. Ella creyó que yo estaba dormida y no me hizo ni me dio nada. Papa viene y nos saluda de vez en cuando. Mama esta casi todo el día inconsciente y de noche cuando esta cuerda me dice que no coma lo que Ella me da...
Día 1 de mayo de 1895
Mamita se ha ido al cielo. Eso me dijo papa. Pero yo se que mami no se quería ir. Ella le ha obligado. Es mala. No quiso que fuera con ellos al cementerio porque dice que soy muy revoltoso y que desobedezco. (Quisiera que mama estuviera aquí así me explicaría que es revoltoso). Papa ya no me quiere. Hace mucho que no viene y me habla como antes... Ahora la quiere a Ella...
Día 6 de mayo de 1895
Tengo miedo. Ella me ha querido mandar lejos. No quiere que este con papa. Quiere que vaya a un internado y papa no quiere. Ella ha mirado como si quisiera que desapareciera... le tengo miedo. Ayer me ha quitado a Tito y no me lo ha devuelto. Le he rogado pero me ha dicho que soy un niño grande ya para tener osos. ¡No me importa! Mama nunca me ha quitado a Tito. Se lo he dicho y me ha dado un bofetón. Es mala...
Día 24 de mayo de 1895
Me siento mal... creo que le ha puesto cosas raras a mi comida cuando estaba dormido. Esta noche me voy a hacer el dormido y la voy a espiar...
Noche del 24 de mayo de 1895
Ha dicho que no me quiere, y que le estorbo. Que quiere que me vaya al cielo con mi mama así ella puede quedarse con mi papa... Es mala... Mami.... ¿me estará viendo? Desde el cielo deben verse muchas cosas... mamita... si me ves avísame que me esta haciendo... aunque... no, no me digas nada... papa ya no me quiere mas y yo quiero estar contigo.
Día 31 de mayo de 1895
Papa ha venido a verme y se ha asustado. Ha dicho que parezco un fantasma... pero yo se que es por culpa de ella. Ella no quiere que escriba más y ha buscado este diario por todas partes. Pero solo yo se donde está. Igual he tenido que cambiar su escondite. Ahora está bajo el pedazo de loza que esta suelto bajo mi cama... Espero que no lo pueda encontrar.
Día 12 de junio de 1895
Me voy a encontrar con mamita. Estoy contento, triste porque tengo que dejar a papá y enojado porque ella es mala... Ella mató a mama y me esta matando a mí... Ahora estará feliz... Lo que ella no sabe es que a mama la espero un ángel y a mi también me espera uno... A ella le queda poco tiempo... Y su ángel es uno negro... y se la va a llevar a otro lugar... ¿Como lo sé? Él me lo ha dicho. Lo he visto en sueños. Él me dijo que hoy he de estar con mi mama y que ella va a estar en otro lugar. Uno oscuro y tenebroso... Ahí viene mi ángel... Adiós papito... te quiero a pesar de todo... adiós papito mío...
EL ESPIRITU DEL NIÑO MUERTO-----
"Cuando ocurren cosas, normalmente es a una persona o un grupo de personas compartiendo la misma experiencia, pero esto que voy a contar sucede en un pueblo, y ocurre a todos sus habitantes, los cuales ya están acostumbrados... Pero yo, como
visitante, y mis primas, hemos vivido unas experiencias que a la gente de allí les parece "normales".
Fuimos a ese pueblo donde mis tíos tenían en las afueras una casa cerca del pantano. Para ir al pueblo tenías que seguir
un camino de tierra durante cuatro kilómetros hasta llegar.
Como en la casa de noche nos aburríamos, mis tíos nos
acercaban al pueblo en coche para que pasáramos allí unas horas con los chicos del pueblo. Era verano y las noches invitaban
a pasarlas hablando y disfrutando de compañía.
Los chicos del pueblo al principio nos parecían muy fantasiosos o que nos querían meter miedo. Decían que algunas noches
se oía el gemido de un niño pidiendo ayuda... pero no venía de ninguna parte, sino de todo el pueblo. Cada uno de los habitantes lo oía en su propia casa, en la calle, en la tienda, en el bar... partía de las paredes, del suelo... a veces incluso sentían
un empujón violento que los lanzaba al suelo... Contaban que
incluso una mujer embarazada perdió a su hijo en la plaza una tarde en la que se encontraba hablando con unas amigas al sentir que unas manos aprisionaban su vientre con tanta fuerza que la hizo abortar allí mismo. Ella estuvo a punto de morir y
cuando se recuperó, se fueron del pueblo y no volvieron a él.
Les preguntamos que quién podría provocar esas cosas... y que después de lo de la mujer ¿cómo es que la gente no se va del pueblo también? Entonces nos contaron una especie de leyenda y del por qué creen que "eso" atacó tan ferozmente a la mujer.
Hacía unos diez años, unos niños del pueblo decidieron irse una noche de verano a otro pueblo vecino. Para ello tenían que
atravesar un campo donde en uno de los laterales estaba el cementerio que compartían los dos pueblos y que se hallaba
justo a la mitad del camino.
Cuando ya estaban bien avanzados oyeron un crujido a sus espaldas. Era el hermano menor de uno de ellos. Le instaron a que se volviese a casa pues no querían cargar con críos y éste se negó en rotundo, más que nada es que le daba miedo volverse solo.
Entonces decidieron despistarle. Al llegar a la altura del cementerio dijeron que iban a jugar para esconderse en él. Como había luna llena se veía bastante bien, este chico aceptó sin
sospechar nada... Ya en el cementerio, uno contaba y los demás se escondieron todos juntos, mientras este chico se escondía en otro lado pensando que todos estaban haciendo lo mismo.
