InicioCiencia EducacionEpilogo de la Segunda Guerra Mundial
EPILOGO PARA
UNA GUERRA


La Segunda Guerra Mundial sigue siendo hoy objeto de atención preferente en nuestra sociedad. Sobran los motivos: el hecho de que haya sido el conflicto bélico con mayor número de víctimas en la historia de la humanidad y en el que más países se vieron implicados, que haya supuesto una, hasta entonces, desconocida implicación de la ciencia y la tecnología a la hora de desarrollar nuevas y terroríficas armas, y que Incluyera un enorme antagonismo ideológico, como nunca antes se había dado, todo contribuye a que así sea.
La conmoción de la muerte y la crueldad Sin duda, fue una guerra revolucionada, en el fondo y en las formas. También es fácil apreciar que políticamente somos hijos de esta guerra, que las fronteras siguen marcadas por ella y que nuestra historia reciente, en todo el mundo, no se comprende sin la contienda.
Sin embargo, ha sido el conocimiento y la difusión fehaciente de las terribles crueldades cometidas en la guerra, o con excusa de la misma, lo que más ha conmovido la conciencia de la humanidad. Hasta entonces las matanzas de seres inocentes se consideraban algo propio de bárbaros de la antigüedad o de la Edad Media. Con la Segunda Guerra Mundial se demostró que también era algo propio de seres presuntamente civilizados, cultos, modernos y. lo más grave, que tal barbarle podría repetirse, como sucedió en la Unión Soviética de Stalin. En la China de Mao. En la Camboya de Pol-Pot. En las guerras de Yugoslavia. En los enfrentamientos de des colonización o en sangrientas dictaduras de diversas partes del globo. Se demostró, en definitiva, que la crueldad desquiciada, irracional, reside dentro de la humanidad y que puede surgir en cualquier momento si las circunstancias y las conciencias lo permiten. Con la Segunda Guerra Mundial se puso de manifiesto que la población civil pasaba a ser objeto de ataque y exterminio, incluso por encima de los mismos ejércitos enemigos.







El Holocausto



Posiblemente sea el exterminio masivo de judíos el factor que más siniestra fama ha dado al régimen nazi. La envergadura del mismo y el modo industrial y planificado como se ejecutó, añaden perversidad al genocidio que se practicó y deja fuera de toda duda la inmoralidad intrínseca del nacionalsocialismo. Cabe destacar, ante todo, que no sólo los judíos fueron objeto de la persecución y matanza sistemática por parte de los nazis. Junto a los seis millones de judíos fueron exterminados la casi totalidad de la comunidad gitana de la Europa ocupada (unos 750.000), miembros de comunidades religiosas pacifistas como los Testigos de Jehová, homosexuales, miembros de la izquierda alemana y otros disidentes políticos en general, disminuidos físicos y mentales y unos cuatro millones de eslavos también considerados "subhumanos" por los nazis-, entre los que destacan prisioneros polacos y soviéticos, tanto civiles como militares. Las cifras totales son imposibles de cuadrar exactamente, pero se pueden calcular en unos diez millones las víctimas asesinadas en los campos de exterminio y de concentración, de los que casi cinco millones eran judíos, y una cantidad oscilante entre cinco y diez millones más de civiles o prisioneros de guerra que
fueron ejecutados sobre la marcha, entre ellos más de un millón de judíos, que no
alcanzaron siquiera a ingresar en los campos de exterminio.
Las causas de la obsesión antijudía de los nazis residen en sus planteamientos
ideológicos fundacionales. Su objetivo era perseguir no sólo a los judíos, sino a todo lo que las autoridades considerasen influido por el judaísmo. Obviamente, bajo este presupuesto todo lo que se buscase suprimir podía ser calificado de judío o judaizante. Para cohesionar una idea y a los seguidores de una ideología política siempre ha sido muy útil responsabilizar a un enemigo interno, "infiltrado" en la sociedad, de todos los males habidos y por haber. En el programa de Adolf Hitler los judíos eran
los responsables de todos los males de la sociedad, de la derrota de la Primera Guerra Mundial, del tratado de Versalles, de la decadencia de Alemania. Por supuesto, tras los judíos también alcanzaba la categoría de "traidores a Alemania" a todos los que no comulgaban con el nacionalsocialismo, por ser de izquierdas, demócratas o simplemente críticos con el nazismo.







