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Primer post: 28 nov 2014Último post: 28 nov 2014
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Alejandro Dolina Bar del Infierno(Recopilación,primer parte
Alejandro Dolina Bar del Infierno(Recopilación,primer parte
ArteporAnónimo11/28/2014

Hola gente, en mi primer post les traigo 27 cuentos pertenecientes al libro Bar del Infierno, de Alejandro Dolina. Como son varios, decidí dividirlos y publicarlos en tres post. Me tomo mucho trabajo transcribir los cuentos a la computadora, así que espero que los disfruten. PRIMER PARTE El bar del infierno Magos Tren Secretos El secreto del profesor Díaz La muerte agradecida Gualicho Dos plateas Un bar EL BAR DEL INFIERNO El bar es incesante. Es imposible de alcanzar sus confines. Del modo más caprichoso se suceden salones, mostradores, pasillos y reservados. Nadie ha podido establecer nunca cuál es la puerta del bar. La opinión mayoritaria es que no hay forma de salir de él. Sin embargo, muchos buscan la salida. Es el sueño romántico más frecuente de este tugurio. Hombres jóvenes, inconformes, beligerantes, eligen una dirección cualquiera y avanzan desaforadamente buscando la puerta, o el centro, o la explicación del bar. Generalmente, nadie vuelve a verlos. Algunos regresan mucho tiempo después, casi siempre por el lado contrario al que eligieron para irse. El cafetín es un laberinto. Nuestro destino es extraviarnos en sus encrucijadas. Pero algunos presienten una verdad aún más terrible: no se puede salir del bar no por falta de puertas, ni por la disposición caprichosa de sus instalaciones, sino porque no hay otra cosa que el bar. El afuera no existe. Si es verdad que los parroquianos están condenados a vagar perpetuamente por los mismos lugares, también es cierto que sus conductas se repiten del mismo modo inevitable. Pero ellos no lo saben. Se mueven con soberbia, como si decidieran sus propias acciones. Y no es así. Sólo cumplen con ajenas voluntades. Los mozos, los músicos, los borrachos, las prostitutas y los jugadores están aquí desde el comienzo de los tiempos y aquí permanecerán, recorriendo trayectos ancestrales con aires de inauguración. Cada tanto, un viento de loca esperanza entra en el bar. Misteriosamente los parroquianos empiezan a creer que todo tiene un propósito, que cada uno de sus patéticos esfuerzos está destinado a un logro final y que fuera del bar hay cielos límpidos y amores venturosos que darán sentido hasta al último de los versos oscuros. El hombre a quien llaman el Narrador de Historias está obligado a contar un cuento cada noche, cuando el reloj da las doce. Nadie le presta atención. Anda siempre con unos libros grasientos. En ellos hay-según se dice-infinitos relatos. Los libros son siete, o acaso cinco. Existe la sensación de que cada uno sigue preceptos diferentes. Ada, la bruja, ha dicho que el Libro Rojo contiene un solo relato y que ese relato revela los secretos de la libertad. Pero el Narrador jamás abre el Libro Rojo. El Libro Blanco contiene falsos secretos; el Libro Verde Clarito es igual al Libro Amarrillo. A veces, los ladrones roban los libros del Narrador. Algunos parroquianos pagan por ellos unas monedas y tratan de leerlos. El desengaño es inevitable. Las páginas están escritas con una tinta sutil que se borra al tomar contacto con el aire. Una y otra vez, el Narrador recupera los libros y los ladrones vuelven a robarlos. Con el tiempo, se han hecho torpes duplicados y ya no se sabe si los textos que lee son los verdaderos, o copias fieles, o relatos falsos.