InicioApuntes Y Monografias9. ¡Muero por mi Patria! Fin de la Guerra del Paraguay
La caravana empecinada


La marcha trágica

Soldados abrasados por la fiebre o por las llamas y extenuados por el hambre, sin más prendas de los desaparecidos uniformes que el calzón ceñido por el ysypó (aristolochia triangularis, una planta con propiedades curativas), y algunas veces un correaje militar para sostener la canana o pender el sable; pocos llevan el morrión con la placa de bronce con el número de regimiento. Descalzos porque los zapatos (y a veces el morrión y las correas) han sido comidos después de ablandar el cuero con agua de los esteros. Mujeres de rasgados tipoys (falda corta guaraní), afiladas como agujas por la extenuación o la peste, preparan el rancho: polvo de huesos (cuando lo hay) cocido con jugo de naranjas agrias, si se ha conseguido alguna fruta; las más de las noches, nada. Entonces se roe el cuero de los implementos militares.

Ysypó

Todos están enfermos, todos escuálidos por el hambre, todos sufren las heridas que no han cicatrizado. Pero nadie se queja. No se sabe adonde se va, pero se sigue mientras haya fuerzas: quedarse atrás sería pisar un suelo que ha dejado de ser paraguayo y sufrir el atropello de los brasileños. Los rezagados también morirán de hambre en la tierra arrasada por los vencedores.

Elisa Lynch

En coches destartalados van Elisa Lynch con los niños pequeños del mariscal; la cuido su hijo de quince años, el coronel Panchito, improvisado jefe de estado mayor por su padre. En otro, tres fantasmas: la madre y las dos hermanas de López, flageladas por su debilidad ante la resistencia imposible; en otro, el vicepresidente Sánchez, anciano de ochenta años cuya razón desvaría. Conduce la hueste espectral Francisco Solano. Todavía es presidente del Paraguay y mariscal de la guerra contra la Triple Alianza: si no ha podido dar el triunfo a los suyos, ofrecerá a las generaciones futuras el ejemplo tremendo de un heroísmo nunca igualado. No traduce en su rostro impasible, ni en el cuidado uniforme, rastro de desesperación o de abandono. Conduce la retirada espantosa como si fuera una parada militar: "aparentaba la misma calma y tranquilidad de otros tiempos" dirá un enemigo suyo en su detrimento. Aún es jefe; y un jefe no puede abatirse. En medio de las selvas o de los desiertos, en lo alto de las cordilleras mientras lleva a la muerte a la caravana empecinada, Francisco Solano será siempre el pulcro y sereno Leopoldo de América como lo llamara Mitre antes de la guerra. Se cuida, precisamente, para el ejemplo.

La caravana va hacia el norte para eludir la maniobra envolvente de los brasileños que los obligaría a entregarse sin combatir. A veces llega a una aldea, erigida solemnemente en "capital provisional de la república": Caraguatay, a los pocos días, el 28 de Agosto, luego San Estanislao. Después, el desierto pues debe caminarse lejos del río dominado por los cañones imperiales. Una huella blanca, formada por los huesos de los caídos, señala a los brasileños la ruta de los fugitivos. Ya no se entierra porque no hay tiempo ni energía para hacerlo; se camina hasta el agotamiento, y cuando se cae, un compañero o compañera toma el arma y sigue. Los bueyes que tiraban de las carretas del parque y los cañones han debido sacrificarse, pero algunas mujeres fuertes y bravías se uncen a los yugos y arrastran los convoyes. Solamente quedan caballos para quienes se reservan los mejores alimentos: pertenecen a los escuadrones y son sagrados: apoderarse de ellos seria un sacrilegio, como inutilizar una carabina o abandonar un cañón.