La planificación del genocidio


Casa de Wansee

Como decía Goebbels, y aplicaba hábilmente, una mentira repetida cien veces acaba convirtiéndose en verdad. De esta manera, al poco de ascender al poder los nazis en 1933, y dueños absolutos de todos los medios de comunicación, buena parte del pueblo alemán ya compartía los planteamientos antisemitas. En esta situación, muchos alemanes no judíos comenzaron a beneficiarse directa o indirectamente de las leyes raciales de Núremberg que se aprobaron, así como del expolio económico que comenzaron a sufrir los judíos.
Ello provocó una emigración forzada de buena parte de judíos alemanes hacia el extranjero, aunque un gran porcentaje aceptó la situación discriminatoria y permaneció en Alemania pensando que la agresión no
alcanzaría niveles más graves. Cuando empezó la guerra, la situación empeoró para los judíos alemanes que comenzaron a ser deportados en masa. Lo mismo ocurrió con los que se encontraban en los territorios ocupados, sobre todo del este de Europa. En 1941 las matanzas en Polonia y la Unión Soviética comenzaron a
ser sistemáticas, ejecutadas sobre el terreno por los siniestros Einsatzgruppen, o grupos de intervención especiales. Además, muchos judíos fueron internados en los llamados "guetos" a la espera de una decisión sobre su destino, particularmente en Polonia. En enero de 1942 se dio el paso decisivo en la política racista del III Reich con la conferencia de Wannsee. En la reunión, convocada por Goering y Himmler, y contando con la aprobación de Hitler. Se decidió el exterminio sistemático y completo de todos los judíos, unos ocho millones, que residían en la Europa ocupada. El momento elegido confirma la paranoia que se adueñó de los nazis. La conferencia se convocó justo en diciembre de 1941, cuando vieron fracasada su ofensiva sobre Moscú y fallidos sus pronósticos acerca del derrumbe soviético, y también cuando Alemania declaró la guerra a Estados Unidos, tras el ataque japonés a Pearl Harbor. Según los jerarcas nazis la llamada "solución final" que se aprobó en Wannsee sería decisiva para ganar definitivamente la guerra acelerando su resolución
favorable. De ello se derivó que irracionalmente se dedicaron miles de hombres, grandes cantidades de material y recursos económicos al exterminio, en vez de dirigirlos a los frentes de batallas en donde hubiesen sido mucho más útiles: los presupuestos ideológicos más fanáticos e irracionales habían deshincado a los análisis políticos y militares.









