InicioApuntes Y Monografias8. La marcha trágica
Los vencedores entran en Asunción (5 de Enero de 1869)


Asunción, antes de ser saqueada

En vez de perseguir - y dar muerte, porque no había de rendirse - al mariscal López hasta Cerro León, Caxias ordena la entrada de los brasileños en Asunción. Sería la tercera capital sudamericana recorrida por los imperiales en el triunfo: Buenos Aires después de Caseros en 1852, Montevideo tras Paysandú en 1865; ahora, derrumbada la resistencia paraguaya, desfilarían por Asunción con sus banderas desplegadas y pífanos de guerra, el 5 de Enero de 1869. No eligieron el 20 de Febrero, aniversario de Ituzaingó, como para Buenos Aires y Montevideo, porque los paraguayos no los habían vencido en Ituzaingó.

Luís Alves de Lima e Silva (Duque de Caxias)

En Buenos Aires habían sido recibido por el entusiasmo de las familias unitarias, siempre dispuestas a agasajar como "libertadores de la tiranía" a los enemigos de la Patria: entre vítores y flores de la oligarquía, la división del brigadier Márquez de Souza cruzó -eterna vergüenza para los argentinos- bajo el arco del triunfo de la Recova que sirviera de pasaje de honor para los guerreros de la independencia en los años más venturosos. Bien es cierto que para mantener el orden, Urquiza fusiló a 500 hombres del pueblo entre el 5 y el 20 de Febrero (ocho veces más, en 17 días, que los atribuidos a Rosas en 20 años de gobierno). En Montevideo, el recibimiento a Venancio Flores y sus aliados imperiales fue frío, pero hubo algunos agasajos y ciertos balcones estuvieron agalanados. En Asunción no, a pesar de que los aliados creían tener un partido - el imprescindible partido de la "libertad" - entre las familias asunceñas. Nadie salió a recibir a los brasileños. Los pocos que quedaban en la capital permanecieron en sus casas con las puertas cerradas. En vista de eso se permitió el saqueo de la ciudad: "Entregada fue Asunción - dijo Arturo Bray- a instintos no precisamente militares ni caballerescos". Tratábase de una plaza inerme, pero se la consideró "buena presa". "El vencedor entró a saco", describe lo ocurrido ese 5 de Enero el general argentino Garmendia. "Muebles, pianos, cortinajes, vajillas, puertas labradas, porcelanas, alhajas, cristalería, todo cuanto los espantados habitantes no pudieron llevarse consigo en la precipitación de su huida fue cargado por el vencedor en sus barcos, arrojando a las llamas aquello imposible de transportar", dice Bray. Con odio largo tiempo contenido, se ensañaron contra el arsenal y la fundición de Ibicuy, los primeros de Sudamérica, construidos por Carlos Antonio López. Todo quedó arrasado, y por lo tanto, en condiciones de acogerse a los beneficios de la libertad de comercio y de empresa.

Mientras la bandera brasileña se levantaba en lo alto del vacio palacio presidencial, las fuerzas argentinas acamparon en Trinidad sin participar en el saqueo. No entraron en la capital, "acaso con el deliberado propósito de rehuir de la responsabilidad histórica de aquel despojo a que se sometió una ciudad abierta y abandonada", dijo Bray.



Para los argentinos la guerra había terminado: corresponderá a los brasileños finalizarla con la cacería y muerte de Solano López, que en Cerro León a una jornada de distancia, aguardaba su destino.


Fuera de la ley

Bajo la vigilancia brasileña, se establece formalmente en Asunción un gobierno democrático de tres paraguayos libres: Cirilo Rivarola, Carlos Lóizaga y José Díaz de Bedoya, inmediatamente reconocidos como gobierno legal por los vencedores.

