El Chacho
La página más negra de la historia argentina en el siglo XIX
“Pavón no es solo una victoria militar, es un triunfo de la civilización sobre los elemento de guerra de la barbarie”, escribe Mitre a su ministro de guerra, Juan Andrés Gelly y Obes, el 22 de diciembre de 1861, a los cinco días de su inesperada victoria; es decir, transcurrido el tiempo necesario para darse cuenta de que Pavón era un triunfo suyo.
Ganaba la civilización contra la retirada de Urquiza; en noviembre se estabilizaría con la masacre de Cañada de Gómez. Época bravía inorgánica, feudal, rígida, y frenética la que comentamos – escribe Luis Alberto de Herrera, extrañándose del silencio de los vencedores -. No pondremos, por cierto, rayos y centellas en la condenación de las enormidades que fueron su natural atributo; pero vosotros, los que os dijérais heraldos de la civilización frente a la barbarie, los que tanto abusásteis del verbo redentor, los que incriminaríais a Solano López y a todos los grandes caudillos, los que tanto pregonasteis las excelencias de la escuela y el derecho, los que, sin cesar, abominais de Rosas y su régimen, ¿pudisteis, por ventura, callar sin correr inminente riesgo de pasar por declamadores, por insinceros, ante el sombrío episodio de Cañada de Gómez y sus análogos, ocurridos bajo vuestras banderas?
“¡Y callasteis y calló la prensa de Buenos Aires, ilustrada y titulada principista; y calló el general Mitre y, a la par suya, enmudeció el partido unitario!”.
Tras Cañada de Gómez se desataría una ola de sangre en la Argentina, que no podrá contenerse en el marco de la frontera e irá más allá del Uruguay y del Paraguay. Había que civilizar el Plata aventando “los elementos de guerra de la barbarie”. Pero no debo adelantar los acontecimientos y quiero detenerme en las consecuencias de ese 22 de noviembre de 1861, donde ha caído bajo el cuchillo de Venancio Flores la oficialidad del ejército federal. Crimen masivo al que seguirán tantos otros. Que tampoco era el primero, pues en Villamayor, años atrás, había sido ejecutado con sus compañeros, por orden de Mitre, el coronel Gerónimo Costa, el de “la espada ruín y mohosa” (como decía Sarmiento) que el capitán Daguenet se había negado recibir en octubre de 1838 por su heroica defensa de Martín García.
Gerónimo Costa
El encharcamiento de sangre después de Pavón sería atroz; el capítulo más sangriento de la historia argentina, aun comprendidas las crueldades de los colombianos presidenciales de 1827, o las matanzas de gauchos en el gobierno de los revolucionarios unitarios de Buenos Aires entre el 1 de diciembre de 1828 y el 24 de agosto de 1829. Más atroz que aquellas, no solamente por el número de los inmolados y la duración del terror, sino porque entonces hubo un Quiroga o un Rosas que pudieron venir en defensa del pueblo exterminado. En cambio, en 1861, el jefe federal descansaba, en su palacio de Entre Ríos asegurado por las promesas de Mitre. Asistía imperturbable al exterminio de sus partidarios mandándoles de cuando en cuando un apoyo verbal, como si fuera condición indispensable para el triunfo mitristo el mito Urquiza.
Años después, Alberdi reflexionaría sobre esa vida que adunaba actos nobles con bajísimas acciones: "Hay dos Urquizas, el que ha hecho Dios; que es entrerriano, y el que ha hecho a medias su propia avaricia y la avaricia de sus cómplices de Buenos Aires". Para Alberdi, el otro Alberdi, desengañado de tantas cosas en su casi desconocido Grandes y pequeños hombres del Plata, las buenas cualidades de Urquiza eran dominadas por su afán de "hacer fortuna": "¿Para qué ha dado Urquiza tres batallas? - se pregunta -. Caseros para ganar la presidencia, Cepeda para ganar una fortuna, y Pavón para asegurarla".
Fue entonces que alzó el Chacho la bandera abandonada por Urquiza. Ángel Vicente Peñaloza, brigadier general de la Nación y jefe del III Ejército - llamado "de Cuyo" - vióse envuelto en la defensa de los derechos populares. Invadida Catamarca por las divisiones de Taboada, que talaban a sangre y fuego la campaña, escribe extrañado a este el 8 de febrero: "¿Por qué hacer una guerra a muerte entre hermanos con hermanos?" contraria a la hidalguía de la raza; no hay objeto, pues la victoria ha sido amplia para los liberales y ¿a qué exterminar a los federales? Teme que las generaciones futuras "imitarán tan pernicioso ejemplo".
