El gran impostor,la increible historia de Ferdinand Demara.
Ferdinand Demara fue el mayor embaucador del siglo XX. Con éxito, se hizo pasar por ingeniero civil, cirujano, alguacil, abogado, monje y científico. Como un camaleón, asumía identidades distintas sin levantar sospechas, hasta que fue descubierto en 1951. La fama adquirida fue la peor condena: tuvo que resignarse a ser él mismo por el resto de su vida
La noche, cernida oscura y tormentosa sobre la costa de Corea, prometía ser inolvidable. A bordo del destructor Cayuga, de la Marina Real canadiense, se sucedía un drama digno de la guerra que envolvía al noreste asiático ese tenso octubre de 1951. Un cirujano, el teniente Joseph Cyr, empleaba todas sus fuerzas en salvar la vida de una docena de soldados surcoreanos heridos; en particular, logró realizar con éxito una difícil operación de pulmón. Quienes estuvieron presentes esa noche agitada en el Cayuga hablaban de un "médico milagroso", ya que sólo podía ser obra de Dios que tantos pacientes se salvaran. La historia se coló en los periódicos, donde capturó la atención de un hombre que descartó de plano la intervención divina. Su nombre era Joseph Cyr y aún se encontraba en Canadá. Tenía que tratarse, sin duda, de un impostor; así que el doctor Cyr hizo la denuncia ante la policía.
El "médico" de marras resultó llamarse en realidad Ferdinand Waldo Demara, robusto hombre de 30 años nativo de Lawrence (Massachusetts, EE UU). Demara había huido cuando niño de su casa y se había refugiado en un monasterio en Rhode Island. La férrea disciplina monástica no calzó al muchacho, quien deambuló de convento en convento sin dar la talla. Luego, a finales de 1941, lleno de fervor patriótico por el ataque a Pearl Harbor, Demara se alistó en la Marina, donde desarrolló el método que habría de servirle en el futuro para asumir distintas personalidades. Escogió el nombre de Robert French, doctor en Psicología, de un catálogo universitario; luego falsificó la documentación necesaria para lucir creíble y finalmente escribió una nota suicida, que dejó junto a su uniforme en un muelle. Ferdinand Demara había muerto para el mundo entero. Al menos, así lo creía él.
¿Qué razón obligó a Demara a convertirse en un camaleón humano? ¿Genialidad, infelicidad o simple aburrimiento? La respuesta permanece en el misterio. En el Gannon College, en Erie (Pennsylvania), el "doctor French" impartió clases de psicología; había leído de la materia en sus viajes, así que sólo se limitaba "a mantenerme un paso delante de la clase. La mejor manera de aprender algo es enseñarlo", le diría luego a la revista Life, que le dedicó su portada luego del incidente a bordo del Cayuga. Demara incluso dictó charlas en la comunidad y escribió un popular panfleto: Cómo criar a su hijo. Eventualmente, el FBI lo detuvo en Olympia (Washington) por el cargo de desertor. Le dictaron una sentencia de seis años, los cuales, debido a su buena conducta en prisión, se redujeron a 18 meses. Durante su estadía en la cárcel militar, Demara editó el periódico de la base y observó el funcionamiento de la prisión. Esta experiencia le sería de mucha utilidad en el futuro.
Al salir libre, Demara se fue a Canadá, donde trabó amistad con el doctor Joseph Cyr, quien le pidió a su nuevo amigo si lo podía ayudar a obtener la licencia para practicar la medicina en Estados Unidos. Demara se valió de los documentos de Cyr para inscribirse con ellos en la oficina de reclutamiento de la Marina canadiense. Era la época de la guerra de Corea, así que el "doctor Cyr" fue asignado al destructor Cayuga. Su primer trabajo fue extraerle una muela al capitán de la nave (lo que realizó sin experiencia odontológica previa); luego operó a varios soldados e incluso le removió una bala localizada cerca del corazón a un herido (leyó acerca de esta clase de intervención en una revista médica). Al descubrirse la farsa, el ejército canadiense dio de baja a Demara y lo expulsó del país.
Pese al escándalo y la notoriedad de su caso, el gran impostor asumió una nueva identidad. Imaginó que correría menos riesgo dentro del sistema penal, así que consiguió trabajo como Ben Jones en el Departamento Correccional de Texas. En la prisión estatal de Huntsville, Demara fue un guardia amable y simpático que organizaba torneos deportivos. Pero al ver que un prisionero leía el artículo de Life con su rostro en la portada, Demara abandonó el trabajo. Poco después fue apresado nuevamente por tratar de cobrar un cheque dirigido a Ben Jones.