El 17 de Agosto el Triunvirato dictó un decreto en que considerando "que la presencia de Francisco Solano López (no lo tiene por presidente ni por mariscal) en el suelo paraguayo es un sangriento sarcasmo a la civilización y al patriotismo de los paraguayos; que este monstruo de impiedad ha perturbado el orden y aniquilado a nuestra Patria con sus crímenes bañándola en sangre y atentando contra las leyes divinas y humanas, con espanto y horror, excediendo los mayores tiranos y bárbaros de que se hace mención la historia de los tiempos y las edades, decreta: 1º) El desnaturalizado Francisco Solano López queda fuera de la ley y arrojado para siempre del suelo paraguayo como asesino de su patria y enemigo del género humano; 2º) De forma. Dado en Palacio el año Primero de la Libertad de la República del Paraguay.

Conde d´Eu

El mariscal quedaba fuera de la ley. Por lo tanto, se autorizaba a brasileños a cazarlo a través de las cordilleras y las selvas. Caxias no quiso, o no pudo cumplir la sentencia; lo reemplazará el yerno del emperador, Gastón María de Orleans, conde d´Eu.


Las conspiraciones y su castigo


Terrible y heroica será esta última etapa de la guerra. Un puñado de hombres, niños y mujeres fieles a su Paraguay que escapan, que disputan a fuerzas regladas una tierra querida; una vanguardia que marcha sin ropas, con la carabina al hombro o el sable del costado abriendo picada a la caravana de enfermos y heridos, imposibilitados por el hambre o la disentería, dejando a su paso un rastro de cadáveres. Cierra la marcha la "artillería" arrastrada por mujeres que mantenían sus fuerzas.

Cerro León

Nadie habla de rendirse, nadie puede ni debe hacerlo. Ese pueblo vencido tiene una heroicidad sencilla y sobrehumana. Solamente quiere morir, cobrando sus vidas al mejor precio posible. Allá van hacia el norte, evitando dejarse envolver por las avanzadas del conde d´Eu. Pero si el pueblo es heroico, y no piensa en nada, sino en luchar por la patria, hay algunos entre los "principales" que saben inútil el sacrificio. Tienen razón: el sacrificio es inútil, y lógica, razonablemente, debe capitularse ante los vencedores. No son traidores: son seres humanos que se guían por las leyes del entendimiento. Si hubiera una mínima posibilidad de vencer, habrían seguido la guerra desigual y ofrendando a la patria guaraní el sacrificio de sus vidas. ¡Pero esto no es morir por la patria: es suicidarse por ella! Hablan entre sí de apresar al mariscal, de entenderse con los jefes brasileños, de salvar sus vidas. Son los "principales" los ministros de López, con José Bergés y Gumersindo Benítez, sus cuñados, el obispo, su misma madre, de las Carreras, el oriental que por desfallecer será fusilado por la espalda, Telmo López el santafesino. No es el pueblo, que no entiende de capitulaciones y se niega a seguir otra suerte que la de tantos de cientos de miles de hermanos caídos en batalla o aniquilados por la peste y el hambre. No es Francisco Solano, que se niega a ver lo evidente, que no puede comprender que Paraguay, que su Paraguay puede rendirse a discreción del enemigo.

Benigno López, hermano del mariscal

En San Fernando se descubre una conspiración, antes de Lomas Valentinas: están comprometidos el obispo Palacios, Benigno López (hermano del mariscal), sus cuñados, José Bergés (su ministro), varios generales y hijos y mujeres de la aristocracia asunceña (entre ellos Juana Insufran, la esposa del último comandante de Humaitá). No era ajena la misma madre de López, doña Juana Carrillo, débil instrumento de sus hijas mujeres, sus maridos y el obispo. La pobre mujer tenía la misión de declarar, una vez eliminado Francisco, que no era hijo de Don Carlos López, y que había usurpado el poder. Comedia vergonzosa y terrible, urdida por los conjurados como medio de sustituirlo por Benigno López en el cariño del pueblo y evitar la masacre última e innecesaria.



No hubo compasión, no podía haberla con el obispo, los generales, el hermano, los cuñados, el ministro. Todos fueron ejecutados, hasta arrancarles la verdad por medio de torturas. Solamente Francisco les conmutó la pena infamante de la horca impuesta por el consejo de guerra, por la de fusilamiento. Indultó a sus hermanas Rafaela e Inocencia y se negó a creer en la culpabilidad de su madre (cuyo juicio no permitiría en esa primera conjuración), salvando también la vida de su otro hermano, Venancio, enredado en el proceso.