* * Esta humilde edición proviene de la copia de Dimas Santángelo, un anciano envidioso que tuvo en su poder los libros del Narrador y que los corrigió cruelmente, sólo para menoscabarlos. Se molestó, eso sí, en anotar las improvisadas canciones con que retrucaban cada historia los belicosos cantores del Coro del Bar. MAGOS Hsu Tang y Chao Ping tenían el poder de obrar prodigios. Una mañana se encontraron a orillas de un arroyo, en la región de Mingchong. En el primer recodo de la conversación, Hsu Tang enfatizó un pensamiento ordenando al arroyo que dejara de fluir. El agua se detuvo inmediatamente. Chao Ping le retrucó entonces disponiendo el inmediato florecimiento de un sauce. El árbol se apresuro a cumplir. Los dos magos se entusiasmaron con aquel contrapunto y entre risas y vino siguieron demostrando su poder durante todo el día. Al llegar la noche, la región de Mingchong se había transformado enteramente. Los lugareños no reconocieron su propia tierra y pensaron que alguna fuerza mágica los había alejado de ella. Inmediatamente, emigraron en busca de su hogar. Sólo algunos, deseosos de experiencias nuevas, permanecieron allí. El maestro Wu Chang contó esta historia a sus alumnos. Al terminar el relato, les preguntó si habían entendido algo. Uno respondió que la vida era un sueño de cambios vertiginosos y que nadie era nadie. Otro, mientras se alejaba al galope, gritó que sólo podía regresarse hacia adelante. El más joven recitó: -Quien quiera volver al primer amor deberá buscarlo en otras mujeres. Wu Chang dijo entonces: -Me voy para siempre.-Y se sentó en silencio. TREN El tren pasa solamente dos veces por año. Llega en la madrugada y se detiene apenas unos segundos. Es un tren enorme, más largo que la distancia entre las dos estaciones: cuando los primeros vagones llegan a un pueblo, los últimos aún están en el anterior. Nosotros no hemos visto nunca de cerca la locomotora. Apenas si la presentimos, resoplando a tres o cuatro kilómetros de la estación. Las ventanillas de los vagones están cerradas y las cortinas siempre permanecen bajas. No es posible ver qué hay dentro del tren. Nadie se baja en nuestro pueblo. Tampoco es posible saber de dónde viene o adónde va. El ferrocarril ha dejado de imprimir horarios hace muchos años y sus empleados hablan otro idioma y son impenetrables. Los vecinos tratan de alejarse de la estación cuando el tren se detiene. Las viejas se han encargado de establecer un complicado régimen de supersticiones alrededor del ferrocarril. Dicen que ver a un pasajero equivale a morir, cuentan que a veces bajan del tren unas sombras siniestras que raptan a los caminantes o si no, aseguran que el destino de aquellos trenes es el infierno. Hace muchos años, los hermanos Stefan y Stavros Kodor subieron al tren y nadie volvió a verlos jamás. En verdad, se da por sentado que cualquiera que desaparece en el pueblo es porque se lo llevó el ferrocarril. En 1958 se apeó en nuestra estación un hombre misterioso. Pidió alojamiento en la posada que hay frente a la estación y permaneció encerrado en su cuarto durante seis meses, hasta que pasó el siguiente tren. No se fue solo. La empleada de la posada, la pequeña Berta, se marchó con él sin dar ninguna explicación. Los trenes pasan siempre en la misma dirección, de este a oeste. Jamás se vio ninguno circular en sentido contrario. Se discute si los vagones de la formación son siempre los mismos o si se renuevan. Sabemos que son azules. No llevan ningún número ni inscripción, salvo unos signos, a modo de logotipo, por encima de las ventanillas. Algunas veces-muy pocas, en verdad-el tren pasa por nuestro pueblo sin detenerse. Este hecho es considerado de mal agüero y todos esperan con ansiedad la llegada y la detención del tren siguiente, para recobrar la calma y la fe en nuestro destino. Anoche, el tren se detuvo. Al oír el silbato, sentí el impulso de acercarme al andén. Caminé por la plataforma desierta y hasta llegué a tocar con mi mano los brillosos coches. De pronto, la cortina de una de las herméticas ventanillas se abrió y apareció en ella la cara de una mujer hermosa. Yo ya la conocía, había soñado con ella muchas veces. La chica me miró profundamente y pegó sus manos al vidrio. Yo me acerqué cuanto pude y durante unos instantes tratamos de comunicarnos. Ella movió su boca y me dijo algo que no entendí pero agradecí tiernamente. Tal vez yo le grité palabras urgentes que no alcanzaron a traspasar