Cuando ya le perdieron de vista, los chicos se reunieron y salieron por una de las tapias dejando a este chico escondido. No podían evitar reirse de lo fácil que había resultado engañarlo hasta que oyeron un grito desgarrador... Al principio pensaron que se trataba de una broma, hasta que el segundo grito reaccionaron y volvieron a entrar en el cementerio... Estuvieron buscando por todas partes pero no le encontraron, gritaron su nombre, dieron vueltas y más vueltas y nada.
Al cabo de muchas horas, cuando ya despuntaba el alba decidieron buscar ayuda en el pueblo con la esperanza de que el chico les hubiese gastado una broma y se hubiese ido a casa.
Al llegar al pueblo, el hermano fue a su habitación, no había dormido allí, la madre le preguntó por su hermano pequeño y éste le tuvo que contar la verdad. La madre avisó al padre y éste a todo el pueblo... Salieron todos en busca del muchacho al cementerio.
Cuando llegaron allí, uno de los vecinos descubrió con terror que el cuerpo del chico se encontraba en una de las fosas que acababan de abrir días antes para un nuevo difunto... El chico tenía la cabeza reventada, los huesos de las piernas y de los brazos retorcidos en una figura grotesca, los ojos cristalizados por el pánico y la boca en una mueca de absoluto terror...
Fue un día negro en todo el pueblo, nadie se explicaba lo que había ocurrido allí. El hermano, con los años, fue internado en un psiquiátrico pues decía que su hermano se estaba vengando de él, le veía en todas partes, le pegaba... Los médicos le diagnosticaron neurosis obsesiva post-traumática, pero no podían explicar los contínuos moratones que aparecían por todo su cuerpo, incluso en la cara...
Al cabo de unos años, la madre de estos hermanos se quedó embarazada... y a los siete meses le ocurrió lo que ya contaron
antes: Algo había provocado la muerte de su bebé y quizás su propia muerte de la que escapó por poco. Los chicos decían
que los gritos que oían por las noches eran iguales que los que oyeron en el cementerio.
Oyendo esta historia la verdad es que les creímos... habíamos pasado un buen rato de miedo y nuestro tio nos vendría pronto a recoger para llevarnos a casa...
Cuando íbamos hacia el coche, sentí un golpe fuerte en mi espalda que me obligó a apoyarme en mi prima de una forma violenta. Casi nos vamos las dos al suelo... Miré hacia atrás, pero los chicos estaban hablando entre ellos a unos tres metros de nosotros.
Mi tío dijo que me había tropezado. Mi prima, sin convencerse del todo, fue hacia los chicos, cuando de repente volvió la cabeza hacia el otro lado de forma violenta... Dijo que alguien la había abofeteado... y tenía una mano marcada en la cara... una mano pequeña...
Nos asustamos muchísimo... y empezamos a gritar presas de la histeria... Los chicos vinieron a auxiliarnos mientras mi tío abría el coche rápidamente para meternos dentro. Los chicos hicieron
una barrera con sus brazos protegiéndonos de lo que fuese y pudimos meternos en el coche. Por el cristal pude ver cómo golpeaban a algo invisible que les estaba atacando. Mi tio condujo a gran velocidad tocando el claxon como un loco. Al llegar a la casa llamó a mis otros tios y todos fueron al pueblo a ayudar a los chicos, pero ya todo había pasado. Éstos se encontraban agotados por la lucha, con arañazos, golpes... pero dijeron que estaban acostumbrados, que no pasaba nada.
Las agresiones en ese pueblo son esporádicas y no siempre a las mismas personas... pero ellos sienten que tienen que estar
ahí para que ese niño que murió de forma tan violenta no esté solo... Llegará el momento en que pueda descansar en paz."
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OTRRO!!!
PESADILLA
Una sombra deforme se dibuja en el techo de mi habitación, tiemblo de miedo mientras la observo caer lentamente sobre mí, quiero escapar, es inútil me ha atrapado,decenas de manos me tocan, formandose entre ellas la cara de un cadáver sonriendo satánicamente,mi cerebro quiere explotar,necesita pensar y no puede, mi cuerpo se torna frio, la sangre se congela, parece que no estoy viva.
¿Habré muerto? Sera así la muerte?
Trato desesperadamente de gritar,mi voz no se escucha, mi saliva esta seca,la sombra me aplasta cada vez es mas pesada creo que voy a reventar,las manos tapan mi boca aprietan mi cuello estoy muriendo,el aire no entra,un gran nudo en el pecho se clava como una daga, es tanto el dolor que la sombra huye despavorida, abro los ojos estoy viva, era solo una pesadilla.
GABRIEL(DE EXTRATERRESTRES)
Nací como cualquier otro niño, viviendo en la ignorancia de toda aquella realidad. Pero lo cierto es que hacía tiempo que había comenzado a sospechar. Mi familia, padres, y demás, no eran más que monstruos con apariencia humana que ocultaban su horrible aspecto negro y viscoso detrás de aquellas estúpidas máscaras. Sus palabras hipócritas y desconcertantes nunca consiguieron engañarme. Yo sin embargo les seguía el juego,fingiendo no enterarme de nada, y lo cierto es que nunca me cayeron bien. Me los imaginaba allí, reunidos, y aprovechando mi ausencia, descubrían su verdadero aspecto riéndose a carcajadas. Traté de espiarles en múltiples ocasiones, pero lo cierto es que nunca llegué a descubrir como eran en realidad. Me bastaba con observar aquella mirada brillante y malintencionada y su sonrisa, incapaz de ver con mis propios ojos, pero que escondían detrás aquellas estúpidas máscaras.