Durante los últimos 20 años de su vida, Demara desempeñó distintos oficios, al parecer bajo su propio nombre. Pero la notoriedad hizo mella en su vocación de camaleón. "Fue el hombre más triste e infeliz que he conocido", comentó un amigo suyo a The New York Times cuando Demara murió de un ataque cardíaco en 1982, a la edad de 60 años. Se ignora todavía qué lo condujo por esa vida de impostura. Robert Crichton escribió dos libros sobre este personaje -uno de ellos, El gran impostor, fue llevado al cine en 1961 con Tony Curtis como protagonista- y recogió por escrito la explicación del propio Demara: "La verdad es que siempre me impulsaba la picardía, una pura y exuberante picardía".
George Psalmanazar, el hombre que inventó una nación
A comienzos del siglo XVIII un misterioso extranjero cautivó a la alta sociedad londinense con sus fascinantes relatos de sacrificios humanos y canibalismo. Decíase llamar George Psalmanazar, nativo de la lejana isla de Formosa. La historia le reconoce como uno de los más grandes impostores de su época.
Aristócratas, clérigos y científicos competían entre si para llevarse a cenar al extraño joven, simplemente para escuchar sus historias. Formosa era un lugar exótico, y pocos podían ubicarlo en un mapa. Hoy en día lo conocemos como Taiwán, una isla en el mar de China.
Psalmanazar había acudido ante el obispo de Londres con una carta de presentación escrita por el Reverendo William Innes, que estaba destacado en un regimiento militar escocés con sede en Holanda. La carta explicaba la increíble historia de como los Jesuítas habían secuestrado al joven de su isla natal formosiana para llevárselo a Francia. A pesar de las amenazas de tortura, el joven se había resistido valientemente a la conversión al catolicismo y había logrado escapar a Holanda, donde conoció al capellán cuyo celo y dedicación logró convertirlo a la iglesia protestante.
La historia era pura fantasía, inventada por Psalmanazar y elaborada con la ayuda del travieso capellán. Pero el obispo – y cada uno de sus ayudantes – se tragaron cada palabra. Casi de la noche a la mañana, Psalmanazar se hizo una celebridad.
El visitante era indudablemente un hombre de talento. Podía conversar con el obispo en latín, y también hablaba en otros varios idiomas. Como regalo, le entregó al obispo el Catecismo de la Iglesia Anglicana traducida al “formosiano”.
Los patrones de Psalmanazar se morían de curiosidad por escuchar las descripciones sobre costumbres religiosas en Formosa. El imaginativo joven les contó que durante un festival religioso de 9 días de duración, se sacrificaba a 2.000 jóvenes al día sacándoles el corazón y quemándolos en un altar.
Cuando alguien le apuntó que con un ritmo de sacrificios tan alto, la isla de Formosa pronto quedaría despoblada, Psalmanazar explicó que sus compatriotas eran polígamos y que los primogénitos estaban exentos del sacrificio. La esperanza de vida en la isla, afirmó también, era de 120 años. Si propio abuelo había vivido 117 permaneciendo tan vigoroso como un jóven gracias a la costumbre local de chupar la sangre tibia de una víbora cada mañana.
La audiencia de Psalmanazar suspiraba con deleite cuando les hablaba de las reservas de oro y plata de Formosa. No solo se usaban para decorar los templos sino que empleaban estos metales preciosos para cubrir los tejados y paredes de cada casa… en cada poblado de la isla.
Como el obispo entendió que era importante difundir las noticias sobre esta fascinante nación, él y sus amigos recopilaron una importante suma de dinero para enviar a Psalmanazar a la Universidad de Oxford durante seis meses. Le pidieron que diera charlas a los estudiantes y les enseñara los rudimentos de la lengua Formosiana, con la esperanza de convertirlos en buenos misioneros cristianos y enviarlos a la lejana Formosa.
Además, animaron a Psalmanazar a escribir un libro en el que relatase las costumbres de su exótico país. Publicado en 1704 con el título: “Una descripción histórica y geográfica de Formosa, una isla sujeta al Emperador del Japón“, el libro contenía descripciones maravillosas de los nativos de Formosa, sus vestimentas, su arquitectura y sus ceremonias relogiosas. El libro incluía también el alfabeto formosiano, y una traducción del Credo, el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Casi inmediatamente el libro se convirtió en lo que hoy llamaríamos un best-seller, y fue publicado de nuevo al año siguiente.
Sin embargo, Psalmanazar había cometido el primer error serio en el título del libro. Formosa era una provincia de China, no de Japón. Casi inmediatemente le llegaron las primeras acusaciones de fraude, pero Psalmanazar tenía como costumbre no retractarse nunca de sus afirmaciones.
En una segunda edición del libro, contestó a sus críticos de forma severa acusándolos de mentir. Siempre hubo entre sus oyentes quien dudó de la veracidad de sus historias, pero ahora el escepticismo iba en aumento.