Los campos de exterminio


En ese momento comienza la construcción de los grandes campos de exterminio, sobre todo en Polonia y en el este de Europa, adonde serían deportados todos los judíos de Europa para su sistemático exterminio mediante las cámaras de gas. Los campos de concentración eran decenas, pero los que se dedicaron al exterminio metódico e intensivo no superaron los siete u ocho; entre ellos se encuentran los trágicamente célebres de Treblinka. Auschwitz, Belzec, Sobibor o Chelmno, responsables de la mayor parte de los asesinatos. A ellos fueron deportados todos los judíos de Europa, incluso los de los territorios ocupados de Occidente, como Francia, Bélgica. Alemania, Italia o Grecia, y por supuesto de la Unión Soviética ocupada y de los Balcanes. A los mismos llegaban directamente los trenes cargados de personas de toda Europa y más de la mitad de ellas, sobre todo ancianos, mujeres y niños, nada más bajar del tren, eran enviadas directamente a las cámaras de gas con la excusa de ser llevados a duchas para ser desinfectados; luego eran llevados a hornos crematorios donde eran consumidos por el fuego. El resto, sobre todo los varones jóvenes, eran destinados por un breve tiempo a tareas de construcción o de industria como mano de obra esclava, hasta que por su debilita-
miento progresivo debido a la escasa alimentación corrían la misma suerte que sus
familias. Todo se hizo utilizando métodos industriales, aprovechando el oro de los dientes,
el peto para cojines y zapatillas, y toda ropa, equipaje o efectos personales que pudiesen llevar encima las víctimas, para su reutilización en la industria bélica alemana. Todo respondía a un perfecto y sistemático plan trazado por las autoridades. Parte de los judíos internados en los campos eran destinados, antes de morir, a tareas de mantenimiento, experimentos mal llamados médicos o científicos que suponían una simple y brutal tortura, como los practicados por el doctor Josef Mengele.
Otros, los más fuertes o habilidosos, podían ser destinados por un tiempo a actividades como fabricación de armas o municiones, falsificación de moneda extranjera, mano de obra en canteras o industrias, aunque a estas tareas solían ser destinados los prisioneros eslavos o los políticos, ubicados en campos de concentración o de
trabajo que, aunque con un mayor plazo de supervivencia, también suponían un camino seguro hacia la muerte debido a la escasa alimentación y los malos tratos.
Hasta el último momento de la guerra La orden de exterminio sistemático fue un
paso más en la lógica asesina y no era sino la continuación de las actividades que mediante tiros en la nuca habían desarrollado los grupos especiales nazis durante
la segunda mitad de 1941, mientras avanzaban los alemanes en el frente ruso. Sin embargo, eran conscientes de la mala prensa que la medida podía tener en la opinión pública internacional, por lo que en todo momento se negó el exterminio. La negativa evolución de la guerra para los alemanes no les hizo alterar sus planteamientos y siguieron con sus prácticas genocidas hasta los días previos en que el Ejército Rojo liberase los campos, como si de su actividad dependiese el triunfo militar. Es más, desde las jerarquías de las SS
se llamaba a acelerar el número de ejecuciones reprobando y castigando cualquier
actitud que se considerase relajada respecto a la siniestra tarea. Sólo al oír los cañones soviéticos, las autoridades alemanas comenzaron a volar las cámaras de
gas y los hornos crematorios, aunque no pudieron borrar las pruebas. Los atroces
crímenes perpetrados acabaron saliendo a la luz pública en los juicios de Nuremberg.
El resultado es que de los cerca de diez millones de judíos que existían en Europa
antes del estallido de la guerra, sólo sobrevivieron menos de tres millones, muchos de ellos en unas penosas circunstancias. El conocimiento del Holocausto
fue decisivo para que las autoridades británicas, de acuerdo con Estados Unidos,
acabasen otorgando parte de Palestina como el nuevo estado de Israel, al que emigraron la mayoría de los sobrevivientes europeos judíos.






El gulag


Prisioneros alemanes en un gulag

Los crímenes de guerra no fueron exclusivos de los nazis, aunque su perversa naturaleza ideológica permitió unas mayores dimensiones, al incluir entre sus criterios de exterminio tanto los raciales, como los ideológicos o los presuntamente sanitarios. La Unión Soviética, como férrea dictadura que era, también asesinó a millones de personas acusadas de presuntas traiciones al ideario comunista y a la patria. Lo hizo desde el momento mismo de la consolidación del régimen, ya con Lenin y hasta su extinción a finales de la década de los ochenta en el siglo xx. aunque fue bajo el mandato de Stalin cuando la represión alcanzó su máxima cota. El miedo del dictador a verse desplazado del poder llevó a que fuesen los miembros de su propio partido y los dirigentes que habían participado directamente en la revolución, sus primeras
víctimas, con la ejecución y encarcelamiento de millones de militantes. En los
años treinta, de este modo, apareció el acrónimo de gulag (Gldvnoe upravlenie ispravitelno-trudovoilaguerey, dirección general de campos de trabajo), que gestionaba los cientos de campos de concentración adonde
se enviaba a todo disidente condenado a trabajos forzados que suponían, en muchos casos, la muerte segura. Casi simultáneamente, se sumaron a ellos cientos de miles de campesinos, como precio a las medidas radicales que Stalin impuso en el campo y que causaron muchas muertes por hambre.





