Nada de eso me ha pasado a mi!Solo recopilé los relatos.
Cómo es vivir con un ojo de vidrio
Todo el mundo me decía antes del accidente que yo era pintoso. El accidente fue el 11 de agosto de 1981, cuando salí a las 12 de la noche de una exposición equina en Medellín, y no quise irme en taxi porque me cobraban mucho, entonces unos amigos de mi barrio El Velódromo ofrecieron llevarme a mi casa. Recuerdo que íbamos muy rápido, en una Land Rover, cuando de pronto por evitar un choque, el conductor giró, se volcó, y salí expulsado. Caí 20 metros debajo de una quebrada sobre unas piedras. Quedé inconsciente casi 20 minutos. Cuando volví en mí tenía el rostro lleno de sangre y de un líquido amarillo, me había fracturado el pómulo. Cuando me levanté empecé a subir a la autopista y un señor de un Simca me auxilió.
Llegué a urgencias de la Clínica Medellín, donde me practicaron una operación que duró ocho horas. Me cortaron el ojo y reconstruyeron la cavidad y me arreglaron el pómulo y los brazos que estaban muy heridos. Cuando regresé de la anestesia el médico me dijo que había perdido el ojo izquierdo. Sentí que me quería morir, pero pensé que Dios me había puesto esa prueba para salir adelante. Luego caí en coma por 21 días a causa de una posible infección cerebral. Lo primero que hice cuando salí de la clínica fue ir a un partido de softbol, un deporte que me ha apasionado toda la vida. Cuando fui a pasar una calle de doble vía noté de inmediato la ausencia de mi ojo izquierdo. El médico me recomendó jugar baloncesto y hacer tiros de media distancia. Al principio no le daba ni al aro. En ese momento no tenía una prótesis, entonces llenaba mi cavidad ocular con una coquita plástica transparente, ya que tenía que esperar a que todos los injertos y tejidos cicatrizaran.
Para conseguir la prótesis fue complicado, porque mi caso era atípico ya que mis ojos eran claros. El ojo que me quedó amanece un día verde, al otro azul y a veces gris. El médico Mario Escobar Ramírez tuvo que trabajar un color muy similar para que no se me notara tanto. La vez que estrené mi ojo de vidrio me puse feliz porque el ojo se movía un poco y eso era un buen síntoma. Al cabo del tiempo mi cavidad se empezó a cerrar y expulsaba el ojo, así que opté por usar un parche. El ojo de vidrio sigue ahí. Desde 1981 hasta hoy me lo he cambiado cuatro veces por el mismo defecto de mi cavidad ocular que se cierra. Aún guardo dos de las prótesis que usé. A cada rato se me caen pero no se quiebran porque están hechas de un sintético muy resistente. El ojo lo tengo todo el día, en la noche no me lo quito y me lo dejo para dormir. Lo ideal es tener la prótesis el mayor tiempo posible para que la cavidad no se cierre. Cuando salgo del baño me quito la prótesis, limpio con copitos la cavidad con agua caliente, sin jabón. Luego la seco con una toalla especial.
Algunas veces hago bromas con mi prótesis. Una noche metí mi ojo en el vaso de agua de un amigo que estaba tomando guaro, él no se dio cuenta y casi se muere del susto cuando se tomó un sorbo.
Trabajo como comentarista de muchos deportes y en los eventos mundiales a los que asisto me reconocen con facilidad. Por ejemplo, en las últimas olimpiadas en la China se me perdió mi acreditación y me querían sacar. Un colega encontró mi acreditación gracias a que era el único periodista tuerto del todo el evento.
Me he casado dos veces luego de mi accidente, tengo cuatro hijas y mi vida ha sido normal. Mi ojo bueno ha perdido luz y he tenido que usar anteojos para nivelar esta falencia. Mi prótesis ya es un elemento de mi cuerpo, me acostumbré a ella, la cuido y sin duda le tengo cariño, no en vano me ha enseñado a "ver" la vida de otra manera.
Cómo es vivir con una pata de palo
A las cinco y pico de la tarde del último domingo de enero de 1989, hace un poco más de veinte años, Fernando Martínez Sanabria me entregó las llaves de la portada de su finca Las Mercedes, en Sopó, para que yo, copiloto de su camioneta, abriera la portada y facilitara la salida. Cuando puse la llave sobre el candado hice contacto a tierra y estalló una carga de pólvora y metralla que estaba exactamente debajo de mi pie derecho. Era una mina quiebra-patas o, más precisamente, una mina vuela-patas que me lanzó a diez metros de distancia del lugar en donde estaba.