Pronto, todo el mundo llegó a la misma conclusión: Psalmanazar era un fraude, y le desdeñaron y ridiculizaron con saña. Ya no encontró además el apoyo de su cómplice en el engaño, al capellán, al que habían asignado un puesto de importancia en Portugal.
El público al que tanto había deleitado le dio la espalda, y pronto tuvo que ganarse la vida desempeñando trabajos de poca importancia. Tras una seria enfermedad en 1728, se desdijo por completo de su vida pasada y escribió un libro de memorias que aparecería publicado tras su muerte, en el que se decidió a contar la verdad.
Psalmanazar murió el 3 de mayo de 1763. Tenía casi 84 años. Sus memorias se publicaron al año siguiente, pero hasta el día de hoy su verdadero nombre y su lugar de origen real siguen siendo un misterio.
IMPOSTOR DE PROFESIÓN: STANLEY CLIFFORD
"One man's life is a boring thing. I lived many lives. I'm never bored." (La vida de un hombre es una cosa aburrida. Yo he tenido muchas vidas. Nunca me aburrí)
En 1960, durante un atraco a un hotel de mala muerte de New York City, falleció un decrepito señor de 70 años, portero nocturno del negocio, llamado Stanley Clifford Weyman. Fue la última vez que su nombre apareció en los periódicos.
Dejaba atrás una vida fabulosa de engaños y mentiras que le había permitido ser cónsul, teniente de la marina, experto en prisiones, abogado, periodista y medico de la estrella cinematográfica Pola Negri… vamos a ver quien fue.
Stanley nació en 1890 en Brooklyn, New York, en el seno de una familia pobre que no pudo costear sus estudios, por lo que desde temprana edad tuvo que buscarse la vida. Así, en 1910, con veinte añicos, fue detenido por primera vez, acusado de fraude, ya que se había hecho pasar por el cónsul yanqui en Marruecos, para poder cenar en los mejores restaurantes de la ciudad.
Esta detención no impidió que poco después se hiciese pasar por un agregado militar de Serbia y un teniente de Marina de los EEUU, aunque de nuevo fue capturado.
Weyman fue puesto en libertad por segunda vez en 1915, pero siguió con sus mentiras: se convirtió en el Teniente-Comandante Ethan Allen Weinberg, cónsul general de Rumanía. Ostentando este falso cargo, inspeccionó personalmente el USS Wyoming, un barco de la marina yanqui. La movida llegó a tal punto que se aventuró a invitar a los almirantes del buque y a otras celebridades a una cena de gala en el hotel Waldorf Astoria… pero la publicidad dada al acto hizo que el FBI se quedase con el cante, por lo que fue detenido en mitad de la fiesta por los federales.
Se le oyó quejarse de que se debería haber esperado hasta el postre.
Fue condenado a otro año de cárcel.
En 1917 se convirtió en Royal St. Cyr, un falso teniente de Ejército del aire americano. De nuevo fue detenido, aunque salió en libertad condicional en 1920.
Viendo que tenia la cosa chunga en los Estados Unidos, se marchó pal sur, exactamente para el Perú, donde fingió ser medico de una gran compañía constructora. Allí organizaba fiestas suntuosas y vivió como dios, hasta que el crédito se le agotó y fue arrestado.
En 1921 se ve que se enteró de que la princesa Fátima de Afganistán estaba de visita en los EE.UU. así que ni corto ni perezoso la visitó en calidad de representante del Departamento Estatal Naval, disculpándose por la supervisión y comprometiéndose a preparar una cita con el presidente. Se las apaño para sacarle 10.000 dólares como “regalos” para los funcionarios del Departamento de Estado. El dinero, curiosamente, lo usó para transportar en un ferrocarril privado a la princesa y su sequito y alojarlos en el lujoso Hotel Willard, en Washington D.C.
Una vez en la capital yanqui, se lo curró para reunirse con el secretario de estado, Charles Evans Hughes, a quien no pudo convencer de darle una audiencia a la Princesa afgana con el Presidente, en aquel entonces, Warren G. Harding. Pero se puso cabezón, y a fuerza de empujones, logró llamar la atención del presidente, con el que consiguió hablar.
Consiguió una audiencia privada para la Princesa.
Por la noche se fue a celebrarlo con los afganos a un restaurante de lujo.
Algunos errores en el protocolo despertaron la sospecha, que fue confirmada cuando la prensa mostró las fotos junto a la princesa. Fue detenido de nuevo y acusado de hacerse pasar por un oficial naval. Fue condenado a dos años de cárcel.
Tras salir de prisión, el diario “The evening”, le pidió que intentara conseguir una entrevista con la reina María de Rumanía, que iba a visitar el país. Fue admitido como el Secretario de Estado y logró la entrevista.
