Los elefantes del Africa, inteligencia y razonamiento
Si hubiera algún lugar en el mundo en el que todavía vivieran mastodontes, supongo que alguien haría el diseño de una nueva escopeta y los hombres, con su eterna desvergüenza, cazarían mastodontes como ahora cazan elefantes. Desvergüenza parece ser la palabra indicada. Al menos DAvid y Goliat eran de la misma especie, pero para un elefante lo único que puede ser un hombre es una mosca enana con una aguijón mortal.
Es absurdo que un hombre mate un elefante. No es brutal, no es heroico y, verdaderamente, no es fácil; sólo es una de esas ridiculeces que hacen los hombres como construir un dique en un gran río, el cual podía engullir a toda la humanidad con una décima parte de su volumen sin que la vida familiar de un solo siluro se viese perturbada.
El elefante, con independencia de que su tamaño y configuración se acomoden mejor, desde el punto de vista estético, a esta tierra que nuestra formación angular, posee una inteligencia media similar a la nuestra. Por supuesto no son tan ágiles ni tan adaptables físicamente como nosotros; la Naturaleza desarrolló sus cuerpos en una dirección y sus cerebros en otra mientras que, por otra parte, en la lotería del señor Darwin los seres humanos sacaron el número ganador y la serie para complementarlo. Esta, supongo, es la razón por la que somos tan maravillosos y podemos hacer películas, maquinitas eléctrica y aparatos sin hilos... y escopetas con las cuales poder practicar el tiro al elefante, a la liebre, al plato y al prójimo.
El elefante es un animal racional. Piensa. Blix y yo (también animales racionales por derecho propio) no hemos estado nunca de acuerdo con respecto a los atributos mentales del elefante. Sé que no se puede dudar de Blix porque ha aprendido e incluso oído más sobre elefantes que cualquier otro hombre conocido por mí, pero se muestra un tanto suspicaz en cuanto a leyendas se refiere, y yo no.
Hay una leyenda que dice que el elefante prepara su muerte en cementerios secretos y que jamás se ha descubierto ninguno de ellos. El único hecho para apoyar esta teoría es que raras veces se ha encontrado el cuerpo de un elefante, a no ser que cayese en una trampa o le hubiesen disparado y abandonado. ¿Qué pasa con los viejos y los enfermos?
Desde hace años, no sólo los nativos sino muchos colonos apoyan la leyenda (si es leyenda) de que el elefante transportará a sus heridos y enfermos a lo largo de cientos de millas, si es necesario, para protegerlos de las manos de sus enemigos. Y se dice también que el elefante nunca olvida.
Quixá sólo sean historias nacidas de la imaginación. Hubo un tiempo en que el marfil era tan apreciado como el oro y donde quiera que haya un tesoro el hombre lo mezcla con el misterio. Pero sin embargo, no hay misterio en las cosas que ves con tus propios ojos.
Según creo, soy la primera persona que ha ojeado elefantes con un avión, por tanto se puede deducir que la molestia más inquietante que jamás había pasado por encima de las cabezas de los miles de elefantes vistos por mí una y otra vez desde el aire habían sido los pájaros.
La primera reacción de una manada de elefantes ante la Avian era siempre igual: abandonaban el ligar en donde comían y buscaban refugio, aunque con frecuencia, antes de rendirse, uno o dos de los machos se preparaban para la batalla y embestían en dirección a la avioneta, si la altura a la que volaba era lo suficientemente baja como para quedar dentro de su campo de visión. Cuando se percataban de la inutilidad de su actuación, toda la manada se metía en los más profundo de la breña.
Al siguiente día, al pasar de nuevo por la misma manada siempre descubría que se habían devanado los sesos durante la noche. A base de su reacción ante mi segunda intrusión consiedraba que su forma de discurrir había sido algo así; a) La cosa que voló sobre nosotros no era un pájaro, pues a ningún pájaro le costaría tanto permanecer en el aire y, de cualquier manera, nosotros conocemos todos los pájaros. b)Si no era un pájaro, posiblemente sólo era otro truco de esos enanos bípedos contra quienes deberíamos dictar nuestras leyes. c) Los enanos bípedos (tanto negros como blancos), hasa donde alcanza nuestra buena memoria, han matado a nuestros machos por sus colmillos. Lo sabemos porque, al menos en el caso de los enanos blancos, lo único que se llevan son los colmillos.
La forma de actuación del elefante según este razonamiento era siempre sensata y práctica. Cuando veían la Avian por segunda vez, se negaban a esconderse; por el contrario, las hembras, cuyos colmillos son pequeños y carecen de valor, se limitaban a rodear a sus machos cargados de tesoros, de tal manera que el marfil no podía verse desde el aire ni desde ningún otro lugar.
Un ojeador de elefantes puede volverse loco con esta estrategia. Yo me he pasado casi una hora sobrevolando en círculos, entrecruzando y bajando en picado sobre una de las zonas más inhóspitas de África, esforzándome por romper ese terco amontonamiento, unas veces cón éxito, otras veces sin él.
Pero las tácticas varían. Más de una vez he encontrado un elefante grande y solitario con una despreocupación tentadora por su seguridad y su mole maciza muy a la vista, pero con la cabeza enterrada en un matorral. El elefante, por su parte, no hacía ningún esfuerzo por disimular la costumbre disparatada que se atribuye a la avestruz. Por el contrario era una trampa ideada con inteligencia en la que caí, salvo en el sentido físico, por lo menos una docena de veces. El animal siempre resultaba ser una hembra grande, en vez de un macho y, siempre que llegaba a esa conclusión brillante pero tardía, el resto de la manada ya se había alejado varias millas y el señuelo, mirándome de reojo con una mirada triunfal, deambulaba sin prisa por el campo, agitaba la trompa con una indiferencia arroladora y desaparecía.
Es evidente que esta clase de inteligencia en un animal inferior puede dar lugar a exageraciones, algunas de ellas con la perseverancia suficiente como para que cristalicen en leyendas. Pero no se puede poner en duda la verdad por el simple hecho de que de ella haya nacido la leyenda. Los logros, casi divinos en ocasiones de nuestras propias especies en épocas pasadas, caminan tambaleándose a través de la historia apoyados la mayoría de las veces en las muletas de la fábula y la credulidad humana.
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