Entre cirugías e infecciones, me pasé quince semanas en una clínica, al principio casi muerto y luego más que vivo pero definitivamente incompleto, pues el pie derecho fue amputado por los médicos, eso sí, por debajo de la rodilla. Nada más parecido a un flamenco, con la diferencia de que esos pájaros parecen cómodos así, muy erguidos, parados en una sola extremidad.
Durante los casi cuatro meses de hospital —y seis excursiones a las salas de cirugía—, mis amigos se dedicaron a inventar los chistes que me ayudaron a sobrellevar mi nueva calidad de monópodo. "Cómo será de malo el DIM —dijo uno, partidario del Atlético Guanábana— que hasta los hinchas son mochos". "Has caminado tan feo durante toda tu vida —dijo otro con cara de estar animándome— que tu estilo de plantígrado seguramente va a mejorar cuando te pongan una pata de palo".
Un famoso poeta colombiano me aseguró que me iría muy bien escribiendo versos de pie quebrado y otro, venezolano, me dijo que podría convertirme en colaborador habitual de la revista El cojo ilustrado. Hablando de poetas, David Bonells me mandó desde Cúcuta una tarjeta que decía: "Dios bendiga el aire que ahora pisas". Y Elkin Restrepo me escribió desde Medellín: "Estoy rezando para que te crezca otra". En todo caso, lo primero que escribí después de la amputación fue el poema que transcribo abajo.
Algún otro amigo, que se las pica de matemático, me hizo la siguiente pregunta que aún no logro responder: "Si fueras un ciempiés ahora, amputado, ¿en qué te convertirías ¿en un noventa-y-nueve-pies o en un cincuenta-pies?".
Otra vez, una amiga que me quiere mucho inventó la más desopilante mentira funeraria: "Descubrí que eres eterno —me dijo emocionada—: tienes ya un pie en la tumba y, a pesar de eso, sigues vivo". Y otra amiga, aficionada a la historia sagrada, no me decía nada sino que pensaba en voz alta: "Y cuando llegue la resurrección de los muertos y Darío resucite sin muletas al lado, sin prótesis, entonces, ¿qué va a hacer?".
Ya que estoy tan teológico, debo elogiar la precisión de las palabras evangélicas: que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha. Dice mano y no pie porque obligatoriamente el pie de un lado debe saber qué hace el del otro lado. De lo contrario, tropezón fijo; se va uno de narices contra el asfalto. La cuestión se dificulta cuando falta uno de los pies. ¿Qué va a saber el pie izquierdo qué hace el derecho si no hay pie derecho? Por eso es indispensable instalar una prótesis. Y esa prótesis, evangélicamente, debe saber lo que hace mi pierna izquierda, en otras palabras, uno debe aprender a caminar de nuevo, debe conocer cómo mover la pata de palo para poder dar un paso, y otro y etcétera.
En asuntos de patas de palo estamos muy lejos de la estaca que usaba el capitán Silver. La tecnología ha avanzado tanto, que las patas de palo ya no son de palo sino que la estructura está formada por metales livianos y duros. Sin embargo, esta no las hace tan durables como las de carne y hueso, que si uno no las pone encima de una bomba pueden durar toda la vida. Las artificiales duran máximo tres o cuatro años. Después se desajustan o simplemente colapsan: no se me olvida el día en que estaba subiendo una rampa de Residencias Tequendama. Di un paso con mi prótesis y se oyó un fuerte y definitivo crujido: se había partido en dos y ahí quedaba yo, en mitad de la sucia carretera, parado en mi pie izquierdo que, en esas circunstancias, como sucede con ciertos futbolistas, no me servía ni para montarme a un bus. Aquí, quieto, inmóvil, mejor, inmovilizado, hasta que un policía me sirvió de apoyo y pude llegar a brinquitos al lugar en donde estaban mis muletas.
