Encontré esta imagen que publicó Quino en su libro "Bien gracias, ¿y ustéd?" de 1976,
y me hizo acordar al cuento corto "Dos plateas", publicado en "El Bar del Infierno",
el último libro de Dolina...
Las dos me parecen ideas geniales y se complementan muy bien, así que las pongo
a continuación para que las disfruten y saquen sus conclusiones.
El texto de Dolina es genial, no sean haraganes y léanlo que seguro no se arrepienten...
DOS PLATEAS
Durante su exilio en Bruselas, el director teatral Enrique Argentio
consiguió instalarse en un viejo salón que tenía dos entradas opuestas que
daban a calles diferentes. Gracias a vaya a saber qué influencias, logró que
unos empresarios convirtieran el salón en dos teatros. El Terencio, sobre el
Boulevard Anspach, y el Plauto Palace, sobre la Rue Neuve.
Hay que decir que ninguno de los dos tenía escenario. Las butacas ocupaban
casi toda la superficie disponible. Las del Plauto Palace miraban al canal.
Las del Terencio, en dirección contraria, apuntaban al viejo Té"thre
Flamand. Un lujoso telón separaba ambas plateas.
Argenti concibió para estas dos salas una experiencia innovadora o, mejor
dicho, dos: "Arde Bruselas" en el Plauto Palace y "Las perplejidades de Don
Juan" en el Terencio. Las funciones empezaban a la misma hora. Al levantarse
el telón, los espectadores del Terencio veían ante sí a los del Plauto y los
tomaban por actores. El fenómeno inverso se verificaba en la otra sala. Así
permanecían, esperando cada grupo que el otro diera comienzo a la acción. En
algún momento, un espectador impaciente se ponía de pie e insultaba a los
del otro teatro, que era para él el escenario. Estos, por su parte, creían
que este insulto era un parlamento actoral.
Cada función era diferente. Algunas consistían sólo en un largo silencio
expectante. Otras incluían incendio de butacas, agresión a los acomodadores
y desmayo de viejas.
Cuando le parecía oportuno, el director bajaba el telón y concluían los
espectáculos. Algunas veces casi nunca, en realidad había aplausos de un
lado y del otro. Más inquietantes eran las noches donde un sector aplaudía y
el otro abucheaba. Argenti nunca pagó el alquiler. Los propietarios le
ganaron un juicio de desalojo y lo sacaron a patadas en plena función, ante
la ovación de las dos plateas.
y me hizo acordar al cuento corto "Dos plateas", publicado en "El Bar del Infierno",
el último libro de Dolina...
Las dos me parecen ideas geniales y se complementan muy bien, así que las pongo
a continuación para que las disfruten y saquen sus conclusiones.
El texto de Dolina es genial, no sean haraganes y léanlo que seguro no se arrepienten...
DOS PLATEAS
Durante su exilio en Bruselas, el director teatral Enrique Argentio
consiguió instalarse en un viejo salón que tenía dos entradas opuestas que
daban a calles diferentes. Gracias a vaya a saber qué influencias, logró que
unos empresarios convirtieran el salón en dos teatros. El Terencio, sobre el
Boulevard Anspach, y el Plauto Palace, sobre la Rue Neuve.
Hay que decir que ninguno de los dos tenía escenario. Las butacas ocupaban
casi toda la superficie disponible. Las del Plauto Palace miraban al canal.
Las del Terencio, en dirección contraria, apuntaban al viejo Té"thre
Flamand. Un lujoso telón separaba ambas plateas.
Argenti concibió para estas dos salas una experiencia innovadora o, mejor
dicho, dos: "Arde Bruselas" en el Plauto Palace y "Las perplejidades de Don
Juan" en el Terencio. Las funciones empezaban a la misma hora. Al levantarse
el telón, los espectadores del Terencio veían ante sí a los del Plauto y los
tomaban por actores. El fenómeno inverso se verificaba en la otra sala. Así
permanecían, esperando cada grupo que el otro diera comienzo a la acción. En
algún momento, un espectador impaciente se ponía de pie e insultaba a los
del otro teatro, que era para él el escenario. Estos, por su parte, creían
que este insulto era un parlamento actoral.
Cada función era diferente. Algunas consistían sólo en un largo silencio
expectante. Otras incluían incendio de butacas, agresión a los acomodadores
y desmayo de viejas.
Cuando le parecía oportuno, el director bajaba el telón y concluían los
espectáculos. Algunas veces casi nunca, en realidad había aplausos de un
lado y del otro. Más inquietantes eran las noches donde un sector aplaudía y
el otro abucheaba. Argenti nunca pagó el alquiler. Los propietarios le
ganaron un juicio de desalojo y lo sacaron a patadas en plena función, ante
la ovación de las dos plateas.