Poco a poco fui dándome cuenta de la situación. El conserje del colegio, movía su manojo de llaves de manera nerviosa y estridente. Su mirada penetrante le delataba. Siempre supe que era una de ellos, desde el primer instante en que le vi.
Hablaban entre ellos, nunca supe que planes podían tener para mí y los demás y así, con esa agonía y sentimiento, fui pasando aquellos primeros años de mi vida.
Tal vez se me pueda acusar de desconfiado, pero es que jamás pudieron engañarme.
Estudié, como pude, crecía descubriendo cada vez más número de ellos.Estaban esparcidos por toda la población, mezclándose entre la gente como si tal cosa, nadie parecía sospechar, excepto yo.Pasó el tiempo. El número de aquellos se agrandaba por momentos y acabé sospechando de casi todo el mundo. Era difícil fiarse de la gente. Me hubiera gustado tener un método práctico para delatarles. Siempre observaba a la gente antes de hablar con ella. No podía confiar en nadie y mucho menos contarles mi secreto.
Mi imaginación infantil me llevó a pensar primeramente que no eran más que alienígenas controladores de la civilización y que querían colonizar la tierra. Lo cierto es que el número de ellos parecía incrementarse demanera alarmante hasta el punto de que llegué a dudar de casi todas las personas que me rodeaban.
Toda mi obsesión me llevó a continuar por el camino de las ciencias, intentando encontrar algún remedio a aquello que me perturbaba y de lo que estaba totalmente convencido.
Pensé que aquel masivo incremento en su especie podría tener un carácter contagioso, transformante. No descartaba ninguna de las posibilidades,y mientras mi cabeza se llenaba de más y más temores, me dediqué en cuerpo y alma a encontrar una explicación científica al problema aprovechandolas instalaciones de aquella base científica donde trabajaba. Mi obsesión crecía y crecía por momentos. Cada vez me parecía descubrir más sospechosos,todos estaban siendo cómplices de mí y llegué hasta el punto de no querer ningún contacto con personas ajenas por miedo a que pudieran estar infectadas.
Me aterraba pensar convertirme en uno de ellos, lo que me llevó incluso a desechar todo medicamento que me suministraban, aquellos médicoshipócritas.
Tal vez tuvieron conocimiento de mi sospecha y ahora querían acabar conmigo.
Caí enfermo, pero me negué a que me ingresaran. No quería que me tocaran con sus apestosas manos, e incluso me obligaron a la fuerza. No permití ningún tipo de transfusión de sangre, y llegaron a encerrarme, incluso con el consentimiento de algunos amigos míos. Paranoias, decían. Todo aquelloa lo que tanto tiempo temí, no eran más que simples consecuencias de mi locura.
¡Pobres ignorantes!, no se imaginaban el peligro que corrían y nunca me creerían si trataba de explicárselo.
Asi que allí me encontraba yo, atado por ambos brazos por una camisa defuerza que me retenía mientras sudores fríos brotaban por mi cuerpo por el miedo a lo que me iban a practicar.
Terapias, inyecciones, absurdas palabras falaces que no podían convencerme de mi más profundo presentimiento.
Aquel hospital, en aquella habitación, aterrado de lo que me pudierapasar.
Quizás había llegado el momento. Me iban a practicar una metamorfosis para convertirme en uno de ellos, no podía imaginarme las macabras intenciones de aquellos sujetos tan horrorosamente detestables que se hacían pasar por humanos.
Gritaba de agonía, lloraba de impotencia y sufrimiento. Escupía las pastillas que me diagnosticaban y con un tremendo esfuerzo de voluntad, salté de la cama y estrellé mi cuerpo contra los cristales de la ventana. Y con estos, que quedaron rotos y afilados conseguí nada menos que rasgar mi camisa de fuerza, y con sumo cuidado comencé mi escapada. Tenía que intentar mi último gran plan. Había utilizado las instalaciones de la base espacial en la que trabajaba y clandestinamente saboteado los programas para preparar la huida del planeta en una de las naves. Años de trabajo. Mi última opción por salvarme a mí y a los demás. Así que les llamé. Solo a unos cuantos, los que tenía la absoluta certeza de su personalidad, y con una buena excusa les cité a todos en aquel centro en donde yo trabajaba para la NASA.Eran conscientes de mis aparentes problemas mentales, por lo que les alertó mi repentina llamada y acudieron en gran medida a la cita. Tampoco la nave estaba prevista para muchos más. La había diseñado yo mismo, tenía todos los recursos suficientes para aquella furtiva escapada, pero no albergaba capacidad para más de cincuenta personas.
Seguí, con mis mentiras, de buena fe, por supuesto, tratando de acercarles a aquella base de lanzamiento. Muchos me preguntaron por mi degradante aspecto, mis vendas ensangrentadas, pero qué importaba eso ahora, era de noche allí pero los guardas no tardarían en perseguirnos.No me quedaba más remedio que contárselo. Cuál era mi propósito aunque estaba seguro que lo echaría todo a perder. Prometí explicarlo todo finalmente dentro de la sala espacial. Y dentro, en uno de los extremos estaba el ascensor, que nos acercaría a la plataforma de lanzamiento,donde poder coger la nave y escapar.
Abrí la puerta con mi código secreto de acceso pero de pronto todas las luces de seguridad empezaron a brillar con una parpadeante luz roja y un estridente sonido de alarma lo invadía todo por completo.
La puerta se abrió pero todos aquellos amigos, humanos al fin y alcabo, no quisieron dar un paso más sin que yo les diera de una vez por todas una explicación.
