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Primer post: 16 oct 2016Último post: 9 abr 2017
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Ciriaco, el hombre que vende peluches en los prostíbulos
Ciriaco, el hombre que vende peluches en los prostíbulos
InfoporAnónimo10/16/2016

“Tengo peluches con dinamita para la suegra por si están buscando”, nos dijo entre risas Ciriaco cuando salió, por fin, de un prostíbulo. Le veníamos siguiendo la pista de burdel en burdel con cámara en mano por la avenida Caracas. Cada lugar en el que parábamos era más sórdido que el anterior. Siempre que preguntábamos por él los tipos encargados de la entrada cambiaban su mala cara y nos decían que había salido hace poco, que debía estar en un “chochal” cercano. Después de cinco intentos fallidos lo encontramos en la calle 64. Bajó por unas escaleras tupidas por las luces de neón que indicaban que en el lugar, efectivamente, se ejerce la prostitución. Venía un poco encartado con la mercancía y unas cadenas doradas entre sus brazos. La broma con la que nos recibió no era un chiste flojo para ofrecer a las mujeres que allí trabajan. El Ciriaco no es un chulo, ni mucho menos ofrece mercancía cargada con dinamita. Aunque desde hace 25 años se gana la vida de lupanar en lupanar, él, en realidad, vende peluches: de los que acumulan ácaros, de los que venden en esas misceláneas infestadas de Timoteos y globos de aluminio, de los que tienen los niños, de los que se regalan los adolescentes en amor y amistad. Debo reconocer que lo primero que pensé cuando empecé a hablar con él era que estaba borracho. Parecía disperso. No oía ni veía bien. Armar una conversación fluida con él resultó difícil. Aunque a simple vista no lo aparenta, los años ya le están haciendo efecto. Me contó que había nacido el 18 de agosto de 1945. Y para tener 70 años y trabajar en la calle, a la larga, no necesita más lucidez de la que tiene. Dijo que un día trabajando le dio una trombosis que afectó uno de sus oídos y le achiquitó un ojo, pero que por lo demás su salud está perfecta. Su oficio no es una rareza, pero su lugar de trabajo es poco común. Pareciera que en un establecimiento dedicado a la lujuria no cabe la venta de un artículo que, a menos que sea el incorrecto oso de la película Ted, reúne toda la empalagosa cursilería de estas fechas (amor y amistad). Queríamos saber cómo había terminado sacándole provecho al negocio del amor cronometrado. Pues de tanto rondar por ese mundo se ha convertido en un personaje infaltable. Sus peluches hacen parte del paisaje de los burdeles bogotanos. Sus peluches hacen parte del paisaje de los burdeles bogotanos. Le dijimos que lo acompañaríamos durante su recorrido y así fue. Primero nos metimos con él a trabajar en el lugar en el que nos recibió. Allí nos tomamos una cerveza, aunque dijo que cuando sale a vender no le gusta tomar porque le echan cosas al trago: “las putas son jodidas”. Su nombre real es Francisco de Asís Granada Rivera y nació en Pinillos, Bolívar. Desde muy joven se mudó a Cartagena con su papá y su mamá. De ellos recuerda que sufrieron la Colombia de la época de la violencia y que tuvieron que moverse de municipio en municipio. No pude saber qué pasó con su familia porque cuando le pregunté, se bebió la cerveza que le había invitado y se quedó callado durante un tiempo. Dijo que tenía cuatro hijos profesionales y que no les pedía nada. Insistió en mostrarme su cédula pero no la encontró. El resto del tiempo que estuvimos con él, en cada interjección me decía: “caramba, Dios quiera que no haya botado la cédula”. Cuenta que salió de Cartagena muy joven hace unos 50 años. Desde que se fue de allí se dedicó a las ventas. Iba de feria en feria negociando juguetes, alcohol, lo que pudiera. Dice que fácilmente pudo haber estado en todos los carnavales de Colombia. Seguramente era un tipo al que le gustaba mucho la fiesta. Ahora todo lo cuenta con calma y en frases cortas e inconexas. Le pregunté que cómo había terminado vendiendo peluches en los prostíbulos y me hizo un gesto de incertidumbre. Le pareció una pregunta extraña, él no le ve ninguna particularidad ni lo hace por excéntrico. “A la mujer le gusta mucho que le regalen peluches y chocolates, y acá hay mujeres” fue lo único que me dijo al respecto. Desde hace 25 años, todos los días, exceptuando los domingos, arranca a las 9 de la noche con el mismo ritual: se pone sus cadenas doradas que siempre lo acompañan, carga su mercancía de felpa y empieza su recorrido. Va desde el barrio 7 de agosto hasta la calle 49 de garito en garito, de antro en antro, de burdel en burdel. Ya conoce todos los desfiladeros. Mientras cambiamos de lugar de trabajo me contó que sus clientes, los parroquianos de las casas de prostitución, siempre compran peluches o para las putas o para sus mujeres. Yo creo que terminó en esos lugares porque en el fondo se dio cuenta que allí podía jugar con la culpa y el deseo incompleto de los hombres. Por más carencias que tengan los visitantes de los burdeles, y por más transaccional que sea el mercado sexual, siempre hay un juego previo, un coqueteo fingido (muchos hombres, incluso, solo pagan para que los escuchen, para pasar la tusa). Pasa tanto que hasta los clientes terminan simulando las torpezas del amor romántico y terminan regalando los peluches que vende Ciriaco. Como un buen vendedor, sabe que llenamos nuestros vacíos con productos o con ficciones. Una de las trabajadoras de la 49 me contó que tenía una pared llena de peluches que sus clientes le regalaban. Todos se los compraban a Ciriaco, por supuesto. También están los que compran para llevar a la casa; los que, por cinismo o culpa, salen del burdel