El 21 de julio de 1568, en plena «Guerra de los 80 años», un ejército al mando del Duque de Alba hizo huir a Luis de Nassau y su contingente rebelde
Representación de la batalla de Gemmingen
Nunca te enfrentes a los Tercios españoles a menos que estés absolutamente seguro de que vas a vencer. Esta es la lección que, a base de sangre, tuvo que aprender el general protestante Luis de Nassau cuando, el 21 de julio de 1568, su poderoso ejército de 12.000 soldados fue arrollado por apenas 2.000 españoles en la ciudad de Gemmingen (a unas jornadas de los actuales Países Bajos). Aquel día -en plena «Guerra de los ochenta años»- este pequeño contingente hispano esperaba los refuerzos de su general -el Duque de Alba- para poder asaltar las posiciones enemigas pero, al ver que el oficial no les mandaba más hombres, decidieron cargar con más gónadas que cabeza contra sus enemigos holandeses y, para asombro de todos, les pusieron en huida.
Llega el terror de los flamencos
El Duque de Alba, que llegó a Bruselas en agosto de 1567 al mando de 10.500 hombres, no tardó en alborotar los Países Bajos. Para empezar, se hizo cargo del gobierno de la zona y ordenó crear el «Tribunal de los Tumultos» con la finalidad de escarmentar (ajusticiar, más bien) a aquellos que hubieran osado levantarse en armas contra su rey. De él ha prevalecido, incluso, la idea de que no solía perderse las ejecuciones públicas. Fuera como fuese, lo cierto es que su aparición convulsionó a los rebeldes.
Tras varias ejecuciones por aquí y escarmientos por allá, el Duque de Alba pudo, ya en 1568, dedicarse a aquello que más le gustaba: darse de mandobles contra el enemigo. «Terminadas las ejecuciones (…) pudo dirigir personalmente la guerra. El 25 de junio partió el duque (…) camino de Malinas (a 25 km de Bruselas). Una anécdota que tuvo lugar en este trayecto da idea de la férrea disciplina que imponía el de Alba en sus tropas: “y aquel día diciendo en el camino un sargento a un soldado (…) aventajado que se apartase del escuadrón o le siguiese, le respondió el soldado (…) no quererlo hacer (…), desorden que fue ocasión de prenderle y dar aviso de ello al duque (…) que mandó que lo ajusticiasen y pusiesen el cuerpo sobre un carretón (…) por donde había de pasar el Tercio, con un escrito que dijese: por desobediencia a los oficiales”», señala Juan Giménez Martín en su obra «Tercios de Flandes».
Gran Duque de Alba
Al frente de los Tercios hispanos, el de Alba avanzó hasta Groninga, una ciudad ubicada al norte de los Países Bajos que estaba siendo asediada por un ejército de más de 10.000 rebeldes al mando de Luis de Nassau (un molesto líder flamenco que ya había conseguido inflingir días antes una severa derrota a los defensores). Sable en alto, el oficial español hizo su entrada en el territorio el 15 de julio dispuesto a arremeter a base de pica y arcabuz contra el campamento enemigo. No obstante, parece que el insurrecto no estaba muy por la labor de presentar batalla y decidió marcharse a todo correr con la lanza entre las piernas. Y es que, la visión de un contingente español preparado para combatir nunca es plato de buen gusto.
La defensa, en Gemmingen
Conocedor de que Nassau huía a todo galope a través del norte de los actuales Países Bajos con un considerable número de tropas, el de Alba se dispuso a jugar a un cruel «corre, que te pillo» e inició la persecución de su enemigo con la intención de terminar de un sablazo, arcabuzazo (o lo que se terciara) con aquel molesto contingente. Por su parte, y a sabiendas de que la retirada solo retrasaría una contienda inevitable, el protestante decidió que, en último término, plantaría batalla a los españoles, pero en una posición que le fuera ventajosa.
