Hitler, el ascenso de sus ambiciones (Parte II)
Hernández, J. Breve Historia de la Segunda Guerra Mundial. Madrid. Nowtilus S.L. 2009
Pero ¿Qué ominoso camino había recorrido Europa hasta llegar a ese punto de no retorno? ¿Cómo era posible que la generación que había padecido en primera línea la tragedia de la Primera Guerra Mundial volviera a repetir los mismos errores que cometieron los que condujeron a sus naciones a aquella catástrofe?
Hay que tener presente que la mayoría de los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial -Hitler, Goering, Rommel, Churchill, De Gaulle, Patton o Truman, entre muchos otros- había combatido en las trincheras durante la contienda de 1914-1918 y conocían perfectamente el desastre al que se enfrentaba el continente europeo en caso de que estallase otra conflagración.
Pero, aún así, las principales potencias acabaron enfrentadas en una lucha encarnizada que dejaría atrás algunos de los límites que existieron en el anterior conflicto, como el ataque indiscriminado a las poblaciones civiles, quedando rebasado ampliamente durante la Segunda Guerra Mundial.
En cierto modo, el conflicto que comenzó aquella madrugada de septiembre en la frontera polaca no era más que la continuación de la guerra que había terminado dos décadas antes con la derrota de Alemania.
El 10 de noviembre de 1918, un soldado germano se recuperaba en un hospital de la ceguera temporal que le había provocado un ataque con gases sufrido un mes antes. Pese a que su país se estaba desangrando por el esfuerzo de una guerra que duraba ya cuatro interminables años, por la imaginación de aquel soldado no pasaba ni por asomo la idea de una derrota. Había permanecido en el frente durante casi todo el tiempo que había durado la guerra, por lo que desconocía las penurias por las que atravesaba la población de su país. En su mente alejada de la realidad.
Alemania estaba a punto de lanzar su ofensiva definitiva, el gran avance que llevaría a las armas germanas triunfantes hasta París. Por eso su sorpresa, primero, y luego su rabia y su desesperación, fueron mayúsculas cuando el 10 de noviembre de 1918 un anciano se dirigió hacia él y al resto de heridos que se recuperaban en el hospital de Passewalk para comunicarles que el Kaiser había abdicado y que la guerra acabaría a las once de la mañana del día siguiente; ¡Alemania había perdido la guerra!
Todo lo que cimentaba la vida y el pensamiento de aquel soldado se había venido abajo en un instante. Todos los sacrificios y penalidades padecidos por él y sus compañeros no habían servido para nada. Los dos millones de soldados alemanes muertos habían caído inútilmente.
En ese preciso instante comenzaba la cuenta atrás para un nuevo y aún más sangriento conflicto. Aquel excéntrico cabo, que respondía al entonces anónimo nombre de Adolf Hitler, se juró a sí mismo vengar aquella humillación. Pero había que buscar un culpable de la derrota; Hitler lo encontró en los judíos, que –en su enfermiza mente- se habían enriquecido con la guerra y finalmente habían perpetrado, junto a los comunistas, la denominada “puñalada por la espalda” que había llevado a su país a esa capitulación vergonzosa.
Allí, en aquel hospital, se estaba incubando la catástrofe que asolaría a Europa dos décadas más tarde. El gran enigma es saber cómo fue posible que las obsesiones y las fantasías de un fanático pasasen a convertirse en las directrices de la política de un país del peso económico e intelectual de Alemania.
Para encontrar una explicación a ese rapto de la voluntad de la nación germana hay que remitirse al Tratado de Versalles, firmado en 1919, por el que las potencias vencedoras sometían a Alemania a una serie de condiciones que la mayoría de la población germana consideró intolerables. El hecho de que algunas regiones alemanas pasasen a control militar de los vencedores o la obligación de hacer frente al pago de unas ingentes sumas de dinero en concepto de reparaciones de guerra no fue tan doloroso como el que Alemania debiera reconocer en exclusiva culpabilidad en el estallido de la guerra.
Eso fue considerado como una afrenta insoportable que algún día debiera ser vengada. Uno de los artífices del Tratado de Versalles, el primer ministro inglés Lloyd George, era plenamente consciente de que aquel documento no garantizaría en el futuro la paz en Europa.