Antonino Taboada
La carta es tomada como una provocación. Peñaloza es desposeído de su rango militar, y mientras Taboada penetra en Catamarca, Sandes lo hace en La Rioja y Arredondo en San Juan. Las tropelías se suceden: degüellos, raptos, robos, violaciones, cepos colombianos. En Guaja, domicilio del Chacho, Sandes ordenar quemar su casa después de saquearla. Peñaloza se revuelve como un jaguar herido. No tiene tropas de línea ni armas, pero levanta su enseña y en poco tiempo son cientos, luego miles, quienes lo rodean. Vienen con sus caballos, de monta y de tiro, y una media tijera de esquilar para fabricar la lanza acoplándola a la caña. Toda la tierra, diríase, reunida en Los Llanos a la orden del caudillo. Y empiezan sus victoriosas marchas: de La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San Luis. La montonera crece al acoplar voluntarios; poco pueden contra sus cargas las tropas del ejército de línea compuesta de enganchados y condenados a servir las armas. Pero el Chacho no pelea para imponerse a los porteños; lo hace para defender a los suyos de las vejaciones. Quiere solamente que los dejen vivir. Busca paz; una paz beneficiosa para todos.
Los llanos de la Rioja
Se la dan. Un primer tratado se firma en San Luis el 23 de abril: se respetará a los "federales" y no habrá más levas para los cantones de fronteras ni exacciones militares ni cepos colombianos ni chinitas mandadas a Buenos Aires. Es un engaño en el que cae con su desbordante buena fe. Apenas retirado de San Luis, el general Rivas recibe orden de perseguirlo y apresarlo. Pero el montonero se le escurre y llega a sus llanos inexpugnables. Seguirá la guerra.
Los llanos de la Rioja, vistos desde la Reserva Forestal Chancaní, Córdoba
En Los Llanos, Peñaloza es imbatible. Va hasta su cuartel en misión del gobierno nacional el sacerdote Eusebio Bedoya. Llega en nombre de Mitre a ofrecerle otra vez la paz, ahora garantizada por su palabra de ministro del Señor. Se fija La Banderita, el 30 de mayo para el cambio solemne de las ratificaciones.
Acude el Chacho con sus tenientes y montonera en correcta formación. También está el ejército nacional. Rodean al doctor Bedoya los jefes mitristas: Rivas, Arredondo, Sandes. José Hernández, el autor de "Martín Fierro", narra la entrega de los prisioneros nacionales tomados por el Chacho: "¿Ustedes dirán si los han tratado bien? - pregunta este - ¡Viva el general Peñaloza!, fue la única y entusiasta respuesta. Después el riojano se dirige a los jefes nacionales: ¿Y bien, dónde están los míos? ¿Por qué no me responden?... ¡Qué! ¿Será cierto lo que se ha dicho? ¿Será verdad que todos han sido fusilados?... Los jefes de Mitre se mantenían en silencio, humillados; los prisioneros habían sido fusilados sin piedad, como se persigue y se mata a las fieras de los bosques; las mujeres habían sido arrebatadas por los invasores..."
De "la guerra de policia" a "la ley marcial"
Sarmiento, director de la guerra, ha convencido a Mitre de la necesidad de exterminar a los criollos. No precisó esforzarse mucho, pero Mitre es hombre que cuida las formas; de su pluma no ha de salir una frase comprometedora, pero tampoco nada hará para frenar a los suyos. Ha recibido cartas terribles de Sarmiento y ha tolerado con su silencio su obra: ya vimos aquella tremenda al conocer el resultado de Pavón: ("No ahorre sangre de gauchos..." ). Ahora le escribe: "Sandes ha marchado a San Luis. Está saltando por llegar a La Rioja y darle una buena tunda al Chacho. ¿Qué regla seguir en esta emergencia? Si va, déjelo ir. Si mata gente, cállese la boca. Son animales bípedos de tan infame condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor".
Mitre se ha convencido, y envía a Sarmiento sus instrucciones para la guerra: "Quiero hacer en La Rioja una guerra de policía. Declarando ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos como partidarios políticos ni elevar sus depredaciones al rango de reacciones; lo que hay que hacer es muy sencillo...".