Me sentía hundido, había hecho todo lo que estaba en mi mano pero ya no podía levantarme el ánimo entre aquel ambiente caótico, de luces y sonidos que no tardaría en delatarnos. Miraba al suelo, apesadumbrado, buscandola manera de explicárselo sin que me tomaran por loco definitivamente,pero justo cuando levanté la mirada e intenté decir unas palabras, todos aquellos que me rodeaban mirándome extrañados corrían frenéticos al interior dela sala de operaciones con múltiples gritos y aspavientos.
-¡DETENEOS!- gritó una poderosa voz que se aproximaba junto con otros seres vestidos de agentes.
¡Eran ellos! ¡Por fin pude contemplar por primera vez todo aquel temor que había condicionado mi vida y mi existencia!
Unos horribles monstruos de color oscuro y viscoso con extrañasextremidades en la cara vestidos de guardianes me apuntaban ahora con una de sus armas.
Rápidamente me introduje y mandé que sellaran la puerta. No tardarían en venir refuerzos y yo tenía que darme toda la prisa del mundo. Instalé mi programa secreto. Esperaba de disfrutar del suficiente tiempo para teclear los parámetros de la aeronave estacionada a escasos metros nuestros y que yo intentaba sabotear con el propósito de salvar a todos aquellos humanos.
Estaba tan nervioso que me temblaban las manos a la hora de escribir.
Sin duda habían llegado refuerzos. Desde el otro extremo de la puerta,los apestosos gendarmes transformados trataban de derruir la puerta, por lo que ordené que ascendieran en el ascensor para acceder definitivamente a la nave.
Los humanos que aún trataban de sostener la metálica puerta para que no entraran no podrían aguantar mucho más. Yo solo necesitaba unos segundos.
Estaba a punto de acabar, mandé que dejaran la puerta y que ascendieran al ascensor y reunirse con los demás para introducirse en la nave que se propulsionaria manualmente desde mi control remoto.
ACCEPTED escribía definitivamente el ordenador.
-PREPARED TO TAKEOFF
Una luz roja se iluminaba ahora en mi mando a distancia. Esperé el ascensor, pero justo cuando lo cogía aquella especie de mutantes babosos habían entrado en la sala y disparaban a diestro y siniestro mientras se me cerraba la puerta.
Tendría que darme toda la prisa del mundo si quería que me diese tiempoa llegar. Los tenía detrás y dudaba de que pudiera llegar a tiempo,mientras, todos los demás me esperaban ya metidos dentro del cohete.
Una vez subida la distancia de esos veinte metros, había un largo pasillo recto que conducía directamente hasta la compuerta de la nave donde todos me esperaban.
No estaba en las mejores condiciones físicas para correr, todo vendado y lleno de sangre, pero no había tiempo para pensar en eso, solo tenía que llegar, correr por todo aquel pasillo de más de sesenta metros y apretar el botón. Llegar a tiempo...
Los falsos gendarmes ya habían subido al pasillo y comenzaba la persecución.
--¡GABRIEL ERWEN! ¡NO LO HAGAS!
Mientras, los gritos de aquel no dejaban de sonar: «¡GABRIEL, GABRIEL!»,una y otra vez. A duras podría llegar a tiempo. Aquellos habían desenfundado su arma y estaban dispuestos a dispararme si seguía avanzando, pero detenerme en aquel momento era algo que ni se me pasaba por la cabeza. Avancé cuanto pude, uno de los disparos me alcanzó la pierna. «Solo unos metros más», pensé...
Acabé tropezando.
--¡Gabriel! --me gritaban desde ambos bandos.
El control remoto había caído por el suelo y me di cuenta de que nunca llegaría a tiempo. Lo había echado todo a perder. Miró a todas esas caras de preocupación mirando desde la compuerta sin poder hacer nada, y me arrastré, con un gran esfuerzo hasta el mando a distancia y apretar el iluminado botón con mi puño enrabietado.
Con un poco de suerte y astucia podrían encontrar un lugar, y sobrevivir.
La raza humana jamás podría agradecérme bastante lo que había hecho por ella.
--¡GABRIEL!
Querría haber podido salvar a todos aquellos humanos que aún quedaran en la tierra, pero él sabía que había hecho todo lo posible por su especie.
--¡¡¡GABRIEL!!!
De pronto, la enorme potencia de la explosión hizo temblar a toda la instalación. El cohete se elevaba ahora tras sus espaldas.
Aquella voz enfervorizada se hacía más potente por momentos y a pesarde estar débilmente distorsionada, logré reconocer al sujeto. Era mi comandante jefe, de la unidad de investigación espacial, del que siempre había sospechado, pero esta vez con su verdadero aspecto.
Aquellos monstruos parecidos a mutantes avanzaban hacia él mientras aquella voz se enfurecía cada vez más. «¡GABRIEL!,¡GABRIEL¡»
ESPERO QUE LES GUSTEN SALUDOS!!!
SI QUIEREN UN BUEN TEXTALOUD CON CRACK VOCES DE CARMEN Y JORGE COMPLETO AVISEN...
POR ULTIMO UNO DE BORGES
FUNES EL MEMORIOSO:
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.
Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,
más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su
implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
---- ME PARECIO BUENO PONER EL DE BORGES ES MUY BUENO....
DIARIO DE MI MUERTE...
Día 13 de abril de 1895
Hoy ha llovido toda la tarde y mamá no me ha dejado salir a jugar, pero igual he salido. Y ahora me he enfermado. Me duele mucho la pancita y la cabeza. Papá trajo a una mujer para que sea mi enfermera. Es una mujer joven. Mamá no quiere que se quede aquí conmigo ni que me cuide. Dice que es una bruja. Así que le ha pedido al criado que traiga la cama de ella aquí junto a la mía.
Día 17 de abril de 1895
Mama parece que también ha enfermado. Ahora Ella debe cuidarnos a las dos. Mama está mal. Tiene fiebre y habla cosas que no entiendo que significan. Me asusta que esté así...
