InicioApuntes Y MonografiasCinco mujeres de Rosas (1ra parte)
Doña Agustina Teresa López de Osornio y Rubio La madre doña Agustina Teresa López Rubio, hija de Clemente López de Osornio y Manuela Rubio y Gámiz, heredó de su padre don Clemente no solamente la estancia sino sus cualidades psicológicas y morales. Doña Agustina fue de carácter fuerte, posesiva y lista para la acción y el predominio. Era caritativa pero severa e inflexible en sus decisiones. En la estancia de su padre, en el Rincón de López, cuando se lo permitía su naturaleza henchida de fecundidad (engendró 20 hijos) “mandaba parar rodeo, ordenaba los apartes, contaba la hacienda, montaba y a galope tendido inspeccionaba las manadas y rebaños”. Terminada la escuela primaria de su hijo Juan Manuel, la madre lo ubicó en una de las tiendas más importantes de Buenos Aires, como dependiente. No era un trabajo desdoroso: la tienda era el centro de reunión de las clases pudientes de la ciudad, en donde se alternaba con lo más granado de la sociedad porteña y se establecían relaciones sociales de todo tipo: desde una simple amistad hasta una relación sentimental más profunda, desde el encuentro fortuito hasta el vínculo político buscado. El dependiente de la tienda ya estaba involucrado necesariamente en la alta clase social. Ocurrió que el dueño de la tienda le ordenó al adolescente Juan Manuel que lavara los pisos, orden que no cumplió retirándose de la tienda. Doña Agustina lo reprimió y le ordenó volver a la tienda pero su hijo se negó y la madre lo encerró en una pieza por su desobeciencia. Juan Manuel se sacó la ropa, forzó la cerradura y dejó una nota que decía “dejo todo lo que no es mío” y firmaba Juan Manuel de Rosas, dejando también la “z” reemplazada por una “s”. Se llegó hasta la casa de sus primos los Anchorena a quienes les pidió ropa y trabajo. Hay otras versiones sobre las desinteligencias entre madre e hijo que tienen su origen en la firmeza y temperamento de ambos. Reconciliado con sus padres, don León Ortíz de Rozas advirtiendo el carácter y la vocación por el campo que demostraba su hijo, lo autorizó a administrar la estancia de la familia (ya había sido muerto por los indios don Clemente y su hijo Andrés, en un malón). Juan Manuel apenas salido de la niñez ya empezaba a cargarse de responsabilidades grandes y peligrosas, y a vivir fuera de su casa paterna. Otra situación conflictiva se originó por la actitud de Agustina que manifestó su oposición al noviazgo de su hijo con Encarnación Ezcurra: consideró que su hijo era muy joven para formalizar. No obstante Juan Manuel decidió contraer matrimonio en 1813 con Encarnación Ezcurra y Arguibel: él tenía 20 años, ella 18. Conociendo a su madre, y para forzar su consentimiento, Juan Manuel instrumentó una treta. Le hizo escribir a Encarnación una carta en la que ella sugirió estar embarazada. Juan Manuel dejó la carta engañosamente en su mesa sabiendo que su madre la leería. Efectivamente doña Agustina leyó la carta y para evitar el escándalo social consiguiente accedió al casamiento de su hijo. De su carácter también habla la siguiente anécdota contada por su nieto Lucio V. Mansilla: “Eran los tiempos en que Lavalle derrocó a Dorrego y éste se dirigió hacia Cañuelas buscando el apoyo de Rosas. En Buenos Aires el nuevo gobierno ordenó la requisa de todos los caballos que se encontraban en las casas de la ciudad. Los milicos policías llegaron a la casa de los Rozas atendiéndolos doña Agustina que les contestó que ella no tenía opinión política pero que siendo las bestias para combatir a su hijo no podía facilitarlos. Los policías volvieron pero no los atendió. Por tercera vez, hablando por la ventana con el comisario le dijo que si quería echar la puerta abajo que lo hiciera. Las órdenes eran perentorias y así lo hicieron: fueron a las caballerizas y