No lo dice porque quiere ser entendido a medias palabras, hay cosas que no puede escribir. Pero Sarmiento tiene otra pasta y para que todos - Rivas, Sandes, Irrazábal, Arredondo - entiendan aquél sencillo del presidente de la República, acota la carta de Mitre: "Está establecido en este documento, de derecho, la guerra a muerte. Este es el derecho de gentes: la guerra civil establece los derechos de los sublevados a ser tratados con las consideraciones debidas al prisionero de guerra... Cuando no se conceden los derechos, entramo en el género contra vándalos o piratas... es permitido, entonces, quitarles la vida donde se los encuentre".
En esas palabras hay, no obstante, un homenaje al derecho. Aún se vivía en el siglo XIX y se respetaban las normas. Mitre insinúa y Sarmiento interpreta la aplicación de la ley de los vándalos a los adversarios vencidos o prisioneros en una guerra civil; debe dictar una cátedra para demostrar por qué no tienen derecho de guerra los hombres del Chacho. Un siglo más tarde la "ley marcial" se aplicará en la Argentina - sin retorcerla ni interpretarla ni recurrir a subterfugio alguno - a todo prisionero vencido. Pero no estoy escribiendo sobre años estúpidamente crueles, de retroceso moral tan manifiesto, sino sobre cosas ocurridas hace un siglo, cuando Mitre y Sarmiento - algo distintos a sus sucesores de 1956 - debían explicar con razonamientos especiosos, pero razonamiento al fin, por qué aplicaban la ley marcial a los adversarios políticos vencidos.
Tiempos que el Chacho, con su generosidad criolla, temía llegaran si los "libertadores" de 1861-63 seguían masacrando prisioneros. Y así escribía el 8 de febrero de 1862 al general Antonino Taboada estas palabras que antes he transcripto: "¿Por qué hacer una guerra a muerte entre hermanos con hermanos?... ¿no es de temer que las generaciones futuras nos imitarán tan pernicioso ejemplo? ¿Imitarán?
Se inicia la guerra (abril de 1863)
La patética escena de La Banderita, al reclamar el Chacho sus prisioneros de guerra fusilados por los jefes del ejército mitrista, gana al comisionado de Mitre, el sacerdote doctor Eusebio Bedoya. Siente asco al decir de Hernández, por haberse mezclado en una negociación de esa naturaleza.
No es solamente el clérigo. También el general Rivas, el gran enemigo del Chacho, está conmovido. Escribirá a Paunero “que sin el Chacho no hay república posible”, pues no es viable asentándola en el terror y la eliminación del adversario. El Chacho es un caudillo, es decir, el jefe de un pueblo que se sentía interpretado por él y lo seguirá a todas partes; es “la república” a mejor título que los liberales de Pavón. Debía transarse con hombres como él si se pretendía hacer obra perdurable.
“Tanto Bedoya como Rivas han quedado prendados del Chacho – escribirá Paunero a Mitre el 17 de junio – y aseguran que es el único y mejor elemento de orden que allí se presenta.
Pero ha quedado en pie el enemigo más formidable del caudillo riojano. Es Sarmiento, gobernador de San Juan y director de la guerra por nombramiento de Mitre. Se indigna por el pacto de La Banderita y se envuelve en un altivo silencio: “Sarmiento está mudo después de los tratados con el Chacho – informa Paunero a Mitre desde Río Tercero el 29 de julio – porque indudablemente quería y quiere que se lo demos colgado en alguna plaza”.
Hasta colmar la paciencia del Chacho, que antes del año de La Banderita levanta nuevamente el estandarte de la rebelión. Lo hace limpiamiente, en forma de una carta a Mitre del 16 de abril de 1863 a manera de declaración de guerra: “Los hombres todos, no teniendo más ya que perder que la existencia, quieren sacrificarla más bien en el campo de batalla defendiendo sus libertades, sus leyes y sus más caros intereses atropellados vilmente”. Y toma su lanza convocando a los dispersos federales: “El viejo soldado de la patria – dice su proclama – os llama en nombre de la ley y de la Nación, para combatir y hacer desaparecer a los males que aquejan a nuestra tierra”.