Noche del 17 de abril de 1895
Fui a buscar un vaso de agua para mama y sin querer espié por el dormitorio de Ella. Estaba con papá. Y el la besaba y hacían cosas... Me fui corriendo pero creo que ella igual me vio...
Día 20 de abril de 1895
Ella le trajo a mamá una cosa rara para que comiera. Mamá no quería y ella la obligaba. Le abría la boca y le ponía eso y le hacía tragar todo. Después le daba leche...pobre mama... cada vez está peor, y yo no mejoro nada, aunque ya no me duele la cabeza. No le conté nada de lo que vi la otra vez, o se pondría peor. Ella creyó que yo estaba dormida y no me hizo ni me dio nada. Papa viene y nos saluda de vez en cuando. Mama esta casi todo el día inconsciente y de noche cuando esta cuerda me dice que no coma lo que Ella me da...
Día 1 de mayo de 1895
Mamita se ha ido al cielo. Eso me dijo papa. Pero yo se que mami no se quería ir. Ella le ha obligado. Es mala. No quiso que fuera con ellos al cementerio porque dice que soy muy revoltoso y que desobedezco. (Quisiera que mama estuviera aquí así me explicaría que es revoltoso). Papa ya no me quiere. Hace mucho que no viene y me habla como antes... Ahora la quiere a Ella...
Día 6 de mayo de 1895
Tengo miedo. Ella me ha querido mandar lejos. No quiere que este con papa. Quiere que vaya a un internado y papa no quiere. Ella ha mirado como si quisiera que desapareciera... le tengo miedo. Ayer me ha quitado a Tito y no me lo ha devuelto. Le he rogado pero me ha dicho que soy un niño grande ya para tener osos. ¡No me importa! Mama nunca me ha quitado a Tito. Se lo he dicho y me ha dado un bofetón. Es mala...
Día 24 de mayo de 1895
Me siento mal... creo que le ha puesto cosas raras a mi comida cuando estaba dormido. Esta noche me voy a hacer el dormido y la voy a espiar...
Noche del 24 de mayo de 1895
Ha dicho que no me quiere, y que le estorbo. Que quiere que me vaya al cielo con mi mama así ella puede quedarse con mi papa... Es mala... Mami.... ¿me estará viendo? Desde el cielo deben verse muchas cosas... mamita... si me ves avísame que me esta haciendo... aunque... no, no me digas nada... papa ya no me quiere mas y yo quiero estar contigo.
Día 31 de mayo de 1895
Papa ha venido a verme y se ha asustado. Ha dicho que parezco un fantasma... pero yo se que es por culpa de ella. Ella no quiere que escriba más y ha buscado este diario por todas partes. Pero solo yo se donde está. Igual he tenido que cambiar su escondite. Ahora está bajo el pedazo de loza que esta suelto bajo mi cama... Espero que no lo pueda encontrar.
Día 12 de junio de 1895
Me voy a encontrar con mamita. Estoy contento, triste porque tengo que dejar a papá y enojado porque ella es mala... Ella mató a mama y me esta matando a mí... Ahora estará feliz... Lo que ella no sabe es que a mama la espero un ángel y a mi también me espera uno... A ella le queda poco tiempo... Y su ángel es uno negro... y se la va a llevar a otro lugar... ¿Como lo sé? Él me lo ha dicho. Lo he visto en sueños. Él me dijo que hoy he de estar con mi mama y que ella va a estar en otro lugar. Uno oscuro y tenebroso... Ahí viene mi ángel... Adiós papito... te quiero a pesar de todo... adiós papito mío...
EL ESPIRITU DEL NIÑO MUERTO-----
"Cuando ocurren cosas, normalmente es a una persona o un grupo de personas compartiendo la misma experiencia, pero esto que voy a contar sucede en un pueblo, y ocurre a todos sus habitantes, los cuales ya están acostumbrados... Pero yo, como
visitante, y mis primas, hemos vivido unas experiencias que a la gente de allí les parece "normales".
Fuimos a ese pueblo donde mis tíos tenían en las afueras una casa cerca del pantano. Para ir al pueblo tenías que seguir
un camino de tierra durante cuatro kilómetros hasta llegar.
Como en la casa de noche nos aburríamos, mis tíos nos
acercaban al pueblo en coche para que pasáramos allí unas horas con los chicos del pueblo. Era verano y las noches invitaban
a pasarlas hablando y disfrutando de compañía.
Los chicos del pueblo al principio nos parecían muy fantasiosos o que nos querían meter miedo. Decían que algunas noches
se oía el gemido de un niño pidiendo ayuda... pero no venía de ninguna parte, sino de todo el pueblo. Cada uno de los habitantes lo oía en su propia casa, en la calle, en la tienda, en el bar... partía de las paredes, del suelo... a veces incluso sentían
un empujón violento que los lanzaba al suelo... Contaban que
incluso una mujer embarazada perdió a su hijo en la plaza una tarde en la que se encontraba hablando con unas amigas al sentir que unas manos aprisionaban su vientre con tanta fuerza que la hizo abortar allí mismo. Ella estuvo a punto de morir y
cuando se recuperó, se fueron del pueblo y no volvieron a él.
Les preguntamos que quién podría provocar esas cosas... y que después de lo de la mujer ¿cómo es que la gente no se va del pueblo también? Entonces nos contaron una especie de leyenda y del por qué creen que "eso" atacó tan ferozmente a la mujer.
Hacía unos diez años, unos niños del pueblo decidieron irse una noche de verano a otro pueblo vecino. Para ello tenían que
atravesar un campo donde en uno de los laterales estaba el cementerio que compartían los dos pueblos y que se hallaba
justo a la mitad del camino.
