InicioApuntes Y MonografiasLas formas del Exilio
El exilio es sentirse fuera del hogar, y sin poder regresar a él. Un sentimiento de vacío y desorientación. El exilio seguramente es una de las experiencias continuas de la historia, porque merodea en todos los tiempos. Y también es un estado de ánimo complejo, de muchas facetas posibles. Nuestra época sólo entiende de exilio político. Por lo que a las muchas formas del desarraigo en la historia, le agrega una nueva forma específica: el exilio respecto a la conciencia de las muchas formas del destierro.
En una visión extrema, la propia condición humana es el exilio. Esta sensación nace del hecho de que el ser humano, en lo íntimo, en lo silencioso, hoy diríamos en lo inconciente, se sabe finito, pequeño, inseguro, y ajeno, por tanto, al orden absoluto de los dioses, o del Dios. Exilio religioso, separación entre el hombre y el mundo divino. Su forma típica en la tradición cristiana: la expulsión de Adán y Eva, la primera pareja humana en el exilio de la vida paradisíaca, por haber desobedecido al Padre creador de todo. Todas las religiones usufructúan de la promesa de sacarnos de esa exclusión primera, siempre que nos sometamos, claro, a lo divino, o más exactamente a sus sacerdotes…
Los griegos, no en vano, percibieron que frente a la amenaza de sentirse excluido, el hombre necesita de un sentimiento de contención, pertenencia e identidad. La sociedad como comunidad política puede conferir esa identidad. Por eso, ser expulsado de la polis, del Estado, el ostracismo, era la peor condena para el hombre antiguo clásico. Y de ahí surgen las distintas variedades del exilio político posterior.
Destierro religioso, político. Y en la modernidad de masas quizá se agrega otra manifestación de relegación: el exilio dentro de la propia sociedad del individuo personal. Este fenómeno no es original en la historia, pero sí es reanimado por la cultura de masas, por las prácticas de igualación y presión para la homogenización de los individuos. Todos deben ser iguales y el distinto podrá permanecer en la cultura de masas democrática, pero bajo un sentimiento de exilio social, de exclusión, de no pertenencia. El artista “maldito”, o el diferente por cuestiones de elección sexual o por rarezas físicas, son arquetípicos de ese sentimiento en el Occidente moderno. Pero el trabajo en las condiciones de la Revolución Industrial y el capital recrearon también otra forma de exclusión ancestral: el exilio socioeconómico. Esto alcanza al pobre estructural, pero más todavía al trabajador sin movilidad social real, a quien no podrá avanzar lo suficiente como para superar su condición de víctima de una injusta retribución salarial. Exilio respecto a los grandes bienes, placeres y posibilidades de la sociedad materialmente avanzada. Pero como forma compensatoria, e inherente a una lógica de dominio social, el exiliado socioeconómico en un mundo de propuestas abundantes de consumo, es seducido por formas “simbólicas” y alternativas de sentirse integrado en el mundo de la riqueza económica. Como ser: el acceso a la tarjeta que financia el aumento de placeres y beneficios; o tal revista que escenifica la vida de los poderosos; o tal serie televisiva que teatraliza, vía azar y drama, el ascenso social posible del hombre de pueblo o de clase media.
Pero quizá el exilio más poderoso en la experiencia contemporánea, es la no conciencia de la propia condición exiliada del hombre. Nadie escapa de algún tipo de exilio. Pero el jolgorio consumista, la hipnosis de las noticias sin fin, las propuestas cada vez más variadas de la cultura del entretenimiento, nos hacen creer que estamos en la vida plena, en la actualidad, en la realidad. Ilusión construida que oculta que, lo mismo que el hombre antiguo, el hombre de la cultura de la cuántica, la nanotecnología o la sofisticación publicitaria sigue sofocado por alguna forma del exilio, por alguna asfixia del destierro.

Abajo, la caída de Adán y Eva en la versión del pintor francés James Jacques Joseph Tissot (1836-1902) en el Jewish Museum, New York. La expulsión de la primera pareja humana del Paraíso para el cristianismo es una versión arquetípica del destino humano unido a la experiencia del exilio.

Escrito por Esteban Ierardo.



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