Por ello dispuso que, en el caso de que los españoles atacaran, trataría de darles de arcabuzazos en Gemmingen, una ciudad que, al estar ubicada entre dos ríos contenidos por sendas presas, se convertía en una posición fácilmente defendible. Al auspicio del agua se posicionaron los 12.000 hombres del ejército de Nassau (aproximadamente 10.000 infantes, 2.000 jinetes y casi una veintena de cañones) dispuestos a vender caras sus vidas.
Nassau.
Curiosamente, este improvisado plan del general hispano surtió efecto y, finalmente, los protestantes se decidieron a atacar. «El ejército holandés, compuesto en su mayor parte de mercenarios alemanes, creyendo fácil batir a los Tercios de Londoño y Romero, cayó en la trampa y adelantó sus líneas», señalan los autores españoles en «Tercios de España. La infantería legendaria».
Lo que no habían tenido en cuenta los herejes es que no se enfrentaban a cualquier ejército europeo, sino que se se jugaban las judías contra los Tercios españoles. Así pues, los mil arcabuceros formaron una extensa línea y demostraron por qué eran temidos en medio mundo. Un ruido ensordecedor se trasmitió a kilómetros de aquellas tierras cuando los hispanos abrieron fuego sobre los protestantes que corrían fervorosamente para pasarles a cuchillo.
Tres disparos por barba fueron suficientes para que el miedo inundara los corazones de los soldados de Nassau que, desesperados, detuvieron drásticamente su avance y trataron de volver a sus posiciones defensivas. Pero ya era tarde, pues, al carecer de formación debido a la carga fallida, Nassau no pudo hacer frente a los hombres que, con más gónadas que cabeza, le asaltaban. A su vez, la situación terminó de recrudecerse cuando el Duque de Alba, al fin, hizo su aparición al mando de la caballería y cargó contra el maltrecho flanco del protestante. Fue una masacre.
El Duque de Alba usó a sus hombres de cebo para vencer
Tras media hora de heroico combate, la treintena de jinetes –extenuados por el esfuerzo- recibieron el apoyo de los dos mil infantes de los Tercios de Londoño y Romero que, junto a ellos, habían partido para evitar la apertura de las esclusas. Podrían parecer pocos hombres, pero si menos de tres decenas de hispanos habían conseguido detener a cuatro mil protestantes, qué no podría hacer aquel número de militares. Tras un duro combate los protestantes no pudieron hacer otra cosa que dar media vuelta e iniciar la retirada seguidos de cerca por los cristianos.
Pero la persecución, para su desgracia, les llevó hasta el centro de las líneas protestantes –posición hacia la que huían los holandeses-. Fue entonces cuando la alegría se trasformó en desesperación, pues todo el peso de la artillería y la arcabucería de Nassau cayó sobre ellos. Desprevenidos, no pudieron más que protegerse y enviar un correo para solicitar refuerzos al Duque de Alba de forma urgente. «Aguantaron su posición, pero por tres veces enviaron mensajeros al duque, que con el grueso del ejército venía por otro camino, pidiendo que les enviara piqueros para pode resistir un posible ataque enemigo, cuando se decidiera a atacarlos», señala en autor hispano en su obra.
No obstante, el plan del Duque de Alba era bien diferente. Concretamente, el oficial español pretendía que aquellos hombres mantuvieran la posición y obligaran al ejército protestante a atacarles. En ese momento, él cargaría contra el flanco desprotegido de sus enemigos para asestarles el golpe definitivo. Es decir, harían las veces de cebo ante
Contando los muertos
Al final del día, la victoria se había decantado del lado español de forma clara. «Dicen que la victoria fue tal que, leguas abajo podía adivinarse quienes habían resultado vencedores por la cantidad de sombreros alemanes que flotaban en el río. (…) Más de 6.000 fueron los cadáveres entre ahogados y muertos a manos de los españoles (…). Escapó a los españoles, sin embargo, Luis de Nassau, el cual se cambió de traje para no ser reconocido y huyó a nado por el río. La victoria fue tan sonada que hubo procesiones públicas en Roma durante tres días para celebrarla», destaca Martín.