Pero su hazaña más popular estaba por llegar: En 1926 Weyman apareció en el funeral de Rodolfo Valentino (1895-1926), acompañando en el duelo a su amante (EN LA FOTO DE ARRIBA), la también actriz, Pola Negri (1897-1887), a la que aseguró que había sido su médico personal y amigo. Se atrevió, incluso, a recetarle a la bella Negri unos calmantes y a emitir comunicados de prensa sobre su estado. Pola Negri no lo condenó después de haber sido expuesto, aunque en esta ocasión no fue arrestado.
Después fue abogado, llegando a dar algunas conferencias en universidades, y durante la Segunda Guerra Mundial se dedicó a dar asesoramiento a los que querían evitar ir al frente, simulando diferentes problemas de salud.
Fue condenado a siete años de prisión por esto.
Más tarde se dedicaría al periodismo radiofónico, tanto que en 1948 consiguió credenciales para convertirse en un periodista de la ONU, y algo después el Embajador de Tailandia le ofreció un curro como jefe de prensa de su grupo en la ONU. Esto sucedía a principios de 1951. Preocupado por si aquel empleo podría poner en peligro su ciudadanía estadounidense, solicitó permiso a la secretaria de estado… con tan mala suerte que un funcionario reconoció su nombre y lo delató.
Finalmente, como decíamos al principio, en agosto de 1960, Weyman fue fatalmente asesinado cuando intentó detener el robo en el hotel donde trabajaba de portero de noche.
Frank William Abagnale, Jr.
Fue un falsificador de cheques e impostor durante cinco años en la década de 1960. Actualmente dirige Abagnale and Associates, una compañía financiera de consultas de fraudes. La historia de su vida fue la inspiración para la creación de la película Atrápame si puedes dirigida por Steven Spielberg y basada en su biografía escrita con el mismo nombre.
En sólo cinco años trabajó con ocho identidades diferentes (aunque utilizó también otros métodos para cobrar cheques), y pasó cheques falsos por un valor total de 2,5 millones de dólares en 26 países.1
Durante su adolescencia en Nueva York, Frank fue un joven muy normal hasta que supo como conseguir dinero fácil; por otro lado Frank Junior deseaba demostrar a su padre cuán lejos podía llegar en la vida.
Cuando su padre le regaló su primer automóvil usado, también lo convenció de que le prestara su tarjeta de crédito para adquirir repuestos. Con ella compró piezas que vendió más tarde a menor precio al dueño de un taller para tener dinero en efectivo, sin embargo su padre lo descubrió.
Después notó que podía realizar fraudes bancarios de varias formas sin que nadie se percatara. Empezó a falsificar cheques; en un principio abrió varias cuentas de banco a su nombre.
Pero estos no fueron los únicos tipos de actos ilícitos que realizó, pues también adquirió personalidades falsas ejerciendo ilegalmente de médico, copiloto de PANAM, abogado, agente del Servicio Secreto, etc. Durante dos años Abagnale fingió ser un piloto de la agencia aérea Pan Am bajo el nombre de Frank Williams, un empleado de cortesía que necesitaba trasladarse de un país a otro. Lo logró gracias a que había obtenido un uniforme y falsificado la identificación de Pan Am. Poco a poco fue adoptando la personalidad de Frank Corners, un pediatra del hospital de Georgia, para lo que obtuvo identificaciones falsas y durante once meses “ejerció” la medicina hasta que decidió abandonar esta práctica cuando puso en riesgo la vida de un bebé. Apenas a la edad de 19 años fingió ser el abogado Robert Black, egresado de la Universidad de Harvard. Ejerció la abogacía durante varios meses. Durante sus primeros fraudes fue perseguido por el agente del FBI Sean O’Riley, a quien se le escapó en repetidas ocasiones hasta que lo capturó en Francia. Antes de cumplir 20 años Abagnale había cometido fraudes por valor de 2,5 millones de dólares.
Reclamado por una docena de países en los que había cometido delitos, Frank Abagnale Jr. estuvo preso temporalmente en Francia (Perpiñán), en Suecia (Malmö) y luego cinco años en EE.UU en la prisión federal de Petersburg (Virginia) condenado bajo los cargos de adulteración de identidad, fraude, adulteración de documentos, ejercicio ilegal de profesiones, ladrón de bancos, impostor, etc. El gobierno norteamericano le ofreció salir de prisión a cambio de colaborar en la lucha contra el fraude. Ha escrito varios libros y se hizo millonario al instalar una consultora especializada en la detección de fraudes económicos. A parte de esto, Frank ha sido el diseñador de muchos de los cheques más seguros y antirrobos que se usan actualmente alrededor de todo el mundo.