Cuando ya estaban bien avanzados oyeron un crujido a sus espaldas. Era el hermano menor de uno de ellos. Le instaron a que se volviese a casa pues no querían cargar con críos y éste se negó en rotundo, más que nada es que le daba miedo volverse solo.
Entonces decidieron despistarle. Al llegar a la altura del cementerio dijeron que iban a jugar para esconderse en él. Como había luna llena se veía bastante bien, este chico aceptó sin
sospechar nada... Ya en el cementerio, uno contaba y los demás se escondieron todos juntos, mientras este chico se escondía en otro lado pensando que todos estaban haciendo lo mismo.
Cuando ya le perdieron de vista, los chicos se reunieron y salieron por una de las tapias dejando a este chico escondido. No podían evitar reirse de lo fácil que había resultado engañarlo hasta que oyeron un grito desgarrador... Al principio pensaron que se trataba de una broma, hasta que el segundo grito reaccionaron y volvieron a entrar en el cementerio... Estuvieron buscando por todas partes pero no le encontraron, gritaron su nombre, dieron vueltas y más vueltas y nada.
Al cabo de muchas horas, cuando ya despuntaba el alba decidieron buscar ayuda en el pueblo con la esperanza de que el chico les hubiese gastado una broma y se hubiese ido a casa.
Al llegar al pueblo, el hermano fue a su habitación, no había dormido allí, la madre le preguntó por su hermano pequeño y éste le tuvo que contar la verdad. La madre avisó al padre y éste a todo el pueblo... Salieron todos en busca del muchacho al cementerio.
Cuando llegaron allí, uno de los vecinos descubrió con terror que el cuerpo del chico se encontraba en una de las fosas que acababan de abrir días antes para un nuevo difunto... El chico tenía la cabeza reventada, los huesos de las piernas y de los brazos retorcidos en una figura grotesca, los ojos cristalizados por el pánico y la boca en una mueca de absoluto terror...
Fue un día negro en todo el pueblo, nadie se explicaba lo que había ocurrido allí. El hermano, con los años, fue internado en un psiquiátrico pues decía que su hermano se estaba vengando de él, le veía en todas partes, le pegaba... Los médicos le diagnosticaron neurosis obsesiva post-traumática, pero no podían explicar los contínuos moratones que aparecían por todo su cuerpo, incluso en la cara...
Al cabo de unos años, la madre de estos hermanos se quedó embarazada... y a los siete meses le ocurrió lo que ya contaron
antes: Algo había provocado la muerte de su bebé y quizás su propia muerte de la que escapó por poco. Los chicos decían
que los gritos que oían por las noches eran iguales que los que oyeron en el cementerio.
Oyendo esta historia la verdad es que les creímos... habíamos pasado un buen rato de miedo y nuestro tio nos vendría pronto a recoger para llevarnos a casa...
Cuando íbamos hacia el coche, sentí un golpe fuerte en mi espalda que me obligó a apoyarme en mi prima de una forma violenta. Casi nos vamos las dos al suelo... Miré hacia atrás, pero los chicos estaban hablando entre ellos a unos tres metros de nosotros.
Mi tío dijo que me había tropezado. Mi prima, sin convencerse del todo, fue hacia los chicos, cuando de repente volvió la cabeza hacia el otro lado de forma violenta... Dijo que alguien la había abofeteado... y tenía una mano marcada en la cara... una mano pequeña...
Nos asustamos muchísimo... y empezamos a gritar presas de la histeria... Los chicos vinieron a auxiliarnos mientras mi tío abría el coche rápidamente para meternos dentro. Los chicos hicieron
una barrera con sus brazos protegiéndonos de lo que fuese y pudimos meternos en el coche. Por el cristal pude ver cómo golpeaban a algo invisible que les estaba atacando. Mi tio condujo a gran velocidad tocando el claxon como un loco. Al llegar a la casa llamó a mis otros tios y todos fueron al pueblo a ayudar a los chicos, pero ya todo había pasado. Éstos se encontraban agotados por la lucha, con arañazos, golpes... pero dijeron que estaban acostumbrados, que no pasaba nada.
Las agresiones en ese pueblo son esporádicas y no siempre a las mismas personas... pero ellos sienten que tienen que estar
ahí para que ese niño que murió de forma tan violenta no esté solo... Llegará el momento en que pueda descansar en paz."
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OTRRO!!!
PESADILLA
Una sombra deforme se dibuja en el techo de mi habitación, tiemblo de miedo mientras la observo caer lentamente sobre mí, quiero escapar, es inútil me ha atrapado,decenas de manos me tocan, formandose entre ellas la cara de un cadáver sonriendo satánicamente,mi cerebro quiere explotar,necesita pensar y no puede, mi cuerpo se torna frio, la sangre se congela, parece que no estoy viva.
¿Habré muerto? Sera así la muerte?
Trato desesperadamente de gritar,mi voz no se escucha, mi saliva esta seca,la sombra me aplasta cada vez es mas pesada creo que voy a reventar,las manos tapan mi boca aprietan mi cuello estoy muriendo,el aire no entra,un gran nudo en el pecho se clava como una daga, es tanto el dolor que la sombra huye despavorida, abro los ojos estoy viva, era solo una pesadilla.