el cristal. El tren se puso en movimiento, yo corrí a la par, hasta el final del andén. Después, los vagones se perdieron en la oscuridad. Los vecinos del pueblo no saben por qué razón pasa el tren. Pero yo sí. Ahora no haré otra cosa que esperar trenes, aunque sepa que jamás volveré a encontrarme con la mujer de anoche. Aunque sepa que ya no habrá otra ventanilla abierta para mí. SECRETOS* III Maldonado, un niño de 6° “B”, se había enamorado de la alumna Ana Castro. Pero se avergonzaba mucho de aquel sentimiento y no se lo había contado a nadie. -Ay, si pudiera decirle que la quiero…-pensaba el niño. Ella a veces lo miraba pero no tanto como para que se hiciera ilusiones. Si por casualidad conversaban, era siempre en presencia de otros. Cuando sus amigos hablaban con afectada malevolencia de las compañeras que más les gustaban, él mencionaba a Ana Castro, pero en cuarto o quinto lugar, para no levantar sospechas. Por un tiempo, sin ningún motivo consistente, el niño dio en pensar que estaban peleados. Dejó entonces de hablarle y mostró, cada vez que pudo, un semblante hostil. Ella tampoco le decía nada y su silencio fue entendido por Maldonado como prueba de un conflicto real. Sus fantasías giraron entonces alrededor de una reconciliación llena de lágrimas y confesiones. Ana Castro permaneció ajena a todo esto. Un día, en el recreo, un anónimo empujón precipitó a Maldonado contra el cuerpo de la niña. Por un segundo, vivió un contacto inconcebible, registró un perfume y acaso una respiración. Esa noche, escribió en su cuaderno el nombre de ella. Después lo tachó y más tarde arrancó la hoja. En el mes de octubre, durante un juego de prendas, Maldonado se vio obligado a elegir una compañera para darle un beso. El niño vio los ojos de Ana, salió corriendo y abandonó el juego. Pasaron los meses y Maldonado no se atrevió a decirle nada. Terminaron las clases y ya no volvieron a verse. El niño Maldonado se hizo hombre. Siguió ocultando aquel amor hasta que se olvidó de todo, incluso de que guardaba un secreto. *(NOTA DEL POSTEADOR: ESTE CAPITULO TIENE 5 HISTORIAS, AQUÍ TRANSCRIBO SOLO LA TERCERA) EL SECRETO DEL PROFESOR DÍAZ El profesor Díaz ocupaba una humilde vivienda de madera y chapa en los confines de la calle Bilbao. El óxido, el tiempo-o tal vez el propio profesor Díaz-abrieron un agujero en la pared de la cocina que daba justo al lavadero de la casa contigua, también muy pobre. Allí, a falta de ducha, solía bañarse la hermosa Virginia Salvarezza, una joven viuda que vivía sola. El profesor Díaz la espió por primera vez el 10 de octubre de 1940. Siendo un hombre casto y solitario, el cuerpo jabonoso de Virginia, sumergido en un fuentón, lo perturbó rotundamente. Nunca antes había visto a una mujer desnuda. Al día siguiente, faltó al colegio donde dictaba clases. Temía no poder resistir el deseo de contar lo que había visto. Y sus compañeros de trabajo no tenían con él ninguna clase de amistad que justificara la confidencia. Con el mayor cuidado, realizó mejoras en el agujero y lo cubrió con un almanaque de tintorero para evitar que la luz de su cocina se filtrara en el lavadero de Virginia y denunciara la existencia de aquella grieta. Le costó bastante al profesor efectuar el segundo avistamiento. Durante la primera semana, el lavadero se le apareció siempre desierto. Díaz llegó a pensar que la muchacha no se bañaba casi nunca o que cumplía sus enjuagadas precisamente en las horas de su ausencia. Descuidando sus obligaciones, el profesor estableció un perpetuo turno de guardia, con el ojo pegado a la hendidura. Finalmente, ciertas regularidades se le hicieron patentes y no tardó en organizar su vida alrededor de los baños de Virginia. Cambió su horario del colegio y renunció al cine de los sábados por la tarde. Empezó a detestar el invierno cuando advirtió que, en los días de frío, Virginia renunciaba a la higiene general. En los primeros meses, se hizo el propósito de acercarse a la viuda y emprender unas cautelosas maniobras de