Empujones
Las chispas de la vía mordían sus ojos. No podía más que mirar detrás del absurdo vidrio, que sería lo único que los separaría siempre que ella fuera hacia delante, porque él se había quedado parado, tras saludarla, deseándole buenos viajes, sonriendo, creyendo en la grandeza de sus míseras palabras. Él la empujo en el andén y ella cayó: sobre el tren. El humano es frágil y ahí radica su grandeza. Pero hay vidrios que no son capaces de quebrarse. A veces ser héroe es más fácil que ser humano.
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