1.Francisco Solano López y la unidad Argentina en 1859
Se prepara la guerra brasileño-paraguaya (1858)
En la situación geográfica de Brasil y Paraguay, de no mediar el apoyo de terceros, el imperio se estrellaría impotente contra la república: 40 o 50 mil paraguayos, imbatibles en la defensiva, ponían a la tierra guaraní fuera de las posibilidades militares brasileñas. Con mayor motivo por accionar Brasil desde lejanas bases y a través de una selva infranqueable. En cuanto a una invasión naval, bastaban los cañones de Humaitá para cerrar el río.
De allí que para Brasil se hiciera imprescindible contar con la Confederación Argentina para llevar una guerra al Paraguay. Paranhos en 1858 había distribuido 300 mil patacones a Urquiza para conseguir el libre tránsito por Misiones y la benevolencia del gobierno confederado ante el inminente conflicto. Pero eso era relativo, y tanto el gobierno de Pedro II como el de don Carlos López sabían de la disposición de Urquiza para embolsar patacones brasileños y mostrarse después reacio al cumplimiento de lo convenido.
Carlos Antonio López
Por otra parte, Urquiza precisaba tanto o más del apoyo paraguayo que de los patacones brasileños para vencer a sus enemigos de Buenos Aires. Para buscarlos había ido a Asunción en 1859, pretextando una mediación en un conflicto entre Paraguay y los Estados Unidos fácilmente solucionado; pero su verdadero objeto era conseguir la alianza de Paraguay en una guerra con Buenos Aires. “Estaré pronto para una alianza con la Confederación Argentina – había respondido López – luego que Buenos Aires se reincorpore. Antes no.” No quería participar directamente en una guerra entre pueblos hermanos; pero prometió facilitar a Urquiza, como agradecimiento – y a fin de alejarlo de la influencia brasileña, “vapores, oficiales de marina, ingenieros y algo más” para transportar su ejército a través del Paraná.
La guerra argentina de 1859
Luis José de la Peña
Ese mismo año 1859 se desencadenó la guerra entre la Confederación y Buenos Aires. El ministro de Relaciones Exteriores de Urquiza – Luis José de la Peña – fue a Asunción a buscar el apoyo prometido por López y algo más, porque pidió además de buques a vapor, veinte piezas de artillería y la presencia de una división paraguaya en el ejército confederado, que mandaría el joven general Francisco Solano López. Don Carlos se negó a dar algo más que “cuatro vapores para el pasaje y transporte de tropas y armamentos necesarios en las operaciones sobre Buenos Aires”; que tampoco entregaría en definitiva, y acabó contentando a Urquiza (en inferioridad de condiciones militares ante Buenos Aires) con una mediación a llevarse por Francisco Solano entre ambos bandos beligerantes “por el vivo deseo que le asiste (a don Carlos) de evitar desgracias y funestos resultados de una guerra entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires.”
Misión de Solano López a la Argentina
Vapor Tacuarí
El 27 de septiembre (1859) deja Solano Asunción a bordo del vapor paraguayo de guerra Tacuarí. Es posible que haya influido en su padre para cambiar la promesa de ayuda guerrera por esa misión de paz. ¿Por qué no ha querido cooperar al aplastamiento de los liberales, dueños de Buenos Aires, a quienes sabe partidarios del imperio? Tal vez ha buscado ganárselos a la causa del Paraguay, tal vez considera que una Confederación Argentina fuerte y unida es la mejor garantía para la república guaraní contra su amenazador vecino lusitano. O lo ha hecho por un fraternal deseo de poner paz en la familia argentina.
Valentín Alsina
En Buenos Aires resultan inútiles sus gestiones para impedir el choque: el gobernador Alsina y el ministro Vélez Sarfield ponen trabas y dilaciones a la gestión amistosa. Están seguros de un triunfo militar del ejército de Mitre. Este, en su avance hacia el arroyo del Medio, ha llegado a la cañada de Cepeda; el saberlo, recuerda que allí fue la derrota de Rondeau por Pancho Ramírez el 1 de febrero de 1820, que desmoronó al Directorio y sentó las bases del federalismo. No se ha de perder la ocasión de pronunciar una frase histórica: “Aquí fue la cuna del caudillismo – dice a sus tropas – , aquí será su tumba”. Y no obstante la desventaja de la posición, espera en Cepeda el choque con el ejército confederado de Urquiza. Se produce el 23 de octubre, y resulta a Mitre una derrota aplastante.