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Ferdinand Demara fue el mayor embaucador del siglo XX. Con éxito, se hizo pasar por ingeniero civil, cirujano, alguacil, abogado, monje y científico. Como un camaleón, asumía identidades distintas sin levantar sospechas, hasta que fue descubierto en 1951. La fama adquirida fue la peor condena: tuvo que resignarse a ser él mismo por el resto de su vida
La noche, cernida oscura y tormentosa sobre la costa de Corea, prometía ser inolvidable. A bordo del destructor Cayuga, de la Marina Real canadiense, se sucedía un drama digno de la guerra que envolvía al noreste asiático ese tenso octubre de 1951. Un cirujano, el teniente Joseph Cyr, empleaba todas sus fuerzas en salvar la vida de una docena de soldados surcoreanos heridos; en particular, logró realizar con éxito una difícil operación de pulmón. Quienes estuvieron presentes esa noche agitada en el Cayuga hablaban de un "médico milagroso", ya que sólo podía ser obra de Dios que tantos pacientes se salvaran. La historia se coló en los periódicos, donde capturó la atención de un hombre que descartó de plano la intervención divina. Su nombre era Joseph Cyr y aún se encontraba en Canadá. Tenía que tratarse, sin duda, de un impostor; así que el doctor Cyr hizo la denuncia ante la policía.
El "médico" de marras resultó llamarse en realidad Ferdinand Waldo Demara, robusto hombre de 30 años nativo de Lawrence (Massachusetts, EE UU). Demara había huido cuando niño de su casa y se había refugiado en un monasterio en Rhode Island. La férrea disciplina monástica no calzó al muchacho, quien deambuló de convento en convento sin dar la talla. Luego, a finales de 1941, lleno de fervor patriótico por el ataque a Pearl Harbor, Demara se alistó en la Marina, donde desarrolló el método que habría de servirle en el futuro para asumir distintas personalidades. Escogió el nombre de Robert French, doctor en Psicología, de un catálogo universitario; luego falsificó la documentación necesaria para lucir creíble y finalmente escribió una nota suicida, que dejó junto a su uniforme en un muelle. Ferdinand Demara había muerto para el mundo entero. Al menos, así lo creía él.
¿Qué razón obligó a Demara a convertirse en un camaleón humano? ¿Genialidad, infelicidad o simple aburrimiento? La respuesta permanece en el misterio. En el Gannon College, en Erie (Pennsylvania), el "doctor French" impartió clases de psicología; había leído de la materia en sus viajes, así que sólo se limitaba "a mantenerme un paso delante de la clase. La mejor manera de aprender algo es enseñarlo", le diría luego a la revista Life, que le dedicó su portada luego del incidente a bordo del Cayuga. Demara incluso dictó charlas en la comunidad y escribió un popular panfleto: Cómo criar a su hijo. Eventualmente, el FBI lo detuvo en Olympia (Washington) por el cargo de desertor. Le dictaron una sentencia de seis años, los cuales, debido a su buena conducta en prisión, se redujeron a 18 meses. Durante su estadía en la cárcel militar, Demara editó el periódico de la base y observó el funcionamiento de la prisión. Esta experiencia le sería de mucha utilidad en el futuro.
Al salir libre, Demara se fue a Canadá, donde trabó amistad con el doctor Joseph Cyr, quien le pidió a su nuevo amigo si lo podía ayudar a obtener la licencia para practicar la medicina en Estados Unidos. Demara se valió de los documentos de Cyr para inscribirse con ellos en la oficina de reclutamiento de la Marina canadiense. Era la época de la guerra de Corea, así que el "doctor Cyr" fue asignado al destructor Cayuga. Su primer trabajo fue extraerle una muela al capitán de la nave (lo que realizó sin experiencia odontológica previa); luego operó a varios soldados e incluso le removió una bala localizada cerca del corazón a un herido (leyó acerca de esta clase de intervención en una revista médica). Al descubrirse la farsa, el ejército canadiense dio de baja a Demara y lo expulsó del país.
Pese al escándalo y la notoriedad de su caso, el gran impostor asumió una nueva identidad. Imaginó que correría menos riesgo dentro del sistema penal, así que consiguió trabajo como Ben Jones en el Departamento Correccional de Texas. En la prisión estatal de Huntsville, Demara fue un guardia amable y simpático que organizaba torneos deportivos. Pero al ver que un prisionero leía el artículo de Life con su rostro en la portada, Demara abandonó el trabajo. Poco después fue apresado nuevamente por tratar de cobrar un cheque dirigido a Ben Jones.
