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Usuario (Uruguay)

Primer post: 10 mar 2011Último post: 13 jun 2011
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Los mosquitos nos adoran porque apestamos
Los mosquitos nos adoran porque apestamos
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/10/2011

Los mosquitos nos adoran porque apestamos Los adultos sudorosos pueden crear un olor punzante que atrae a los mosquitos y que es único en el reino animal. En efecto, el cáustico olor corporal de la piel de un humano adulto sudoroso es algo único en todo el reino animal. Eso se desprende de un documento publicado recientemente en la revista Trends in Parasitology. Nuestro olor corporal atrae al menos a dos especies de mosquitos, y los científicos tratan de entender cuál es el secreto de nuestro olor para evitar que estos insectos se nos acerquen. Algo nada baladí teniendo en cuenta que los mosquitos son uno de los vectores de contagio de enfermedades tan importantes como la malaria, el dengue y la fiebre amarilla. El secreto de este particular olor, según cuenta la investigadora principal Renate Smallegange, se debe a que los microorganismos de nuestra piel usan los materiales presentes en nuestra dermis y en nuestro olor en su propio metabolismo. "Estos microorganismos convierten compuestos no volátiles en volátiles". El equipo de Smallegange, una entomóloga de la Universidad Wageningen, analizó datos de la estructura química del sudor humano. Concluyó que "los compuestos volátiles asociados al sudor humano son probablemente el factor primario y determinante en la preferencia que estos mosquitos sienten por nosotros como huéspedes". Los científicos lograron crear una "receta" de sudor humano sintético a base de una compleja mezcla de CO2, amoniaco, ácido láctico y otros siete ácidos carboxílicos que atraía a los mosquitos. Tendemos a pensar que los humanos olemos mejor que otros animales. Sin embargo, estudios realizados en aves y otros mamíferos revelaron que la piel de estas criaturas exhalan muchos menos compuestos orgánicos volátiles que la nuestra. Para realizar este último estudio, los investigadores compararon la distribución, función y secreción de diferentes tipos de glándulas de la piel de los humanos con la de otros primates. Basándose en las similitudes en la distribución de estas glándulas, se supuso que los humanos deberían oler parecido a los chimpancés y gorilas, pero lo cierto es que estos últimos liberan más aceites, probablemente para proteger su pelaje corporal. Sin embargo los humanos adultos liberaban más agua, proteínas, aminoácidos, urea, amoniaco, ácidos lácticos y ciertas sales, muchas de las cuales pueden apestar. Durante la adolescencia, las glándulas que liberan estos compuestos maduran y son colonizadas por bacterias. No obstante, el olor de los preadolescentes es menos punzante que el de los adultos. Y además los niños sudan menos que los adultos. Al parecer, a los mosquitos estudiados por los científicos les gusta más el olor de los adultos, ya que picaban menos a los niños y preadolescentes. Una de las curiosidades que se obtienen del trabajo es que, a pesar de que los hombres sudan más que las mujeres cuando hacen ejercicio físico, las concentraciones de los apestosos ácidos carboxílicos volátiles son básicamente similares, ya que el sudor de los hombres probablemente contenga más agua. Hasta ahora se pensaba que lo que atraía a los mosquitos y otros insectos era básicamente el CO2 que exhalamos, sin embargo esos mismos mosquitos que se sienten atraídos por nuestro olor sienten repulsión por nuestro aliento. Para ellos es mucho más importante nuestro sudor. Mientras que los científicos tratan de dar con la sustancia exacta en nuestro sudor que vuelve locos a los mosquitos, al menos podremos usar el sudor sintético que han creado en futuros estudios, evitando así tener que usar a humanos reales que sufran sus picaduras. No se olviden de...

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¿¿Aguantarías esto?? 6 meses sin electrónicos...
InfoporAnónimo6/13/2011