Durante los tres o cuatro años en que una prótesis es útil avanza la tecnología, cambian los modelos, en fin, cuando uno llega por la nueva pata, ya no es igual a la anterior. Ahora el tobillo tiene algo más de flexibilidad —cada vez tengo más posibilidades de iniciarme en ballet clásico—, ahora el ajuste del muñón al molde que lo sostiene es más suave, más preciso; y la forma de sostener la pata sin que se le escurra a uno cambia de modelo a modelo; ahora, por ejemplo, tengo una media con un tornillo en la punta y ese tornillo se conecta con exactitud a un hueco que tiene la pata, de modo que no quedan dudas de que mi pata de palo forma parte de mí.
La nostalgia que me da el reemplazo de una pata por otra me dura muy poco. Siempre, como en todo noviazgo, hay un período de adaptación y durante ese tiempo extraño a mi pata anterior. Pero pronto la nueva prótesis pasa a formar parte de mí, o yo de ella, no lo sé, en una unión que solo se interrumpe durante la ducha y cuando me acuesto por la noche. Entonces, como podrán ustedes adivinar, duermo a pierna suelta.
Cómo es vivir con placas
Como no me cuidé cuando joven, de viejo me fui quedando mueco poco a poco. Antes de ponerme la prótesis completa, me fui poniendo puentes, que son como unos pequeños implantes de pocos dientes, hasta que ya no tuve más opción que mandarme hacer una prótesis completa en la parte superior de lo que antes fue mi dentadura y que en ese momento no era más que una encía. Eso fue hace unos tres años y el trabajo lo hizo el que entonces era mi odontólogo personal.
Al ver el resultado, mi esposa me dijo que me mandara a hacer la prótesis inferior. Yo me le hice el loco hasta que un día me entrevistó el doctor Marlon Becerra, el de Soles y vientos, y me ofreció una valoración odontológica en su clínica. Fui hasta allá y me la hice, pero al conocer el precio de la prótesis vi que me quedaba muy duro pagarla: 17 millones de pesos. Entonces le dije que iba a pensarlo y salí. Cuando me iba de la clínica me alcanzaron dos subalternos del doctor Becerra y me dijeron que él había pedido que me miraran nuevamente, y así fue como, con un precio especial de menos de la mitad, pude mandarme a hacer la parte de abajo de mi caja de dientes.
Cada prótesis es como un molde que en la parte que va contra las encías está diseñado para que se ajuste como un guante. No sé de qué están hechas, la parte de los dientes es muy parecida a los de verdad, y el resto es de una pasta muy resistente. Su calidad está garantizada por cinco años.
Como es algo postizo cuesta trabajo adaptarse a esa situación. Es como estrenar zapatos. Al principio, las prótesis se golpean contra las encías y las raspan, lo que genera unas heridas bastante dolorosas. Pero el doctor me recomendó una crema que se unta en la parte de encima de cada prótesis y sirve para evitar el dolor, es una especie de anestesia, y también impide que las heridas se agranden y se infecten. La parte de arriba no genera casi problemas porque ahí la boca siempre está quieta; pero a la de abajo es difícil acostumbrarse porque siempre está en contacto con la lengua, que la mueve y la desacomoda. Pero aparte de esos contratiempos, que con el tiempo uno va dominando, nunca se me ha caído en público ni he pasado vergüenzas.
La limpieza de la caja de dientes la hago con Listerine después de cada comida. Es muy incómodo, además de sucio, cuando la comida se mete entre la prótesis y el paladar. Ahí tengo que quitármela, limpiarla, y volvérmela a poner. Duermo con ella, aunque dicen por ahí que en la noche uno puede ahogarse. A mí nunca me ha pasado eso; en un viaje a Estados Unidos compré una crema de esas para pegarla al paladar y la sigo usando hasta para dormir. También puedo comer de todo. Me gustan especialmente las cosas crocantes, los turrones y los dulces. Al principio la prótesis me pelaba las encías al morder cosas duras, pero desde hace como tres meses empecé a acostumbrarme y ya no me molesta. Aunque las prótesis están garantizadas por cinco años, cada tres meses más o menos voy donde el doctor Becerra a que me revise. Hace dos semanas fui por última vez. Me dijo que todo va bien.
En Sábados felices nadie se ha burlado de mí por mi caja de dientes. Alguna vez 'el Mocho' Sánchez me contó la historia de un amigo suyo que estornudó en la calle, se le salió la prótesis y al estrellarse contra el piso salieron los dientes a volar por todas partes. Ya he dicho que nunca me ha pasado nada por el estilo, y espero que nunca me pase porque, entonces sí, me convertiría en el hazmerreír del elenco.
