20 de octubre. Era mediodía y entró un mensaje de texto: “compañeros heridos en el corte de vías, atenti”. Forros, reprimieron de nuevo, pensé. Al toque, segundo mensaje: “murió mariano de avellaneda”. Asi, sin filtro, porque la vida no tiene filtro. Borré el mensaje como un acto reflejo, acto de negarlo. Y vinieron esos segundo donde no sabés si leíste bien o qué, pero sabía que había leído bien. Contesté “hijos de mil putas” y me fui del laburo. Ahí nadie entendió el llanto.
Caminé llorando. ¿La primera imagen que se me vino? La tuya un domingo caminando por barrancas de Belgrano con otro compañero, la última vez que te había visto. O tal vez si te había visto, en alguna movilización, acto o reunión, pero eran imágenes que no registré tanto, eran comunes. ¿La segunda? La de Pablo, tu hermano, con quien tuve el gusto de aprender bastante de la militancia hace años. Las dos se me iban cruzando aunque cerrara los ojos.
Caminé más, llorando. En Callao y Corrientes había compañeros. Alivio gigante. Abrazos, palabras, silencios, compañeros. La tristeza que había en ese corte a las tres de la tarde un miércoles de sol, es indescriptible. Era impotencia, era bronca y la disciplina partidaria tratando de ganarle a las ganas de romper todo, pero todo todo.
Me dieron una tarea: “andá a Ayacucho, te van a dar unas fotos de Mariano. Traelas para la conferencia de prensa”. Ayacucho estaba re triste, sonaba la impresora que iba tirando tus fotos. Me las pasan, nadie habló. Ni el compañero que me las dió ni yo. Recién a las cuadras las mire. Y ahí si que caí.
Siempre traté de entender que sintió mi viejo cuando la Triple A se llevó a su compañero, compañero de ideas, de cursada, de departamento, de la vida que habían elegido. En casa hay una frazada del Watu (asi le decían) y siendo eso, una frazada, es de los elementos más respetados por todos nosotros. El respeto a una frazada siempre me llamó la atención.
Hace un año, cobardemente, una patota asesina de la Unión Ferroviaria atacó la lucha de los tercerizados del Roca que defendías, nos privó de tu camaradería para siempre e hirió a Elsa, Nelson, Ariel. Hace un año que tu imagen y ejemplo se multiplica por miles, pero me sigue costando ver la foto que me dejé, de esas que me dieron en Ayacucho. No me gusta, me hizo caer.
Porque que te arranquen a alguien cercano siempre es doloroso. Pero un compañero es alguien que va con vos, que eligió esta vida de actividad, sacrificio, cansancios y alegrías, por una mejor vida para todos, por “la tierra será el paraíso, la patria de la humanidad”. Un vínculo político hasta la médula, pero también tierno, cómplice, amable; es en chiquitito, un adelanto de la sociedad que queremos. Por eso duele tanto que te hayan arrancado, Mariano.
No. Nunca me voy a acostumbrar a verte en una pancarta, bandera o mural. No es fácil ser revolucionario, menos en estos casos.
¡Viva tu lucha obrera y socialista!
JUICIO Y CASTIGO A TODOS LOS CULPABLES
¡Hasta la victoria siempre, compañero!
Caminé llorando. ¿La primera imagen que se me vino? La tuya un domingo caminando por barrancas de Belgrano con otro compañero, la última vez que te había visto. O tal vez si te había visto, en alguna movilización, acto o reunión, pero eran imágenes que no registré tanto, eran comunes. ¿La segunda? La de Pablo, tu hermano, con quien tuve el gusto de aprender bastante de la militancia hace años. Las dos se me iban cruzando aunque cerrara los ojos.
Caminé más, llorando. En Callao y Corrientes había compañeros. Alivio gigante. Abrazos, palabras, silencios, compañeros. La tristeza que había en ese corte a las tres de la tarde un miércoles de sol, es indescriptible. Era impotencia, era bronca y la disciplina partidaria tratando de ganarle a las ganas de romper todo, pero todo todo.
Me dieron una tarea: “andá a Ayacucho, te van a dar unas fotos de Mariano. Traelas para la conferencia de prensa”. Ayacucho estaba re triste, sonaba la impresora que iba tirando tus fotos. Me las pasan, nadie habló. Ni el compañero que me las dió ni yo. Recién a las cuadras las mire. Y ahí si que caí.
Siempre traté de entender que sintió mi viejo cuando la Triple A se llevó a su compañero, compañero de ideas, de cursada, de departamento, de la vida que habían elegido. En casa hay una frazada del Watu (asi le decían) y siendo eso, una frazada, es de los elementos más respetados por todos nosotros. El respeto a una frazada siempre me llamó la atención.
Hace un año, cobardemente, una patota asesina de la Unión Ferroviaria atacó la lucha de los tercerizados del Roca que defendías, nos privó de tu camaradería para siempre e hirió a Elsa, Nelson, Ariel. Hace un año que tu imagen y ejemplo se multiplica por miles, pero me sigue costando ver la foto que me dejé, de esas que me dieron en Ayacucho. No me gusta, me hizo caer.
Porque que te arranquen a alguien cercano siempre es doloroso. Pero un compañero es alguien que va con vos, que eligió esta vida de actividad, sacrificio, cansancios y alegrías, por una mejor vida para todos, por “la tierra será el paraíso, la patria de la humanidad”. Un vínculo político hasta la médula, pero también tierno, cómplice, amable; es en chiquitito, un adelanto de la sociedad que queremos. Por eso duele tanto que te hayan arrancado, Mariano.
No. Nunca me voy a acostumbrar a verte en una pancarta, bandera o mural. No es fácil ser revolucionario, menos en estos casos.
¡Viva tu lucha obrera y socialista!
JUICIO Y CASTIGO A TODOS LOS CULPABLES
¡Hasta la victoria siempre, compañero!