Río Aquidabán

Siete meses, doscientas jornadas de ardiente sol tropical, transcurren en esta marcha única en la historia. Hasta que el 14 de Febrero de 1870 la caravana trágica llega a Cerro-Corá ("escondido entre cerros" en guaraní), campo de buena gramilla, regularmente protegido, a poca distancia del Aquidabán-niguí, torrentoso afluente del Aquidabán. Diez mil muertos jalonan la ruta macabra desde la sierra de Azcurra; los que han podido llegar son poco más de cuatrocientos. López da la orden de detenerse en Cerro-Corá: hay alimento para los caballos, alguna pesca, y venados y guasunchos cruzan por los cerros. Allí, podrían descansar y comer.

Panchito y Francisco López


Los colores de España


Llama el mariscal a consejo de jefes y oficiales. Sentado en la sola silla del campamento (hay que guardar las formas) preside a los suyos que deben hacerlo en el suelo. Habla Francisco Solano: está en el último rincón de la patria, después viene el Matto Grosso brasileño. Atravesándolo se ganaría el asilo en el suelo boliviano. Más allá de los cerros está la salvación, pero ya no sería suelo paraguayo. ¿Podria darse fin a la epopeya escapando a la muerte, dejando Paraguay en poder los brasileños? Para quitar solemnidad al momento desliza algunas bromas sobre los cambás (negros brasileños). ¿Podrían ellos desde el extranjero asistir impasibles al apoderamiento de la patria?



"Siguió un silencio - dice el coronel Aveiro - y viendo que nadie hacía uso de la palabra, yo entonces dije al mariscal que él era jefe de Estado y de nuestro ejército; nuestro deber era someternos a lo que él resolviera. Y entonces el mariscal dijo: "Bien, entonces peleemos aquí hasta morir". No se habló más del asunto, el presidente lo descartó como cosa resuelta. A continuación hizo leer por el ministro de guerra, Caminos, un decreto otorgando la medalla de Amambay a los sobrevivientes de esa acción. No había medallas y con trozos de metal grabado a cuchillo se suple la falta; tampoco se encontraron cintas con los colores patrios, pero en una carreta se halló un trozo rojo y guarda de alguna tienda española. Con esas medallas y esas cintas improvisadas, Elisa Lynch había confeccionado las condecoraciones, que el mariscal fue colgando en las rotas guerreras (cuando las tenían), o en el tahalí que cruzaba el pecho de los agraciados. Es la última ceremonia solemne del viejo Paraguay.



Los colores españoles sirvieron para premiar, en el campo elegido para morir, a estos nietos de conquistadores dispuestos a mantener enhiesta la virtud de la raza.


El ejército de Cerro-Corá


Después de repartirles "como recuerdo" algunas prendas suyas, el mariscal pasó revista al ejército, cuyos datos anotó minuciosamente el coronel Panchito como jefe de su estado mayor. Por ese papel recogido en la faltriquera del niño-héroe pocos días después, pueden conocerse los efectivos de López el día del desastre final.

409, exactamente cuatrocientos nueve combatientes de todas las edades, quedaban de los cien mil hombres llamados bajo bandera en los cinco años de guerra: cuatrocientos nueve sobrevivientes del gran ejército lanzado en 1864 contra el imperio para defender la libre determinación de las repúblicas hispanoamericanas. De sus doscientos regimientos originales todavía existen - por lo menos en la numeración - diez y seis cuerpos: algunos (el 25º de infantería) reducido a once plazas entre jefes, oficiales, suboficiales y tropa; el más numeroso (el de maestranza) tenía cincuenta y dos. Estaba aún el famoso 4º de infantería organizado por Eduvigis Díaz con los jóvenes de la mejor sociedad asunceña, aunque reducido a 39 hombres en total. Su abanderado llevaba atada al brazo (pues debió abandonar el asta) un jirón del paño tricolor salvado de la metralla.