Apenas llega a Buenos Aires la noticia del desastre, Alsina urge a Solano López – 27 de octubre – que “emplee sus laudables esfuerzos por la paz”. Corre la versión de que Urquiza entrará a sangre y fuego a la ciudad y entonces el gobernador porteño se acordó del mediador paraguayo. Con premura López se pone en contacto con Urquiza en Arrecifes para “impedir que la bella ciudad de Buenos Aires fuese teatro de una sangrienta lucha entre hijos de una misma patria”. Pero ahora Urquiza no quiere saber de mediaciones “porque la situación militar es diversa”. Resulta infatigable la actividad de López entre el 27 de octubre y el 4 de noviembre para convencer a Urquiza. Consigue detenerlo cuando está junto a Buenos Aires, convenciéndolo de que una paz honrosa para los porteños soldaría definitivamente a la Argentina. Apura el nombramiento de delegados, y los reúne con los de Buenos Aires en la chacra de Caseros el 5 de noviembre.
Pacto de la Unión Nacional del 11 de noviembre de 1859
Pacto de San José de Flores
No es nada fácil la gestión de Solano. Mitre, con los restos de su ejército, ha llegado por agua a Buenos Aires y no se ha perdido la oportunidad de colocar otra frase histórica a los absortos porteños: “¡Aquí os traigo intactos vuestras legiones!”. Las legiones venían deshechas, pero los porteños creyeron esa frase y se imaginaron victoriosos: sus delegados en la conferencia de Caseros exigieron nada menos que el inmediato retiro del ejército de Urquiza del territorio de la provincia como paso previo a una negociación de paz: por su parte Urquiza quería la cesantía también inmediata, de las autoridades provinciales.
Bartolomé Mitre
Solano evitó la ruptura de las negociaciones asumiendo la jefatura de la conferencia y fijando con energía las bases del arreglo: la esencial (a aceptarse sin discutirse) era la reincorporación de Buenos Aires a la Confederación; las otras (a convenirse) se referían a la oportunidad y el modo de reformar la Constitución de 1853, la participación porteña en las próximas elecciones nacionales y la situación de los militares porteños que militaban en el ejército de la Confederación.
Francisco Solano López
Penosamente se llevaron las conferencias, desde el 6 transferidas a San José de Flores. Solano entrevistaba a Urquiza en su campamento o corría a conferenciar con el gobierno de Buenos Aires. Hubo un día – el 8 – en que todo pareció llevárselo el diablo: Urquiza, molesto por los preparativos militares de Mitre dentro de la ciudad, rompió las negociaciones y se preparó a tomar al asalto a Buenos Aires. Costó a Solano calmarlo, como también le costó sujetar a Mitre: finalmente todo quedó arreglado y el 10 se concluía el pacto de unión nacional: Buenos Aires entraba a formar parte de la Confederación, modificaría la Constitución Nacional y se reservaría su Banco y su ferrocarril. Al día siguiente, el 11, Urquiza lo ratificaba solemnemente.
Justo José de Urquiza
El Pacto de Unión Nacional, gestionado por Solano López, salvaba a Buenos Aires. Entre grandes festejos, el joven general fue agasajado por provincianos y porteños; Buenos Aires le obsequió un álbum de honor y lo declaró benemérito; Urquiza en su proclama del 11 de noviembre decía: “Ya no hay unitarios ni federales: hermanos todos… gracias a los esfuerzos por la paz del ilustre mediador del Paraguay. A él se le debe en gran parte tan fastuo resultado. Ninguna demostración de gratitud será demasiada para honrar su amistad. La República Argentina le debe una muestra de aprecio; la ciudad de Buenos Aires le debe una palma”.
¿Acaso no comprendió Solano que acababa de salvar en los liberales de Buenos Aires a los futuros enemigos de su patria y de la solidaridad hispanoamericana? Cara pagaría su ingenuidad. Pero si el mediador no creyó que había trabajado para el diablo, su hermano Benigno que formaba parte de la misión lo receló: “El resultado que ha obtenido la misión paraguaya ha sido coronado del más feliz éxito –escribe Benigno a José Berges – el país ha ganado en influencia con aquel acuerdo, pero la Confederación ha perdido, y estamos nosotros expuestos a perder mucho más… Buenos Aires ha firmado porque no podía hacer otra cosa: con ese convenio alejó el peligro que estaba por desmoronarse sobre su cabeza. Pero al celebrar aquel Pacto, ahora lo estamos viendo, en vez de buena fe estaba el miedo en el gobierno de Buenos Aires”.
2. Pavón y sus consecuencias
La unión se hace imposible
Pasó el tiempo. Los convencionales de Buenos Aires discutieron y modificaron sin mayor entusiasmo la constitución federal: el congreso constituyente ad-hoc aceptó estas modificaciones en demostración de paz y unidad.
