wallyba
Usuario (Argentina)

Esto que voy a contar pasó hace años. Muchos años. Por suerte quedó documentado, y hoy puedo compartirlo con quien se quiera reir un poco de la desgracia ajena (la mía). El relato es 100% real, esto REALMENTE ME PASÓ. Lucha cloacal en casa de una amiga No estoy seguro de que los hechos que relataré sean exactos, ni cronológica ni espacialmente.Yo los recuerdo de esta manera, de forma tal que pasaré a relatarles (intentando esquivar inútilmente la ignorancia y los huecos de mi memoria) éstos sucesos con los cuales Spielberg haría una de Indiana Jones, y yo sólo consigo a lo sumo escribir dos páginas. Era una noche más de aquellas en las que yo, ajeno aún a los terribles hechos en los que me vería envuelto, decidí pasar por la casa de mi amiga Cecilia. Recuerdo que llegué a su casa montado en el Hijo Del Viento, mi fiel scooter, que aquella tarde/noche había estado un tanto alterado e hiperkinético, tal vez presagiando e incluso intentando comunicarme que algo raro sucedería en lo que restaba de aquella jornada (el motor estaba fuera de punto, aún más de lo normal). Por supuesto, dada la poca facilidad de palabra característica de los scooters, mi leal compañero se vió imposibilitado de advertirme tales desgracias venideras. Una vez dentro del hogar de Cecilia, y luego de habernos visto las caras, transitar por la eterna y gauchesca senda del mate del atardecer, con quejas por lo caliente del agua por parte de Ceci incluídas, mi amiga y yo decidimos comer. No puedo rememorar qué fue exactamente lo que comimos, pero presumo que serían las fabulosas milangas preparadas por la anfitriona (aunque tal vez haya sido pizza de Ugi’s, pero como no me puedo acordar ni por casualidad, prefiero pensar que eran milanesas). Una vez que hubimos terminado de lastrar como chanchos, entre groseros eructos convenimos en utilizar la computadora a fin de deleitar nuestras almas uniéndonos a la comunidad chateadorista. Habiéndonos conectado al irc, luego de los saludos de rigor, comenzamos a ejercer el chat hecho y derecho. (N. del A.: como dije antes, esto pasó hace mucho y para chat solo había ICQ y mIRC). Pero entonces, un par de horas después de habernos metido en el intrincado laberinto cibernético, sucedió lo inesperado: Cecilia se vió en la necesidad de ir al baño a largar toda la Coca Light que había ingerido, lo cual trajo consecuencias que, luego se verá porqué, fueron nefastas. Ocurrió que habiendo salido mi amiga del excusado, mi organismo, inducido tal vez por el sonido del agua recargando el tanque, se vió en la imperiosa necesidad de eliminar de igual manera la Coca Cola ingerida horas antes. "Pues bien", dirá un japonés que lee esta nota apasionadamente, desde un confín del globo alejado de la problemática que representa el baño del departamento de Cecilia, "seguramente nuestro héroe se dirigió hacia el toilette, efectuó sus necesidades corpóreas, oprimió el botón y se tomó el raje de nuevo para el lado de la computadora". ¡Error, amigo oriental! Ha de saberse que en cualquier departamento ocupado por Cecilia puede observarse una inexistencia total de cualquier cosa parecida a un botón de inodoro, cadena o lo que se le parezca. Ocurre que ella es muy curiosa, y no duda ni un segundo en desarmar estos simpáticos dispositivos con el mero fin de averiguar qué es lo q hay del otro lado. De modo que yo, ayuno aún del conocimiento del detalle mencionado, me dispuse a despedir a un amigo del interior que había tomado el formato líquido (léase mear). Entonces, sucedió lo inevitable: cuando fui a apretar el botón me encontré con que por todo medio de eliminación inodoral se podía ver el famoso alambre en forma de gancho ya conocido por quienes alguna vez visitaron a cecilia en su departamento de la calle Doblas. Tiré entonces de él, a fin de lograr que el agua corriera y se llevara al cadáver de Coca Cola que yacía dentro del inodoro. El resultado no podría haber sido mas catastrófico: