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Usuario (Paraguay)

Kaká: “En el fútbol moderno, CR7 es más completo que Messi” Kaká, que se ha quedado en Madrid sin poder viajar con la selección brasileña por culpa de una inoportuna lesión, fue protagonista del programa ‘Kajuru pregunta’, presentado por Jorge Kajuru. El madridista habló, entre otros temas, de las razones que le impulsaron a quedarse en el conjunto blanco, del posible fichaje de Neymar por el Real Madrid y de la compración entre Cristiano Ronaldo y Messi . “Messi es un fuera de serie. Decir quién es el mejor jugador del mundo es relativo, porque depende mucho de lo que haces en el colectivo. Él y Cristiano son los mejores del mundo, pero en el fútbol de hoy, en el fútbol moderno Cristiano es el más completo del mundo. Hace goles con la izquierda, con la derecha, de cabeza y de falta. Messi es excelente, con todas la genialidades que tiene, pero Cristiano es más completo que Messi”, aseguró. Sin embargo, CR7 no es el mejor jugador que ha visto Kaká. “Ronaldo es el mejor jugador con él que he jugado. Jugué contra Zidane, pero no jugué con él. Ronaldo es el mejor por su genialidad y velocidad de asociación. Ronaldinho está muy cerca de ese nivel”, dijo. Además, Kaká recomendó a Neymar fichar por el Real Madrid . “Si sigue en esta línea, Neymar va a llegar muy lejos. No sé si al nivel de Maradona o de Messi , eso no se sabe. Espero que venga, nos ayudaría mucho, pero no sé si vendrá, si ya fue contratado. Me gustaría verle en un gran club europeo. Si yo fuera Neymar ficharía por el Madrid . Todo el mundo quiere ver a Neymar jugando en Europa, porque es diferente”, aseguró El apoyo de Mourinho y Florentino El centrocampista del Real Madrid reconoció el apoyo que le brindaron Mourinho y Florentino Pérez para que siguiese en el club esta temporada. “Después de un partido contra el Villarreal me senté con Mourinho y me preguntó qué quería hacer. Me dijo que él me quería, pero si yo quería irme, él me ayudaría a salir, que no quería jugadores insatisfechos. Es mentira que Mourinho no me quisiera. Le dije: “Mister, no quiero salir del Madrid”, afirmó. “Hablé después con Florentino Pérez, quien me comentó que había hablado con el entrenador y que quería que siguiese, que no tenían necesidad de vender y que yo debía tener paciencia y tranquilidad. Salí tranquilo de esa reunión. La conversación con Mourinho fue decisiva, si él me hubiera dicho que no le interesaba que siguiera, yo hubiera buscado otra cosa. Seguir aquí es un desafío, una motivación, porque los otros dos años no existieron para mí. Hice la pretemporada, comencé a sentirme bien. Antes sentía dolor y ahora estoy consiguiendo tener un buen rendimiento”, dijo. Kaka recuerda que lo pasó mal con sus lesiones, pero nunca perdió la esperanza de volver a ser el que era. “Tenía la certeza de que volvería al alto nivel. Pasé por días de desánimo, físicamente no conseguía movilidad, tenía dolores en el pubis. No sabía qué me pasaba. Me convertí en un jugador superprevisible y normal y no había sido por eso para lo que me habían fichado. Entrenaba, trabajaba, me cuidaba, pero no sabía qué me ocurría. Poco a poco todo se fue aclarando”, explicó. “Hubo momentos en los que me sentía un robot, con movimientos de campo muy mecánicos. No sentía alegría, tenía dolores tras los entrenamientos. No sabía qué iba a pasar conmigo, pero nunca pensé en parar. Lloré muchas veces, solo y con mi familia”, confesó. “Messi no rinde igual con Argentina” Por último, Kaká comparó el juego del Real Madrid con el del Barça y volvió a hablar de Messi , al que considera inferior cuando juega con Argentina. “Lo que diferencia el juego del Barcelona del nuestro es la posesión de la pelota, la paciencia. Eso lo da el tiempo y la técnica y características de los jugadores, porque no todos los futbolistas son capaces de hacer ese juego. Y también las características del entrenador. El aficionado del Real Madrid no tiene tanta paciencia. Es una cultura diferente. Messi marca la diferencia, puede decidir un partido en cualquier momento, pero ¿por qué no rinde igual con la selección? Es una cuestión del colectivo, depende mucho de lo que hagan sus compañeros”, concluyó. Imagenes
