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La Familia

Arte11/30/2010
La Familia

Como los padres de Celeste dudaban de mi integridad ética, el padre, empleado en pos de la seguridad informática, me mandó a investigar, y a la vez se encargo de intervenir en las Cyber-conversaciones de su hija. A su debido tiempo, la madre, directora de un centro cristiano, o algo así, se encargo del plan de ataque. Una noche, apenas finalizada la cena, Jorge y Patricia le pidieron a Celeste hablar a solas unos momentos. Y preocupados le contaron lo que vieron, leyeron y se enteraron; y sin ánimos de piedad le propusieron terminar con la relación, o (siguiendo alguna rara escuela de pedagogía) mudar a toda la familia a otra provincia. La elección de Celeste obviamente no fue a mi favor. Entonces, al no haberme concebido la oportunidad de hablar para intentar resolver cualquier clase de problema que pudiera haberse presentado, me ví forzado a expresarme de aquella otra manera que me respalda, aquella que siempre me fui útil, y a veces incluso mas que la palabra, la pintura. Así que, como buen chupamedias, hice un cuadro de Celeste, Jorge y Patricia. Un óleo humilde sobre paspartú, una sencilla pintura impresionista de aficionado. No intentaba resolver nada, pero aunque sea que las cosas no quedaran en mal termino. Como Celeste quería el cuadro, y yo además quería que ella lo quisiera, le dije que se pasara por el laburo a buscarlo. Ella vino, y le dí la pintura con la única condición de que la cuidara y le sacara una foto para mandármela. Se imaginaran que nunca mas volví a saber nada ni de Celeste, ni del cuadro. Y eso, ese cuadro todavía me escuepe mientras habla en mi cabeza. Ya no por el esfuerzo invertido, sino por el simple “qué habrá pasado”. Muy a menudo se dice “me río por no llorar”, y el amigo escritor del ex yerno de Antonio Berni me dijo “cuando quiero arrancarle la cabeza a alguien, voy y lo mato en un cuento.” Bueno, a lo que voy, esta es la historia del viaje de aquel cuadro:
Celeste se alejaba del galerías pacifico a paso de recepcionista, básicamente triste, tal vez un poco vaciada, y encima con un paspartú incomodo y pegajoso. Ella ya tenia la idea armada, iba a haber que hacer un esfuerzo y olvidarse de él, en definitiva los padres le habían dado tanto, y ella ya no quería ningún tipo de problema.
El día de Esteban había estado un poco flojo, la compra de papel y cartón bajaba, y encima tampoco había mucho por la calle. Así que ahí estaba, con el carro ya fundido a las manos esperando a que anochezca y la gente se vaya para poder volver a montar su casa marrón en las puertas del C&A de Florida. En Tucuman y Esmeralda se encontró un contenedor, lo pispeó un poco, no había mucho, pero había un dibujo. Un dibujo bastante maltratado que mostraba tres personas. Esteban de alguna manera se alegro, hacia casi seis años que trabajaba de cartonero y había encontrado comida, computadoras, plata, pero nunca un cuadro.
Lo mas probable es que haya sido un jueves, un jueves a la noche. Guillermo Pizzorno salía del Fillo de san martín, algo abundado de vino. Tuvo una cena con unos compañeros de la galería y artistas, para arreglar una exposición o performance, o algo del estilo. A Guillermo le costaba un poco mantener la línea recta al caminar, pero podía seguir en pie. Cuando se deslumbro con una de las luces alógenas de florida parpadeo, perdió el equilibrio y se fue de boca contra las baldosas blancas y negras. Y lo primero que vio cuando abrió los ojos y puteó lo suficiente para calmar el dolor fue un genialidad. El uso certero y dinámico de la mancha y la línea conjugadas con un complejo manejo del color, ¡colgado con dos pedazos de cinta usada en la casucha de un cartonero!
El bidón burbujeaba, y burbujeaba, y burbujeaba… Micaela llenaba una botella de dos litros y medio en el dispender del trabajo, no porque le preocupara su hidratación; lo que a ella le interesaba era su salud mental, y perdiendo aunque sea tres minutos en llenar la botella y viendo como se iba vaciando a medida que pasaba el día tras la caja del centro cultural Borgia, se salvaba… o mejor dicho salvaba a los demás de una masacre causada por aburrimiento laboral. Odiaba su trabajo, todo lo que hubiera en él a excepción de unos pocos copados, y mas que nada odiaba a su jefe. Ese viejo puto y pajero. Como todos se habían ido a la mierda, la boluda que se tuvo que quedar después de hora para cerrar la caja fue Micaela. Subió a la zona de oficinas a dejar la recaudación. Guillermo había cerrado mal la suya.
Raúl en realidad estaba volviendo a casa, pero como vió a esa bebota fumándose un porro en la plaza decidió actuar. Freno el auto, se metió las esposas en el bolsillo, enfundo la pistola y se acerco a Micaela. Le mostró la chapa y le pidió que la acompañara. No es que Raúl fuera un fanático de la ley, sino que las jiponas fumadas son las mas putas, pero ésta por lo visto quería ir a la comisaría. Aunque a la mujer de Raúl le gustan los dibujos y todas esas pelotudeces, y o casualidad…
Ya está, Irma no quería saber mas nada con Raúl. Solo quería estar tranquila y empezar una vida nueva, y para eso no necesitaba a ese corrupto y mujeriego cerca suyo. Durante un tiempo se quedo en lo de Ángela, su hermana, que ahora si podía permitirse ayudarla, ya que hacia unos meses había conocido a un hombre de mucho plata con una historia que parecía inventada. Aparentemente vivía en la calle y un día encontró un cuadro en la basura que le compraron por una cantidad absurda de dinero.
Desde que el comisario Aguirre de suicido después de su divorcio, el restaurante de Alberto había ido de mal en peor. De cualquier manera estaba poniendo sus últimos pesos en refacciones y decoración, como desesperado alarido en busca de clientela. Así que cuando la mujer del puesto de parafernalia policial de segunda mano en la feria americana le pidió tan poco por ese cuadro tan cutre pero familiero ni siquiera le intento regatear.
En Cantinflas todas las mesas estaban reservadas para festejar el día del padre. Micaela, la moza nueva se quejaba con Esteban, el cocinero, de un viejo pajero y creído que no paraba de mirarle las tetas mientras le pedía un plato de canelones con salsa rosada. Esteban tenia calle, de hecho antes vivía ahí, después tuvo una banda de guita, pero una mina se la patino toda, así que tenia mas de un motivo para vengarse de la humanidad. Y Micaela, que una vez le afano un cuadro a su ex jefe, le prestaba atención como si del Dalai Lama se tratara. Así que hizo marchar una orden especial de canelloni rose a la garzò para la mesa tres y unos fideos con pollo para el tipo de la mesa nueves que había reclamado mas pollo en su salsa. Micaela volvió de entregar los pedidos y ambos se quedaron mirando al viejo pajero comiéndose un plato de flema mientra apreciaba pensante el cuadro de aquella familia que colgaba en la pared. Mica y Esteban eran dos sonrisas gigantes mirando su privado espectáculo snuff, hasta que un grito (nunca tan ahogado) fracturó la paz del bochinche del día del padre. Un hueso en el pollo extra de la salsa del hombre de la mesa nueve se había empecinado con su traquea y ahora lo pintaba de violeta. “Toma algo Jorge” repetía Patricia a los gritos acercándole un vaso de 7 up mientras Celeste pedía ayuda desesperada a los comensales.

Gracias por su tiempo

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