seducción. Estaba enamorado. Pero a su natural timidez se le agregó un sentimiento de culpa que le impedía sostener la mirada de Virginia. Cuando ella lo saludaba, creía notar en su voz un tono de reproche. Cualquier palabra le parecía una alusión a su bochornosa a su condición de mirón. A veces, sentía la tentación de confesárselo todo, de pedirle perdón y de redimirse en el ejercicio de una amistad casta. Pero tenía miedo de las consecuencias escandalosas, de sus alumnos, de las autoridades del colegio. Algunas veces, mientras la espiaba, imaginó el efecto de una palabra, de un susurro a través del hueco en la pared. -Virginia, Virginia, soy yo… El señor de al lado. Era inútil. No había forma de continuar hablando sin pasar por el ridículo o la humillación. Con el tiempo, el asunto perdió dramatismo y fue convirtiéndose en una costumbre que, aunque íntima y secreta, se hacía vulgar de tan repetida. Pasaron años. El profesor Díaz nunca se casó ni tuvo novias. Su solo amor era Virginia. Durante muchísimo tiempo, escribió y corrigió interminablemente una carta para ella. Un día de 1954 llegó a meterla en un sobre. Después, lo guardó en el ropero. Ella tampoco tuvo amores. Apenas una efímera aventura pasional con el lechero, en el verano de 1952. Díaz los escuchaba a través de los muros delgados. Pero aquello terminó pronto. El agujero resistió las incursiones de pintores y albañiles. El profesor llegó a sospechar que la viuda conocía, toleraba y disfrutaba de aquellas indiscreciones. En ocasiones, le parecía que ella miraba fijamente el agujero. Su corazón se aceleraba y sentía la inminencia de un diálogo, que nunca sucedió. Los dos fueron envejeciendo solitarios. Con la edad, Virginia vio amenguar la solidez de sus encantos y la frecuencia de sus inmersiones. Pero Díaz se mantuvo constante. Era muy difícil que se perdiera una sesión. En verdad, más que el goce, lo sostenía la insensata esperanza de que algo extraordinario ocurriera. Anciano ya, Díaz encontraba un estímulo para sus jornadas grises en aquellos ratitos de menesterosa intimidad. Después de tanto tiempo, ya estaba decidido que nadie iba a enterarse jamás de sus amores. Por otra parte, había atravesado la vida entera sin haber hecho un solo amigo. Pasaba semanas sin escuchar su propia voz. Un día de 1981, el profesor Díaz salió a la calle y se encontró con un camión del Expreso Villalonga. Unas urgentes averiguaciones lo pusieron al corriente de su desventura: Virginia se mudaba. Sin perder un segundo, corrió a la cocina, destapó el agujero y se puso a espiar para ver si su vecina se daba el último lavado. Clausuradas sus esperanzas, fue hasta la puerta. El camión ya se había ido. Ella no se despidió. El viejo profesor se sentó en el umbral durante largas horas. Un tiempo después, un matrimonio pasó a ocupar la vivienda de Virginia. La señora era bastante atractiva. Pero Díaz no volvió a la grieta de la cocina. Una tarde, sin siquiera echar una última mirada al otro lado, tapó el agujero. Al mes siguiente, se murió. LA MUERTE AGRADECIDA En el barrio de Flores, la persona que todos conocían como el verdulero Cecilio Lamensa era en realidad en Ángel de la Muerte. Desde luego, nadie estaba al tanto de esta circunstancia. Es usual que en los pueblos y en los barrios el Ángel se haga pasar por un vecino y asuma aspectos vulgares para no llamar la atención. Es cierto que, muy a menudo, la Muerte despierta sospechas por el trato desdeñoso a los mortales. En el caso de Lamensa, su condición de comerciante minorista venía a justificar un cierto aire de superioridad. Estos datos que estamos consignando jamás se hubieran conocido a no ser por un episodio casual, ocurrido una tarde en la avenida Rivadavia. El distraído Lamensa iba a ser atropellado por un ómnibus de la línea 53 cuando un empujón del ruso Salzman vino a salvarlo. Lamensa no era mortal, pero de algún modo se sintió en deuda con Salzman. Se hicieron amigos y una noche, un poco mareado por unas tardías Hesperidinas, el