con un regalo para su pareja. Seguimos caminando un rato por la Caracas en el recorrido habitual de Francisco. Paradójicamente (o no) nos sentíamos más seguros caminando junto a un hombre de 70 años, de apariencia frágil y con un arsenal de peluches de flores, micos y leones que cuando íbamos solos. Dice que por esas calles ha visto de todo, pero que él nunca se mete con nadie y por eso nunca se meten con él. Antes de entrar a un lugar conocido como Pussy, por fin me respondió la pregunta que le había hecho durante todo el camino. ¿Por qué le decían Ciriaco? Soltó varias frases. Lo que me quedó claro es que tenía que ver con una canción: “Ciriaco, el sabroso” de Daniel Santos y Jhonny Pacheco. Uno de sus amigos, hace más de 30 años le puso así porque lo molestaba con la historia de la amenaza de Daniel Santos a Ciriaco, el sabroso. Mientras me contaba la historia se reía solo. Dijo después que otra persona le había preguntado asombrada que porque se dejaba llamar así, que un Ciriaco era un demonio, a lo que respondió que “es pura paja, que el demonio es uno mismo”. Y en realidad era pura paja, en el mundo religioso el único personaje conocido con ese nombre es un santo católico. Al terminar nuestro recorrido con Ciriaco dejé de pensar que el hecho de que hubiera peluches en un prostíbulo era perturbador. Lo realmente perturbador es que tantos clientes recurran a jugar al amor romántico, hasta el punto que, incluso en medio de un intercambio de sexo por dinero, tengan que dar ese signo adicional con el que se espera atraer al otro. La gente no va a estos lugares para satisfacer su lujuria sino su autoestima, para sentir que la están logrando, para vivir una ficción. Dice el antropólogo Ted Fischer que cuando los humanos nos enamoramos entramos en un estado de inestabilidad y por eso hacemos tonterías: como presumir de lo que no tenemos, o dar regalos que no necesitamos dar y que los demás no necesitan recibir. En los burdeles, los que regalan peluches fingen ser correspondidos con amor (pago). A los prostíbulos los hombres van a ser como realmente son, no siempre unos aberrados lujuriosos, también cursis, tristes, aburridos. Por: Fabián Páez López

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Me acosté con mi profesora y la experiencia casi me mata
Me acosté con mi profesora y la experiencia casi me mata
Apuntes Y MonografiasporAnónimo12/9/2016

Cuando se piensa en depredadores sexuales pocas veces llega a la mente la idea de una mujer. La noción de abusadoras sexuales nunca ha permeado la conciencia colectiva como lo ha hecho la figura del hombre pedófilo. Pero eso no quiere decir que no existan. El mes pasado, Caroline Berriman, una profesora de 30 años del Reino Unido, se salvó de ir a la cárcel tras haber sido encontrada culpable de tener relaciones sexuales sin protección con un alumno de 15 años. El joven afirmó que esta aventura, que duró dos meses, le dejó "cicatrices de por vida". Términos como "agresión sexual" y "violación" tienden a atribuirse únicamente a los hombres que se aprovechan de mujeres y niñas. Se dice que las mujeres no violan, sino que seducen a sus víctimas. Esta semana, una mujer de 20 años que tuvo relaciones sexuales con un niño de 11 recibió una sentencia de prisión después de que el padre del niño dijera que su hijo estaba "loco por el sexo" y "preparado para la experiencia". Luego, la pena fue suspendida. Al igual que el adolescente en el caso Berriman, mi historia comenzó cuando tenía 15. Mi profesora era una mujer de unos 20 años, que tenía un hermano un año menor que yo. Ella era bajita —más bajita que la mayoría de los niños más grandes del colegio—, linda, rubia y tenía buen cuerpo. Era uno de esos profesores a los que no les importa hablar con los chicos populares como si fueran sus mejores amigos. Las chicas querían ser ella y los chicos querían tirar con ella. Pero nunca llegué a pensar que yo en realidad lo haría. Un día, fingí que tenía que llamar a mi mamá para que me recogiera después de salir del colegio y le pedí prestado el celular a mi profesora. Pero en lugar de llamar a mi mamá, me mandé un mensaje de texto a mi celular, le entregué su celular de nuevo y me fui triunfante a la casa. Fue una buena picardía, una pequeña victoria de adolescente. Me acababa de conseguir el número de la profesora más sexy, y no sabía a quién contarle primero. Cuando llegué, miré mi celular y no pude creer lo que estaba viendo. Debajo del mensaje que me había enviado a mí mismo había un segundo mensaje: "Oye travieso. ¿Cuándo te pasas por un café? Besos" Inmediatamente sentí que esto podría estar yendo hacia alguna parte a la que probablemente no debería ir. De todas maneras decidí guardar su número con un nombre falso: "Mia". Comencé a visitar a Mia por lo menos dos o tres veces a la semana después de salir de clases, casi siempre con mi uniforme puesto. Nos sentábamos en el sofá, veíamos Friends y nos besábamos por horas. Ella me preguntaba por mi día y nos reíamos de los estudiantes y de los profesores que no nos caían bien. Dos semanas después, perdí mi virginidad. Era peor que una pesadilla. El sexo en sí realmente era una mierda. Cualquier niño de 15 años con la tarea de satisfacer a una mujer mayor siente presión, y más aún cuando se trata de su primera vez. Mia era agresiva, mandona y ruidosa. Yo hacía todo lo posible para imitar lo que había visto en videos porno y ella hacía todos los ruidos correctos. A veces era demasiado incómodo y me mataba la incertidumbre. No mucho tiempo después me hizo prometerle que la amaba. Y la cosa es que yo de verdad lo hacía. A medida que fueron pasando los meses la relación empezó a consumirme. Mia me prohibía hablar