¿Pueden ir todos a la secundaria? ¿Sirve?
Cómo pueden convivir en la secundaria el que va a estudiar, el que va a hacer "quilombo", el que va por la beca, el "tronco", el drogadicto, el marginal, el delincuente, el muy inteligente, etc.
Veamos este reportaje que apareció en un diario, y después saquemos conclusiones.
Tienen la palabra. Lucas Vidal, 19 años, asiste a un colegio para adultos. Mariana Katz, 16, es alumna del Colegio Nacional de Buenos Aires. Florencia Arce, 19, siempre fue a un privado.
No se parecen, pero están juntos.
Lucas Vidal tiene 19 años, vive en Ciudad Oculta, empezó y dejó el secundario tres veces y ahora estudia en un colegio para adultos organizado por IMPA, la fábrica recuperada que devino en emblema de la autogestión en tiempo de cacerolazos. Mariana Katz tiene 16, vive en Palermo y pertenece al Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires, una institución que forma a la élite intelectual de la Argentina. Florencia Arce tiene 18, vive en La Boca, hizo todo el secundario en el colegio privado Esteban Etcheverría y ahora –mientras estudia “canto” y cursa los primeros meses de la carrera de Marketing en la UADE– empieza a preguntarse si lo que aprendió en la escuela sirvió para algo.
Lucas, Mariana y Florencia no se parecen, pero están juntos en la puerta de salida de un cine. Por pedido de Crítica de la Argentina se juntaron a ver Entre los muros, una película de Laurent Cantet que habla de la crisis de la educación secundaria en Francia (aunque podría ser en cualquier otro lugar del mundo) y que reescribe de manera fresca, brutal y universal un largo problema que volvió a plantear dos días atrás el ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco: durante la inauguración de la Feria del Libro –el pasado 30 de abril– el funcionario dijo que “entre el 50 y el 60% de los alumnos que terminan el secundario son analfabetos científicos” y que el sistema de enseñanza “está en un serio problema”.
Entre los muros –premiada en Cannes– narra la dificultad de un docente para hacerles entender a sus alumnos que estudiar tiene sentido. El film fue visto por casi un millón de personas en Francia. Y en la Argentina, tres semanas después de su estreno, se sigue exhibiendo a sala casi llena en veintiún cines de la Capital y el GBA. ¿Por qué, en tiempos de efectos especiales, una película con tono casi documental tiene tanto éxito? Por el arte de su director, y por las preguntas que genera: ¿por qué el sistema de enseñanza está –como dijo el ministro Tedesco- en serios problemas? ¿Cómo se llegó hasta ahí? ¿Cómo se sale? Lejos de cualquier respuesta sistematizada, Lucas, Mariana y Florencia tratan de explicar un universo que les resulta cercano y distante a la vez.
–En la película se ve el eterno esfuerzo del docente por controlar un curso que es caótico. ¿Por qué a los profesores les cuesta tanto imponerse en las aulas?
Lucas: –En el colegio al que voy yo, que es el IMPA, adonde vamos pibes de barrios bajos, en general está la idea de que si un profesor te quiere enseñar algo, te humilla. Los pibes no ven el esfuerzo que hacen los docentes para enseñar, y entonces cualquier detalle los enoja y se arma quilombo y se vuelve todo inmanejable.
–¿Alumnos y docentes deberían tratarse en pie de igualdad?
Florencia: –Todas las personas somos iguales. Pero dentro de un aula, el docente tiene que marcar los límites. El problema es que algunos se exceden.
Mariana: –Discutir las jerarquías en un aula es absurdo, desde el momento en que el profesor es el que va a imponer el tema. Pero también es cierto que un buen profesor es aquel que permite que sus alumnos elaboren una conclusión propia, para que eso sea educación de verdad y no simplemente una sistematización de contenidos. Eso es más enriquecedor que estar en una clase donde no vuela una mosca. O donde cada vez que intervenís el profesor desestima tu opinión diciendo: “Sí, bueno, esto puede ser, pero lo que estoy diciendo es...”. No está bueno que el profesor siempre demuestre que la tiene clara.
–¿Qué piensan de las normas respecto de la vestimenta? En colegios como el de la película, no se puede entrar al aula con gorra...
Lucas: –Me parece mal. Una persona se viste y hace consigo lo que le parezca. Yo iba a un colegio donde no me dejaban tener piercing, aritos... Una estupidez total.
Florencia: –Creo que lo hacen porque te preparan para el día de mañana. Cuando tengas un trabajo vas a tener que llevar un uniforme puesto, una presencia...
Lucas: –Pero lo de afuera no importa. Lo que tenés que tratar de cambiar en una persona es lo de la cabeza.
Florencia: –En la sociedad sí importa.
