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El abuelo que se escapó de la muerte

Info10/11/2011
Juan Luis Cordoba




Juan Córdoba tiene 80 años, es vecino de Barrio Alta Córdoba, pero actualmente es huésped de Los Gigantes. A los 79 años fue protagonista de una durísima historia que, en lugar de deprimirlo, lo incentivó a trabajar por los demás.


Juan vivía en Barrio Alta Córdoba, en su casa, con su esposa. Padre de dos hijas, amigo de sus amigos y amante de los caballos. Visitaba a sus equinos al igual que iba al hipódromo a ver las carreras. Sus amigos dan fe de que, sin embargo, no es apostador. A pesar que tenía algunas diferencias con sus familiares (como todos las tenemos) nunca imaginó la historia que estaba por comenzar.


Amanecer atado


Era fines de abril de 2009, Juan había tenido algunas discusiones en su casa, pero nada grave. Un día vio que sus familiares le ponían nombre a su ropa, aunque él no le dio mucha importancia. Una tarde entró a la casa una chica vestida de enfermera que le puso una inyección y lo sedó. Al otro día despertó atado de pies y manos en la cama de un geriátrico.

A partir de ese día empezó una pesadilla para Juan. Él era un anciano, pero estaba en pleno uso de sus facultades. Sin embargo, en el geriátrico no le permitían salir ni comunicarse. Estaba preso en un lugar donde lo medicaban con tranquilizantes, donde le decían a la hora que tenía que levantarse, las cosas que tenía que hacer y la hora en la que debía acostarse. Juan cuenta la historia y “se quiebra”, narra el maltrato de algunos empleados que no le permitían, a su edad, decidir qué hacer.

Incluso un preso tiene derecho a una llamada, a una visita. Él no la tenía, pero no había delinquido, simplemente es anciano, como lo vamos a ser todos algún día. La impotencia de no poder decidir palabra alguna, de que sus decisiones no sean tenidas en cuenta, de ser tratado como un loco, como alguien sin poder de decisión; hacía que por las noches, cuando le ordenaban acostarse y lo medicaban, Juan no pudiera conciliar el sueño. Lloraba o rezaba hasta dormirse.


“Me quiero ir”


Un día, un amigo llegó al geriátrico a visitar a un pariente y se encontró con Juan. “¿Qué hacés acá?”, le preguntó. “No me dejan salir”, respondió. Su amigo le avisó a otro amigo que es vecino de nuestro barrio, y éste se puso en contacto con Gladys Gómez, abogada y también vecina de Los Gigantes.

La abogada comenzó a visitarlo y vio la situación en la que se encontraba Juan, que estaba en pleno uso de sus facultades, pero no podía salir del lugar ni comunicarse. Un profesional de la salud confirmó que estaba en sus cabales, pero cuando Juan le preguntó al responsable del geriátrico cómo debía hacer para irse, éste se lo negó.

Así fue como Gladys comenzó una batalla legal para devolverle a Juan un derecho tan básico como el de disponer de su propio cuerpo y su libertad. Pero en el geriátrico se molestaron con la actitud de la abogada, y le impidieron volver a ingresar, aún cuando ella se presentó junto a un escribano. A pesar de que el juez le rechazó un “Habeas Corpus” (un recurso que permite a la persona asegurar su derecho a circular libremente), cierto tiempo después, la abogada de Juan consiguió una autorización judicial para seguir visitando a Juan y representarlo legalmente.


Escapar de la muerte


Con el avance de la representación judicial de Gladys y la oposición de la familia, la situación se puso cada vez más tensa, y la abogada empezó a temer por la seguridad de Juan. La propia esposa, corresponsable de su “internación”, llegó a amenazarlos de muerte. La situación no podía ser más triste. Ante esto, Gladys le dio a Juan un teléfono para que la llamara por cualquier cosa.

Él, con mucho miedo, no tenía a quien recurrir. Estaba claro que su familia prefería tenerlo internado, y quedarse con la administración de su patrimonio. El temor era también que lo trasladaran a otro lugar donde volvieran a incomunicarlo, o incluso amanecer “suicidado compulsivamente”, tan compulsivamente como fue internado.

Un día, Juan encontró la oportunidad de escaparse después de que un acompañante terapéutico, que le puso la familia, lo sacó de ese geriátrico con el objetivo de llevarlo a conocer otro. Éste, le dijo que iban a conocer otro geriátrico mejor, donde iba a estar más cómodo. Pero Juan no quería otro, quería estar en su casa, volver a tener su libertad, esa que le da dignidad a una persona que ya ha recorrido toda su vida. ¿O acaso las personas mayores no tienen derecho a la dignidad de poder decidir qué hacer con su tiempo y su vida?

Cuando tuvo la oportunidad, llamó a Gladys, que vino con otro amigo más en un auto. Antes de que el acompañante terapéutico pudiera reaccionar, Juan se había subido al auto de su abogada y huyó. Se escapó del encierro, de la pérdida de su libertad, de la pérdida de la dignidad de poder decidir por él mismo, del castigo por ese terrible delito que había cometido en esta sociedad intolerante con sus ancianos. El delito que cometeremos muchos de nosotros un día: ponernos viejos.


Volver a vivir


Hoy Juan vive en casa de Alberto y Patricia, sus amigos que viven en nuestro barrio. Ahí lo atienden muy bien y está contento de que haya terminado su pesadilla, aunque confiesa que no hay lugar como la casa de uno, pero teme volver a su domicilio y amanecer otra vez en un geriátrico.

Juan va a la farmacia, se toma la presión, va al gimnasio, planea un viaje. Su párkinson está mucho más controlado y se ha librado de tanta medicación; apenas toma pastillas para su enfermedad. Hay una tristeza que no puede ocultar, la de sentir que su propia familia le hizo pasar un año en un lugar como aquel, contra su voluntad.

Gladys Gomez, denuncia que el accionar del fiscal fue desastroso y que en lugar de proteger a Juan, “lo dejó a merced de sus verdugos”.

Mientras siguen los trámites relativos a su juicio, en los que espera terminar con esta pesadilla, no se queda quieto, piensa en los demás. Junto a Gladys y otros vecinos del barrio, han fundado una Asociación Civil llamada “Dignidad y Derechos para Adultos Mayores”, que busca concientizar a toda la sociedad sobre el respeto a los mayores y sus derechos en una sociedad que a veces, lejos de valorarlos, los descarta.

Los geriátricos pueden ser lugares de contención, donde los ancianos hagan amigos, donde encuentren mejor calidad de vida, pero la legislación debería prohibir y penar las internaciones sin el consentimiento expreso de la propia persona mayor.

Tiempo después, por investigaciones de oficio de la Justicia, la médica responsable del Geriátrico “Patio de Luz”, donde Juan estuvo prisionero, fue detenida e imputada por la muerte de al menos cinco de sus internos. Hoy se investiga las sospechosas causas de esas muertes y Juan respira aliviado de haber escapado de ese lugar siniestro.




nota por : Milton Copparoni
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