con algunas de las chicas más lindas del colegio. Si estaba brava, me ignoraba cuando nos cruzábamos en el pasillo, sabiendo que en ese momento yo no podía preguntarle qué le pasaba. Me decía que estaba celosa de sus amigas, que mientras ellas se estaban casando y mudando con sus esposos, ella estaba jodiendo conmigo, "un niño". A veces iba a mi clase de teatro —decía como pretexto que tenía que hablar algo con nuestro profesor—, pero siempre se quedaba para verme actuar. Me miraba todo el tiempo. Cuando las cosas empezaron a ponerse peor y luego me dijo que había perdido nuestro bebé. Una noche estábamos arrunchados después de haber tenido sexo y ella empezó a sangrar. En ese momento, los dos asumimos que le había llegado el periodo inesperadamente. A mí me pareció divertido, ella estaba avergonzada. Luego me fui a mi casa porque después de todo era un día entre semana. Mia me llamó la noche siguiente para decirme que había pasado el día en el hospital porque había tenido un aborto espontáneo. Había estado embarazada sólo por unas pocas semanas. En esa época yo no podía entender bien. En mi cabeza no podía concebir que yo pudiera crear un niño —yo todavía era un niño— y no sabía qué decir. A Mia no le gustaba hablar del tema. Nunca lo hicimos. La marihuana es una gran droga recreativa, pero puede ser una cagada para la gente con secretos. A los 16 años yo fumaba por lo menos tres veces a la semana. Mis amigos pasaban horas hablando de sus novias —de cómo era el sexo, las peleas que tenían, los lugares a los que iban de vacaciones— y yo no podía contar ni mierda. A veces llegaba a mi casa muy trabado y me ponía a hablar solo en mi cuarto de todas las cosas que no podía hablar con nadie más. No le podía contar a nadie que estaba enamorado. Y aún peor, no le podía contar a nadie que no había manera de que eso pudiera durar. Así que, después de un incidente estúpido, decidí terminar con todo. Una vez estaba con mis amigos y dije que me iba a la casa porque estaba muy cansado, pero me fui donde Mia. Pasamos casi dos días en su casa, tirando en cada una de las habitaciones. El mundo exterior dejó de existir y yo no me detuve a pensar qué podrían estar pensando mis papás: mi celular estuvo apagado por casi 48 horas. Cuando llegué a mi casa mi mamá estaba llorando, habían llamado a la policía y estaban a punto de declararme desaparecido. Eso fue suficiente. Le envié un mensaje a Mia que decía: "Ya no podemos seguir haciendo esto". Su respuesta: "OK". El profesor Kevin Browne, un experto en salud mental en la Universidad de Nottingham, dice que: "Los delitos cometidos por mujeres contra adolescentes son en gran parte un misterio porque las víctimas no declaran nada. Se espera casi que los niños disfruten de este tipo de abuso, y en cierta medida, es debido a la naturaleza patriarcal de nuestra sociedad, así que no admiten lo asustados que pueden sentirse frente a esa situación". Estuve a punto de suicidarme en tres ocasiones distintas. Dos veces fue tratando de tener una sobredosis con analgésicos y otra vez me salí de la carretera cuando iba a 150 kilómetros por hora. Salí de los tres incidentes relativamente ileso (aunque ahora tengo que irme el trabajo en bicicleta). Me prescribieron antidepresivos para equilibrar mis estados de ánimo. Después de escuchar que Mia supuestamente se había acostado con más chicos del colegio, hice una denuncia anónima en la policía. Les dije que no quería hacer una declaración, pero que si miraban sus mensajes de Facebook iban a encontrar todo lo que necesitaban. Lo último que supe fue que ella ya no estaba trabajando en el colegio, que su casa había sido vendida y que había borrado su perfil en las redes sociales. Las abusadoras son relativamente pocas. Se estima que constituyen tan sólo el 5% de los abusadores sexuales. Pero sí existen, y todavía hoy, sigue quedando mucho por hacer para alentar a las víctimas a que hablen públicamente. Yo todavía lo estoy intentando.

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Jack Guzmán, el Power Ranger colombiano
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/30/2017

Con más de 15 años de carrera, el barranquillero ha sabido labrar un futuro como actor en Estados Unidos. El pasado 23 de marzo fue estrenado en nuestro país la película Power Rangers, que centra su trama en cinco jóvenes que terminan conviertiéndose es una especie de superhéroes y que tendrán que salvar a la humanidad de un nuevo peligro. Muchos han sido los actores que han pasado por las diversas producciones sobre estos jóvenes y una de las cuotas viene de Colombia. Conozca a Jack Guzmán, el Power Ranger colombiano. Se trata de un barranquillero que interpretó al Ranger Negro en Power Rangers: Wild Force, la décima temporada de la franquicia que salió al aire en 2002. “Ese fue mi primer papel grande, como protagonista en una serie, desde entonces, gracias a Dios ese trabajo me ha abierto muchas puertas, ya son 17 años actuando y no he parado desde que empecé”, le contó el actor a El Heraldo. Su vida en Estados Unidos comenzó a temprana edad, cuando su madre, a los cinco años, se lo llevó a dicho país para labrar un mejor futuro. “Tengo angelitos que me están ayudando, cómo un pelao colombiano ha dado para mantenerse tanto tiempo en Hollywood, trabajando con tanta gente que admira. Me gustaría llegar al nivel de Sofía Vergara o John Leguízamo y daré todo para lograrlo, tengo fe en eso”. En la entrevista, el actor colombiano también se refirió a la cinta que está recién salida del horno. “Los pelaos lo hicieron muy bien, RJ Cyler, que hizo del Ranger azul, creo que fue el mejor de la película. A los fans les va a gustar mucho el filme en general”.