Ocurrieron cosas inverosímiles que volvieron a desatar la lucha. Unos revolucionarios liberales asesinaron en San Juan al gobernador Virasoro, federal. Cuando el gobierno central intervino en uso de sus atribuciones, los liberales de Buenos Aires pusieron el grito en el cielo y anunciaron la guerra. Al elegirse los diputados de Buenos Aires al Congreso Nacional se empleó inesperadamente la ley provincial de circunscripciones en vez de la ley nacional de circuito único. Por supuesto, como los diputados nacionales se elegían conforme a la ley nacional y no a la provincial, los diplomas fueron rechazados por defecto de forma. Esta pequeñez perfectamente subsanable con nuevas y correctas elecciones, sería agitada por los diarios liberales de Buenos Aires como una ofensa “provinciana”. Y la guerra quedó iniciada.
Presidía la república el doctor Santiago Derqui que pasaba los días durmiendo, ajeno al acontecer público. Sus antecedentes unitarios lo inclinaban al partido liberal, pero le debía la presidencia a Urquiza, y era hombre leal. Los mitristas (Mitre gobernaba Buenos Aires) quisieron tentarlo: Marcos Paz le ofreció consolidarlo en la presidencia, dándole el poder implícito en el cargo que hasta entonces no tenía, pues las cosas las manejaba Urquiza desde su Palacio de San José, además de la gloria imperecedera y las bendiciones de los pueblos siempre que gobernara con los liberales y expulsara a Urquiza del país. De esta manera los liberales no aparecerían alzándose contra el orden constitucional sino, por el contrario, apuntalándolo contra un caudillo molesto. Pero Derqui prefirió jugarse con Urquiza.
Santiago Derqui
Como los mitristas no consiguieron a Derqui, buscaron al propio Urquiza. Correveidiles misteriosos fueron y vinieron del campamento de Mitre al del general de la Confederación.
Hubo reuniones secretas “para tratar la paz” en buques anclados en el río.
Pavón
17 de septiembre de 1861. Chocan los ejércitos cerca de la estancia de Palacios junto al arroyo Pavón, jurisdicción de Santa Fe. La caballería se desbanda; ceden la izquierda y la derecha ante el empuje de las cargas federales. Apenas si el centro mantiene una débil resistencia que no puede prolongarse. Mitre toma el camino de San Nicolás, la ruta de los derrotados en la zona (Rondeau en 1820, el mismo Mitre en 1858).
Pero algo ocurre a los victoriosos, pues no coronan su victoria. Inexplicablemente Urquiza también se retira del campo. Lentamente, al tranco de sus caballos, los jinetes entrerrianos se van. Es una retirada con ralentisseur para demostrar que es voluntaria. Inútilmente los generales Benjamín Virasoro y Ricardo López Jordán – en parte de batalla fechada “en el campo de la victoria” – hacen saber a su jefe el triunfo obtenido. Creen en una equivocación de Urquiza. ¡Si nunca ha habido triunfo más completo! Pero Urquiza no solamente sigue si retirada sino ordena la de todos los suyos. En Rosario se embarca para Diamante con las divisiones entrerrianas. Mitre, detenido en su fuga por el inesperado cariz que tomaban las cosas, es invitado gentilmente a recoger los laureles de su primera y única victoria militar.
¿Qué pasó en Pavón?... Es un misterio no aclarado. Solamente pueden hacerse conjeturas: que intervino la masonería fallando el pleito a favor de los liberales y sin que Urquiza pagara las costas (las pagó el país); que un misterioso norteamericano, de apellido Yateman, fue y volvió de uno a otro campamento en un carruaje con inmunidades; que Urquiza desconfiaba de Derqui y prefirió arreglarse con Mitre dejando a salvo su persona, su fortuna y su gobierno en Entre Ríos. Todo puede creerse menos lo que digo Urquiza en su parte de batalla: que “abandonó el campo de lucha enfermo y disgustado por el encarnizado combate”. ¡Urquiza! ¿El curtido veterano de cien hecatombes con desmayos de niña clorótica…?
Derqui, ingenuamente, intentará la resistencia. El grueso del ejército nacional puesto a las órdenes del general Sáa hasta el regreso de Urquiza. Porque cree en la enfermedad de Urquiza, le escribe deseándole un “pronto restablecimiento” y rogándole que “vuelva cuanto antes a ponerse al frente” pues está intacto. Mitre, que anunciaba su victoria por el trompeteo de los periódicos porteños, no puede moverse de la estancia de Palacios pues no tiene caballería; si Urquiza volviese, en una sola carga daría vuelta a los porteños.
Pero Urquiza no vuelve, no quiere volver. El 27 de octubre, a cuarenta días de la batalla, el inocente de Derqui todavía escribe al sensitivo guerrero interesándose por su enfermedad y rogándole que “tome el mando si su salud lo permite”.