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Gustábame mucho -después de que mi tía se largaba a la iglesia a hacer sus devociones vespertinas- colarme en su dormitorio y revolverle los cajones de la cómoda, que los tenía en un orden admirable. Aquellos cajones eran para mí un museo. Siempre tropezaba en ellos con alguna cosa rara, antigua, que exhalaba un olorcillo arcaico y discreto: el aroma de los abanicos de sándalo que andaban por allí perfumando la ropa blanca. Acericos de raso descolorido ya; mitones de malla, muy doblados entre papel de seda; estampitas de santos; enseres de costura; un «ridículo» de terciopelo azul bordado de canutillo: un rosario de ámbar y plata, fueron apareciendo por los rincones. Yo los curioseaba y los volvía a su sitio. Pero un día -me acuerdo lo mismo que si fuese hoy- en la esquina del cajón superior y al través de unos cuellos de rancio encaje, vi brillar un objeto dorado... Metí las manos, arrugué sin querer las puntillas, y saqué un retrato, una miniatura sobre marfil, que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro. Me quedé como embelesado al mirarla. Un rayo de sol se filtraba por la vidriera y hería la seductora imagen, que parecía querer desprenderse del fondo oscuro y venir hacia mí. Era una criatura hermosísima, como yo no la había visto jamás sino en mis sueños de adolescente, cuando los primeros estremecimientos de la pubertad me causaban, al caer la tarde, vagas tristezas y anhelos indefinibles. Podría la dama del retrato frisar en los veinte y pico; no era una virgencita cándida, capullo a medio abrir, sino una mujer en quien ya resplandecía todo el fulgor de la belleza. Tenía la cara oval, pero no muy prolongada; los labios carnosos, entreabiertos y risueños; los ojos lánguidamente entornados, y un hoyuelo en la barba, que parecía abierto por la yema del dedo juguetón de Cupido. Su peinado era extraño y gracioso: un grupo compacto a manera de piña de bucles al lado de las sienes, y un cesto de trenzas en lo alto de la cabeza. Este peinado antiguo, que arremangaba en la nuca, descubría toda la morbidez de la fresca garganta, donde el hoyo de la barbilla se repetía más delicado y suave. En cuanto al vestido... Yo no acierto a resolver si nuestras abuelas eran de suyo menos recatadas de lo que son nuestras esposas, o si los confesores de antaño gastaban manga más ancha que los de hogaño. Y me inclino a creer esto último, porque hará unos sesenta años las hembras se preciaban de cristianas y devotas, y no desobedecían a su director de conciencia en cosa tan grave y patente. Lo indudable es que si en el día se presenta alguna señora con el traje de la dama del retrato, ocasiona un motín, pues desde el talle (que nacía casi en el sobaco) solo la velaban leves ondas de gasa diáfana, señalando, mejor que cubriendo, dos escándalos de nieve, por entre los cuales serpeaba un hilo de perlas, no sin descansar antes en la tersa superficie del satinado escote. Con el propio impudor se ostentaban los brazos redondos, dignos de Juno, rematados por manos esculturales... Al decir «manos» no soy exacto, porque, en rigor, solo una mano se veía, y ésa apretaba un pañuelo rico. Aún hoy me asombro del fulminante efecto que la contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos. Ya había yo visto aquí y acullá estampas que representaban mujeres bellas. Frecuentemente, en las Ilustraciones, en los grabados mitológicos del comedor, en los escaparates de las tiendas, sucedía que una línea gallarda, un contorno armonioso y elegante, cautivaba mis miradas precozmente artísticas; pero la miniatura encontrada en el cajón de mi tía, aparte de su gran gentileza, se me figuraba como animada de sutil aura vital; advertíase en ella que no era el capricho de un pintor, sino imagen de persona real, efectiva, de carne y hueso. El rico y jugoso tono del empaste hacía adivinar, bajo la nacarada epidermis, la sangre tibia; los labios se desviaban para lucir el esmalte de los dientes; y, completando la ilusión, corría alrededor del marco una orla de cabellos