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Crónica el día que Iron Man se vino de Venezuela a Colombia
Crónica el día que Iron Man se vino de Venezuela a Colombia
Apuntes Y MonografiasporAnónimo4/9/2017

La historia de un maracucho que salió del vecino país y escogió a Cartagena para ganarse la vida personificando al reconocido superhéroe del cómic de Marvel. El 31 de octubre de 2015, a las 2:30 de la tarde, Iron Man llegó a Cartagena luego de haber tomado la decisión de salir de Venezuela ante la difícil situación que vivía en la hermana República. No es exactamente Tony Stark, el personaje del cómic de Marvel, quien llegaba a la Ciudad Heroica, sino Jeremy Hernández Soto, un joven venezolano de 24 años quien se gana la vida personificando al reconocido Hombre de Hierro y junto con su compañero, conocido como Máquina de Guerra, recorre las calles y plazas de Cartagena rebuscándose el sustento diario a fuerza de voluntad y de uno que otro visitante desprevenido que admira la fortaleza de este maracucho. Desde hace dos años se dispuso a salir de su Maracaibo natal en procura de lograr encontrar mejores condiciones de vida en otra parte del mundo. Contrario al personaje que representa, Jeremy Hernández no es multimillonario, playboy, genio ni filántropo y, esforzándose y trabajando duro, como vigilante, se hizo a unos ahorros con los que emprendió la aventura junto con otros cuatro amigos más quienes también se ganan la vida disfrazándose de reconocidos protagonistas de películas de Hollywood. Este superhéroe venezolano salió volando de Venezuela en un bus que lo trajo por la frontera de La Guajira, recorriendo Paraguachón, Maicao, y desde allí, a Riohacha, Albania, La Jagua del Pilar, cruzando casi toda la costa norte colombiana. Al interior de una gran maleta negra deteriorada por el paso de los años, Jeremy traía la ilusión de su vida materializada en dos disfraces con los que pretendía comenzar a trabajar fuertemente en Colombia para enviar algo de dinero a su familia en Venezuela. En Santa Marta se detuvieron pero el ambiente no le pareció pues en su mente tenía claro que quería llegar a Cartagena, toda vez que le habían hablado bien y le habían sugerido el Corralito de Piedra por la cantidad de turistas que llegan semana tras semana. Sus otros tres amigos tomaron destinos distintos y salieron con rumbo al interior del país. “El calor y el sofoco con las armaduras del disfraz genera jornadas agotadoras, sin embargo, esto se soporta” Comienza la jornada Al caer la tarde, a las 6:00 p.m., Jeremy comienza a asumir el rol del personaje que representa. Arranca con su fiel compañero en la emblemática Torre del Reloj. Allí, dos bellas turistas paisas los abordan y con el celular en la mano se hacen fotos para el recuerdo. Un billete de 10.000 llega al gran tarro de plástico con el que andan y comienzan a verse los resultados de caminar diariamente con un disfraz que pesa más de seis kilos. “El calor y el sofoco con las armaduras del disfraz genera todos los días unas jornadas agotadoras; sin embargo, esto se soporta y se tolera más que la situación que se vive en Venezuela. Allá, por ejemplo, mis padres lo están tratando de tolerar y no tienen claro hasta dónde va a llegar la situación”, asegura Jeremy mientras un niño que va acompañado por sus padres se queda embelesado admirando a sus personajes favoritos y les pide que les tomen una foto. Esta vez son unas cuantas monedas que caen al tarro de la mano del pequeño. Para Jeremy está claro que su país es noticia todos los días y los hechos que se muestran no son nada alentadores y, a lo lejos se esfuerza y camella duro para lograr hacer la tarifa diaria. “Tengo que hacer un promedio de 50.000 pesos diarios que es mi sustento aquí en Colombia y afortunadamente desde que llegué aquí lo he logrado. Son pocos los días en que no consigo la meta”, comenta Iron Man mientras camina rumbo a donde Benjamín, el Tuchinero que le vende un tinto caliente que acompaña con un cigarrillo con lo que trata de disipar algo de la nostalgia que le da estar tan lejos de su casa. Casi todos los días tiene comunicación con su familia. La situación, le dicen, empeora, tanto así que una tía de Jeremy que trabaja como enfermera jefe en un hospital le pidió, en medio de bromas, que le fuera haciendo el disfraz de Mujer Maravilla porque estaba que se venía a acompañarlo. Lamentablemente, le dicen, que todos en Venezuela están convencidos de que allá no hay superhéroe que les ayude a salir del abismo en que se están sumergiendo. “La última llamada que tuve con mi padre que fue al comienzo de la semana, me sugirió que siguiera en Colombia y que no pensara por ahora en devolverme. La cosa está bien arrecha en Venezuela”, asegura Iron Man, en medio del acento maracucho del cual aún no se ha podido despegar. A fuerza de la costumbre le ha cogido cariño a la ciudad. Asegura sentirse como un cartagenero más que ha terminado por admirar al Junior de Barranquilla, pese a que no le va muy bien en el torneo. El tiempo le da para hablar de todo un poco mientras camina con un paso imponente por las calles de la ciudad como creyéndose el personaje que está representando. “Eso sí te comento, mi hermano, el día que se enfrente la Vinotinto con Colombia, prepárate porque van a perder. Venezuela siempre piensa en dañarle el caminado a tu país y mínimo el juego queda unos 2 a 0”, comenta en voz muy baja cerca de la plaza Santo Domingo para no dañar los potenciales clientes que han sido albergados por una noche en este sitio de diversión nocturna. “Mi padre me sugirió que siguiera en Colombia y que no pensara por ahora en devolverme. La cosa está dura allá” Una relación que comenzó con las arepas El encuentro entre el Iron Man maracucho con su gran amigo Máquina de Guerra en Cartagena parece tomado de una película de ficción. Mientras aspira una bocanada más del cigarrillo, recuerda que recién llegó a la ciudad, buscaba quien le hiciera la segunda porque tenía entre la maleta otro disfraz. La arepa, el producto venezolano por excelencia, sería el sello de una amistad que ha perdurado por varios años. Su compañero, el también venezolano José Miguel Piñera, natural de Cabimas, trabajaba hasta hace año y medio fuertemente en un venta de arepas con queso que eran del agrado de Jeremy. La parada era obligada en el sitio para degustar dos de ellas con una gaseosa. En medio de las conversaciones, Iron Man logró convencer a su amigo para que dejara aquel carro y cambiara de actividad. En un principio José Miguel Piñera, quien era estudiante de derecho en Venezuela, supuso que ganarse la vida de esta manera era como una broma, pero con el tiempo se dio cuenta de que el trabajo era rentable e interesante. Con el disfraz, según dice, solo tiene que trabajar al caer la tarde y no todo el día como lo hacía antes. “Me queda más tiempo y ahora estoy ahorrando en procura de ver si puedo culminar mis estudios de jurisprudencia”, comenta con un dejo de desilusión la Máquina de Guerra, quien es un muchacho de 23 años que aún lo sorprende la vida esforzándose de una manera como esta para hacerle frente a la vida. A ambos los ha mantenido unidos el agrado por los personajes de los cómics. De los disfraces no se dan a conocer los detalles sobre su elaboración. Es un secreto de estado que se mantiene bajo absoluta reserva y se prepara desde ya una sorpresa con la que Jeremy recorrerá las calles de la ciudad. Se trata del nuevo personaje que es Iron Patriot. En pocas semanas estará lista y será una novedad. Los fines de semana la jornada de trabajo se extiende hasta la madrugada y ya cansados de cargar las armaduras deciden devolverse caminando hacia su residencia ubicada frente al Castillo de San Felipe. Durante todo el día los superhéroes deciden dormir porque en la noche los espera una nueva y ardua jornada.