Olta (8 de noviembre)
Se conmueve Los Llanos. De todas partes llegan los lanceros temibles de La Rioja. Los hay veteranos de los tiempos de Facundo Quiroga y jóvenes, casi niños, que prefieren morir con la tacuara en la manos a aniquilarse en los cantones fronterizos. La voz del Chacho resuena por toda La Rioja y llega a Catamarca, a San Juan, a San Luis, a Córdoba.
De esta última lo llaman, y entra en la ciudad el 14 de junio. Su desfile es triunfante; el pueblo entero de Córdoba, menos los escasos liberales prudentemente encerrados en sus casas, acude a ver al caudillo, gallardo aún en sus setenta años, que cabalga sin sombrero, ceñida la melena blanca con una vincha gaucha. Permanece catorce días en Córdoba durante los cuales el orden y la tranquilidad - dice Gálvez - son una acusación contra Sarmiento que desde San Juan insiste en llamarlo bandolero y predicar "una guerra de policía" para exterminio de la montonera.
Soldados de Peñaloza apresados
Se suceden los combates. En Las Playas vence Arredondo: el Chacho se retira hacia la falda de los Andes. Rehuye las batallas abiertas donde su desventaja en armas lo pone a merced de las tropas de línea. Prefiere retirarse, retirase incesantemente; su magnífica caballería le da mejor movilidad que a los enemigos y permite se le junten quienes han escapado a las sierras por la leva forzada de las tropas de líneas. La montonera recorre el noroeste en una línea zigzagueante imposible de perseguir. De julio a septiembre es dueño indiscutido de todo el oeste. Está en todas partes, pues en todas se lo aguarda. Pero en cinco meses de lucha constante se agota la resistencia de los federales.
Hay un cebo que los tienta: San Juan, la capital del Director de la guerra que menudea sus proclamas llamando "bandido, vándalo, ladrón" al caudillo. Es lugar custodiado por las tropas de línea. No obstante se decide, y con sus últimos mil hombres se lanza sobre la ciudad. Allí lo esperan el coronel Arredondo y el chileno Irrazábal con tropas muy superiores (Sandes acaba de morir en Mendoza) cercándolo en Caucete los primeros días de octubre. Ha sido una trampa habilmente preparada. Será el último combate: la montonera se dispersa y el Chacho da orden de esconderse. Cuando los liberales se cansen de buscarlo, reaparecerá con los suyos en el lugar más imprevisto.
Se refugia en Olta, en casa de su amigo Felipe Oros. Los suyos saben donde está, y su mujer y su hijastro lo acompañan. Sarmiento se desespera por saberlo y exige se lo encuentre a toda costa. ¿Es posible mantener el secreto cuando el cepo colombiano desgarra las articulaciones hasta el paroxismo?
En noviembre el comandante Ricardo Vera sorprende en Malazán a veinticuatro hombres que fueron del Chacho: "acto continuo se les tomó declaración" dice el escueto parte de Irrazábal a Arredondo. Seis murieron pero el séptimo habló. El comandante Vera se entera del refugio del caudillo y lo participa a su superior Irrazábal.
Sabedor de que el Chacho está desarmado y solitario en su escondite, se precipita a la casa de Oros, en Olta; encuentra al caudillo desayunando con su familia, que sin hacer resistencia entrega su facón. Poco después vendrá Irrazábal advertido por Vera. "¿Quién es el bandido del Chacho?", pregunta. "Yo soy el general Peñaloza, pero no soy ningún bandido". Irrazábal toma una lanza de manos de un soldado y se la clava en el vientre, sin importarle la presencia de su esposa y su hijastro. Sarmiento es avisado enseguida. Según José Hernández dispone los papeles para que la muerte no parezca un asesinato; cambia los partes de Vera e Irrazábal, aunque han pasado cuatro días. Da como simultáneos dos hechos distintos - la sorpresa de los veinticuatro montoneros en Malazán y el asalto a la casa de Oros, en Olta -, para hacerlo aparecer "al titulado general de la Nación" como muerto en una refriega "tomándose también dieciocho prisioneros; hubo seis muertos, incluso dos capitanes. También se tomó prisionera a la mujer del Chacho y a un hijo adoptivo".
La cabeza de Chacho quedó expuesta en una pica en la plaza de Olta. El 18 Sarmiento escribe a Mitre: "... he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses"
FIN
Fuente:
Jose María Rosa, "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", Editorial Punto de Encuentro, Primera Edición. Págs 71-78
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