Los soldados de plomo eran el juguete preferido por la mayor parte de los niños de la era anterior al plástico. Aunque no alcanzaban las cuotas de precios actuales, que los convierten en piezas de coleccionista, no dejaban de resultar algo caros.
Por cinco céntimos se podían conseguir cuatro soldados, si bien la aleación no era demasiado buena y además estaban pintados descuidadamente. Por ese mismo precio se podía comprar un pliego con doce, quince y hasta veinticinco soldados de papel.
El origen de estas láminas impresas o "pliegos de soldados" como comúnmente se les llamaba, fuese cual fuese su tamaño, hay que buscarlo en Francia a finales del siglo XVIII. En la ciudad de Epinal existía, desde muchos años antes, al igual que en otras ciudades de Francia y del resto de Europa, una importante artesanía de "estamperos" y grabadores sobre planchas de madera.
Estos artesanos plasmaban, sin excesiva calidad dado el nivel medio de su clientela, representaciones de santos, reyes, personajes de cuentos e incluso escenas más o menos sofisticadas de la vida real, alegorías, ... Estos grabados aderezados de jaculatorias, refranes, rótulos y demás literatura sencilla, sustituían en las viviendas humildes a los cuadros y retablos de los pintores de época, que sólo lo más adinerados podían pagar.
Al ocurrir la gran convulsión social derivada de la revolución francesa, era propietario de un taller de grabado en Epinal un artesano llamado Pellerín, quien por un momento vio en peligro no sólo su negocio, sino su propia seguridad personal, pues las estampas de reyes y santos no eran mercancía que pudiese asegurar nada bueno en aquel trance.
Pellerín era un hombre de visión clara y conocedor del pueblo, así que de la noche a la mañana desaparecieron los grabados comprometedores y en su lugar hicieron acto de presencia con gran rapidez las figuras propias de la revolución: la carmagnola, el sansculotte, el soldado con escarapela tricolor, los nuevos abanderados y los "retratos" en actitudes heroicas o elocuentes de los personajes que estaban en la boca del pueblo. Poco importaba que el parecido físico con el modelo real fuese nulo. Los rótulos y leyendas inflamados de ardor revolucionario ilustraban sobradamente a quien fuese capaz de leerlos.
Alguien, para aprovechar trozos de papel, escaso en el momento, que por su tamaño era demasiado grande para una figura y demasiado pequeño para dividirlo, tuvo la ocurrencia de aplicar varias veces la misma plancha sin desperdiciar espacio y de ahí surgió la idea de que recortando estas figuras y dejándoles una base, que convenientemente doblada las mantuviese en pie, se podría proporcionar a los niños unos juguetes baratos con los que pudieran imitar a sus mayores en las grandes batallas en defensa de las nuevas ideas.
Tuvo éxito el invento y la producción de tropas de papel fue creciendo a gran ritmo. Se pasó a reproducir toda clase de soldados franceses y consecuentemente hubo que hacer también al enemigo, imprimiéndose rusos, prusianos, austríacos, etc. En la época napoleónica se llegaron a reproducir ingentes cantidades de pliegos, que mejoraron ostensiblemente los modelos anteriores pues eran más rigurosos y artísticos.
Muchas otras empresas siguieron en toda Europa el ejemplo de Pellerín y a los largo del siglo XIX y parte del XX se siguieron imprimiendo pliegos y pliegos de soldados de los que la mayoría desaparecieron en las grandes batallas que libraron sus propietarios. Otros simplemente desaparecieron por el propio paso del tiempo. Algunos lograron sobrevivir y han llegado hasta nuestros días formando parte de colecciones en las que son piezas apreciadísimas.
El ejemplo francés pronto paso a Cataluña, donde a finales del siglo XVIII aparecen, elaborados por la estampería Simó de Barcelona, los primeros soldados españoles de papel, unos artilleros con su cañón. Inmediatamente aparecieron una gran diversidad de tropas de infantería, caballería, así como escenas de campamentos y acciones de armas que rápidamente se hicieron muy populares entre la chavalería española.
Reseñemos como datos que en el Archivo Histórico Municipal de Barcelona pueden contemplarse unas 35 láminas y pliegos recortables fechados entre 1790 y 1875.
La guerra del Rosellón y la de la Independencia, dieron tema más que suficiente para que proliferaran las hojas de recortables. Además de la casa Simó, fueron punteros en el arte del recortable en esta época Adabal, Juan Llorens, que ofrecía láminas de depurado estilo, Martí,... Todos ellos proporcionaban a los niños no sólo tropas, sino también barcos, procesiones, nacimientos, ferrocarriles,...
Durante la segunda mitad del siglo XIX con la llegada de modernos métodos de litografía e imprenta, toma gran auge la estampería barcelonesa de Paluzie, que, sin duda, fue la primera casa española en recortables hasta los años 30 del siglo actual. Durante sus 50 años de existencia Paluzie produjo soldados, equipos de fútbol, personajes de teatro, corridas de toros y hasta un combate de boxeo de Paulino Uzcudun.
Durante la Guerra Civil siguieron imprimiéndose pliegos de recortables que reflejaban a combatientes de uno u otro bando según la zona en la que estuviese la imprenta en cuestión. Así Seix Barral, Roma, Toray, Bruguera, Ameller y El niño en Barcelona, imprimían a los soldados del Ejército Popular, mientras que Uriarte y el Toro en Zaragoza, Receils, el Faro y Marfranch en Galicia y Anel del Granada, retrataban a los soldados del Ejército Nacional. En Madrid destacaban en aquel tiempo Paellas, Hernando y la Tijera.
En los austeros años de la postguerra siguieron editándose láminas que hicieron las delicias de los niños de la época. Además de algunos de los ya citados, destacan en ese momento por su buen hacer: Gráficas Reunidas, Margino y Heraclio Fournier (el de las barajas).
Modernamente destacaremos la producción del sacerdote bilbaíno Carlos García Iturri, que nos dejó una serie, con todo lujo de detalles, del Ejército del 1910; las carpetas dedicadas al desfile de la Victoria dibujadas por José María Bueno y editadas por la desaparecida Barreira Militaria; los carlistas de la gerundense Pla y Dalmau; y sobre todos, los excelentes dibujos del gran artista Delfín Salas a quien tuve la suerte de conocer hace muchos años en la Academia de Infantería de Toledo.
Artilleria Rodada
Escolta Real
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