verdulero confesó a Salzman su verdadera condición. Agregó además un amable ofrecimiento. -Ya sabe, Bernardo, cualquier cosita me avisa… Siempre se puede hacer algo… Salzman no era un hombre de creencias ni de escepticismos. Despreciaba los dictámenes. Todos los juicios del ruso estaban suspendidos. Así, no comentó el caso con sus amigos para no tener que defender o atacar las afirmaciones del verdulero. Muy pronto se olvidó del asunto. Años después, mientras jugaban a la generala en el Odeón, Lamensa lo consultó a la pasada. -¿Usted es amigo del tuerto Espina? -No-dijo Salzman-, apenas lo conozco. ¿Por qué? -Por nada-respondió el verdulero-no tiene importancia. Aquella noche, el tuerto Espina murió repentinamente. Cuando se enteró, Salzman tembló de miedo. Desde entonces trató de evitar a Cecilio Lamensa pero el verdulero se le aparecía a cada momento con muestras de simpatía y amistad. Una madrugada, al bajar de un taxi en la avenida Avellaneda, Lamensa surgió bruscamente desde atrás de un árbol. Perdido cualquier escrúpulo mundano, Salzman salió corriendo. El verdulero lo alcanzó un par de cuadras más adelante y le dijo, resoplando: -No tema, Salzman, sólo deseo ayudarlo. Usted sabe que le debo un favor. -No me debe nada-declaró Salzman. Lamensa insistió: -Comprendo sus reparos pero si no acepta pronto una compensación cualquiera por su gesto, me tendrá atrapado con un favor pendiente. Y eso es algo que no puedo admitir. -¿Qué es lo que quiere?-preguntó Salzman, aterrorizado. -Nombre una persona cuya muerte desee postergar razonablemente. En ese momento cruzó la calle el viejo Vitale, un borracho que solía mendigar en los alrededores de la estación. Olvidando a amigos y parientes, Salzman gritó: -El viejo Vitale-y se escapó velozmente entre las sombras. Unos meses después, en un asado, el músico Ives Castagnino tocó algunas canciones con su guitarra. El verdulero Lamensa, que había escuchado silenciosamente, se atrevió a hacer un pedido. -¿Conoce el vals “Orillas del Plata”? Castagnino lo tocó limpiamente, desde el principio hasta el fin. -Gracias-dijo Lamensa-. Ya nadie toca ese vals. Esa misma noche, perturbado esta vez por la grapa Chissotti, el verdulero reveló su secreto a Castagnino y le ofreció, a cambio de la emoción artística que había recibido, tener con él alguna consideración profesional llegado el caso. Castagnino también estaba un poco borracho. Enseguida llamó a todos sus amigos, incluido el ruso Salzman, y dijo a los gritos: -Señores, les presento a mi amigo el Ángel de la Muerte. Aquí donde lo ven, el caballero está en condiciones de conseguirnos cualquier clase de acomodo, tanto sea para postergar la entrega de nuestros rosquetes como para conseguir que las personas que nos molestan espichen cuanto antes. Todos rieron, pero Salzman vio alarma en los ojos de Lamensa. Desde ese día, la muchachada empezó a burlarse del verdulero: lo llamaban “Cecilio La Parca” o “Cecilio La Muerte” y hacían pedorreta a sus espaldas. Unos vigilantes de la Comisaría 50 resolvieron meterlo preso con cualquier pretexto y lo mantuvieron encerrado toda la semana. Durante ese lapso, nadie se murió en el barrio de Flores. Convertido en un personaje irrisorio, Lamensa perdió su aire desdeñoso y señorial. Cerró la verdulería y dejó de aparecer por los boliches y los bodegones. Una tarde lluviosa se cruzó con el ruso Salzman. Con gesto abatido, le dio la mano y le dijo. -Quería despedirme. Me voy de este barrio. Por no ser ingrato he sido imprudente. Le agradezco su discreción. Para mi desgracia, he sido trasladado a regiones inhóspitas, donde la muerte es cruel y temprana. Adiós. Cecilio Lamensa no fue visto nunca más en el barrio de Flores. Otra persona, tal vez un panadero o un mozo de café, es ahora la Muerte en esas calles. Cuando Salzman llegó a su casa, le dijeron que el viejo Vitale había muerto. GUALICHO Gualicho o Walicho era el nombre que los indios pampas daban al genio del mal, al diablo, al hermano rebelde del creador Chachao. Pero