Representación de la batalla de Gemmingen
Nunca te enfrentes a los Tercios españoles a menos que estés absolutamente seguro de que vas a vencer. Esta es la lección que, a base de sangre, tuvo que aprender el general protestante Luis de Nassau cuando, el 21 de julio de 1568, su poderoso ejército de 12.000 soldados fue arrollado por apenas 2.000 españoles en la ciudad de Gemmingen (a unas jornadas de los actuales Países Bajos). Aquel día -en plena «Guerra de los ochenta años»- este pequeño contingente hispano esperaba los refuerzos de su general -el Duque de Alba- para poder asaltar las posiciones enemigas pero, al ver que el oficial no les mandaba más hombres, decidieron cargar con más gónadas que cabeza contra sus enemigos holandeses y, para asombro de todos, les pusieron en huida.
Llega el terror de los flamencos
El Duque de Alba, que llegó a Bruselas en agosto de 1567 al mando de 10.500 hombres, no tardó en alborotar los Países Bajos. Para empezar, se hizo cargo del gobierno de la zona y ordenó crear el «Tribunal de los Tumultos» con la finalidad de escarmentar (ajusticiar, más bien) a aquellos que hubieran osado levantarse en armas contra su rey. De él ha prevalecido, incluso, la idea de que no solía perderse las ejecuciones públicas. Fuera como fuese, lo cierto es que su aparición convulsionó a los rebeldes.
Tras varias ejecuciones por aquí y escarmientos por allá, el Duque de Alba pudo, ya en 1568, dedicarse a aquello que más le gustaba: darse de mandobles contra el enemigo. «Terminadas las ejecuciones (…) pudo dirigir personalmente la guerra. El 25 de junio partió el duque (…) camino de Malinas (a 25 km de Bruselas). Una anécdota que tuvo lugar en este trayecto da idea de la férrea disciplina que imponía el de Alba en sus tropas: “y aquel día diciendo en el camino un sargento a un soldado (…) aventajado que se apartase del escuadrón o le siguiese, le respondió el soldado (…) no quererlo hacer (…), desorden que fue ocasión de prenderle y dar aviso de ello al duque (…) que mandó que lo ajusticiasen y pusiesen el cuerpo sobre un carretón (…) por donde había de pasar el Tercio, con un escrito que dijese: por desobediencia a los oficiales”», señala Juan Giménez Martín en su obra «Tercios de Flandes».
Gran Duque de Alba
Al frente de los Tercios hispanos, el de Alba avanzó hasta Groninga, una ciudad ubicada al norte de los Países Bajos que estaba siendo asediada por un ejército de más de 10.000 rebeldes al mando de Luis de Nassau (un molesto líder flamenco que ya había conseguido inflingir días antes una severa derrota a los defensores). Sable en alto, el oficial español hizo su entrada en el territorio el 15 de julio dispuesto a arremeter a base de pica y arcabuz contra el campamento enemigo. No obstante, parece que el insurrecto no estaba muy por la labor de presentar batalla y decidió marcharse a todo correr con la lanza entre las piernas. Y es que, la visión de un contingente español preparado para combatir nunca es plato de buen gusto.
La defensa, en Gemmingen
Conocedor de que Nassau huía a todo galope a través del norte de los actuales Países Bajos con un considerable número de tropas, el de Alba se dispuso a jugar a un cruel «corre, que te pillo» e inició la persecución de su enemigo con la intención de terminar de un sablazo, arcabuzazo (o lo que se terciara) con aquel molesto contingente. Por su parte, y a sabiendas de que la retirada solo retrasaría una contienda inevitable, el protestante decidió que, en último término, plantaría batalla a los españoles, pero en una posición que le fuera ventajosa.