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De indigente y adicto a la heroína, a próspero millonario
Salud BienestarporAnónimo3/28/2017

Khalil Rafati atravesaba su novena sobredosis de heroína y los paramédicos intentaban desesperadamente salvarle la vida. Hoy es multimillonario por vender jugos de fruta. El equipo médico usó un desfibrilador para administrarle un shock eléctrico y el drogadicto finalmente recobró la conciencia. Eso fue en 2003, cuando Khalil tenía 33 años y dormía a la intemperie en las calles de Los Ángeles, California, en Estados Unidos. También era adicto a la pasta base de cocaína o "crack", pesaba apenas 49 kilos y su piel estaba cubierta de úlceras. "Fui arrestado más veces de las que puedo recordar (por delitos de drogas)", dice Khalil. "Estaba hecho un completo desastre... y siempre en tanto dolor que no podía dormir". Aunque Khalil había tratado antes de dejar las drogas y fracasado, afirma que, después de su novena sobredosis, de dio cuenta por fin de que tenía que cambiar si quería seguir viviendo. Así que pasó cuatro meses en un centro de rehabilitación y, desde entonces, ha estado libre de drogas. Después de dedicarse a vivir sanamente, Khalil ha tenido tanto éxito rehaciendo su vida que hoy en día es el fundador y propietario de Sunlife Organics, una reconocida empresa de alimentos saludables en California que lo ha hecho millonario. Con ventas anuales de más de US$6 millones en sus seis sucursales -que son una combinación de café y bar de jugos- y vía su sitio internet, la compañía se prepara para expandirse a otros 16 estados y a Japón. A sus 46 años y acostumbrado a viajar en jet privado, ha sido un largo trayecto desde sus días durmiendo en las calles El hecho es que la historia de Khalil podría ser el argumento de una película de Hollywood. Nació en Ohio, en el centro de EE.UU., hijo de una madre judía polaca y un padre musulmán. Tuvo una niñez turbulenta, abandonó la escuela sin un diploma y fue arrestado por vandalismo y hurto. En 1992, a los 21 años, se trasladó a Los Ángeles con el sueño de convertirse en una estrella de cine. Su carrera como actor nunca despegó, pero empezó a tocar en conjuntos musicales locales y logró tener un buen ingreso lavando los autos de estrellas de Hollywood que incluían a Elizabeth Taylor, Jeff Bridges y Slash, el guitarrista de Guns N‘ Roses. Sin embargo, pronto se sumió en las drogas y su vida entró en una espiral descontrolada. Terminó durmiendo dentro de cajas de cartón al lado de otros adictos y vendiendo drogas para costearse su propia adicción. Pero, después de esa fatídica novena sobredosis, la vida de Khalil cambió completamente para bien. Tras lograr superar la drogadicción, se mantuvo ocupado con varios trabajos. Además de trabajar en dos centros de rehabilitación en Malibú, lavó autos, sacó perros a caminar e se dedicó a la jardinería. "Pude ahorrar dinero", cuenta. "Trabajé arduamente, siete días a la semana, 16 horas al día". Khalil también empezó a obsesionarse con hacer sus propios jugos de frutas y vegetales, después de encontrarse con un viejo amigo de Ohio. "Él era más o menos un hippie que empezó a enseñarme sobre vitaminas, comida orgánica y alimentos súper nutritivos", explica. "En ese momento yo buscaba cualquier cosa que me hiciera sentir mejor". En 2007, Khalil arrendó una casa y abrió su propio centro de rehabilitación, Riviera Recovery, para clientes que pudieran pagar los US$10.000 al mes que costaba la estadía. Para esos residentes, Khalil les preparaba una mezclas de jugos exóticos como el que llamaba "Wolverine", una combinación de banano, polvo de maca, jalea real y polen. Con el tiempo, la reputación de estas bebidas empezó a crecer y la gente lo llamaba para comprarlas. Derechos de autor de la imagen Khalil Rafati Image caption En su vida anterior, Khalil se la pasaba siendo arrestado. Se dio cuenta de que había suficiente demanda para establecer un negocio separado así que, en 2011, Khalil lanzó Sunlife Organics, en asociación con su mejor amigo y su entonces novia. Financió el negocio con sus ahorros y la primera sucursal abrió en Malibu. Khalil asegura que fue un éxito inmediato, alcanzando US$1 millón en ventas el primer año. Hoy en día, la empresa emplea a más de 200 personas en sus 6 sucursales. Además de jugos, ahora vende una gama de alimentos y ropa, como playeras y encapuchados. Rob Nazara, un analista de Deutsche Bank en Nueva York, dice que la historia de Khalil revela una verdadera fortaleza de carácter. "No importa los antecedentes educacionales o profesionales que se tenga, el éxito de un empresario está impulsado por temple, determinación y ambición", afirma. Además de Sunlife Organics, Khalil todavía administra Riviera Recovery y es dueño de un estudio de yoga en Malibú. También se tomó el tiempo para escribir su autobiografía, "Me olvidé de morirme", publicada en 2015. "No me considero súper inteligente", comenta Khalil. "Pero tengo apetito por la vida y me lanzo de lleno a algo cuando me propongo hacerlo".