naturales castaños, ondeados y sedosos, que habían crecido en las sienes del original. Lo dicho: aquello, más que copia, era reflejo de persona viva, de la cual sólo me separaba un muro de vidrio... Puse la mano en él, lo calenté con mi aliento, y se me ocurrió que el calor de la misteriosa deidad se comunicaba a mis labios y circulaba por mis venas. Estando en esto, sentí pisadas en el corredor. Era mi tía que regresaba de sus rezos. Oí su tos asmática y el arrastrar de sus pies gotosos. Tuve tiempo no más que de dejar la miniatura en el cajón, cerrarlo, y arrimarme a la vidriera, adoptando una actitud indiferente y nada sospechosa. Entró mi tía sonándose recio, porque el frío de la iglesia le había recrudecido el catarro, ya crónico. Al verme se animaron sus ribeteados ojillos, y, dándome un amistoso bofetoncito con la seca palma, me preguntó si le había revuelto los cajones, según costumbre. Después, sonriéndose con picardía: -Aguarda, aguarda -añadió-, voy a darte algo... que te chuparás los dedos. Y sacó de su vasta faltriquera un cucurucho, y del cucurucho, tres o cuatro bolitas de goma adheridas, como aplastadas, que me infundieron asco. La estampa de mi tía no convidaba a que uno abriese la boca y se zampase el confite: muchos años, la dentadura traspillada, los ojos enternecidos más de los justo, unos asomos de bigote o cerdas sobre la hundida boca, la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando sobre las sienes amarillas, un pescuezo flácido y lívido como el moco del pavo cuando está de buen humor... Vamos que yo no tomaba las bolitas, ¡ea! Un sentimiento de indignación, una protesta varonil se alzó en mí, y declaré con energía: -No quiero, no quiero. -¿No quieres? ¡Gran milagro! ¡Tú que eres más goloso que la gata! -Ya no soy ningún chiquillo -exclamé creciéndome, empinándome en la punta de los pies- y no me gustan las golosinas. La tía me miró entre bondadosa e irónica, y al fin, cediendo a la gracia que le hice, soltó el trapo, con lo cual se desfiguró y puso patente la espantable anatomía de sus quijadas. Reíase de tan buena gana, que se besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le señalaban dos arrugas, o mejor, dos zanjas hondas, y más de una docena de pliegues en mejillas y párpados. Al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le columpiaban con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos a interrumpir las carcajadas, y entre risas y tos, involuntariamente, la vieja me regó la cara con un rocío de saliva... Humillado y lleno de repugnancia, huí a escape y no paré hasta el cuarto de mi madre, donde me lavé con agua y jabón, y me di a pensar en la dama del retrato. Y desde aquel punto y hora ya no acerté a separar mi pensamiento de ella. Salir la tía y escurrirme yo hacia su aposento, entreabrir el cajón, sacar la miniatura y embobarme contemplándola, todo era uno. A fuerza de mirarla, figurábaseme que sus ojos entornados, al través de la -voluptuosa penumbra de las pestañas, se fijaban en los míos, y que su blanco pecho respiraba afanosamente. Me llegó a dar vergüenza besarla, imaginando que se enojaba de mi osadía, y solo la apretaba contra el corazón o arrimaba a ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos se referían a la dama; tenía con ella extraños refinamientos y delicadezas nimias. Antes de entrar en el cuarto de mi tía y abrir el codiciado cajón, me lavaba, me peinaba, me componía, como vi después que suele hacerse para acudir a las citas amorosas. Me sucedía a menudo encontrar en la calle a otros niños de mi edad, muy armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseñaban cartitas, retratos y flores, preguntándome si yo no escogería también «mi niña» con quien cartearme. Un sentimiento de pudor inexplicable me ataba la lengua, y solo les contestaba con enigmática y orgullosa sonrisa. Cuando me pedían parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encogía de hombros y las calificaba desdeñosamente de feas y fachas. Ocurrió cierto domingo que fui a jugar a casa de unas primitas mías, muy graciosas en verdad, y que la mayor no llegaba a los quince. Estábamos muy entretenidos en