PROMESAS DEMOCRATICAS
Perdon por lo extenso, pero creo que vale la pena que hagas el intento de leerlo.

Muy probablemente, uno de los peores fracasos de la democracia representativa moderna fue la promesa incumplida del ciudadano educado para la democracia, de la conformación del hombre democrático.
Norberto Bobbio, en su famoso libro “El Futuro de la Democracia”, denunció este problema como una de las presuntas debilidades que la democracia representativa exhibe luego de un determinado y prudencial tiempo de puesta en marcha, y que debería de enfrentar con mayor urgencia y decisión. Aquella ingenua ilusión de Stuart Mill, Tocqueville y Kant, entre tantos otros y también de nuestro José Pedro Varela, aparece expuesta al mundo cada vez con mayor claridad y sin claras propuestas que apuesten no ya a un cambio, sino simplemente a la realización de un debate que los orgullosos partidarios de la democracia se deben a si mismos.
Es hora de reconocerlo: tenemos una democracia sin ciudadanos; a la inmensa mayoría de los ciudadanos no les interesa en lo más mínimo la cuestión pública, y hasta se quejan porque cada tanto tiempo tienen simplemente que ir a votar, para designar quien habrá de preocuparse de lo que a ellos no les entusiasma.
Ni siquiera la más mínima expresión de vocación pública es aceptada con naturalidad, y lo que aparece nítidamente en su lugar es una apatía cada vez mas compartida y un vaciamiento del ágora pública que nos debería, por lo menos, llamar la atención.
Extrañamente, fuera de algunas inquietudes venidas exclusivamente desde el lado de la academia, a los actores políticos no parece preocuparles para nada que a la gente no le importe la política en absoluto, claro está, a menos que el gobierno de turno no responda económicamente a sus crecientes instintos de consumo de casi cualquier cosa que le sea presentada como apetecible, en cuyo caso protestaran sin cesar.
Es que la economía, hace ya mucho tiempo que le ha ganado la batalla a la política.
Y eso, créanme, que es preocupante.
La respuesta que nos ofrece Bobbio ante este compromiso es que en realidad no hay nada de que preocuparse.
No pasa nada. Lo que sucede es que la democracia ha cambiado, ahora la sociedad de masas y el enorme desarrollo del estado, hace imposible aquel viejo ideal democrático del autogobierno, y solo nos queda elegir a quienes se han de preocupar de problemas demasiado complejos, dignos solamente de los mejores expertos, de los técnicos.
No tenemos más remedio que optar por la democracia mínima, no hay salida.
Resulta que los ciudadanos pueden aprender cosas complejísimas en sus respectivos adiestramientos educativos, con miras a desarrollarse en su vida privada, pero cuando deben dedicarse a las cuestiones públicas sufren una especie de súbita estupidez que les impide comprender nada más o menos sofisticado que tenga que ver con el gobierno de todos. Y además, por cierto, no les interesa para nada.
Aquí pretendo, sin embargo, plantear otras alternativas. Si bien el diagnóstico es certero (los ciudadanos no quieren ni les interesa participar), no es cierto, ni que esto sea algo bueno en sí mismo, ni que no haya nada que los nostálgicos de la política antigua podamos hacer. Me niego a aceptar que no pueda cambiarse.
Nadie nace siendo un ciudadano democrático, esto está claro. Parece evidente que algo hay que hacer si es que queremos desarrollar un individuo que se comporte como tal; el problema consiste en qué es lo que hay que hacer Ante este problema se han generado algunos interesantes debates que han establecido diferentes posiciones frente a este problema.
Las posiciones frente a este problema parecen dividirse claramente en tres:
1. por un lado las que dicen que esto no constituye un problema, y que esta muy bien que el ciudadano permanezca pasivo y no participe, siendo más que suficiente el que pueda elegir cada algún tiempo a quienes han de gobernarle.
2. otra opción nos habla de la necesidad de que el ciudadano sea educado (en la educación formal) para ser un individuo que valore a la democracia como tal, al debate, y a todos los valores que trae la democracia consigo.
3. una tercera opción, que no esta reñida con la anterior, nos reclama que el ciudadano sea un sujeto activo y que solo en la propia actividad democrática, solamente en la vida cívica, o en la gremial, etc.. es que el individuo puede adquirir estos saludables e imprescindibles hábitos públicos.
Esta “voluntad de excelencia”, que siempre caracterizó a los componentes aristocráticos –entendiendo como tales a los mejores, según su sentido etimológico originario-, es una de los elementos a rescatar del valiosísimo legado del republicanismo clásico. Es que si no, ¿de donde vamos a sacar los individuos activos de la democracia deliberante? ¿Cómo se va a desarrollar el hombre democrático si no es a través del cultivo activo de su virtud cívica latente?.
Me parece que es una buena manera de subsanar la carencia de interés por la cosa pública, que evidentemente solo la educación formal no ha sido capaz de llenar. Promesas que se ha llevado el viento. Sin la voluntad de los ciudadanos, que son –o deberían ser- los protagonistas del juego democrático y solamente con la educación, no parece posible llenar ese enorme vacío cívico que aparece claramente visible en todas las experiencias democráticas actuales, con la excepción, claro está, de esos divertidos momentos de euforia política infantil que constituyen las post-modernas campañas electorales.
La educación formal moderna, en la que Sarmiento y Varela habían puesto tantas expectativas, parece haber fracasado, por lo menos, en su rol de formadora de ciudadanos,
¿Qué hacemos entonces?.