GABRIEL(DE EXTRATERRESTRES)
Nací como cualquier otro niño, viviendo en la ignorancia de toda aquella realidad. Pero lo cierto es que hacía tiempo que había comenzado a sospechar. Mi familia, padres, y demás, no eran más que monstruos con apariencia humana que ocultaban su horrible aspecto negro y viscoso detrás de aquellas estúpidas máscaras. Sus palabras hipócritas y desconcertantes nunca consiguieron engañarme. Yo sin embargo les seguía el juego,fingiendo no enterarme de nada, y lo cierto es que nunca me cayeron bien. Me los imaginaba allí, reunidos, y aprovechando mi ausencia, descubrían su verdadero aspecto riéndose a carcajadas. Traté de espiarles en múltiples ocasiones, pero lo cierto es que nunca llegué a descubrir como eran en realidad. Me bastaba con observar aquella mirada brillante y malintencionada y su sonrisa, incapaz de ver con mis propios ojos, pero que escondían detrás aquellas estúpidas máscaras.
Poco a poco fui dándome cuenta de la situación. El conserje del colegio, movía su manojo de llaves de manera nerviosa y estridente. Su mirada penetrante le delataba. Siempre supe que era una de ellos, desde el primer instante en que le vi.
Hablaban entre ellos, nunca supe que planes podían tener para mí y los demás y así, con esa agonía y sentimiento, fui pasando aquellos primeros años de mi vida.
Tal vez se me pueda acusar de desconfiado, pero es que jamás pudieron engañarme.
Estudié, como pude, crecía descubriendo cada vez más número de ellos.Estaban esparcidos por toda la población, mezclándose entre la gente como si tal cosa, nadie parecía sospechar, excepto yo.Pasó el tiempo. El número de aquellos se agrandaba por momentos y acabé sospechando de casi todo el mundo. Era difícil fiarse de la gente. Me hubiera gustado tener un método práctico para delatarles. Siempre observaba a la gente antes de hablar con ella. No podía confiar en nadie y mucho menos contarles mi secreto.
Mi imaginación infantil me llevó a pensar primeramente que no eran más que alienígenas controladores de la civilización y que querían colonizar la tierra. Lo cierto es que el número de ellos parecía incrementarse demanera alarmante hasta el punto de que llegué a dudar de casi todas las personas que me rodeaban.
Toda mi obsesión me llevó a continuar por el camino de las ciencias, intentando encontrar algún remedio a aquello que me perturbaba y de lo que estaba totalmente convencido.
Pensé que aquel masivo incremento en su especie podría tener un carácter contagioso, transformante. No descartaba ninguna de las posibilidades,y mientras mi cabeza se llenaba de más y más temores, me dediqué en cuerpo y alma a encontrar una explicación científica al problema aprovechandolas instalaciones de aquella base científica donde trabajaba. Mi obsesión crecía y crecía por momentos. Cada vez me parecía descubrir más sospechosos,todos estaban siendo cómplices de mí y llegué hasta el punto de no querer ningún contacto con personas ajenas por miedo a que pudieran estar infectadas.
Me aterraba pensar convertirme en uno de ellos, lo que me llevó incluso a desechar todo medicamento que me suministraban, aquellos médicoshipócritas.
Tal vez tuvieron conocimiento de mi sospecha y ahora querían acabar conmigo.
Caí enfermo, pero me negué a que me ingresaran. No quería que me tocaran con sus apestosas manos, e incluso me obligaron a la fuerza. No permití ningún tipo de transfusión de sangre, y llegaron a encerrarme, incluso con el consentimiento de algunos amigos míos. Paranoias, decían. Todo aquelloa lo que tanto tiempo temí, no eran más que simples consecuencias de mi locura.
¡Pobres ignorantes!, no se imaginaban el peligro que corrían y nunca me creerían si trataba de explicárselo.
Asi que allí me encontraba yo, atado por ambos brazos por una camisa defuerza que me retenía mientras sudores fríos brotaban por mi cuerpo por el miedo a lo que me iban a practicar.
Terapias, inyecciones, absurdas palabras falaces que no podían convencerme de mi más profundo presentimiento.
Aquel hospital, en aquella habitación, aterrado de lo que me pudierapasar.
Quizás había llegado el momento. Me iban a practicar una metamorfosis para convertirme en uno de ellos, no podía imaginarme las macabras intenciones de aquellos sujetos tan horrorosamente detestables que se hacían pasar por humanos.
Gritaba de agonía, lloraba de impotencia y sufrimiento. Escupía las pastillas que me diagnosticaban y con un tremendo esfuerzo de voluntad, salté de la cama y estrellé mi cuerpo contra los cristales de la ventana. Y con estos, que quedaron rotos y afilados conseguí nada menos que rasgar mi camisa de fuerza, y con sumo cuidado comencé mi escapada. Tenía que intentar mi último gran plan. Había utilizado las instalaciones de la base espacial en la que trabajaba y clandestinamente saboteado los programas para preparar la huida del planeta en una de las naves. Años de trabajo. Mi última opción por salvarme a mí y a los demás. Así que les llamé. Solo a unos cuantos, los que tenía la absoluta certeza de su personalidad, y con una buena excusa les cité a todos en aquel centro en donde yo trabajaba para la NASA.Eran conscientes de mis aparentes problemas mentales, por lo que les alertó mi repentina llamada y acudieron en gran medida a la cita. Tampoco la nave estaba prevista para muchos más. La había diseñado yo mismo, tenía todos los recursos suficientes para aquella furtiva escapada, pero no albergaba capacidad para más de cincuenta personas.
Seguí, con mis mentiras, de buena fe, por supuesto, tratando de acercarles a aquella base de lanzamiento. Muchos me preguntaron por mi degradante aspecto, mis vendas ensangrentadas, pero qué importaba eso ahora, era de noche allí pero los guardas no tardarían en perseguirnos.No me quedaba más remedio que contárselo. Cuál era mi propósito aunque estaba seguro que lo echaría todo a perder. Prometí explicarlo todo finalmente dentro de la sala espacial. Y dentro, en uno de los extremos estaba el ascensor, que nos acercaría a la plataforma de lanzamiento,donde poder coger la nave y escapar.