doña Agustina les dijo: “ahí lo tienen”. Los caballos habían sido degollados y les expresó “mande Ud. Sacar eso, yo pagaré la multa por tener inmundicias en mi casa: yo no lo haré”. Toda esa actitud indoblegable e imperiosa de Doña Agustina lo heredará su hijo. Murió el 12 de diciembre de 1845 en su vieja casona de la calle Reconquista. Rosas hizo rezar misas por su madre y la evocó en sus cartas en el exilio. Encarnación Ezcurra y Arguibel María Encarnación Ezcurra y Juan Manuel de Rosas se casaron entonces el 16 de marzo de 1813. Se instalaron al principio en la casona de los Rozas, pero hacia fines de octubre, por desinteligencias entre Encarnación y Doña Agustina López de Osornio, mujeres de gran carácter, el matrimonio se mudó a la casona que los Ezcurra tenían en la actual calle Moreno entre Bolívar y Perú (San Francisco, entre Universidad y Representantes entonces respectivamente) ocupando gran parte de la cuadra de la actual calle Moreno, barrio de Santo Domingo. En ese año de 1813 antes de que Encarnación tuviera hijos propios, vuelve desde Santa Fé su hermana María Josefa que trae un niño nacido tenido con el General Belgrano. El niño que fue adoptado por Encarnación y Juan Manuel cubriendo la maternidad adulterina de Josefa, que había sido previamente abandonada por su marido, yéndose a España, fue llamado Pedro Pablo y llevó el apellido Rosas. Pedro Pablo Rosas y Belgrano Encarnación dio a luz un varón el 30 de julio de 1814 que llamó Juan Bautista y una niña el 24 de mayo de 1817 que llamaron Manuela Robustiana. Pedro Pablo se crió junto a ellos. Mucho tiempo después explicada su filiación por el propio Rosas, al no querer desprenderse de su apellido adoptivo, le agregó el de su padre biológico, Belgrano. Pedro Pablo Rosas y Belgrano acompaño en sus empresas políticas y militares a Juan Manuel de Rosas de quien fue obediente hijo, devoto federal y próspero estanciero en los pagos de Azul. Encarnación fue una esposa fiel, entusiasta y apasionada. Mujer también de acción y de alto voltaje temperamental. Rosas no hubiera encontrado en todo el mundo una compañera como su esposa que completara con tanta eficiencia su personalidad. No era bella, pero sus rasgos faciales eran armoniosos. Su cabello era castaño y recogido en forma de rodete. Su hablar era expresivo, a veces tumultuoso. Medio hombruna en su aspecto con momento de exaltación y apasionamiento. Su personalidad se muestra en todo su vigor en los acontecimientos de 1833. Rosas está en el sur y ella le comunica por carta los vaivenes de la política despotricando siempre contra los federales cismáticos. El gobierno de Balcarce apoyaba a los cismáticos por lo que Encarnación le hizo la guerra. En carta a Rosas le dice: “las masas están cada día más dispuestas a trabajar de firme, veremos que hacen los figurones”, y ante la proximidad de las elecciones en las que se presentan dos listas, la de los apostólicos y la de los cismáticos, Encarnación le comunica a Rosas: “no la hemos de perder, pues en caso de debilidad de los nuestros en algunas parroquias sé armar bochinche y se los llevará al diablo a los cismáticos. Lo mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos débiles pues los que me gustan son los de hacha y tiza”. Juan Ramón González de Balcarce Así sobreviene la revolución de los restauradores con la consiguiente caída de Balcarce. Encarnación hay sido protagonista contribuyendo decididamente a esta revolución. Encarnación fallece el 20 de octubre de 1838 a los 43 años de una enfermedad terminal. Fuente: "Cinco mujeres de Rosas", Jorge Oscar Sulé, Ed. Fabro, págs 19-24 ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- LOS INVITO A PASAR POR MIS POSTS ANTERIORES, GRACIAS A TODOS POR PASAR POR ESTE! http://www.taringa.net/alientina/posts
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