Por ello dispuso que, en el caso de que los españoles atacaran, trataría de darles de arcabuzazos en Gemmingen, una ciudad que, al estar ubicada entre dos ríos contenidos por sendas presas, se convertía en una posición fácilmente defendible. Al auspicio del agua se posicionaron los 12.000 hombres del ejército de Nassau (aproximadamente 10.000 infantes, 2.000 jinetes y casi una veintena de cañones) dispuestos a vender caras sus vidas.
Nassau.
Curiosamente, este improvisado plan del general hispano surtió efecto y, finalmente, los protestantes se decidieron a atacar. «El ejército holandés, compuesto en su mayor parte de mercenarios alemanes, creyendo fácil batir a los Tercios de Londoño y Romero, cayó en la trampa y adelantó sus líneas», señalan los autores españoles en «Tercios de España. La infantería legendaria».
Lo que no habían tenido en cuenta los herejes es que no se enfrentaban a cualquier ejército europeo, sino que se se jugaban las judías contra los Tercios españoles. Así pues, los mil arcabuceros formaron una extensa línea y demostraron por qué eran temidos en medio mundo. Un ruido ensordecedor se trasmitió a kilómetros de aquellas tierras cuando los hispanos abrieron fuego sobre los protestantes que corrían fervorosamente para pasarles a cuchillo.
Tres disparos por barba fueron suficientes para que el miedo inundara los corazones de los soldados de Nassau que, desesperados, detuvieron drásticamente su avance y trataron de volver a sus posiciones defensivas. Pero ya era tarde, pues, al carecer de formación debido a la carga fallida, Nassau no pudo hacer frente a los hombres que, con más gónadas que cabeza, le asaltaban. A su vez, la situación terminó de recrudecerse cuando el Duque de Alba, al fin, hizo su aparición al mando de la caballería y cargó contra el maltrecho flanco del protestante. Fue una masacre.
El Duque de Alba usó a sus hombres de cebo para vencer
Tras media hora de heroico combate, la treintena de jinetes –extenuados por el esfuerzo- recibieron el apoyo de los dos mil infantes de los Tercios de Londoño y Romero que, junto a ellos, habían partido para evitar la apertura de las esclusas. Podrían parecer pocos hombres, pero si menos de tres decenas de hispanos habían conseguido detener a cuatro mil protestantes, qué no podría hacer aquel número de militares. Tras un duro combate los protestantes no pudieron hacer otra cosa que dar media vuelta e iniciar la retirada seguidos de cerca por los cristianos.
Pero la persecución, para su desgracia, les llevó hasta el centro de las líneas protestantes –posición hacia la que huían los holandeses-. Fue entonces cuando la alegría se trasformó en desesperación, pues todo el peso de la artillería y la arcabucería de Nassau cayó sobre ellos. Desprevenidos, no pudieron más que protegerse y enviar un correo para solicitar refuerzos al Duque de Alba de forma urgente. «Aguantaron su posición, pero por tres veces enviaron mensajeros al duque, que con el grueso del ejército venía por otro camino, pidiendo que les enviara piqueros para pode resistir un posible ataque enemigo, cuando se decidiera a atacarlos», señala en autor hispano en su obra.
No obstante, el plan del Duque de Alba era bien diferente. Concretamente, el oficial español pretendía que aquellos hombres mantuvieran la posición y obligaran al ejército protestante a atacarles. En ese momento, él cargaría contra el flanco desprotegido de sus enemigos para asestarles el golpe definitivo. Es decir, harían las veces de cebo ante
Contando los muertos
Al final del día, la victoria se había decantado del lado español de forma clara. «Dicen que la victoria fue tal que, leguas abajo podía adivinarse quienes habían resultado vencedores por la cantidad de sombreros alemanes que flotaban en el río. (…) Más de 6.000 fueron los cadáveres entre ahogados y muertos a manos de los españoles (…). Escapó a los españoles, sin embargo, Luis de Nassau, el cual se cambió de traje para no ser reconocido y huyó a nado por el río. La victoria fue tan sonada que hubo procesiones públicas en Roma durante tres días para celebrarla», destaca Martín.