Adolescentes experimentan vida sin electrónicos por 6 meses NUEVA YORK (AP) — Susan Maushart vivió el sueño de todo padre moderno: Desconectó a sus hijos adolescentes. Durante seis meses, Maushart quitó la internet, la televisión, los iPods, los celulares y los juegos de vídeo. El fantasmagórico brillo de las pantallas dejó de iluminar la sala de estar. Los aparatos electrónicos ya no sonaban por la noche, como "grillos maléficos". Y ella dejó de llevar su iPhone al baño. El resultado de lo que Maushart llama "El Experimento" fue una inmersión en la vida real. Como Maushart explica en un libro publicado en Estados Unidos y llamado "The Winter of Our Disconnect" (El invierno de nuestra desconexión), ella y sus hijos redescubrieron placeres simples, como juegos de tablero, libros, viejas fotos, cenas familiares y escuchar música juntos, en lugar de cada uno conectado a su propio iPod. Su hijo Bill, un adicto a los juegos de vídeo, llenó su tiempo libre tocando saxofón. "Cambió Grand Theft Auto por las obras de Charlie Parker", escribió Maushart. Bill dice que El Experimento fue meramente la chispa, y que él habría vuelto a la música tarde o temprano. Sea lo que haya sido, él se dedicó tan seriamente al saxofón que cuando se acabó la veda electrónica, vendió su consola de juegos y ahora estudia música en la universidad. La hija mayor de Maushart, Anni, estaba menos "conectada" y leía más que sus hermanos, así que su transición fue la más fácil. Sus amigos pensaron que la prohibición era "cool". Cuando necesitaba computadoras para hacer las tareas escolares, iba a la biblioteca. Incluso ahora, pasa tiempo sin conectarse a Facebook. La hija menor de Maushart, Sussy, fue la que tuvo mayores dificultades. Maushart había decidido permitir el uso de internet, TV y otros aparatos electrónicos fuera de la casa, y Sussy inmediatamente adoptó esa opción, tomando su laptop y mudándose con su padre —el ex esposo de Maushart— por seis semanas. Cuando regresó a la casa de su madre, se pasaba horas hablando por el teléfono de línea fija. Pero la privación electrónica tuvo su impacto de todas formas: Las calificaciones de Sussy mejoraron considerablemente. Maushart escribió que sus hijos "se despertaron lentamente del estado de cognitus interruptus que había caracterizado muchas de sus horas de vigilia, y se volvieron mejores pensadores". Maushart decidió desconectar a la familia porque los muchachos —de 14, 15 y 18 años cuando comenzó El Experimento— no sólo usaban los medios, "vivían en ellos". "No se acordaban de la época antes del correo electrónico, o los mensajes instantáneos, o Google", escribió. Al igual que muchos adolescentes, no podían hacer sus tareas escolares sin escuchar música, actualizar sus páginas en Facebook e intercambiar mensajes instantáneos". Las niñas se habían vuelto "meros accesorios de su propio perfil en las redes sociales, como si la vida real fuese un ensayo con vestuario para la próxima actualización". Maushart admite haber sido tan adicta como sus hijos. Neoyorquina de nacimiento, vivió en Perth, Australia, cerca de su ex esposo, y curaba su nostalgia con podcasts desde Estados Unidos. Su mayor reto durante El Experimento fue "abandonar la falsa ilusión de avestruz de que enterrar la cabeza en información y entretenimiento de mi país era tan bueno como estar allí". Maushart comenzó El Experimento con una medida drástica: Cortó completamente la electricidad durante unas pocas semanas, usó velas en lugar de bombillas, tomó duchas frías y comió alimentos guardados en hieleras. Cuando se acabó el apagón, Maushart esperaba que la reacción de aprecio por la electricidad suavizaría la transición de sus hijos a la vida sin Google ni celulares. Como resultado de El Experimento, Maushart hizo un cambio importante en su propia vida. En diciembre, se mudó de regreso a Longs Island, Nueva York, con Sussy. Por supuesto, la mudada perpetuó la necesidad de Maushart de vivir en dos lugares a la vez: Mantuvo su trabajo como columnista de un diario australiano y está "viviendo en Skype", porque sus otros dos hijos se quedaron en Australia estudiando la universidad. Irónicamente, la internet alivio la transición a Estados Unidos para Sussy, que usó Facebook para establecer amistad con niños en su nueva escuela antes de llegar. Maushart entiende que vivir totalmente desconectado por seis meses no es algo realista para la mayoría de la gente. Pero alienta a las familias a desconectarse periódicamente. "Una forma de hacerlo es establecer un día a la semana sin pantallas. No como castigo, sino como algo especial", dice. "No hay un niño en el planeta que no preferiría jugar un juego de tablero que sentarse frente a su computadora". Fuente: http://ar.noticias.yahoo.com/adolescentes-experimentan-vida-electr%C3%B3nicos-6-meses-135302944.html

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