La represión estalinista a partir de 1941


En este contexto de dura represión que ya se daba en los años treinta, se produjo la invasión alemana. La atroz guerra que se desencadenaría, daría más excusas a Stalin para incrementar el número de crímenes.
Se calcula que a comienzos de la guerra un millón y medio de cautivos permanecían en los gulags. La invasión nazi provocó que la mayor parte de ellos fuesen excarcelados para participar en la defensa. Sin embargo, a medida que la guerra evolucionaba favorablemente para la Unión Soviética, Stalin
fue incrementando la represión, en forma de simples ejecuciones, deportaciones o internamiento en los campos de concentración. Los militares que se retiraban ante el enemigo sin órdenes al respecto, eran ejecutados en el acto acusados de desertores; lo mismo podía suceder si se demostraba
que habían sido negligentes en la batalla, o que su empeño en la defensa de las posiciones no había sido el adecuado. Buen ejemplo de esta represión fueron las unidades de la NKVD {Narodni Komisahat Vnutrenie del. comisariado del pueblo para asuntos internos, la policía secreta soviética) que estaban operativas en retaguardia, como en Stalingrado, dispuestas a fusilar en el acto a todos aquellos que emprendiesen la retirada. Por supuesto, a todos aquellos que habían desertado o se habían pasado al enemigo, no sólo los esperaba la muerte en caso de caer capturados, sino también la de su familia.






Durante y después de la guerra

Cuando a partir de 1942 la situación militar se fue invirtiendo y se pasó a la reconquista del terreno, la represión se amplió hacia las poblaciones acusadas de colaborar con la invasión nazi. Centenares de
miles de musulmanes del Cáucaso, ucranianos, lituanos, letones y estonios, tártaros de Crimea y otras minorías fueron deportados en masa hacia Siberia. Mientras que sus dirigentes eran ejecutados o ingresados en los campos del gulag. Como represalia a los asesinatos en masa cometidos por orden de los nazis, cuan-
do los soldados alemanes cayeron en manos del Ejército Rojo, el trato que recibieron
fue muy duro: su mortalidad en los campos se aproximó a la mitad y muchos no regresaron a Alemania hasta la muerte de Stalin, casi diez años después de haber acabado la guerra. Ellos también pasaron a ser
parte de la población de los gulags. Lo mismo aconteció con cientos de miles de soldados japoneses capturados en Manchuria. cuando las tropas soviéticas invadieron el Extremo Oriente ocupado por Japón, poco antes esa población de reclusos cabe sumar todos aquellos ciudadanos de los países que no aceptaban la imposición de regímenes comunistas y que pretendían, tras la derrota nazi, la instauración de sistemas democráticos dé corte occidental. El resultado es que en el período posteriormente inmediato a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, los gulags soviéticos, en todas sus variedades, y acogiendo a toda una suerte diferente de presos en función de diversos presuntos delitos y de diversas nacionalidades, sumaban una población reclusa de unos tres millones, que cinco años después se vio reducida a un millón ochocientos mil, fruto de las crecientes excarcelaciones de prisioneros de guerra. Sin embargo, y aunque cada vez en menor
número, la figura del gulag, aunque con otros nombres y en los últimos años de vida de la Unión Soviética camuflados como hospitales psiquiátricos, siguió perviviendo hasta el fin del comunismo en el país.








Las matanzas niponas



Los crímenes de guerra japoneses alcanzaron la misma envergadura que los perpetrados por los nazis. Sus tesis expansionistas estaban ligadas a una concepción sumamente racista; de ello se derivaba la ausencia de cualquier condena moral hacia los crímenes, experimentos y maltrato sistemático que ejercieron sobre las víctimas. Así como en la Alemania nazi actuaban la Gestapo y las SS, en Japón existían cuerpos policiales y militares destacados por su fanatismo, conocidos en general como el Kempei Tai.
Además del racismo, una circunstancia ideológica endureció más la situación de los vencidos. Según la tradición militarista japonesa era siempre preferible la muerte a ser capturado, puesto que era un deshonor y un acto de cobardía. Cualquier súbdito, al caer prisionero, perdía toda consideración como persona y podía ser maltratado y ejecutado. Por ello no es extraño que los prisioneros de guerra fuesen maltratados con toda suerte de torturas y brutales palizas. El índice de mortalidad de los prisioneros aliados
en los campos japoneses alcanzó casi el 30 %. Son famosas y están documentadas decapitaciones, masacres en hospitales, en ciudades, en campos de concentración e, incluso, actos de canibalismo. Mucho peor les fue a los prisioneros de guerra chinos: apenas cien militares fueron liberados con vida de los campos de
concentración. El exterminio fue casi total en su caso.