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De indigente y adicto a la heroína, a próspero millonario
Salud BienestarporAnónimo3/28/2017

Khalil Rafati atravesaba su novena sobredosis de heroína y los paramédicos intentaban desesperadamente salvarle la vida. Hoy es multimillonario por vender jugos de fruta. El equipo médico usó un desfibrilador para administrarle un shock eléctrico y el drogadicto finalmente recobró la conciencia. Eso fue en 2003, cuando Khalil tenía 33 años y dormía a la intemperie en las calles de Los Ángeles, California, en Estados Unidos. También era adicto a la pasta base de cocaína o "crack", pesaba apenas 49 kilos y su piel estaba cubierta de úlceras. "Fui arrestado más veces de las que puedo recordar (por delitos de drogas)", dice Khalil. "Estaba hecho un completo desastre... y siempre en tanto dolor que no podía dormir". Aunque Khalil había tratado antes de dejar las drogas y fracasado, afirma que, después de su novena sobredosis, de dio cuenta por fin de que tenía que cambiar si quería seguir viviendo. Así que pasó cuatro meses en un centro de rehabilitación y, desde entonces, ha estado libre de drogas. Después de dedicarse a vivir sanamente, Khalil ha tenido tanto éxito rehaciendo su vida que hoy en día es el fundador y propietario de Sunlife Organics, una reconocida empresa de alimentos saludables en California que lo ha hecho millonario. Con ventas anuales de más de US$6 millones en sus seis sucursales -que son una combinación de café y bar de jugos- y vía su sitio internet, la compañía se prepara para expandirse a otros 16 estados y a Japón. A sus 46 años y acostumbrado a viajar en jet privado, ha sido un largo trayecto desde sus días durmiendo en las calles El hecho es que la historia de Khalil podría ser el argumento de una película de Hollywood. Nació en Ohio, en el centro de EE.UU., hijo de una madre judía polaca y un padre musulmán. Tuvo una niñez turbulenta, abandonó la escuela sin un diploma y fue arrestado por vandalismo y hurto. En 1992, a los 21 años, se trasladó a Los Ángeles con el sueño de convertirse en una estrella de cine. Su carrera como actor nunca despegó, pero empezó a tocar en conjuntos musicales locales y logró tener un buen ingreso lavando los autos de estrellas de Hollywood que incluían a Elizabeth Taylor, Jeff Bridges y Slash, el guitarrista de Guns N‘ Roses. Sin embargo, pronto se sumió en las drogas y su vida entró en una espiral descontrolada. Terminó durmiendo dentro de cajas de cartón al lado de otros adictos y vendiendo drogas para costearse su propia adicción. Pero, después de esa fatídica novena sobredosis, la vida de Khalil cambió completamente para bien. Tras lograr superar la drogadicción, se mantuvo ocupado con varios trabajos. Además de trabajar en dos centros de rehabilitación en Malibú, lavó autos, sacó perros a caminar e se dedicó a la jardinería. "Pude ahorrar dinero", cuenta. "Trabajé arduamente, siete días a la semana, 16 horas al día". Khalil también empezó a obsesionarse con hacer sus propios jugos de frutas y vegetales, después de encontrarse con un viejo amigo de Ohio. "Él era más o menos un hippie que empezó a enseñarme sobre vitaminas, comida orgánica y alimentos súper nutritivos", explica. "En ese momento yo buscaba cualquier cosa que me hiciera sentir mejor". En 2007, Khalil arrendó una casa y abrió su propio centro de rehabilitación, Riviera Recovery, para clientes que pudieran pagar los US$10.000 al mes que costaba la estadía. Para esos residentes, Khalil les preparaba una mezclas de jugos exóticos como el que llamaba "Wolverine", una combinación de banano, polvo de maca, jalea real y polen. Con el tiempo, la reputación de estas bebidas empezó a crecer y la gente lo llamaba para comprarlas. Derechos de autor de la imagen Khalil Rafati Image caption En su vida anterior, Khalil se la pasaba siendo arrestado. Se dio cuenta de que había suficiente demanda para establecer un negocio separado así que, en 2011, Khalil lanzó Sunlife Organics, en asociación con su mejor amigo y su entonces novia. Financió el negocio con sus ahorros y la primera sucursal abrió en Malibu. Khalil asegura que fue un éxito inmediato, alcanzando US$1 millón en ventas el primer año. Hoy en día, la empresa emplea a más de 200 personas en sus 6 sucursales. Además de jugos, ahora vende una gama de alimentos y ropa, como playeras y encapuchados. Rob Nazara, un analista de Deutsche Bank en Nueva York, dice que la historia de Khalil revela una verdadera fortaleza de carácter. "No importa los antecedentes educacionales o profesionales que se tenga, el éxito de un empresario está impulsado por temple, determinación y ambición", afirma. Además de Sunlife Organics, Khalil todavía administra Riviera Recovery y es dueño de un estudio de yoga en Malibú. También se tomó el tiempo para escribir su autobiografía, "Me olvidé de morirme", publicada en 2015. "No me considero súper inteligente", comenta Khalil. "Pero tengo apetito por la vida y me lanzo de lleno a algo cuando me propongo hacerlo".