también se llama gualicho a la hierba o filtro que suele usarse para enamorar por arte de hechicería. Hoy ya casi nadie cree en estas cosas. Pero en mi pueblo sí creíamos. Hace muchos años, llegó de Buenos Aires un joven farmacéutico llamado Bejerman. Su verdadero nombre era Tortorello, pero el hombre había comprado la antigua farmacia Bejerman y es sabido que los farmacéuticos llevan el nombre de su farmacia. Tortorello venía de ser Katz en Azul y supe que el verdadero Bejerman es ahora Teplisky en el pueblo de Pilar. Pues bien, Bejerman vendía un yuyo que, agregado al mate, producía el enamoramiento súbito del que se lo tomaba hacia el cebador. En el pueblo empezó a comentarse la eficacia casi obscena de aquel producto que Bejerman vendía con fingida reserva. Todas las tardes, los jóvenes se reunían a tomar mate en galpones apartados. Las ruedas se iban achicando vuelta tras vuelta, ya que los repentinos ardores iban excluyendo del concurso a los sucesivos cebadores y a sus objetos de deseo que, a su turno, marchaban al galope hacia los yuyales de la vecindad. Al parecer, el efecto del gualicho duraba apenas unas horas. Esto lo hacía más atractivo porque permitía disfrutar de los deleites urgentes sin tener que soportar los trámites penosos de la ulterioridad. Con el tiempo, las personas de mayor edad y aun algunos grupos de matrimonios se aficionaron al uso del yuyo de Bejerman, hasta que llegó un momento en que todo el pueblo andaba engualichado. Las idas y vueltas del mate caprichoso solían dibujar fugaces laberintos de amores cruzados. En ocasiones, alguien recibía mates sucesivos de distintos cebadores. Otras veces el cebador que engualichaba a alguien era engualichado a su vez por otra persona. También había mates tomados por error, manotazos usurpadores y hasta chupadas por turno de un mismo cimarrón. Yo, en aquel tiempo, no sabía a quién amaba. Le había dado mate a todas las chicas del pueblo. Pero a decir verdad, todas habían mateado con todos. Un día cambiaron al comisario. Nombraron a un tal Barrientos que, ni bien se enteró de estos asuntos, prohibió redondamente el gualicho. El pueblo se resistió. Las mateadas se hicieron clandestinas. Pero con Barrientos no se jugaba. En cualquier momento aparecía en medio de la rueda con cuatro o cinco vigilantes, secuestraba las pavas, las yerberas y los mates y si se hallaban rastros de gualicho, los metía a todos en el calabozo. Por fin, el intendente negoció un acuerdo. El gualicho quedaría prohibido, salvo un día por año, dedicado a la celebración de la Fiesta del Mate. Durante toda esa jornada se podría engualichar libremente. Así en mi pueblo, todos los 11 de agosto nos enamorábamos una o varias veces. La gente tomaba mate en las calles. Cualquier desconocido podía ser convidado. Unos años más tarde, para simplificar las cosas, se instaló un gigantesco mate en la plaza, con miles de pavas e innumerables bombillas, de suerte que todos cebaban y todos tomaban. Es decir, todos se enamoraban de todos. Las orgías de la Fiesta del Mate aún se recuerdan. Y, por cierto, hay en el pueblo centenares de muchachos que no saben de qué mate son hijos. Una noche, no hace tanto tiempo, visité a Bejerman en su casa. A falta de mate, tomamos un licor que nos sirvió su mujer. A la tercera copita, el farmacéutico cayó en estado confidencial. -Si me promete no decírselo a nadie, voy a contarle algo: el gualicho no existe. Lo que traje a este pueblo es un yuyo cualquiera, creo que contra el resfrío. Pero la gente creyó que enamoraba. Y enamorarse es creer que uno se enamora. Todos pensaban que algo los empujaba. Y era cierto. Pero ese algo, si me permite el lugar común o acaso la grosería, lo llevaban dentro. Además, hay algo que lamentar entre tanta polvareda. En todos estos años nadie se enamoró de verdad. Todos creían ser víctimas del gualicho y los amores eternos duraban dos horas. El único que se salvó de esa desgracia fui yo. Yo sabía que no había yuyo que valiera y entonces viví amores