Durante los últimos 20 años de su vida, Demara desempeñó distintos oficios, al parecer bajo su propio nombre. Pero la notoriedad hizo mella en su vocación de camaleón. "Fue el hombre más triste e infeliz que he conocido", comentó un amigo suyo a The New York Times cuando Demara murió de un ataque cardíaco en 1982, a la edad de 60 años. Se ignora todavía qué lo condujo por esa vida de impostura. Robert Crichton escribió dos libros sobre este personaje -uno de ellos, El gran impostor, fue llevado al cine en 1961 con Tony Curtis como protagonista- y recogió por escrito la explicación del propio Demara: "La verdad es que siempre me impulsaba la picardía, una pura y exuberante picardía".
George Psalmanazar, el hombre que inventó una nación
A comienzos del siglo XVIII un misterioso extranjero cautivó a la alta sociedad londinense con sus fascinantes relatos de sacrificios humanos y canibalismo. Decíase llamar George Psalmanazar, nativo de la lejana isla de Formosa. La historia le reconoce como uno de los más grandes impostores de su época.
Aristócratas, clérigos y científicos competían entre si para llevarse a cenar al extraño joven, simplemente para escuchar sus historias. Formosa era un lugar exótico, y pocos podían ubicarlo en un mapa. Hoy en día lo conocemos como Taiwán, una isla en el mar de China.
Psalmanazar había acudido ante el obispo de Londres con una carta de presentación escrita por el Reverendo William Innes, que estaba destacado en un regimiento militar escocés con sede en Holanda. La carta explicaba la increíble historia de como los Jesuítas habían secuestrado al joven de su isla natal formosiana para llevárselo a Francia. A pesar de las amenazas de tortura, el joven se había resistido valientemente a la conversión al catolicismo y había logrado escapar a Holanda, donde conoció al capellán cuyo celo y dedicación logró convertirlo a la iglesia protestante.
La historia era pura fantasía, inventada por Psalmanazar y elaborada con la ayuda del travieso capellán. Pero el obispo – y cada uno de sus ayudantes – se tragaron cada palabra. Casi de la noche a la mañana, Psalmanazar se hizo una celebridad.
El visitante era indudablemente un hombre de talento. Podía conversar con el obispo en latín, y también hablaba en otros varios idiomas. Como regalo, le entregó al obispo el Catecismo de la Iglesia Anglicana traducida al “formosiano”.
Los patrones de Psalmanazar se morían de curiosidad por escuchar las descripciones sobre costumbres religiosas en Formosa. El imaginativo joven les contó que durante un festival religioso de 9 días de duración, se sacrificaba a 2.000 jóvenes al día sacándoles el corazón y quemándolos en un altar.
Cuando alguien le apuntó que con un ritmo de sacrificios tan alto, la isla de Formosa pronto quedaría despoblada, Psalmanazar explicó que sus compatriotas eran polígamos y que los primogénitos estaban exentos del sacrificio. La esperanza de vida en la isla, afirmó también, era de 120 años. Si propio abuelo había vivido 117 permaneciendo tan vigoroso como un jóven gracias a la costumbre local de chupar la sangre tibia de una víbora cada mañana.
La audiencia de Psalmanazar suspiraba con deleite cuando les hablaba de las reservas de oro y plata de Formosa. No solo se usaban para decorar los templos sino que empleaban estos metales preciosos para cubrir los tejados y paredes de cada casa… en cada poblado de la isla.
Como el obispo entendió que era importante difundir las noticias sobre esta fascinante nación, él y sus amigos recopilaron una importante suma de dinero para enviar a Psalmanazar a la Universidad de Oxford durante seis meses. Le pidieron que diera charlas a los estudiantes y les enseñara los rudimentos de la lengua Formosiana, con la esperanza de convertirlos en buenos misioneros cristianos y enviarlos a la lejana Formosa.
Además, animaron a Psalmanazar a escribir un libro en el que relatase las costumbres de su exótico país. Publicado en 1704 con el título: “Una descripción histórica y geográfica de Formosa, una isla sujeta al Emperador del Japón“, el libro contenía descripciones maravillosas de los nativos de Formosa, sus vestimentas, su arquitectura y sus ceremonias relogiosas. El libro incluía también el alfabeto formosiano, y una traducción del Credo, el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Casi inmediatamente el libro se convirtió en lo que hoy llamaríamos un best-seller, y fue publicado de nuevo al año siguiente.
Sin embargo, Psalmanazar había cometido el primer error serio en el título del libro. Formosa era una provincia de China, no de Japón. Casi inmediatemente le llegaron las primeras acusaciones de fraude, pero Psalmanazar tenía como costumbre no retractarse nunca de sus afirmaciones.
En una segunda edición del libro, contestó a sus críticos de forma severa acusándolos de mentir. Siempre hubo entre sus oyentes quien dudó de la veracidad de sus historias, pero ahora el escepticismo iba en aumento.
