La tradición judeocristiana -concretamnte, dos libros bíblicos, el Exodo y el Deuteronomio- nos hablan de ciertos Mandamientos (simplificados a Diez por el catolicismo) que Dios habría impuesto al Pueblo Elegido a través de Moisés, y que supuestamente siguen en vigencia hasta el día de hoy también para los cristianos. Por supuesto, ciertos ateos e incluso personas de otras religiones podrán objetar y negar todo esto, pero eso no importa porque, para los efectos de este artículo, no interesa cuán cierta sea esta historia, sino la posición oficial del cristianismo. Por otra parte, hasta quienes nieguen esta historia bíblica deberán admitir que al menos algunos de estos mandamientos tienen fundamento lógico y tienen por objeto regular la convivencia humana. Un ateo, por ejemplo, podrá negar el Primer Mandamiento: Amarás a Dios por sobre todas las cosas, porque él niega la existencia de Dios, y por supuesto es absurdo pretender que se ame a quien no existe (punto sobre el que volveremos dentro de poco), pero no ya el Quinto Mandamiento: No matarás, porque en este último caso ya no importa si Dios existe o no, ni si él ordenó eso o no: no se debe matar, y a otra cosa. También coincidiremos muchos en que los actos que condenan estos Mandamientos son repudiables si se ejercen contra simples desconocidos, pero mucho más tratándose de alguien allegado y a quien uno dice amar. En otras palabras, está muy mal que yo asesine a un pobre transeúnte que ningún mal me ha hecho, pero si mi víctima es mi hijo, resulta todavía peor.
Creo que, en teoría, ningún cristiano negaría esto; y sin embargo, una gran mayoría de ellos reincide año tras año en una flagrante falta al Octavo Mandamiento: No dirás falso testimonio ni mentirás. Me refiero a esa desagradable costumbre de hacer que sus hijos crean en Papá Noel (o Santa Claus, o como quiera llamárselo) y los Reyes Magos. Hacen que ellos amen a estos personajes, los cuales no tienen existencia o efectiva. Por supuesto, bella imagen se forman de nosotros, por ejemplo, los ateos: cómo pedirles que crean en Dios, a quien ellos tienen por un ser puramente imaginario, si ven que los cristianos no tenemos ningún problema, parece, en engañar a nuestros propios hijos, haciéndoles creer, en personajes innegablemente imaginarios. Gente así, capaz de fraguar imposturas contra aquellos a quienes más dicen amar, ¿qué reparo podrían tener en engañar a otra gente a la que ni siquiera conocen?
Pero más grave que la opinión que otros se puedan formar de nosotros, los cristianos, es el engaño en sí mismo. El mensaje que se transmite a los hijos al hacerles creer en estos personajes, es que ni en sus propios padres pueden confiar; que el mundo no sólo no es ni la mitad de edulcorado de lo que les han enseñado, sino que además es tan amargo, que ni quienes lo han traído a él, y que deberían amarlos y proveerlos de un bagaje que les permita ser felices cuando hayan crecido, se privan sin embargo de engañarlos.
Hablo de los cristianos porque, francamente, me parece inadmisible la posibilidad de que cualesquiera otras personas cometan también semejante tontería; que un ateo -por mucho que pueda yo discrepar con los ateos- se disfrace de Rey Mago y engañe a sus mismos hijos con un cuento de hadas al que se confiere visos de realidad mediante usurpación de identidades. No obstante, si lo hubiera, doblemente estúpido: no cree en Dios, de quien sin embargo no nos consta que ningún padre haya alguna vez fingido serlo, ¿y enseña a sus hijos a creer en personajes reconocidamente aceptados como ficticios en el mundo adulto, salvo por ocasionales pánfilos que gustan de vivir en irrealidades?
Nunca creí en Papá Noel ni en los Reyes Magos en mi infancia. Mi madre decidió ser sincera conmigo en ese aspecto: cuando la situación económica lo permitiera, me obsequiaría algún regalo por las fiestas navideñas, pero no quería mentirme diciendo que Papá Noel y los Reyes existían, porque el desengaño podría ser muy doloroso. Cuando al crecer cotejé esta opinión con la de gente que sí había creído en Papá Noel y los Reyes, tuve ocasión de comprobar cuánta razón había en ella. Muchos de los interrogados parecían revivir el viejo dolor de la decepción de ese momento en que se enteraron, por fin, de la verdad; e incluso hubo quienes dijeron haberse sentido muy imbéciles.
Por lo tanto, si de verdad amamos a nuestros hijos, demostrémoslo de la mejor forma. Una que no los haga cuestionarse la realidad de ese amor, que si existe debería prescindir de engaños y fabulaciones, por bienintencionadas que sean. No necesitamos, a tan tierna edad, revelarles que el mundo puede ser muy cruel a veces; pero menos aún precisamos demostrárselo con hechos, yendo al extremo opuesto de pintarlo nosotros mismos de color rosa y obligándolos más tarde, no queda otro remedio, a salir de él. Meditemos al respecto. Si no, si esos mismos padres son luego estafados en su buena fe por todo género de gente inescrupulosa, pues... No tendrán mucho motivo para protestar. Engañan, y son a su vez engañados. Justicia divina, que le dicen. ¿Vieron, ateos, que Dios finalmente sí existía?...