el alambre y el palo que, junto con la bocha de goma que tapa la salida del agua, conforman el mecanismo de desagote del tanque, se me quedaron en la mano, mientras que la bocha flotaba muerta de risa por algún recóndito instersticio de aquella verdadera puerta a los infiernos. El agua salia continuamente de la cañería al tanque, del tanque al inodoro sin que yo, que no he nacido para plomero, pudiera hacer algo para evitarlo. Intenté volver a colocar el palo dentro del mínimo agujero que hay en la bocha, pero fue inútil: la bocha flotaba loca, y apenas la rozaba yo con el palo ese maldito, saltaba dentro del tanque como una pelota, provocando así mi cada vez más grande desesperación. Sabiendo que el hacer el ridículo sólo podía empeorar en muy poco mi situación, llamé a Cecilia a fin de que ella se pusiera al tanto de la cosa. Imaginarse las carcajadas de esta mujer, viendo a un Wally bastante mojado contándole estas cosas, no debe ser demasiado difícil. Ella lo intentó, pero tampoco había manera, sus brazos demasiado cortos no le permitían llegar al fondo del tanque. Volví a la carga, con renovado ímpetu, y fue tal el ímpetu que se me cayó el palo de plástico adentro del tanque. La risa de Cecilia era al mismo tiempo contagiosa y humillante para este muchacho de barrio. Luego de muchos tanteos, conseguí hacerme del bastón caído, el cual saqué del tanque no sin dificultad. Fue entonces que me decidí a rastrear la bocha para poder sacarla de ahí y luego ponerla en el palo, a fin de armar definitivamente el cetro inodoril. De modo que, con la ayuda de un cucharón, me dispuse a rastrear toda el área en donde yo suponía, podía llegar a estar el complejo artefacto. Dado que el largo de mis brazos no me permitían llegar muy lejos (eran demasiado largos para aquella mínina abertura), y que carecía de cualquier medio para iluminar la zona, la misión fue más que difícil. Mientras intentaba atrapar una bola de goma con un cucharón, metiendo la mano dentro de un orificio sumamente pequeño, me sentía como Peter Sellers en la película La fiesta inolvidable. En eso, se sintió dentro del tanque un sonido metálico que me produjo escalofríos: ¡Se me habia resbalado el cucharón, y estaba ahora ahí dentro junto con la pelota! Las risotadas de Cecilia eran ya audibles a varias leguas. Por suerte, el utensilio había quedado trabado entre las paredes del tanque, así que en pocos minutos de manotazos desesperados, con esporádicos intervalos dedicados a putear en veinte idiomas incluídos, logré recuperarlo. Y, finalmente, al rato logré sacar el famoso balón de hule, el cual descubrí que no era ni balón (parecía más bien una nave espacial) ni de hule (plástico del común). Con cierto aire de triunfo, pero muy mojado, coloqué el palo dentro de la bocha, lo mandé bien al fondo del tanque del inodoro hasta que engancho en el hueco correspondiente, y comencé la titánica tarea de colocar el resto de los elementos en su lugar. He de decir que esto no fue fácil, ya que ni bien quise unir el dispositivo expulsor de agua-llenador de tanque con el alambre q lo engancha al flotador, una mínima pieza de unos 2 cm de alto por 4 de ancho, salió despedida por los aires internos de la húmeda caja, lo que hubiera provocado un desastre ecológico sin precedentes si no hubiéramos tenido el buen tino de cortar el agua un rato antes. En consecuencia, me ví obligado a recurrir nuevamente a mi fiel amigo el cucharón, al cual ya tenía dominado por completo, y luego de revolver bien esta especie de sopa sanitaria, logré rescatar intacto al arrojadizo elemento. Lo coloqué en su lugar, lo uní con el alambre ya nombrado, y, finalmente, pude cantar victoria frente al maquiavélico artefacto. Me sequé como pude, y me prometí a mí mismo no mear nunca más en la casa de Cecilia, promesa que pude cumplir por unos diez minutos, momento en el cual mi vejiga volvió a las andadas. Pero esta vez, miré de reojo y con cierto cariño a una maceta del balcón.