puros, sin trampas ni gualichos. Y por eso estoy al lado de esta mujer, por una decisión soberana de mi corazón. Nadie me hechizó. Nadie me cebó un mate embrujado… En ese momento, la mujer, que volvía de la cocina, le dijo mientras le ponía la mano en el hombro: -Eso es lo que vos te creés. DOS PLATEAS Durante su exilio en Bruselas, el director teatral Enrique Argenti consiguió instalarse en un viejo salón que tenía dos entradas opuestas que daban a calles diferentes. Gracias a vaya a saber qué influencias, logró que unos empresarios convirtieran el salón dos teatros. El Terencio, sobre el Boulevard Anspach, y el Plato Palace, sobre la Rue Neuve. Hay que decir que ninguno de los dos tenía escenario. Las butacas ocupaban casi toda la superficie disponible. Las del Plauto Palace miraban al canal. Las del Terencia, en dirección contraria, apuntaban al viejo Téathre Flamand. Un lujoso salón separaba ambas plateas. Argenti concibió para estas dos salas una experiencia innovadora, o mejor dicho, dos. Arde Bruselas en el Plauto Palace y Las perplejidades de Don Juan en el Terencio. Las funciones empezaban a la misma hora. Al levantarse el telón, los espectadores del Terencia veían ante sí a los del Plauto y los tomaban por actores. El fenómeno inverso se verificaba en la otra sala. Así permanecían, esperando cada grupo que el otro diera comienzo a la acción. En algún momento, un espectador impaciente se ponía de pie e insultaba a los del otro teatro, que era para él el escenario. Éstos, por su parte, creían que este insulto era un parlamento actoral. Cada función era diferente. Algunas consistían sólo en un largo silencio expectante. Otras incluían incendio de butacas, agresión a los acomodadores y desmayo de viejas. Cuando le parecía oportuno, el director bajaba el telón y concluían los espectáculos. Algunas veces-casi nunca, en realidad-había aplausos de un lado y del otro. Más inquietantes eran las noches donde un sector aplaudía y el otro abucheaba. La idea de Argenti puede producir varias colecciones de entusiasmos. El conflicto es la duda. Aquí hay creencias que pueden ser verdaderas y falsas al mismo tiempo. Cada espectador es también actor, la platea es el escenario, lo real es también ficción. El crítico severo del Plauto es actor mediocre para el del Terencio. Argenti nunca pagó el alquiler. Los propietarios le ganaron un juicio de desalojo y lo sacaron a patadas en el culo, en plena función, ante la ovación de las dos plateas. UN BAR En la ciudad de Londres, en el barrio de Stepney, hay un bar tan oscuro que su descripción es casi imposible. Algunos opinan que en el salón principal se baila al son de una música estridente y horrorosa. Hay, evidentemente, unos bultos oscuros que se mueven con cierta regularidad. Muchos hombres sin preferencias se acercan a ese bar porque han oído decir que los trámites amorosos son simples y perentorios. La verdad es que el pésimo licor, la crueldad del sonido, la estrechez y las tinieblas perturban la percepción hasta tornarla casi nula. El defecto y la virtud son conceptos imposibles en ese antro. En el piso superior hay unos reservados a los que las sombras acceden no bien se les despierta la lujuria. Allí, la oscuridad íntima es de la misma naturaleza que la penumbra colectiva. La música es todavía más fuerte y ante la imposibilidad de palabras confidenciales, las parejas sólo se comunican por el tacto, el sexo, el alcohol o la violencia. Cada media hora, los hombres están obligados a salir del reservado para pagar en la caja el derecho a un nuevo período. Esta maniobra se hace con gran estrépito y en medio de empujones y estampidas. Al regreso, estos seres obnubilados suelen equivocarse de puerta y con toda frecuencia se meten en otro reservado. Sin embargo, nadie advierte estas confusiones, o nadie se molesta en corregirlas, y las nuevas parejas prosiguen su actividad haciendo suyos los pasados ajenos. En breve subo la segunda parte. Comenten.

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