Lo que más me alegra, después de todo, no es haber superado mi falta de dientes. Es haber descubierto que con caja uno silba más duro y más afinado. Y ahora ando silbando todas las canciones que me sé.
Cómo es vivir con audífonos
Me hice el favor de escribir este artículo para hacer pública mi condición de persona con deficiencia auditiva. Desde niño, he sido sometido a complejas cirugías para tratar de reparar el daño que una vacuna mal aplicada al nacer me produjo en ambos oídos. A los 25 años, el doctor me dijo que poco podía hacer y que lo mejor era el uso permanente de audífonos para llevar una vida normal. Sin embargo, he sido inconstante en el uso de los aparatos por pura y física vergüenza. El complejo desde niño ha sido terrible.
Hoy es imposible cuantificar la cantidad de cosas que me perdí durante el colegio, la universidad y la vida familiar, social y laboral por no oír bien. A lo largo de la carrera fui el que se sentó siempre en primera fila, no por nerd sino para oír con atención a los profesores. Mis cuadernos eran apetecidos en épocas de exámenes porque la palabra escrita se convirtió en el mejor respaldo a mi incapacidad de retener la palabra hablada. Y si bien heredé de mi padre el amor por el periodismo y por los libros, también es cierto que siempre me he sentido más cómodo escribiendo que hablando. La palabra escrita era, es, un lugar seguro y al mismo tiempo, lo más parecido a una isla. En la música, encontré otra manera de arrebatar al mundo la mayor cantidad de sonidos posibles. A ella debo profundos estados de introspección y de plena satisfacción espiritual en solitario, así como el aprendizaje de un lenguaje nuevo para comunicarme con otros: un lenguaje para reír, bailar, enamorar y para estar con la gente que quiero. Mi personalidad es completamente musical, si puede decirse de esa forma: oscila entre silencios prolongados y colectivos momentos orquestales.
Sin embargo, a pesar de haber ganado mucho con los libros y con la música, la cotidianidad se llenó de dificultades por cuenta de mi deficiencia auditiva. La única manera de resolverlas fue aprendiendo a usar los audífonos en todo momento en un proceso largo, lleno de complejos y de inseguridades. Para los que no lo saben, los audífonos digitales como los que uso van insertos en el canal auditivo y requieren baterías que se cambian cada seis o siete días. La vida útil de cada audífono oscila entre cinco y siete años y en promedio, un equipo puede costar entre un millón doscientos y un millón setecientos. Son livianos y discretos pero no fue nada fácil incorporarlos a mi rutina diaria. Mientras que las gafas son un asunto chic, los audífonos se asocian injustamente a deficiencia mental, a vejez o a sordera absoluta. Ni qué decir de las frecuentes bromas y cuestionamientos: uno es antipático porque no devuelve saludos; es acomodaticio porque solo oye lo que conviene, especialmente en asuntos de amor; es medio bruto porque se desconcentra en reuniones grandes, un mal que padecen incluso los que oyen perfectamente; es el futbolista "ambicioso" que nunca se la suelta al que la pide a gritos desde el otro extremo de la cancha; es antisocial y más bien lento para retener instrucciones. En fin. Ventajas, también las hay: sin mis audífonos, suelo ser inmune a los vecinos rumberos, a buena parte de la contaminación sonora de Bogotá, jamás me meto en conversaciones ajenas y he desarrollado una habilidad para no oír los insultos, vengan de donde vengan. Valoro el silencio como el sonido más hermoso, armonioso y necesario en la vida de los seres humanos.
Mi mayor temor no es morirme de una enfermedad sino quedarme completamente sordo, sin poder oír la voz de mis seres queridos, ni disfrutar la música a plenitud. Una especie de muerte en vida. Con todo, me considero afortunado porque la deficiencia auditiva me ha enseñado a sentirme bien conmigo mismo y a aceptar ser juzgado como "alguien que no oye bien", y a pesar de ello, vivir feliz y orgulloso de ser quien soy. Hay cosas mucho más graves, no hay pararle bolas a todo, y como dice un buen amigo, pase lo que pase, "la música se lleva siempre en el corazón".
CURIOSIDAD AL MÁXIMO