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La lucha de supervivencia del último teatro porno en Bogotá
La lucha de supervivencia del último teatro porno en Bogotá
ReviewsporAnónimo3/24/2017

Ubicado en la carrera séptima con calle 23, al frente del legendario centro comercial Terraza Pasteur, se mantiene el Esmeralda Pussycat en su lucha por seguir ofreciendo porno en pantalla gigante. Mientras grandes salas de antaño como el Cid, el Azteca, el Metropol sucumbieron ante la llegada del DVD, los multiplex de los centros comerciales, la piratería e internet, el Esmeralda Pussycat se mantuvo firme. Esta es su película. Se le podría describir como sobreviviente urbano, viejo verde o nostálgico anclado en la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Se llama Esmeralda Pussycat y, aunque hoy solo se puede ver pintura negra en el muro donde durante más de dos décadas brilló el letrero con su nombre, es visitado cada día por decenas de clientes asiduos que, inexplicablemente, aun no son arrastrados por la tendencia contemporánea de ver porno por Internet y en la comodidad de sus casitas. Es el último de los cines XXX de Bogotá. Ese carácter de exclusividad en una época en la que hay 25 millones de portales web porno, junto a la fidelidad de unos cuantos “cinéfilos” que no se han dejado seducir por la variedad temática especializada en preferencias sexuales que ofrece internet, han sido suficientes para que no necesite alardear que está ubicado en la carrera Séptima con calle 23 ni que ofrece uno de los pocos temas que interesan a todos: sexo. Nada de flyers al estilo “chicas, chicas” ni de camajanes o payasos con altoparlante invitando a la distinguida clientela a seguir. Al fondo de la amplia puerta sin letreros está la gatita rosada dibujada en un anuncio blanco. Tiene un tabaco con pitillera humeando en la mano, la boca pintada y una mirada de “hola, guapos”. Los tacones, las mallas y el bastón en la otra mano la elevan a versión femenina funky y a la vez hot de la Pantera Rosa. Ella es la única señal de lo que se vende adentro. Los sugestivos carteles que están en las paredes laterales, tras la entrada, están tan desgastados, se ven tan anticuados y cuentan con tan poca iluminación que no alcanzan a cumplir la función de un postre en la vitrina de una pastelería. Algunos transeúntes disminuyen la velocidad del paso para echarles una mirada de reojo, pero más allá de una sonrisa maliciosa o un comentario que hace reír a quien camina al lado, no sucede nada que delate la presencia del viejo cine porno bogotano en plena carrera Séptima. El que entra sabe de antemano que iba a entrar. El Esmeralda Pussycat se camufla para que solo los viejos amigos puedan reconocerlo, visitarlo y seguir evocando los perdidos tiempos de gloria y popularidad en un lugar desvencijado, que padece el deterioro de varias décadas al aire, mientras parece conservar la esperanza de que una nueva iglesia cristiana, una cadena de cines o un mercader chino lo salven de la cercana muerte. Sobreviviente de guerra Mientras YouPorn y PornTube, dos de los portales de entretenimiento para adultos más frecuentados en la web, reciben alrededor de 27 millones de visitas diarias cada uno, el Esmeralda Pussycat se despereza, en pleno mediodía bogotano, y abre sus puertas para que aquellos que disfrutan del septimazo dominical se sumen a los clientes frecuentes y se adentren en la oscuridad de la vieja sala de cine donde, desde la década de los noventa, ya no se llenan las 200 butacas de madera disponibles. Por esos días en los que algunos se quedaban sin boleta para las premieres de Briana Banks, Katsumi o Silvia Saint, las divas XXX en la era del VHS, Blockbuster, Betatonio y las videotiendas de barrio ofrecían pequeños rincones o salas a puerta cerrada donde escoger las novedades frescas del porno en los formatos de la época. Ese fue uno de los primeros totazos que recibió el Esmeralda Pussycat. Años después soportó estoicamente la llegada del DVD, su reproducción pirata y la proliferación en su vecindario de salas privadas para parejas o solitarios. Cuando parecía que ya no aguantaba más tramacazos, llegó la hora del porno en Internet: una industria que el año pasado movió 60 mil millones de dólares según la revista Forbes, y que apenas es superada en ganancias por las industrias de las drogas, las putas, las armas y el petróleo. A pesar de los coñazos de monstruos cada vez más grandes, sobrevivió. No murió como el Metropol, el Cid, el Azteca y demás leyendas del cine para todos del centro bogotano, que fueron cayendo, uno a uno. Domingo porno En la actualidad, los domingos le sirven al Esmeralda Pussycat para desquitarse de la escasez de clientes que padece entre semana. Hoy en día tiene una nueva oportunidad de demostrar que es un héroe sobreviviente de la guerra contra las video tiendas, las cabinas privadas, la piratería de DVD y la red en la que cada día se envían más de 2 mil 500 millones de e-mails con contenido pornográfico. “Yo digo que lo que fregó el negocio fueron la inseguridad del centro y la tecnología”, asegura Héctor Ruiz, quien ocasionalmente remplaza a la mujer habitual de la taquilla. El hombre experto en salas de cine recuerda que en 1990, por los días en que las funciones de Duro de Matar con Bruce Willis, llenaban las 1420 bancas del cine Olympia y también los pasillos, el Esmeralda Pussycat, el Novedades y otros cines porno del centro bogotano podían recibir 2 mil espectadores en un día de estreno. Hoy, casi treinta años después de esos días gloriosos, no llegarán más de cien personas al último de los cines porno de la ciudad según los cálculos del taquillero. A mediodía del domingo, la Séptima es un río de cuerpos, mercachifles y bogotanos curiosos que buscan entretenimiento, antes de arrancar una nueva semana. En frente del centro comercial Terraza Pasteur, el Esmeralda Pussycat, contra todo pronóstico en la era de Google y a pesar de su camuflaje de laberinto abandonado, es diversión garantizada para algunos de los transeúntes, a pesar de que la cuadra es una leyenda urbana en cuanto a delincuencia común, grescas de borrachos y de sobrios, venta de drogas y prostitución homosexual. Pocas imágenes tan tristes en el mundo de los negocios como un sex shop en quiebra. Tras cruzar la taquilla donde una mujer con gafas de pico de botella llena un crucigrama, toma aromática y se lima las uñas, además de vender las boletas, los visitantes del día deben entregarle la boleta a un señor con cara de poco amigos, que se balancea a las malas en un butaco versión 7 enanitos, frente a la tienda de artículos sexuales quebrada. El hombre, al igual que la señora