ver un estereóscopo, y de pronto una de las chiquillas, la menor, doce primaveras a lo sumo, disimuladamente me cogió la mano, y, conmovidísima, colorada como una fresa, me dijo al oído: -Toma. Al propio tiempo sentí en la palma de la mano una cosa blanda y fresca, y vi que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La chiquilla se apartaba sonriendo y echándome una mirada de soslayo; pero yo, con un puritanismo digno del casto José, grité a mi vez: -¡Toma! Y le arrojé el capullo a la nariz, desaire que la tuvo toda la tarde llorosa y de morros conmigo, y que aún a estas fechas, que se ha casado y tiene tres hijos, probablemente no me ha perdonado. Siéndome cortas para admirar el mágico retrato las dos o tres horas que entre mañana y tarde se pasaba mi tía en la iglesia, me resolví, por fin, a guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el día escondiéndome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se me antojaba que el retrato, desde el fondo de su cárcel de tela, veía todas mis acciones, y llegué al ridículo extremo de que si quería rascarme una pulga, atarme un calcetín o cualquier otra cosa menos conforme con el idealismo de mi amor purísimo, sacaba primero la miniatura, la depositaba en sitio seguro y después me juzgaba libre de hacer lo que más me conviniese. En fin, desde que hube consumado el robo, no cabía en mí; de noche lo escondía bajo la almohada y me dormía en actitud de defenderlo; el retrato quedaba vuelto hacia la pared, yo hacia la parte de afuera, y despertaba mil veces con temor de que viniesen a arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqué de debajo de la almohada y lo deslicé entre la camisa y la carne, sobre la tetilla izquierda, donde al día siguiente se podían ver impresos los cincelados adornos del marco. El contacto de la cara miniatura me produjo sueños deliciosos. La dama del retrato, no en efigie, sino en su natural tamaño y proporciones, viva, airosa, afable, gallarda, venía hacia mí para conducirme a su palacio, en un carruaje de blandos almohadones. Con dulce autoridad me hacía sentar a sus pies en un cojín y me pasaba la torneada mano por la cabeza, acariciándome la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le leía en un gran misal, o tocaba el laúd, y ella se dignaba sonreírse agradeciéndome el placer que le causaban mis canciones y lecturas. En fin: las reminiscencias románticas me bullían en el cerebro, y ya era paje, ya trovador. Con todas estas imaginaciones, el caso es que fui adelgazando de un modo notable, y lo observaron con gran inquietud mis padres y mi tía. -En esa difícil y crítica edad del desarrollo, todo es alarmante -dijo mi padre, que solía leer libros de Medicina y estudiaba con recelo las ojeras oscuras, los ojos apagados, la boca contraída y pálida, y, sobre todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de mí. -Juega, chiquillo; come, chiquillo -solían decirme. Y yo les contestaba con abatimiento: -No tengo ganas. Empezaron a discurrirme distracciones. Me ofrecieron llevarme al teatro; me suspendieron los estudios y diéronme a beber leche recién ordeñada y espumosa. Después me echaron por el cogote y la espalda duchas de agua fría, para fortificar mis nervios; y noté que mi padre, en la mesa, o por las mañanas cuando iba a su alcoba a darle los buenos días, me miraba fijamente un rato y a veces sus manos se escurrían por mi espinazo abajo, palpando y tentando mis vértebras. Yo bajaba hipócritamente los ojos, resuelto a dejarme morir antes que confesar el delito. En librándome de la cariñosa fiscalización de la familia, ya estaba con mi dama del retrato. Por fin, para mejor acercarme a ella acordé suprimir el frío cristal: vacilé al ir a ponerlo en obra. Al cabo pudo más el amor que el vago miedo que semejante profanación me inspiraba, y con gran destreza logré arrancar el vidrio y dejar patente la plancha de marfil. Al apoyar en la pintura mis labios y percibir la tenue fragancia de la orla de cabellos, se me figuró con más evidencia que era persona viviente la que estrechaban mis manos trémulas. Un desvanecimiento se apoderó de mí, y quedé en el sofá como