Lucas: –Ése es el error.
–¿Hay alguna materia que sientan que no les sirve para nada?
Florencia: –En el momento de estudiar, hay miles de cosas que pensás que no sirven. A veces pienso que, si tengo suerte y puedo vivir como cantante, lo que estudié no va a tener mucha aplicación práctica. Pero me imagino que yo sería distinta, peor, si no hubiera ido al colegio.
Mariana: –La mitad de las cosas que uno aprende no tienen aplicación concreta, pero no importa. Porque la aplicación de lo que uno aprende tiene que ver con que diariamente uno se interese por lo que está alrededor suyo y se haga preguntas.
Lucas: –Antes, yo decía: “Para qué voy a hacer la secundaria si después voy a terminar laburando de cajero. De qué me sirve estudiar Lengua, Historia, si voy a estar con una calculadora dando tickets”. Ahora lo veo distinto.
–¿Qué cambió tu opinión?
Lucas: –Me la cambió la vida. Volví a la escuela porque no conseguía ningún laburo. Me marcó mucho que una vez fui a buscar trabajo para pasear perros y me pidieron título secundario. No lo podía creer. Y ahí me tomé el estudio más en serio.
–¿Ir a la escuela le puede cambiar el destino a una persona?
Mariana: –Creo que sí, principalmente porque la escuela no es sólo el lugar donde uno aprende, sino también donde uno se relaciona con gente distinta de uno. Y tal vez esa función de la escuela está un tanto perdida. Ahora los chicos se conectan por internet según afinidades, y entonces se arman tribus urbanas en las que nunca te relacionás con alguien distinto de vos.
Florencia: –En cambio, la escuela te saca de esos guetos, porque convivís con gente con la que en otra situación no compartirías espacio. Y eso te abre la cabeza.
–¿Creen que los talleres (de música, pintura, etcétera) incentivan a los chicos a ir a la escuela?
Florencia: –Para mí son un cable a tierra, una forma de conectar la escuela con cosas que te gustan.
Mariana: –En un taller, si funciona bien, se encuentra un placer muy grande, no sólo por lo que se aprende sino por cómo se estructuran las cosas. El docente de taller no es el docente que te hace poner de pie cuando entra. El intercambio es más fluido y agradable.
Lucas: –Para mí, los talleres son tanto o más importantes que las clases en sí. Te sirven para desconectarte un poco de los problemas que tenés: familiares, de plata, todo. Yo empecé a los trece con un taller de fotografía que se hacen en Ciudad Oculta, que es el PH15 (N. de la R.: un prestigioso taller con alumnos que expusieron sus obras en todo el mundo). Y me distrae mucho.
–¿La función del taller es distraerte?
Lucas: –Sí y no... Yo con la fotografía pude pensar en mí mismo y pude cambiar mi forma de ver la realidad. Me ayudó a expresarme mejor. Antes era un desastre hablando. Y con la foto me abrí más, porque cuando hacíamos muestras y venían a hacernos notas, teníamos que hablar mejor. Porque obviamente en mi barrio yo no hablo como ahora con vos. Siempre un insulto tiene que haber. Pero es como dice la peli: la única forma de saber qué lenguaje usar en qué lado es desarrollando la intuición. Y eso te sale sólo si hablás mucho. Y a mí el taller y la escuela me ayudaron a hablar.
OPINIÓN
Hay un deterioro de la pertinencia del secundario. No se discute para qué sirve el nivel inicial pero sí las funciones de la escuela media. Preparar para la universidad, para el trabajo y para ser ciudadano están en entredicho. Por eso, el Ministerio de Educación tiene una deuda: la reforma integral de la escuela secundaria. Hay que mejorar el dictado de las clases, los programas, reducir la cantidad de materias y faltan adultos y tutores de tiempo permanente en la escuela. Esto también es un trabajo cultural: romper la representación que existe entre los pibes de que la secundaria no sirve para nada. Hay un clima de época que está peleado con el esfuerzo. A veces, los pibes sufren malos tratos en el mundo adulto, pero otras veces simplemente se aburren. Y, la verdad, la escuela no es necesariamente divertida, es una obligación. Yo siempre sufrí con las ciencias exactas, pero tenía un mandato: sufrir y bancármela. Ahora hay bastante resistencia al fracaso. Aparecen frases como “esto no me gusta”. ¿Y? ¿Qué querés tener en la escuela? ¿Murga? Un docente tiene que transmitir pasión por lo que hace. A veces la clase puede ser un embole, pero los pibes le sacan la ficha al docente que viene sólo para cobrar y al que realmente está comprometido con lo que hace. Y esto lo valoran. Aunque les resulte más difícil o les exijan más.
Elías