de la taquilla o la de la cafetería donde venden paquetes de papas y tintos, es cortante a la hora de recordar la recomendación del patrón, Carlos Sánchez, de no hablar con la prensa después de un artículo en el que, según sus propias palabras y sin aparente intención metafórica, los dejaron mal parados. Los estantes con unas pocas portadas de DVD de clásicos del porno con el color deshecho y un par de maniquíes en ruina ocupan el lugar donde, en los días dorados, se exhibían y vendían aceites, manillas magnéticas para atraer sexo, juguetes, disfraces y demás parafernalia. Para que quede claro que el negocio quebró, a un lado del local se puede ver un afiche de Profamilia en el que una mujer sonriente dice “El condón lo cargo yo”. El lugar brilla por su decadencia como el viejo traje que un hombre pobre se empeña en ponerse para impresionar. “Prohibida la entrada a menores de edad”, “nos reservamos el derecho de admisión”, “lo invitamos a pasar a las cabinas privadas a que esté cómodo y elija su película preferida” y este es un espacio libre de humo son algunos de los letreros que enmarcan el camino hacia la sala donde se proyectarán Juegos en la cama y Mariposa, al estilo de dos películas en jornada continua, que implementaron en la década ochenta cines como Radio City, Teusaquillo o Aladino para atraer clientes. Los baños se llaman Adán y Eva. El primero tiene pinturas de Magnum y Rambo empelotos. En el de las chicas, como no hay bombillo, es difícil distinguir quiénes son los personajes. Una de las pinturas parece una criatura nacida de la mezcla de Victoria Ruffo, la actriz mexicana de telenovelas ochenteras, con Bo Derek. La otra pintura no se decide entre Madonna y Sharon Stone. Sin embargo, lo más preocupante no es la falta de certeza en la identidad, sino un problema de delgadez extrema en las piernas que ojalá, por el bien de las divas, solo se deba a la falta de luz. En las paredes se pueden leer los típicos avisos clasificados eróticos de los baños públicos con su respectivo celular de contacto, dotación y habilidades en el sexo. “Jueputa y ahora esperar los siete minutos del corto ese”, dice alguno de los veinte hombres que ansía el inicio de la función mientras ve imágenes sobre turismo en el Valle del Cauca, de baja calidad y de la misma época del film que está por arrancar. La película, proyectada desde el video beam que adquirió el Esmeralda Pussycat para remplazar el viejo proyector y de ese modo ahorrar en consumo de luz cuando las cabinas privadas entraron a la competencia, arranca con una cómica escena en la que una mujer despierta con un desconocido al lado. El hombre está esposado y ella no recuerda nada. Al pararse de la cama, lleva un sofisticado equipo de seguridad/comunicaciones atado a su cintura. Luego de un diálogo absurdo, la mujer se va dejándolo esposado y en la siguiente escena aparece practicando un catálogo de poses machistas con un hombre musculoso que, a pesar de que no hay mujeres en la sala, debe avergonzar a más de un portador de calva, panza al estilo camionero y flacidez sin remedio en la sala. -¿Te gusta?, ¿así?, ¿quieres más?, pregunta el hombre. -Rayos, rayos, rayos-, responde ella. En este momento es más evidente que nunca el hecho de que el Esmeralda Pussycat es apenas un sobreviviente urbano al que llegan hombres detenidos en el tiempo que no han sucumbido a la vorágine tecnológica. “Yo estoy buscándome otro negocio porque nunca se sabe, esto se puso malo hace rato y no creo que se vaya a mejorar”, asegura el taquillero, tras vaticinar que le Esmeralda tiene los días contados. Aquí, Jenna Jameson, quien con una fortuna de 30 millones de dólares es la diva más rica del porno, o Mia Khalifa, la actriz del gremio más buscada en Google y con casi un millón de seguidores en Instagram, no son nadie. Ni siquiera existen. Lo que reina es la vieja guardia de Jenny Mc Carthy (44 años), Tera Patrick (40) o Julia Ann (47). Algo así como si hubiera un cine para todos al que no dejaran entrar a Jennifer Lawrence o Emma Stone, pero sí a Brooke Shields y Demi Moore. -¿Te gusta?, ¿así?, ¿quieres más?-, insiste el hombre. -Rayos, rayos, rayos-, vuelve a responder ella. El silencio de la sala solo se ve interrumpido por el monótono diálogo y el sonido de los jadeos desfasados de la imagen. De vez en cuando, también se oye un jadeo casi imperceptible, el ruido de unas manos que sacuden algo, el hondo suspiro de alguna de las sombras que ven la película o el chasquido de un paquete de papas al ser abierto. Las escenas, que monótonamente se repiten día tras día en la vieja sala de cine, no difieren mucho entre sí puesto que los cientos de dvd que conforman la videoteca del Esmeralda Pussycat son noventeros. “Todos con aprobación del ministerio para difusión masiva” asegura el taquillero. La función parece una carrera de relevos, cada dos minutos sale alguien que acto seguido es remplazado por un nuevo espectador. De vez en cuando hay una retirada masiva, como si la película fuera la peor de la historia, que es seguida de una llegada masiva, como si se tratara del último éxito de cartelera. Algunos, a los que sus movimientos serenos y meditados los delatan como clientes habituales, se paran un momento en los laterales de la entrada, desde donde se cuela un poco de luz que si se tiene paciencia permite ver las zonas más desocupadas y las más llenas de la sala, y luego toman rumbo hacia la silla elegida con paso firme y seguro. Lo único extraño que sucede durante la función de la película es que un hombre se para con los pantalones abajo, sigue mirando la pantalla un momento, luego se sube el pantalón y se mueve dos filas adelante sin hacer el más mínimo ruido y tratando de no incomodar a los espectadores que lo rodean. Juegos en la cama llega a su final y solo un par de asistentes la vimos completa. Bien por los que se salieron a tiempo y por todos ustedes; debe ser una de las peores de la historia. Al iniciar de nuevo, el corto del turismo en el Valle del Cauca es una evidencia más de que el Esmeralda Pussycat se quedó viviendo atrapado en una rueda de hámster que proyecta películas del siglo pasado y en un tiempo lento que nunca desembocó en este en el que en cada segundo del día hay, en promedio, 30 mil personas viendo porno en Internet alrededor del planeta. Afuera, el Terraza Pasteur vive la típica fiesta dominguera. Pump up the jam, de Technotronic, sale a todo volumen desde un puesto en el que venden música pirata confirmando la idea de que algunos lugares bogotanos y sus habitantes se resisten, para bien, para mal o para ambos, a los encantos del nuevo milenio.

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