Finalmente Mitre, que no las tiene todas consigo y está desconcertado por la victoria, empieza
a moverse de Pavón a Rosario. Cuidadosamente limpia el camino de todo hombre en edad de combatir. Sarmiento, desde Buenos Aires, se lo aconsejaba al saber la noticia de Pavón: “no trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”. Aquella es una guerra social: la victoria estará en la eliminación del pueblo. Agrega Sarmiento en la misma carta: “Para Urquiza, o Southampton o la horca”.
Domingo Faustino Sarmiento
Ni uno ni otra. Urquiza quedará en Entre Ríos y no perderá una sola de sus vacas. Cuando Derqui se da cuenta de que Urquiza no quiere volver a este lado del Paraná, opta por eliminarse de la escena. Cree ser el obstáculo para el regreso de Urquiza, y en un buque inglés se va silenciosamente a Montevideo dejando al vicepresidente Pedernera a cargo del gobierno. Por toda la república, de Rosario al Norte, vibra el grito de ¡Viva Urquiza! En desafío a los invasores porteños; todos llevan en el pecho la roja divisa partidaria con el dístico “Defendemos la Ley Federal jurada. Son traidores quienes la combaten”. Urquiza tiene a trece provincias a sus órdenes y a un partido que es todo, o casi todo, el país. Tiene el ejército intacto. Se lo espera con impaciencia.
Cañada de Gómez
Venancio Flores
Pero Urquiza no llega. Las divisiones mitristas a las órdenes de Flores, Sandes, Paunero, Arredondo, Rivas, entran implacablemente en el interior. Hombre tomado con la divisa punzó es lanceado; si no lleva la divisa es incorporado a los invasores o mandado a un cantó de la frontera a pelear con los indios.
Gelly y Obes
Venancio Flores, que antes fue presidente de la República Oriental por una revolución de los colorados, es jefe de la vanguardia de Mitre. Se adelanta a Cañada de Gómez y sorprende, el 22 de noviembre, al grueso del ejército federal que sigue esperando órdenes de Urquiza. Flores pasa a degüello a los más reacios e incorpora a los demás. No se había visto tanta violencia en nuestras guerras civiles que no se distinguieron precisamente por su lenidad; pero esta ocupación porteña del interior colma la medida. Hasta Gelly y Obes, el ministro de Guerra de Mitre, se estremece al redactar el parte de la hecatombe:
“El suceso de Cañada de Gómez – informa al gobernador delegado Manuel Ocampo – es uno de los hechos de armas que aterrorizan al vencedor… Esto es lo que le pasa al general Flores, y es por ello que no quiere decir detalladamente lo que ha pasado. Hay más de 300 muertos, mientras que por nuestra parte sólo hemos tenido dos muertos… Este suceso es la segunda edición de Villamayor, corregida y aumentada…
Para disimular más la operación confiada al general Flores se le hizo incorporar toda la fuerza de caballería de la división de Córdoba enemiga”.
Esa limpieza de criollos que hace el ejército porteño en 1861 y 1862 es la página más triste de nuestra historia, no por desconocida menos real. Hay que “poner al país a un mismo color” eliminando a los federales. Los incorporados por Flores, de la División de Córdoba, desertan a la primera ocasión y en adelante no habrá más incorporaciones: degüellos, nada más que degüellos. No lo hace Mitre, que no se ensucia las manos con esas cosa; tampoco Paunero; serán Sandes, Flores, Arredondo, Rivas jefes subalternos. Cabe la disculpa, si es posible, de que ninguno ha nacido en la Argentina; son mercenarios contratados por el mitrismo. Y los degolladores materiales serán italianos, hábiles para la daga si tienen al criollo maniatado o dormido.
Juan Sáa
Avanza la ola criminal al norte para establecer por todas partes “el reino de la libertad” como dice La Nación Argentina, el diario de Mitre. Sarmiento sigue con sus aplausos: “Los gauchos son bípedos implumes de tan infame condición, que no sé qué se gana con tratarlos mejor”. Los pobres criollos gritaban ¡Viva Urquiza! al morir, apretando la divisa punzó. Seguirá la matanza en Mendoza, San Luis, La Rioja, Córdoba, mientras resuene el ¡Viva Urquiza! y se vea la cinta roja de la infamia. Que viva Urquiza mientras mueren los federales. Y Urquiza vive. Vive tranquilo en su palacio de San José y en su gobierno de Entre Ríos, porque ha concertado con Mitre que se le deje su hacienda y su gobierno a condición de entregar a los urquicistas. Hace votar a Mitre para presidente de la república a los electores de Entre Ríos.
CONTINUARÁ
Fuente:
Jose María Rosa, "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", Editorial Punto de Encuentro, Primera Edición. Págs 61-70
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