La última carga de la caballería cosaca
Cuando los alemanes iniciaron la operación Barbarroja, los nazis reclutaron al general Krasnov para que organizara un regimiento de cosacos y se uniera a las fuerzas de invasión. Krasnov, que había tomado el camino del exilio tras la derrota del Ejército Blanco contra los bolcheviques durante la Revolución rusa, partió en el acto a convencer a obreros de la Renault en Billancourt, porteros de hotel en Berlín, choferes de Zurich y acróbatas de a caballo de circos transhumantes, de que sólo ellos, los viejos cosacos del Zar, podían derrotar a los ejércitos de Stalin. Llegó a juntar cincuenta mil hombres, que aceptaron a Hitler como comandante supremo de las fuerzas cosacas y partieron al frente oriental a cambio de la promesa del III Reich de que se les otorgaría un territorio en Ucrania, para crear allí su patria.
El General Piotr Krasnov.
Algunos cosacos llegaron a pelear junto a Lenin en el ’17, creyendo que sin zares volverían los buenos tiempos de la autonomía cosaca, pero cuando descubrieron que los bolcheviques no los veían como otra cosa que perros de guerra, se pasaron al Ejército Blanco, y cuando los blancos fueron derrotados ofrecieron crear un “Estado cosaco-soviético” donde no mandaran los comunistas. Desde entonces esperaban en el exilio cualquier oportunidad que les permitiera volver a Rusia.
A fines de 1944, lo único que les quedaba a los alemanes para ofrecer a los cosacos eran las montañas de Carnia. Allí convergieron, en la nieve, los regimientos de Krasnov, 17 grupos lingüísticos diferentes, llegados a caballo o en camello. Sólo el atamán (general) Krasnov se privaba de su montura, por sufrir de gota; se movía en un pequeño Fiat con chófer, custodiado por una guardia de 24 cosacos armados hasta los dientes.
En ese Fiat emprendió la retirada cuando las fuerzas aliadas y los partisanos de la Brigada Garibaldi ocuparon Trieste. Los cosacos retrocedieron hasta la frontera austríaca con el propósito de hacerse fuertes allí y recuperar su territorio, pero se toparon con la desbandada nazi y supieron que su aventura había terminado. Krasnov negoció con los ingleses que se rendirían con una sola condición: no ser entregados a los soviéticos. Los ingleses incumplieron su promesa. Una madrugada, cumpliendo los pactos secretos de Yalta entre Churchill y Stalin, los ingleses entraron en el campo de detención con camiones, para cargar a los prisioneros y entregarlos al Ejército Rojo. Los cosacos no lo permitieron. Ataron a sus monturas bolsas llenas de piedras y, con sus mujeres y bebés en brazos, se fueron arrojando en masa a las turbulentas aguas del Drau. Unos pocos hacían frente a los británicos, mientras el resto se inmolaba de esa manera. Los ingleses sólo lograron entregar a los soviéticos una décima parte de aquellos cincuenta mil (que terminaron ejecutados o en Siberia); el resto dejó su vida aquella madrugada en las aguas del Drau.
Monumento al atamán cosaco Piotr Krasnov.