Pronto, todo el mundo llegó a la misma conclusión: Psalmanazar era un fraude, y le desdeñaron y ridiculizaron con saña. Ya no encontró además el apoyo de su cómplice en el engaño, al capellán, al que habían asignado un puesto de importancia en Portugal.
El público al que tanto había deleitado le dio la espalda, y pronto tuvo que ganarse la vida desempeñando trabajos de poca importancia. Tras una seria enfermedad en 1728, se desdijo por completo de su vida pasada y escribió un libro de memorias que aparecería publicado tras su muerte, en el que se decidió a contar la verdad.
Psalmanazar murió el 3 de mayo de 1763. Tenía casi 84 años. Sus memorias se publicaron al año siguiente, pero hasta el día de hoy su verdadero nombre y su lugar de origen real siguen siendo un misterio.
IMPOSTOR DE PROFESIÓN: STANLEY CLIFFORD
"One man's life is a boring thing. I lived many lives. I'm never bored." (La vida de un hombre es una cosa aburrida. Yo he tenido muchas vidas. Nunca me aburrí)
En 1960, durante un atraco a un hotel de mala muerte de New York City, falleció un decrepito señor de 70 años, portero nocturno del negocio, llamado Stanley Clifford Weyman. Fue la última vez que su nombre apareció en los periódicos.
Dejaba atrás una vida fabulosa de engaños y mentiras que le había permitido ser cónsul, teniente de la marina, experto en prisiones, abogado, periodista y medico de la estrella cinematográfica Pola Negri… vamos a ver quien fue.
Stanley nació en 1890 en Brooklyn, New York, en el seno de una familia pobre que no pudo costear sus estudios, por lo que desde temprana edad tuvo que buscarse la vida. Así, en 1910, con veinte añicos, fue detenido por primera vez, acusado de fraude, ya que se había hecho pasar por el cónsul yanqui en Marruecos, para poder cenar en los mejores restaurantes de la ciudad.
Esta detención no impidió que poco después se hiciese pasar por un agregado militar de Serbia y un teniente de Marina de los EEUU, aunque de nuevo fue capturado.
Weyman fue puesto en libertad por segunda vez en 1915, pero siguió con sus mentiras: se convirtió en el Teniente-Comandante Ethan Allen Weinberg, cónsul general de Rumanía. Ostentando este falso cargo, inspeccionó personalmente el USS Wyoming, un barco de la marina yanqui. La movida llegó a tal punto que se aventuró a invitar a los almirantes del buque y a otras celebridades a una cena de gala en el hotel Waldorf Astoria… pero la publicidad dada al acto hizo que el FBI se quedase con el cante, por lo que fue detenido en mitad de la fiesta por los federales.
Se le oyó quejarse de que se debería haber esperado hasta el postre.
Fue condenado a otro año de cárcel.
En 1917 se convirtió en Royal St. Cyr, un falso teniente de Ejército del aire americano. De nuevo fue detenido, aunque salió en libertad condicional en 1920.
Viendo que tenia la cosa chunga en los Estados Unidos, se marchó pal sur, exactamente para el Perú, donde fingió ser medico de una gran compañía constructora. Allí organizaba fiestas suntuosas y vivió como dios, hasta que el crédito se le agotó y fue arrestado.
En 1921 se ve que se enteró de que la princesa Fátima de Afganistán estaba de visita en los EE.UU. así que ni corto ni perezoso la visitó en calidad de representante del Departamento Estatal Naval, disculpándose por la supervisión y comprometiéndose a preparar una cita con el presidente. Se las apaño para sacarle 10.000 dólares como “regalos” para los funcionarios del Departamento de Estado. El dinero, curiosamente, lo usó para transportar en un ferrocarril privado a la princesa y su sequito y alojarlos en el lujoso Hotel Willard, en Washington D.C.
Una vez en la capital yanqui, se lo curró para reunirse con el secretario de estado, Charles Evans Hughes, a quien no pudo convencer de darle una audiencia a la Princesa afgana con el Presidente, en aquel entonces, Warren G. Harding. Pero se puso cabezón, y a fuerza de empujones, logró llamar la atención del presidente, con el que consiguió hablar.
Consiguió una audiencia privada para la Princesa.
Por la noche se fue a celebrarlo con los afganos a un restaurante de lujo.
Algunos errores en el protocolo despertaron la sospecha, que fue confirmada cuando la prensa mostró las fotos junto a la princesa. Fue detenido de nuevo y acusado de hacerse pasar por un oficial naval. Fue condenado a dos años de cárcel.
Tras salir de prisión, el diario “The evening”, le pidió que intentara conseguir una entrevista con la reina María de Rumanía, que iba a visitar el país. Fue admitido como el Secretario de Estado y logró la entrevista.