privado de sentido, apretando la miniatura. Cuando recobré el conocimiento vi a mi padre, a mi madre, a mi tía, todos inclinados hacia mí con sumo interés. Leí en sus caras el asombro y el susto. Mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba: -Este pulso parece un hilito, una cosa que se va. Mi tía, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en quitarme el retrato, y yo, maquinalmente, lo escondía y aseguraba mejor. -Pero, chiquillo.... ¡suelta, que lo echas a perder! -exclamaba ella-. ¿No ves que lo estás borrando? Si no te riño, hombre... Yo te lo enseñaré cuantas veces quieras; pero no lo estropees. Suelta, que le haces daño. -Dejáselo -suplicaba mi madre-, el niño está malito. -¡Pues no faltaba más!-contestó la solterona-. ¡Dejarlo! ¿Y quién hace otro como ese... ni quién me vuelve a mí los tiempos aquellos? ¡Hoy en día nadie pinta miniaturas!... Eso se acabó... Y yo también me acabé y no soy lo que ahí aparece! Mis ojos se dilataban de horror; mis manos aflojaban la pintura. No sé cómo pude articular: -Usted... El retrato.... es usted... -¿No te parezco tan guapa, chiquillo? ¡Bah! Veintiséis años son más bonitos que..., que.... que no sé cuántos, porque no llevo la cuenta; nadie ha de robármelos. Doblé la cabeza, y acaso me desmayaría otra vez. Lo cierto es que mi padre me llevó en brazos a la cama y me hizo tragar unas cucharadas de oporto. Convalecí presto y no quise entrar más en el cuarto de mi tía. La inspiración Temporada fatal estaba pasando el ilustre Fausto, el gran poeta. Por una serie de circunstancias engranadas con persistencia increíble, todo le salía mal, todo fallido, raquítico, como si en torno suyo se secasen los gérmenes y la tierra se esterilizase. Sin ser viejo de cuerpo, envejecía rápidamente su alma, deshojándose en triste otoñada sus amarillentas ilusiones. Lo que le abrumaba no era dolor, sino atonía de su ardorosa sensibilidad y de su imaginación fecunda. Acababa de romper relaciones con una mujer a quien no amaba: aquello principió por una comedia sentimental, y duró entre una eternidad de tedio, el cansancio insufrible del actor que representa un papel antipático, que ya va olvidando, de puro sabido, en un drama sin interés y sin literatura. Y, no obstante, cuando la mujer mirada con tanta indiferencia le suplantó descaradamente y le hizo blanco de acerbas pullas que se repetían en los salones, Fausto sintió una de esas amarguras secas, irritantes, que ulceran el alma, y quedó, sin querérselo confesar, descontento de sí, rebajado a sus propios ojos, saturado de un escepticismo vulgar y prosaico, embebido de la ingrata grata convicción de que su mente ya no volvería a crear obra de arte, ni su corazón a destilar sentimiento. Sí: Fausto se imaginaba que no era poeta ya. Así como los místicos tienen horas en que la frialdad que advierten los induce a dudar de su propia fe, los artistas desfallecen en momentos dados, creyéndose impotentes, paralíticos, muertos. Recluido en su gabinete, Fausto llamaba a la musa; pero en vano brillaba la lámpara, ardía la chimenea, exhalaban perfume los jacintos y las violetas, susurraba la seda del cortinaje: la infiel no acudía a la cita, y Fausto, con la frente calenturienta apoyada en la palma de la mano -actitud familiar para todos los que han luchado a solas con el ángel rebelde-, no sentía fluir ni una gota del manantial delicioso; sólo veía rosas negras, áridos arenales caldeados por el sol del desierto. En aquellos momentos de agonía, su conciencia le acusaba diciéndole que la decadencia del artista procedía del indiferentismo del hombre; que la poesía no acude a los páramos, sino a los oasis, y que si no podía volver a animar, tampoco podría volver a aparear versos, como quien unce parejas de corzas blancas al mismo carro de oro. Las mujeres que le habían burlado y abandonado eran, sin duda indignas de su amor; pero tampoco él, Fausto, el poeta, el soñador, el ave, se había tomado el trabajo de quererlo inspirar, ni menos de sentirlo. El desierto no era el alma ajena, era su alma. Quien sólo ofrece llanuras candentes y peñascales yermos, no extrañe que el viajero cansado no se siente a