El 1 de Marzo de 1870


Catorce días esperan en Cerro-Corá el desenlace. Mientras tanto no descuidan las cosas de la existencia cotidiana: el general Caballero va con unos cuantos jinetes a la caza de venados (esa ausencia salvará su vida), el mariscal y sus hijos tienden espineles en el Aquidabán-niguí. Sentado en una palmera caída a orillas del arroyo, López cuenta chascarrillos como si nada ocurriera; diríase un padre de familia en excursión dominical con los suyos. Está tranquilo, muy tranquilo, e infunde confianza a todos. Ha tomado las precauciones militares para recibir a los brasileños como es debido: los cañones custodian la picada de Villa Concepción por donde seguramente llegarán los imperiales; los caballos están dispuestos y las armas en pabellón para el momento oportuno. Solo resta esperar.

Por las noches -ardientes y húmedas del verano tropical - se oyen las arpas paraguayas, y algún cantor entona, en guaraní, las melodías populares. Como si lo que ha ocurrido y está por ocurrir, fuese la cosa más natural del mundo. Algunos indios caygús traen alimentos a los paraguayos: el 28 de Febrero advierten a López la proximidad de los brasileños: le ofrecen esconderlo en sus tolderías, en el fondo de los bosques, donde jamás podrían encontrarlos. "Yahjá caraí, ndé, topá i chene rephé los cambá ore apytepe" ("Vamos, señor; no darán con usted los negros adonde pensamos llevarle" ). López agradeció y declinó el leal ofrecimiento. Su resolucion estaba tomada: moriría con su patria.

A la mañana siguiente - 1º de marzo -, algunas mujeres escapadas de los puestos avanzados, llegaron al campamento con la noticia de que los brasileños, conducidos por un traidor, se habían apoderado, sin combatir, de los cañones. El general Roa, jefe de la retaguardia, acababa de ser degollado con los suyos. No hubo combate, solamente una sorpresa y la matanza. Como a fieras.

Con toda calma, López ordenó ensillar y disponerse en guerrilla. A eso del mediodía, irrumpieron los jinetes del general Cámara. Son muchos, veinte veces más que los paraguayos, y tienen armas de precisión y caballos excelentes. Pero la presencia de los paraguayos, dispuestos a la lucha, los hace detener. Estos, sin mayores armas de fuego, avanzan en sus escuálidos jamelgos en una carga que debe hacerse al paso; los imperiales eluden a fin de mantener la superioridad que les dan sus carabinas. No se llega al entrevero y la caballería guaraní es diezmada.

Después, será el tumulto. Sobre López y Panchito, atraídos por el uniforme del mariscal, se lanza el coronel brasileño Silva Tavares y su guardia: Francisco Solano alcanza a ordenar a Panchito que proteja a su madre y sus hermanos, y hace frente a los imperiales con la sola arma de su espadín de oro - regalo de las patricias paraguayas; en cuya hoja se lee "Independencia o muerte" -; el ayudante de Silva Tavares, un sargento apodado "Chico Diavo", consigue asirlo de la cintura, al tiempo que otro soldado le descarga un golpe de sable en la cabeza. López tira una estocada a Chico Diavo, que el brasileño contesta con un lanzazo en el vientre.




"¡Muero con mi Patria!


En ese momento, algunos paraguayos - el coronel Aveiro, el médico Ibarra, el capitán Argüello- corrieron en auxilio del jefe. Pese a sus heridas, López se mantiene sobre el caballo -"un bayo flacón"- y les grita: "¡Matemos a esos macacos!". Los imperiales, en orden, pero contenidos por el refuerzo que ha llegado a salvar a López, ponen alguna distancia. Aveiro se acerca a López: "Sígame señor". Lo conduce por una picada que se interna en el bosque, mientras Ibarra y los demás contienen a los invasores. Los brasileños lo siguen: "E o López, é o López" ("es López, es López" ), y la soldadesca se aprieta en su persecución porque la cabeza del presidente está premiada con cien libras esterlinas, y todos quieren ganarla. También el general Cámara endereza su caballo tras el mariscal: no busca el premio en metálico, pero quiere cobrar la pieza grande, dar el jaque mate definitivo.

