LA MUJER DEL VESTIDO ROJO
Y aunque ha pasado mucho tiempo, recuerdo aquellos días en que estuve enamorado de la mujer del vestido rojo.
Altiva, de caminar seguro, cruzaba la avenida día tras día, a la misma hora. Fue un jueves como a las diez de la mañana, en el refrigerio cuando la vi por primera vez, desde la ventana del cuarto piso, un día soleado de otoño. Me llamó la atención no sólo su presencia, sino la firmeza de su caminar, segura de sí misma, con un lugar a donde ir, y a una hora determinada y seguramente con alguien a quien ver, día tras día, semana tras semana, la mujer del vestido rojo llegó a obsesionarme, ocupó mis pensamientos hora tras hora, en el trabajo y en mi casa, llegué a necesitar el ir a la oficina, a esperar a que dieran las diez para verla cruzar la avenida de lejos, sin poder distinguir siquiera su cara, sólo su cabello lacio y renegrido cayendo sutil sobre sus hombros rectos y su vestido rojo.
Un martes faltó a la cita, a las diez de la mañana, como siempre, parado frente a la ventana que da a la avenida y ella no apareció, mi corazón dio una serie interminable de latidos discordantes, comencé a crear mil y un pensamientos, ¿habría enfermado, habría perdido el trabajo, estaría teniendo un encuentro amoroso con algún hombre? Todas las sospechas pasaron por mi mente mientras realizaba el trabajo de rutina en mi escritorio, el más alejado de la ventana que da a la avenida.
Esa noche no dormí, miré el reloj de la mesa de luz un centenar de veces, aguardando esta vez a que dieran las seis, hora en que todas las mañanas me despertaba para ir al trabajo. Tomé el tren atestado de gente como todos los días, luego el colectivo lleno de miradas impersonales, vacías, siempre pensando en la mujer del vestido rojo. Subí al cuarto piso del edificio de tribunales y me senté frente a mi escritorio, ordenado compulsivamente, casi obsesivo, la bandeja con los papeles a revisar en el ángulo izquierdo, los ya vistos a la derecha, los sellos al frente, delante de mí el gran cartón celeste que sirve de apoyo y cerca de mi mano izquierda, la calculadora con un rollo nuevo. Nada toqué, sólo atiné a tomar la pila de papeles a revisar y golpearlos por el canto una y otra vez, pase un dedo por el borde y los volví a poner en la bandeja de entrada. Cambié la fecha en el sello de recepción y abrí el cajón, saqué la lapicera que venía usando desde hacía ocho años y me puse a garabatear nerviosamente, mirando como las agujas de mi reloj de pulsera, se encaminaban lentamente a las diez. Interminables momentos, nada me importaba, solo acercarme a la ventana que da a la avenida, de pronto el jefe se dirigió a mi escritorio, cruzándose en mi camino, no me importó y sin dar lugar a conversación alguna me paré y tomando una taza para el café me encaminé a la máquina, gloriosamente cerca de la ventana que da a la avenida. El corazón comenzó a latir mas rápidamente, el viento de otoño arremolinado, levantó las hojas secas que los barrenderos no habían levantado la noche anterior. Me quedé esperando, tratando de encontrar en todas las personas que cruzaban la avenida, algún indicio, alguna luz sobre el destino de quien sin conocer ocupaba todo mi tiempo. Seguí con la mirada a un hombre que presurosamente caminaba rumbo al sur, me llamó la atención su calva, pensé que lo conocía, dudé si fue a él a quien vi la última vez a unos pasos de ella, pero continuó caminando todo a lo largo de la vereda sin mirar atrás. Nada me indicaba a ciencia cierta, si habría alguna relación entre el hombre calvo y la dama del vestido rojo, pero mi obsesión me llevaba mas allá de la lógica, y mi intranquilidad iba en constante aumento.
Un auto paró frente al edificio de tribunales y pude ver a una mujer de la misma constitución física, con un cabello parecido pero su vestido, el cuál esperé con ansiedad fuera de color rojo, brillaba con tonos azules bajo el tibio sol de Mayo. ¿Habría ella abandonado el color de mis sueños, podría vestirse con otro que no fuera el rojo profundo del que me había enamorado? Decidí que no, así que durante todas las mañanas de mi vida volví, día tras día a asomarme por la ventana que da a la avenida a las diez, en la hora del refrigerio, para si pudiera aunque fuera una sola vez mas, verla a ella, a la mujer del vestido rojo.