reposar, ni quiera dormir larga y dulce siesta, como la que se duerme a la sombra de las palmeras verdes, al lado del fresco pozo... Paseábase Fausto una tarde de septiembre, a pie y sin objeto, por una de las solitarias rondas madrileñas, y al borde de un solar cercado de tablas divisó grupos de gente que examinaba, con muestras de vivísimo interés, algo caído en el suelo. Las cabezas se inclinaban, y del corro salían exclamaciones de lástima y admiración. Fausto iba a pasar sin hacer caso; pero una sensación indefinible de curiosidad cruel le empujó al remolino. Pensó que la realidad es madre de la poesía, y que a veces del incidente más vulgar salta la chispa generadora. No sin algún trabajo consiguió abrirse camino, y ya en primera fila, pudo ver lo que causaba el asombro de aquel gentío humilde. Sobre la hiedra enteca y mísera que a duras penas brotaba del terreno arcilloso, yacía tendida una mujer joven, de sorprendente belleza. La palidez de la muerte, y esa especie de misteriosa dignidad y calma que imprime a las facciones, la hacían semejante a perfectísimo busto de mármol, y el ligero vidriado de los árabes ojos no amenguaba su dulzura. El pelo, suelto, rodeaba como un cojín de terciopelo mate la faz, y la boca, entreabierta, dejaba ver los dientes de nácar entre los descoloridos y puros labios. No se distinguía herida alguna en el cuerpo de la joven, y sus ropas conservaban decente compostura. Estaba echada de lado. Una faja de lana unía su cintura a la de un mocetón feo y tosco, muerto también, de un balazo que, entrando por el oído, había roto el cráneo. Sin duda, en la agonía de los dos enamorados la faja debió de aflojarse, pues la mujer aparecía algo vuelta hacia la derecha, y el mozo a la izquierda, como desviándose de su compañera en el morir. Con mezcla de piedad y de enojo, los albañiles, las lavanderas y los guardias de Orden Público comentaban el trágico suceso. Tratábase de un doble suicidio, concertado de antemano, y hasta anunciado por el bruto del mozo en una taberna la noche anterior. La oposición de los padres de ella, las malas costumbres de él y el haber caído soldado, eran la causa. Ella no podía resignarse a la separación. Ella misma, la mujer apasionada, había lanzado la terrible idea, acogida con fruición estúpida por el hombre celoso y feroz. Morir, irse abrazados a donde Dios dispusiese; no apartarse ya nunca; pese a quien pese, desposarse en el ataúd... Sin dilación adquirió el revólver, y después de una mañana que pasaron juntos almorzando en un ventorro, los dos amantes se habían recogido al extraviado solar, donde, arrollando primero la faja del mozo alrededor de ambas cinturas, ella había tendido con sublime confianza el seno izquierdo, sin que, ni al sentir sobre el corazón el cañón del arma, se borrase de sus labios aquella sonrisa que aún conservaba fija en la boca, ¡aquella sonrisa que lucía los dientes de nácar entre los descoloridos y puros labios! Por la noche, al retirarse Fausto a su casa, percibió una fiebre singular que conocía de antemano, pues solía experimentarla cada vez que se renovaba su ser con afectos nunca sentidos. Semejante excitación nerviosa, señalaba, como la manecilla del reloj, las etapas sucesivas de su vida moral. La alegría extremada, la pena vehemente e inconsolable se anunciaban igualmente para Fausto con un desasosiego raro, una turbación del corazón, que ya acelera sus latidos, ya se aquieta y desmaya hasta el síncope. Las horas nocturnas las contó desvelado en la cama; no podía apartar del pensamiento la imagen de la muchacha muerta; y mientras volvía a ver el solar, el corro de curiosos, el grupo trágico de los amantes que, abrazados, emprenden el viaje sin regreso, un bullir confuso de rimas, un surgir de estrofas incompletas, un rodar oceánico de versos sonoros, ascendía de su corazón palpitante a su cerebro, y bajaba después, a manera de corriente impetuosa, a su mano, impaciente ya de asir la pluma... Lo más raro de todo era que Fausto, con la fantasía, enmendaba la plana al ciego Destino. La hermosa niña que había recibido en el seno izquierdo la bala, no estaba enamorada del bárbaro y plebeyo