Poco antes Antonio de las Carreras, el jefe de los blancos intransigentes había sido fusilado por la espalda acusado de querer escapar del desastre que debería sufrir como todos. También serían fusilados el correntino Teodoro Gauna, antiguo ministro de la ocupación correntina, y el santafesino Telmo López, que había alcanzado el grado de general en el ejército paraguayo. Todos de muerte ignominiosa después de haber vivido unas vidas heroicas, por el grave delito de buscar la paz ya que no se podía ganar la guerra. Nadie debía desfallecer, nadie podía hablar de deponer las armas. Y menos los argentinos y orientales, por quienes Paraguay había ido al sacrificio.

No cesaron las conjuras, ni los fusilamientos. Los hubo en San Estanislao, en Capivary, en Curuguaty, en todas las etapas de la marcha hacia el norte. Como escaseara la pólvora se ejecutaba a lanza, a veces en grupos de 10 o 20 infelices. En San Estanislao las pruebas acusaron terminantemente a Juana Carrillo, madre del mariscal, y sus hijas. Franscisco aceptó que se procesase a las tres. "A todo reconocimiento privado, a todo vínculo de familia, se antepone la patria y la majestad de la justicia. Sea. Interponiendo desde ya mi valer en favor de mi pobre madre y de mis hermanas en todo aquello que la salud pública pueda permitirme" dice el tremendo escrito. No fueron ejecutadas pero Juana y sus hijas sufrieron torturas por los instructores: se dice que el coronel Silvestre Aveiro le dio unos planazos a la madre del mariscal y el padre Máiz le pegó en la cara. Se estaba más allá de todo. Fueron muertos sacerdotes , cayó lanceada Panchita Garmendia, el amor juvenil de López: hasta el mismo y leal jefe de su escolta, el coronel Mongelós, fue ejecutado por no haberse enterado de una conspiración.



Venancio no pudo resistir a las torturas ni a la marcha a través de las cordilleras y la selva. Quedó muerto en el camino. Como tantos.


La residenta

Mientras los brasileños ocupaban la capital, a una jornada de distancia de Cerro León, López forma otro ejército de 14.000 hombres con veinte plazas de artillería. ¿Hombres? Son ancianos de más de sesenta y niños que no llegan a nueve, pero tienen dedos para disparar el gatillo y sus débiles fuerzas no les impiden cargar el fusil o la lanza. De la vecina Ibicuy ha traído cañones fundidos con el bronce de las últimas campañas de las iglesias rurales.

Allá cerca de Cerro León, en lo alto de la cordillera, junto a Caacupé están las familias que han dejado Asunción para no compartirla con el enemigo y a las que se suman las gentes venidas de todas partes para quedar junto al mariscal. Son mujeres, infinidad de mujeres de toda edad y condición social, hermanadas con el sacrificio y el amor a la patria. De allí partirá la residenta, la marcha forzada al norte para no caer en manos de los brasileños. Lo que queda atrás ya ha dejado de ser patria porque la ocupan los cambás (los negros brasileños); la patria está bajo sus pies llagados por el incesante caminar, está delante, en las selvas que todavía son suyas. La patria no está en Asunción ocupada por el enemigo y gobernada por los traidores: la patria está en el suelo donde "reside el mariscal". La patria es la residenta con el ejército.

Batalla de Peribebuy

El 12 de Agosto ocurre una batalla de desesperación, Peribebuy, en donde los cañones son cargados con piedras, vidrios y arena porque no hay balas; las mujeres combaten junto con los hombres y si no tienen armas, tiran tierra a los ojos de los invasores. Después un nuevo combate, Acostañú, donde se excede el heroísmo: Bernardino Caballero manda una legión de niños disfrazados con barbas postizas para que el enemigo los tome por adultos y les presenten combate; seis horas resisten las cargas de la caballería brasileña, que vengando el engaño acabará por incendiar el campo con sus oponentes infantiles.