Mayo de 2002-05-16
Publicado por fcmartin en 15:10 No hay comentarios:
Y aunque ha pasado mucho tiempo, recuerdo aquellos días en que estuve enamorado de la mujer del vestido rojo.
Altiva, de caminar seguro, cruzaba la avenida día tras día, a la misma hora. Fue un jueves como a las diez de la mañana, en el refrigerio cuando la vi por primera vez, desde la ventana del cuarto piso, un día soleado de otoño. Me llamó la atención no sólo su presencia, sino la firmeza de su caminar, segura de sí misma, con un lugar a donde ir, y a una hora determinada y seguramente con alguien a quien ver, día tras día, semana tras semana, la mujer del vestido rojo llegó a obsesionarme, ocupó mis pensamientos hora tras hora, en el trabajo y en mi casa, llegué a necesitar el ir a la oficina, a esperar a que dieran las diez para verla cruzar la avenida de lejos, sin poder distinguir siquiera su cara, sólo su cabello lacio y renegrido cayendo sutil sobre sus hombros rectos y su vestido rojo.
Un martes faltó a la cita, a las diez de la mañana, como siempre, parado frente a la ventana que da a la avenida y ella no apareció, mi corazón dio una serie interminable de latidos discordantes, comencé a crear mil y un pensamientos, ¿habría enfermado, habría perdido el trabajo, estaría teniendo un encuentro amoroso con algún hombre? Todas las sospechas pasaron por mi mente mientras realizaba el trabajo de rutina en mi escritorio, el más alejado de la ventana que da a la avenida.
Esa noche no dormí, miré el reloj de la mesa de luz un centenar de veces, aguardando esta vez a que dieran las seis, hora en que todas las mañanas me despertaba para ir al trabajo. Tomé el tren atestado de gente como todos los días, luego el colectivo lleno de miradas impersonales, vacías, siempre pensando en la mujer del vestido rojo. Subí al cuarto piso del edificio de tribunales y me senté frente a mi escritorio, ordenado compulsivamente, casi obsesivo, la bandeja con los papeles a revisar en el ángulo izquierdo, los ya vistos a la derecha, los sellos al frente, delante de mí el gran cartón celeste que sirve de apoyo y cerca de mi mano izquierda, la calculadora con un rollo nuevo. Nada toqué, sólo atiné a tomar la pila de papeles a revisar y golpearlos por el canto una y otra vez, pase un dedo por el borde y los volví a poner en la bandeja de entrada. Cambié la fecha en el sello de recepción y abrí el cajón, saqué la lapicera que venía usando desde hacía ocho años y me puse a garabatear nerviosamente, mirando como las agujas de mi reloj de pulsera, se encaminaban lentamente a las diez. Interminables momentos, nada me importaba, solo acercarme a la ventana que da a la avenida, de pronto el jefe se dirigió a mi escritorio, cruzándose en mi camino, no me importó y sin dar lugar a conversación alguna me paré y tomando una taza para el café me encaminé a la máquina, gloriosamente cerca de la ventana que da a la avenida. El corazón comenzó a latir mas rápidamente, el viento de otoño arremolinado, levantó las hojas secas que los barrenderos no habían levantado la noche anterior. Me quedé esperando, tratando de encontrar en todas las personas que cruzaban la avenida, algún indicio, alguna luz sobre el destino de quien sin conocer ocupaba todo mi tiempo. Seguí con la mirada a un hombre que presurosamente caminaba rumbo al sur, me llamó la atención su calva, pensé que lo conocía, dudé si fue a él a quien vi la última vez a unos pasos de ella, pero continuó caminando todo a lo largo de la vereda sin mirar atrás. Nada me indicaba a ciencia cierta, si habría alguna relación entre el hombre calvo y la dama del vestido rojo, pero mi obsesión me llevaba mas allá de la lógica, y mi intranquilidad iba en constante aumento.
Un auto paró frente al edificio de tribunales y pude ver a una mujer de la misma constitución física, con un cabello parecido pero su vestido, el cuál esperé con ansiedad fuera de color rojo, brillaba con tonos azules bajo el tibio sol de Mayo. ¿Habría ella abandonado el color de mis sueños, podría vestirse con otro que no fuera el rojo profundo del que me había enamorado? Decidí que no, así que durante todas las mañanas de mi vida volví, día tras día a asomarme por la ventana que da a la avenida a las diez, en la hora del refrigerio, para si pudiera aunque fuera una sola vez mas, verla a ella, a la mujer del vestido rojo.
Mayo de 2002-05-16
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