Nuestra memoria a corto plazo está encadenada al número siete
"La memoria es el centinela del cerebro". (William Shakespeare)
El psicólogo George Miller dijo en el año 1956 que estaba siendo perseguido por el número siete; número que se adentraba en su mente mientras leía los diarios o manejaba datos, se agrandaba o empequeñecía ante sus ojos pero siempre se mostraba adquiriendo una forma tan extemporánea y omnipresente que no podía deberse al azar. Entonces Miller hipotetizó que el siete era un número mágico que representaba la cantidad de ítems que podemos guardar en nuestra memoria a corto plazo (con una variación de +/- 2 ítems).
Las recientes investigaciones nos confirman su hipótesis: las personas pueden manejar más datos en su memoria a corto plazo siempre que estos se guarden en grandes grupos pero... la cantidad de estos grandes grupos también se encuentra delimitada a siete (con la consabida variación de +/- 2 grupos). Quizás de este inconsciente colectivo provenga la necesidad de categorizar las cosas en grupos de no más de siete (baste ejemplificar con las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, los Pecados Capitales, las siete notas musicales, los siete días de la semana). Pero... ¿cómo surgió esta teoría?
Una de las características mejor documentadas de la memoria a corto plazo es precisamente su carácter limitado para contener información. Miller se sustentó en experimentos propios y análisis de experimentos anteriores donde se evidenciaba que, independientemente de la cantidad de estímulos iniciales y de la variedad de los mismos, las personas tienden a recordar +/- 7 elementos. Las investigaciones por él recogidas incluían el recuerdo de tonos musicales, puntos en el espacio, la luminosidad de los colores, el grado de salinidad del agua, fonemas... todas apuntaban al maravilloso número siete como un límite para la percepción y la memoria humana. Pero el estudio desarrollado en el Mount Holyoke College fue el resultado que brindó la nota descollante.
Kaufman, Lord, Reese y Vollmann mostraron en una pantalla patrones de puntos al azar que flasheaban durante 1/5 de segundos. El cometido de las personas que participaban en el experimento era reportar cuantos puntos veían cada vez (podían aparecer desde 1 hasta 200 puntos en cada ocasión). El resultado fue muy claro: cuando los conjuntos tenían menos de siete puntos las personas no erraban, cuando el conjunto sobrepasaba el "número mágico" aparecían los fallos y los propios participantes reconocían que estaban estimando más que contando.
Estos experimentos condujeron a Miller a proponer su teoría sobre el “lapsus del juicio absoluto”: tenemos una capacidad limitada para identificar y procesar con precisión los estímulos por lo cual, también tendremos una capacidad limitada para retener la información en nuestra memoria, a menos que... utilicemos alguna que otra técnica mnemotética como los chunks. Los chunks son unidades de información en las cuales integramos con cierto sentido los datos más sencillos. En la lógica de Miller, un dato sencillo sería el equivalente a una palabra; mientras que un chunk estaría compuesto por varias palabras, sería una oración; algo mucho más simple para recordar porque cobraría un sentido para la persona.
Así, Miller afirmaba que la mejor forma de recordar es trasladar toda la información a un código verbal de forma que podamos establecer grandes paquetes de información o chunks; pues de lo contrario nuestra memoria visual podría solamente retener unos pocos detalles de los sucesos.
Para demostrar esta teoría te propongo un simple ejercicio.
Intenta recordar cada uno de estos dígitos:
9 7 4 1 1 4 9 2 1 9 4 5
¿Difícil? Es probable que no todos puedan recordarlos o que tengan que esforzarse para hacerlo; sin embargo, si les damos un nuevo orden y los agrupamos en unidades con sentido como el año en el cual se terminó la guerra mundial nos quedaría más o menos así:
1947 1942 1945
¿Más fácil ahora?
No obstante, ya sabemos que siempre hay quien desea refutar cada teoría que se postula. Así, en el año 1980 Ericsson, Chase y Faloon decidieron comprobar la veracidad del número maravilloso. Para esto entrenaron a estudiantes para que aprendieran secuencias de dígitos decimales al azar. El experimento se prolongó nada menos y nada más que un año y medio en el cual los estudiantes se sometían a este ejercicio de 3 a 5 veces a la semana. Al finalizar este entrenamiento los estudiantes habían incrementado el poder de su memoria de trabajo de 7 dígitos a 79; en otras palabras: podían repetir en orden inverso secuencias de 79 dígitos sin equivocarse. Evidentemente su memoria a corto plazo había mejorado considerablemente e incluso solían recordar secuencias aprendidas en los días anteriores.
En conclusión, Miller nos demostró que tenemos una capacidad mnémica a corto plazo muy limitada, que podemos extender si dotamos de sentido la información que debe ser memorizada y la incluimos en grandes paquetes de información; mientras que Ericsson nos muestra que el poder del entrenamiento puede expandir nuestros límites más allá de lo imaginado. Eso sí, poniendo mucho esfuerzo y constancia.