Abrí la puerta con mi código secreto de acceso pero de pronto todas las luces de seguridad empezaron a brillar con una parpadeante luz roja y un estridente sonido de alarma lo invadía todo por completo.
La puerta se abrió pero todos aquellos amigos, humanos al fin y alcabo, no quisieron dar un paso más sin que yo les diera de una vez por todas una explicación.
Me sentía hundido, había hecho todo lo que estaba en mi mano pero ya no podía levantarme el ánimo entre aquel ambiente caótico, de luces y sonidos que no tardaría en delatarnos. Miraba al suelo, apesadumbrado, buscandola manera de explicárselo sin que me tomaran por loco definitivamente,pero justo cuando levanté la mirada e intenté decir unas palabras, todos aquellos que me rodeaban mirándome extrañados corrían frenéticos al interior dela sala de operaciones con múltiples gritos y aspavientos.
-¡DETENEOS!- gritó una poderosa voz que se aproximaba junto con otros seres vestidos de agentes.
¡Eran ellos! ¡Por fin pude contemplar por primera vez todo aquel temor que había condicionado mi vida y mi existencia!
Unos horribles monstruos de color oscuro y viscoso con extrañasextremidades en la cara vestidos de guardianes me apuntaban ahora con una de sus armas.
Rápidamente me introduje y mandé que sellaran la puerta. No tardarían en venir refuerzos y yo tenía que darme toda la prisa del mundo. Instalé mi programa secreto. Esperaba de disfrutar del suficiente tiempo para teclear los parámetros de la aeronave estacionada a escasos metros nuestros y que yo intentaba sabotear con el propósito de salvar a todos aquellos humanos.
Estaba tan nervioso que me temblaban las manos a la hora de escribir.
Sin duda habían llegado refuerzos. Desde el otro extremo de la puerta,los apestosos gendarmes transformados trataban de derruir la puerta, por lo que ordené que ascendieran en el ascensor para acceder definitivamente a la nave.
Los humanos que aún trataban de sostener la metálica puerta para que no entraran no podrían aguantar mucho más. Yo solo necesitaba unos segundos.
Estaba a punto de acabar, mandé que dejaran la puerta y que ascendieran al ascensor y reunirse con los demás para introducirse en la nave que se propulsionaria manualmente desde mi control remoto.
ACCEPTED escribía definitivamente el ordenador.
-PREPARED TO TAKEOFF
Una luz roja se iluminaba ahora en mi mando a distancia. Esperé el ascensor, pero justo cuando lo cogía aquella especie de mutantes babosos habían entrado en la sala y disparaban a diestro y siniestro mientras se me cerraba la puerta.
Tendría que darme toda la prisa del mundo si quería que me diese tiempoa llegar. Los tenía detrás y dudaba de que pudiera llegar a tiempo,mientras, todos los demás me esperaban ya metidos dentro del cohete.
Una vez subida la distancia de esos veinte metros, había un largo pasillo recto que conducía directamente hasta la compuerta de la nave donde todos me esperaban.
No estaba en las mejores condiciones físicas para correr, todo vendado y lleno de sangre, pero no había tiempo para pensar en eso, solo tenía que llegar, correr por todo aquel pasillo de más de sesenta metros y apretar el botón. Llegar a tiempo...
Los falsos gendarmes ya habían subido al pasillo y comenzaba la persecución.
--¡GABRIEL ERWEN! ¡NO LO HAGAS!
Mientras, los gritos de aquel no dejaban de sonar: «¡GABRIEL, GABRIEL!»,una y otra vez. A duras podría llegar a tiempo. Aquellos habían desenfundado su arma y estaban dispuestos a dispararme si seguía avanzando, pero detenerme en aquel momento era algo que ni se me pasaba por la cabeza. Avancé cuanto pude, uno de los disparos me alcanzó la pierna. «Solo unos metros más», pensé...
Acabé tropezando.
--¡Gabriel! --me gritaban desde ambos bandos.
El control remoto había caído por el suelo y me di cuenta de que nunca llegaría a tiempo. Lo había echado todo a perder. Miró a todas esas caras de preocupación mirando desde la compuerta sin poder hacer nada, y me arrastré, con un gran esfuerzo hasta el mando a distancia y apretar el iluminado botón con mi puño enrabietado.
Con un poco de suerte y astucia podrían encontrar un lugar, y sobrevivir.
La raza humana jamás podría agradecérme bastante lo que había hecho por ella.
--¡GABRIEL!
Querría haber podido salvar a todos aquellos humanos que aún quedaran en la tierra, pero él sabía que había hecho todo lo posible por su especie.
--¡¡¡GABRIEL!!!
De pronto, la enorme potencia de la explosión hizo temblar a toda la instalación. El cohete se elevaba ahora tras sus espaldas.
Aquella voz enfervorizada se hacía más potente por momentos y a pesarde estar débilmente distorsionada, logré reconocer al sujeto. Era mi comandante jefe, de la unidad de investigación espacial, del que siempre había sospechado, pero esta vez con su verdadero aspecto.
Aquellos monstruos parecidos a mutantes avanzaban hacia él mientras aquella voz se enfurecía cada vez más. «¡GABRIEL!,¡GABRIEL¡»
ESPERO QUE LES GUSTEN SALUDOS!!!
SI QUIEREN UN BUEN TEXTALOUD CON CRACK VOCES DE CARMEN Y JORGE COMPLETO AVISEN...
POR ULTIMO UNO DE BORGES
FUNES EL MEMORIOSO:
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.
Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,
más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su
implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
---- ME PARECIO BUENO PONER EL DE BORGES ES MUY BUENO....