El mismo trato cruel se aplicaba a la población civil. Se calcula en unos cuatro millones los chinos muertos en el curso de las conquistas o como fruto directo de las operaciones militares, cifra que se eleva a diez o doce si se suman los muertos por hambrunas, epidemias y desplazamientos forzados de la población. Hay autores que
elevan a veintitrés millones los muertos chinos, a los que habría que sumar seis más de otras naciones asiáticas y los occidentales víctimas de maltratos en los campos de concentración: en total unos treinta millones de muertos.

Sin embargo, estas atrocidades no fueron tan conocidas y juzgadas como las cometidas por los nazis. Dos factores contribuyeron a ello. El primero fue que Japón no fue ocupado militarmente por Estados Unidos hasta su rendición, lo que permitió que gran parte de los criminales de guerra pasasen discretamente a un segundo plano. El segundo fue que la guerra acabó en el Pacífico tres meses después de haberlo hecho en Europa, período que fue decisivo para comprender la magnitud de la guerra fría que comenzaba a desencadenarse entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ello provocó que la primera preocupación norteamericana fuese estabilizar Japón de la mano del mismo emperador, para convertirlo en un firme y aliado bastión anticomunista. De este modo había que dar la espalda a todas las voces que exigían justicia.
Es cierto que tuvieron lugar los juicios de Tokio, como hubo los de Núremberg, con casi seis mil acusados de crímenes de guerra. Menos de mil acabaron ejecutados y el resto salieron al poco tiempo de prisión. Significativamente, ningún miembro de la familia imperial se vio afectado, lo que demostró la gran tarea de encubrimiento que se consumó. Ello ha supuesto, por ejemplo, que hoy en día la sociedad japonesa ni la mayor parte de sus dirigentes tengan el sentimiento de culpabilidad que sí tienen, en cambio, los alemanes por su pasado tan tortuoso. Conclusión; la mejor lección que como seres humanos podemos extraer de la historia, y con ella de la Segunda Guerra Mundial, es la de conmover nuestras conciencias y tratar por todos los medios de que jamás se vuelvan a producir los hechos referidos y, de esta manera, aprender y mejorar. Pero
también pueden inferirse otras lecciones, como la enorme capacidad manipuladora del militarismo y de sus componentes litúrgicos como las banderas, himnos y uniformes; de ideologías que asesinan a " los otros" o a cualquiera que pretenda no sumarse a la anónima masa sumisa; del siempre acechante fanatismo, la irracionalidad en definitiva, que siempre pugna por asomar en la política y en las relaciones humanas.


Cierto es que también nos ha dejado lecciones contrarias, páginas dé heroísmo y de lucha inquebrantable contra la crueldad y las injusticias, de abnegada solidaridad con las víctimas, en definitiva, el testimonio de la naturaleza humana, del ser humano capaz, al mismo tiempo, de lo más abyecto y lo más abnegado. La Segunda Guerra Mundial cobra importancia no en función de lo que fue, sino de las lecciones que como humanidad seamos capaces de extraer de ella. La historia trascurrida desde su conclusión nos
da argumentos tanto para ser optimistas como pesimistas. Entre los primeros está el gran paso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, del fortalecimiento mundial de los movimientos pacifistas y de defensa de una mayor justicia social y de los valores democráticos. Entre los segundos, la persistente existencia de las dictaduras y de los regímenes que actúan contra esos valores democráticos, el incremento progresivo de los presupuestos militares, la pervivencia y extensión de movimientos
terroristas, la miseria material y humana en grandes partes del mundo, los permanentes focos de guerra y tensión en diversas partes del globo. La balanza sigue equilibrada y el mundo puede seguir sumido en la crueldad y la injusticia, o avanzar lentamente hacia algo mejor. Depende de toda la humanidad, de todos nosotros, qué platillo ha de prevalecer.
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