La columna marcha y marcha hacia el norte para impedir el copamiento. ¿Quién tendría el alma tan grande para entender y alabar ese heroísmo que excede toda medida humana? No será seguramente Sarmiento - ya presidente de la Argentina - que escribe a Manuel R. García, ministro argentino en Washington: "La guerra está concluida, aunque aquel bruto (Francisco Solano López) tiene todavía veinte plazas de artillería y dos mil perros que habrán de morir bajo las patas de nuestros caballos. Ni a la compasión mueve ese pueblo, rebaño de lobos". El calificativo del apóstol de la civilización no se mezquina en su correspondencia posterior: "López sigue de derrota en derrota por los bosques, con mil o dos mil animales que le siguen y mueren de miedo". "¿Cómo acabar con un idiota, borracho y feroz (López), que tiene aún algunas víctimas que inmolar?

Entre esos perros irá Sarmiento a pasar sus últimas horas; fue tanta la grandeza del pueblo paraguayo, que hizo a su detractor el homenaje de poner su nombre a una calle de Asunción.

El pueblo, o lo que queda del pueblo paraguayo, sigue a López porque personifica a la patria en esa residenta heroica. Está dispuesto a morir por él. No es por la voluntad del mariscal que ocurre esa trágica caravana más allá de las cordilleras; no una vez, sino muchas veces, López ha pedido a las mujeres y niños paraguayos que se queden en sus casas. Como no le obedecen, lo ordena. Es inútil. En las iglesias de los pueblos donde pasaba la diezmada comitiva, los sacerdotes repiten desde el púlpito los pedidos de López. En Villa Curuguaty por última vez se trasmite la orden a la población civil de no seguir "al ejército". Nadie quiso separarse de esa caravana de agonizantes, como la llama Bray. "Todos anhelan compartir la suerte del ejército y llegar hasta donde llegue el mariscal - dice el escritor paraguayo - . Mientras su voz siga tronando por montes y laderas, la patria existe, y en pie queda la obligación de luchar por ella".


El sable de Chacabuco



Vive un argentino, viejo y pobre en su destierro de Southampton, que sigue con emoción la epopeya sudamericana. Ha visto en Francisco Solano López el defensor de una causa que también la suya. Es don Juan Manuel de Rosas que por sostener lo mismo que López había sido vencido y traicionado en Caseros por los mismos que hoy traicionan y se imponen sobre el heroico mariscal paraguayo.

Juan Manuel de Rosas

Cuando sabe que López se interna en el desierto para defender hasta más allá de toda resistencia humana la soberanía de los pueblos del Plata, el Restaurador argentino miró el sable de Chacabuco que pendía como único adorno en su pobre morada. Esa arma simboliza la soberanía de la América española; con ella San Martín había libertado a Chile y a Perú; después se la había legado a él por su defensa de la Confederación contra las agresiones de Inglaterra y Francia. El viejo gaucho ordena que se cambie su testamento porque ha encontrado el destinatario del corvo de los Andes.

El 17 de Febrero de 1869, mientras Francisco Solano López se debate en las últimas como un jaguar que se niega a la derrota, Rosas informa a José María Roxas y Patrón el destino del sable de la soberanía:

Roxas y Patrón

"Su excelencia el generalísimo, Capitán General don José de San Martín me honró con la siguiente manda: "La espada que me acompaño en toda la guerra de la Independencia, será entregada al general Rosas por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido los derechos de la Patria".
Y yo, Juan Manuel de Rosas, a su ejemplo, dispongo que mi albacea entregue a Su Excelencia el señor Gran Mariscal, presidente de la república paraguaya y generalísimo de sus ejércitos, la espada diplomática y militar que me acompaño durante me fue posible sostener esos derechos, por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido y sigue sosteniendo los derechos de su Patria".

saqueo





CONTINUARÁ


Fuente:
Jose María Rosa, "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", Editorial Punto de Encuentro, Primera Edición. Págs 267-274

caxias

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