El premier británico confesó que el Tratado provocaría otra guerra a los 20 años de su firma y, por desgracia, no se equivocó en absoluto. Por su parte, Robert Lansing, secretario de Estado norteamericano, no compartía el optimismo de su presidente, Wilson y aseguró que “la próxima guerra surgirá del Tratado de Versalles, del mismo modo que la noche surge del día”.
Pese al peligro evidente de que Europa volviera a verse abocada a un conflicto armado aún más sangriento en el plazo de una generación, las potencias occidentales, pero en especial Francia, no supieron estar a la altura de lo que la responsabilidad histórica requería. La solicitud de la república de Weimar –el nuevo Estado democrático alemán- de pasar para siempre la página del conflicto y admitir a Alemania como un miembro más en el concierto de las naciones se encontró siempre con la incomprensión y la desconfianza del gobierno de París de turno.
La obligación al pago de las reparaciones de guerra impidió a Alemania consolidar su economía. Paros, disturbios, inestabilidad política, fueron el caldo de cultivo en el que la desengañada población germana giró su vista hacia los que le proponían soluciones radicales para poner así fin a ese estado de postración permanente.
Las consecuencias de esa miopía política de las potencias vencedoras se verían más tarde. Después de un esperpéntico intento de hacerse con el poder por la fuerza en 1923, mediante un fallido golpe de Estado surgido en una cervecería de Munich, Hitler se aupó al poder, forzando al límite las reglas de la democracia, diez años más tarde. Gracias a un innovador y efectivo uso de la propaganda, sumado al clima de coacción creado por sus seguidores más fanáticos, que no dudaban en recurrir a la intimidación y la agresión física, obtuvo unos resultados electorales que le permitieron exigir la cancillería al anciano presidente Hindenburg.
En cuanto fue nombrado canciller, el 30 de enero de 1933, Hitler puso en marcha su plan para crear un Estado totalitario. De nada sirvieron las advertencias del general Erich Ludendorff, que conocía muy bien a Hitler. En una carta dirigida a Hindenburg, el veterano militar le hacía responsable de lo que sucediese en el futuro a Alemania, asegurando que “Hitler, ese nombre nefasto, conduciría a nuestro país al abismo y a nuestra nación a un desastre inimaginable”. Nuevamente, nadie hizo nada para evitar la catástrofe que se adivinaba en el horizonte. Un incendio intencionado –aunque probablemente causado por los propios nazis- del Reichtag fue utilizado como oportuna excusa para ilegalizar al Partido Comunista y arrebatarle sus escaños.
Además, se inauguró el campo de concentración de Dacha para internar a todos los que se mostrasen críticos con el nuevo régimen de terror que se había impuesto en Alemania.
Si Francia y Gran Bretaña eran en último término responsables por inacción del ascenso de Hitler –ya convertido en Führer-, el pueblo germano también lo era en no menor medida; la mayoría de los alemanes asistió con indiferencia a la persecución a la que de inmediato fueron sometidos todos los ciudadanos de origen judío; médicos, profesores o funcionarios que hasta ese momento habían ejercido su profesión con normalidad, se encontraban de repente con la imposibilidad de seguir trabajando. Lo mismo les ocurría a os comerciantes hebreos, obligados a cerrar sus tiendas, ante la mirada esquiva del resto de los alemanes, que no reaccionaron ante los abusos del régimen nazi, pensando que la locura a la que asistían no les acabaría afectando a ellos. Estaban muy equivocados.
Las intenciones de Hitler quedaron claras ya en octubre de 1933, cuando Alemania se retiró de la Sociedad de las Naciones. Su primer desafío a la comunidad internacional fue instaurar el servicio militar obligatorio en marzo de 1935, violando el Tratado de Versalles, y admitiendo la existencia de la Luftwaffe. Ese mismo año se dictaron los decretos antisemitas de Nuremberg, por los que prácticamente se decretaba la muerte civil de los judíos, como primer paso hacia su eliminación física. Tras recuperar la región de Sarre mediante un plebiscito, Hitler convocó también un referéndum. Logrando un 99 por ciento de los votos. Pese a todos los indicios, ni Gran Bretaña ni Francia consideraban aún al Tercer Reich como una amenaza para la paz. Hitler inició un rearme generalizado, saltándose las limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles, sin que las potencias occidentales intervinieran. Incluso, los británicos alcanzaron un acuerdo con la Alemania nazi por el que se le permitía iniciar la construcción de una flota de guerra, pero siempre y cuando se mantuviese el predominio de la Royal Navy.