Se aceptan ideas.
Norberto Bobbio, en su famoso libro “El Futuro de la Democracia”, denunció este problema como una de las presuntas debilidades que la democracia representativa exhibe luego de un determinado y prudencial tiempo de puesta en marcha, y que debería de enfrentar con mayor urgencia y decisión. Aquella ingenua ilusión de Stuart Mill, Tocqueville y Kant, entre tantos otros y también de nuestro José Pedro Varela, aparece expuesta al mundo cada vez con mayor claridad y sin claras propuestas que apuesten no ya a un cambio, sino simplemente a la realización de un debate que los orgullosos partidarios de la democracia se deben a si mismos.
Es hora de reconocerlo: tenemos una democracia sin ciudadanos; a la inmensa mayoría de los ciudadanos no les interesa en lo más mínimo la cuestión pública, y hasta se quejan porque cada tanto tiempo tienen simplemente que ir a votar, para designar quien habrá de preocuparse de lo que a ellos no les entusiasma.
Ni siquiera la más mínima expresión de vocación pública es aceptada con naturalidad, y lo que aparece nítidamente en su lugar es una apatía cada vez mas compartida y un vaciamiento del ágora pública que nos debería, por lo menos, llamar la atención.
Extrañamente, fuera de algunas inquietudes venidas exclusivamente desde el lado de la academia, a los actores políticos no parece preocuparles para nada que a la gente no le importe la política en absoluto, claro está, a menos que el gobierno de turno no responda económicamente a sus crecientes instintos de consumo de casi cualquier cosa que le sea presentada como apetecible, en cuyo caso protestaran sin cesar.
Es que la economía, hace ya mucho tiempo que le ha ganado la batalla a la política.
Y eso, créanme, que es preocupante.
La respuesta que nos ofrece Bobbio ante este compromiso es que en realidad no hay nada de que preocuparse.
No pasa nada. Lo que sucede es que la democracia ha cambiado, ahora la sociedad de masas y el enorme desarrollo del estado, hace imposible aquel viejo ideal democrático del autogobierno, y solo nos queda elegir a quienes se han de preocupar de problemas demasiado complejos, dignos solamente de los mejores expertos, de los técnicos.
No tenemos más remedio que optar por la democracia mínima, no hay salida.
Resulta que los ciudadanos pueden aprender cosas complejísimas en sus respectivos adiestramientos educativos, con miras a desarrollarse en su vida privada, pero cuando deben dedicarse a las cuestiones públicas sufren una especie de súbita estupidez que les impide comprender nada más o menos sofisticado que tenga que ver con el gobierno de todos. Y además, por cierto, no les interesa para nada.
Aquí pretendo, sin embargo, plantear otras alternativas. Si bien el diagnóstico es certero (los ciudadanos no quieren ni les interesa participar), no es cierto, ni que esto sea algo bueno en sí mismo, ni que no haya nada que los nostálgicos de la política antigua podamos hacer. Me niego a aceptar que no pueda cambiarse.
Nadie nace siendo un ciudadano democrático, esto está claro. Parece evidente que algo hay que hacer si es que queremos desarrollar un individuo que se comporte como tal; el problema consiste en qué es lo que hay que hacer Ante este problema se han generado algunos interesantes debates que han establecido diferentes posiciones frente a este problema.
Las posiciones frente a este problema parecen dividirse claramente en tres:
1. por un lado las que dicen que esto no constituye un problema, y que esta muy bien que el ciudadano permanezca pasivo y no participe, siendo más que suficiente el que pueda elegir cada algún tiempo a quienes han de gobernarle.
2. otra opción nos habla de la necesidad de que el ciudadano sea educado (en la educación formal) para ser un individuo que valore a la democracia como tal, al debate, y a todos los valores que trae la democracia consigo.
3. una tercera opción, que no esta reñida con la anterior, nos reclama que el ciudadano sea un sujeto activo y que solo en la propia actividad democrática, solamente en la vida cívica, o en la gremial, etc.. es que el individuo puede adquirir estos saludables e imprescindibles hábitos públicos.
Esta “voluntad de excelencia”, que siempre caracterizó a los componentes aristocráticos –entendiendo como tales a los mejores, según su sentido etimológico originario-, es una de los elementos a rescatar del valiosísimo legado del republicanismo clásico. Es que si no, ¿de donde vamos a sacar los individuos activos de la democracia deliberante? ¿Cómo se va a desarrollar el hombre democrático si no es a través del cultivo activo de su virtud cívica latente?.
Me parece que es una buena manera de subsanar la carencia de interés por la cosa pública, que evidentemente solo la educación formal no ha sido capaz de llenar. Promesas que se ha llevado el viento. Sin la voluntad de los ciudadanos, que son –o deberían ser- los protagonistas del juego democrático y solamente con la educación, no parece posible llenar ese enorme vacío cívico que aparece claramente visible en todas las experiencias democráticas actuales, con la excepción, claro está, de esos divertidos momentos de euforia política infantil que constituyen las post-modernas campañas electorales.
La educación formal moderna, en la que Sarmiento y Varela habían puesto tantas expectativas, parece haber fracasado, por lo menos, en su rol de formadora de ciudadanos,
¿Qué hacemos entonces?.
Se aceptan ideas.
Pablo Ney Ferreira, Politologo