Abriendo senda por la picada, los paraguayos llegan hasta el arroyo, el Aquidabán-niguí. López, agotado y desangrando, cae de su cabalgadura. Apenas puede tenerse en pie, y Aveiro e Ibarra lo ayudan a cruzar la corriente; quieren subirlo por la barranca opuesta pero el considerable peso del presidente se los impide: "Déjenme", les dice López en guaraní; pero no quieren abandonarlo. Les pide que busquen una subida menos escarpada, dejándolo mientras tanto junto al tronco de una palmera. Llegan los brasileños: un soldado persigue al cirujano Estigarribia por el arroyo, y lo atraviesa de un lanzazo. López trata de enderezarse, pero se desploma cayendo al agua; consigue sentarse y saca su espadín de oro con la mano derecha tomando la punta con la izquierda. Cámara se le acerca y le formula la propuesta de rigor: "Ríndase, mariscal, le garantizo la vida"; López lo mira con ojos serenos y responde con una frase que entra en la historia: "¡Muero con mi patria!", al tiempo de amagarle con el espadín. Será este el último de los crímenes del "monstruo". "Desarmen a ese hombre", ordena Cámara desde respetable distancia. Ocurre entonces una escena tremenda: un trompudo servidor de la libertad se arroja sobre el moribundo eludiendo las estocadas del espadín para soltarle la mano de la empuñadura; el mariscal, anegada en sangre el agua que lo circunda, medio ahogado, entre los estertores de la muerte, ofrece todavía resistencia; el cambá lo ase del pelo y lo saca del agua. Ante esa resistencia, Cámara cambia la orden: "¡Maten a ese hombre!". Un tiro de Manlicher atraviesa el corazón del mariscal, que queda muerto de espaldas, con los ojos abiertos y la mano crispada en la empuñadura del espadín. "¡O diavo do López!", comenta el soldado dando con el pie en el cadáver.



El extermino de los últimos paraguayos es atroz. El general Roa, sorprendido en el arroyo Tacuaras, había sido intimado: "¡Ríndete, paraguayo danador!" (¡Rendite, paraguayo condenado!); "¡Jamás!"... y se deja degollar. El vicepresidente Sánchez, moribundo en su coche, es amenazado. "Ríndase, filho da put..."; el viejo octogenario abre los ojos asombrado; "¿Rendirme yo, yo?", y descarga su débil bastón sobre el insolente: un tiro de pistola lo deja muerto. Panchito acompaña a su madre y a sus hermanos pequeños que han conseguido refugiarse en su coche; hace guardia junto a la puerta. Llegan los brasileños y preguntan si esa mujer es "la querida" de López, y esos niños, "sus bastardos"; Panchito arremete contra los canallas, que sujetan al niño: "¡Ríndete!" "¡Un coronel paraguayo no se rinde!. Lo matan.



Elisa Lynch cubre el cuerpo de su hijo. Algún desmandado quiere propasarse, y la mujer le impone: "¡Cuidado, soy inglesa!". ¡Ah, tiene temores ese mayor Floriano Peixoto de otra cuestión Christie con Inglaterra! La deja en libertad. Elisa buscará esa noche el cuerpo de Francisco Solano para enterrarlo junto al de Panchito en una tumba cavada por sus propias manos. El cadáver del mariscal está desnudo, porque la soldadesca lo ha despojado (el reloj de oro que llevaba esa tarde fue mandado como trofeo a la Argentina). Elisa encuentra una sábana de algodón y amortaja los cuerpos queridos.



Entre el estrépito de triunfo de los vencedores que festejaban su definitiva victoria. Elisa reza su sencilla oración despidiendo a su compañero y a su hijo. La noche se ha puesto sobre las tremendas escenas de la tarde, y un farol mortecino, llevado por un niño de nueve años, es la única luz que alumbra el sepelio del gran mariscal.

La guerra del Paraguay ha terminado.





FIN


Fuente:
Jose María Rosa, "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", Editorial Punto de Encuentro, Primera Edición. Págs 275-281



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