A nadie se le escapa el amor que tienen los japoneses por las montañas rusas y carruseles; tanto, que incluso en los parques públicos han proliferado espectaculares toboganes de rodillos que sustituyen a las chirristras de chapa de toda la vida.
Al ir rodando y no deslizando, los usuarios tienden menos a quedarse encajados y se pueden fabricar recorridos más extensos y divertidos. Uno de los más antiguos lleva casi 5 años funcionando en el Jagatani Park de la ciudad japonesa de Tamana, en la prefectura de Kumamoto.
Estos ingenios recorren cientos de metros entre árboles y vegetación, siguiendo las pendientes y desniveles para ofrecer a grandes y pequeños una nueva perspectiva de la naturaleza, donde los usuarios son suavemente (o no tanto) transportados entre las copas de los árboles como si fueran paquetes de libros buscando destino en la factoría de Amazon.
No es ningún secreto que tenemos dos visiones sesgadas y paradójicas de la sociedad japonesa: por un lado gente seria, cortés y respetuosa, a menudo frisando el autoritarismo con los suyos; pero que a su vez sabe rodearse de diversión a raudales para proporcionarse los tiempos de descompresión que necesita una sociedad con sello de agobiante.
Si los karaokes, las maquinitas y las luces de neón bullén en las ciudades por la noche, por el día son los parques de atracciones urbanos los que hacen las delicias de los ciudadanos.
Sin embargo, aun tratados como bultos sonrientes, el viaje de un niño en uno de estos deslizadores resulta impresionante, aunque se puedan observar, a medida que se acelera el traqueteo, una serie de normas de seguridad un poco limitadas en caso de imprevisto.
Como puede ser el hecho de que sólo exista el freno manual (con la mano) o que algunos de estos toboganes discurran paralelos a las carreteras o incluso sobre ellas, como este ejemplo del Urasoe City Park, en Sefa-Utaki, en la prefectura de Okinawa.
El vídeo que encabeza este post muestra uno de los modelos más modernos, donde las actualizaciones del concepto han dotado de protecciones laterales y superiores al tobogan, para que ningún infante salga despeñado a cambio de simplemente unos minutos de divertimento, teniendo en cuenta la impresionante altura que llegan a alcanzar estas estructuras.
También existen versiones más recogidas que pueden colocarse en parques más limitados de espacio, sin necesidad de cuestas y pendientes. Como esta construcción que se ubica en el Manta Park de la ciudad de Okinawa.
En este caso, el tradicional castillete de madera tratada de nuestros parques se transforma en una majestuosa estructura de hormigón con forma de torreta antiaérea, a la que los niños pueden acceder para deslizarse sobre varios tipos de tobogán, incluido uno de rodillos de 100 metros de longitud que no se lo salta un infante con pértiga. Y menos si es japonés.
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