Pero su hazaña más popular estaba por llegar: En 1926 Weyman apareció en el funeral de Rodolfo Valentino (1895-1926), acompañando en el duelo a su amante (EN LA FOTO DE ARRIBA), la también actriz, Pola Negri (1897-1887), a la que aseguró que había sido su médico personal y amigo. Se atrevió, incluso, a recetarle a la bella Negri unos calmantes y a emitir comunicados de prensa sobre su estado. Pola Negri no lo condenó después de haber sido expuesto, aunque en esta ocasión no fue arrestado.
Después fue abogado, llegando a dar algunas conferencias en universidades, y durante la Segunda Guerra Mundial se dedicó a dar asesoramiento a los que querían evitar ir al frente, simulando diferentes problemas de salud.
Fue condenado a siete años de prisión por esto.
Más tarde se dedicaría al periodismo radiofónico, tanto que en 1948 consiguió credenciales para convertirse en un periodista de la ONU, y algo después el Embajador de Tailandia le ofreció un curro como jefe de prensa de su grupo en la ONU. Esto sucedía a principios de 1951. Preocupado por si aquel empleo podría poner en peligro su ciudadanía estadounidense, solicitó permiso a la secretaria de estado… con tan mala suerte que un funcionario reconoció su nombre y lo delató.
Finalmente, como decíamos al principio, en agosto de 1960, Weyman fue fatalmente asesinado cuando intentó detener el robo en el hotel donde trabajaba de portero de noche.
Frank William Abagnale, Jr.
Fue un falsificador de cheques e impostor durante cinco años en la década de 1960. Actualmente dirige Abagnale and Associates, una compañía financiera de consultas de fraudes. La historia de su vida fue la inspiración para la creación de la película Atrápame si puedes dirigida por Steven Spielberg y basada en su biografía escrita con el mismo nombre.
En sólo cinco años trabajó con ocho identidades diferentes (aunque utilizó también otros métodos para cobrar cheques), y pasó cheques falsos por un valor total de 2,5 millones de dólares en 26 países.1
Durante su adolescencia en Nueva York, Frank fue un joven muy normal hasta que supo como conseguir dinero fácil; por otro lado Frank Junior deseaba demostrar a su padre cuán lejos podía llegar en la vida.
Cuando su padre le regaló su primer automóvil usado, también lo convenció de que le prestara su tarjeta de crédito para adquirir repuestos. Con ella compró piezas que vendió más tarde a menor precio al dueño de un taller para tener dinero en efectivo, sin embargo su padre lo descubrió.
Después notó que podía realizar fraudes bancarios de varias formas sin que nadie se percatara. Empezó a falsificar cheques; en un principio abrió varias cuentas de banco a su nombre.
Pero estos no fueron los únicos tipos de actos ilícitos que realizó, pues también adquirió personalidades falsas ejerciendo ilegalmente de médico, copiloto de PANAM, abogado, agente del Servicio Secreto, etc. Durante dos años Abagnale fingió ser un piloto de la agencia aérea Pan Am bajo el nombre de Frank Williams, un empleado de cortesía que necesitaba trasladarse de un país a otro. Lo logró gracias a que había obtenido un uniforme y falsificado la identificación de Pan Am. Poco a poco fue adoptando la personalidad de Frank Corners, un pediatra del hospital de Georgia, para lo que obtuvo identificaciones falsas y durante once meses “ejerció” la medicina hasta que decidió abandonar esta práctica cuando puso en riesgo la vida de un bebé. Apenas a la edad de 19 años fingió ser el abogado Robert Black, egresado de la Universidad de Harvard. Ejerció la abogacía durante varios meses. Durante sus primeros fraudes fue perseguido por el agente del FBI Sean O’Riley, a quien se le escapó en repetidas ocasiones hasta que lo capturó en Francia. Antes de cumplir 20 años Abagnale había cometido fraudes por valor de 2,5 millones de dólares.
Reclamado por una docena de países en los que había cometido delitos, Frank Abagnale Jr. estuvo preso temporalmente en Francia (Perpiñán), en Suecia (Malmö) y luego cinco años en EE.UU en la prisión federal de Petersburg (Virginia) condenado bajo los cargos de adulteración de identidad, fraude, adulteración de documentos, ejercicio ilegal de profesiones, ladrón de bancos, impostor, etc. El gobierno norteamericano le ofreció salir de prisión a cambio de colaborar en la lucha contra el fraude. Ha escrito varios libros y se hizo millonario al instalar una consultora especializada en la detección de fraudes económicos. A parte de esto, Frank ha sido el diseñador de muchos de los cheques más seguros y antirrobos que se usan actualmente alrededor de todo el mundo.
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