borrachín, del perdulario soez que descansaba a su lado, y que la amarró con la faja antes de darle muerte. No; el predilecto de aquella mujer que sabía querer y morir; el que antes de asesinarla había aspirado el aliento de su boca de virgen, era Fausto, el poeta; Fausto, que por fin encontraba su ideal, y que al encontrarlo prefería dejar la Tierra, sellando con el sello de lo irreparable tan magnífica pasión. ¿Quién duda que sólo Fausto, capaz de comprender el valor de la acción sublime, merecía haberla inspirado? Corrigiendo la inepcia de los hechos, despreciando la vana apariencia de lo real, Fausto recogía para sí la ardiente flor amorosa, la flor de sangre sembrada en el erial de la ronda madrileña. El era el compañero de aquella muerta que sonreía; él era quien había apoyado el revólver sobre el impávido seno de la heroína, no sólo tranquila ante la muerte, sino prendada de la muerte que une eternamente, sin separación posible, a los que quisieron con delirio... Y la sugestión apretó tanto, que Fausto arrojó las sábanas, encendió luz y empezó a emborronar papel... ............................................... Tal fue el origen del poema Juntos, el mejor timbre de gloria de Fausto, lo que consagrará ante la posteridad su nombre, porque Juntos es (lo afirma la crítica) una maravilla de sentimiento verdadero, y se comprende que está escrito con lágrimas vivas del poeta, que corresponde a penas y goces no fingidos, a algo que no se inventa, porque no puede inventarse. Champagne Al destaparse la botella de dorado casco, se oscurecieron los ojos de la compañera momentánea de Raimundo Valdés, y aquella sombra de dolor o de recuerdo despertó la curiosidad del joven, que se propuso inquirir por qué una hembra que hacía profesión de jovialidad se permitía mostrar sentimientos tristes, lujo reservado solamente a las mujeres honradas, dueñas y señoras de su espíritu y su corazón. Solicitó una confidencia y, sin duda, «la prójima» se encontraba en uno de esos instantes en que se necesita expansión, y se le dice al primero que llega lo que más hondamente puede afectarnos, pues sin dificultades ni remilgos contestó, pasándose las manos por los ojos: -Me conmueve siempre ver abrir una botella de champagne, porque ese vino me costó muy caro... el día de mi boda. -Pero ¿tú te has casado alguna vez... ante un cura? -preguntó Raimundo con festiva insolencia. -Ojalá no -repuso ella con el acento de la verdad, con franqueza impetuosa-. Por haberme casado, ando como me ves. -Vamos, ¿tu marido será algún tramposo, algún pillo? -Nada de eso. Administra muy bien lo que tiene y posee miles de duros... Miles, sí, o cientos de miles. -Chica, ¡cuántos duros! En ese caso... ¿Te daba mala vida? ¿Tenía líos? ¿Te pegaba? -Ni me dio mala vida, ni me pegó, ni tuvo líos, que yo sepa... ¡Después sí que me han pegado! Lo que hay es que le faltó tiempo para darme vida mala ni buena, porque estuvimos juntos, ya casados, un par de horas nada más. -¡Ah! -murmuró Valdés, presintiendo una aventura interesante. -Verás lo que pasó, prenda. Mis padres fueron personas muy regulares pero sin un céntimo. Papá tenía un empleíllo, y con el angustiado sueldo se las arreglaban. Murió mi madre; a mi padre le quitaron el destino...; y como no podía mantenernos el pico a mi hermano y a mí, y era bastante guapo, se dejó camelar por una jamona muy rica y se casó con ella en segundas. Al principio, mi madrastra se portó..., vamos, bien; no nos miraba a los hijastros con malos ojos. Pero así que yo fui creciendo y haciéndome mujer, y que los hombres dieron en decirme cosas en la calle, comprendí que en casa me cobraban ojeriza. Todo cuanto yo hacía era mal hecho, y tenía siempre detrás al juez y al espía...: la madrastra. Mi padre se puso muy pensativo, y comprendí que le llegaba al alma que se me tratase mal. Y lo que resultó de estas trifulcas fue que se echaron a buscarme marido para zafarse de mí. Por casualidad lo encontraron pronto. Sujeto acomodado, cuarentón, formal, recomendable, seriote... En fin; mi mismo padre se dio por contento y convino en que era una excelente proporción la que se me presentaba. Así es que ellos en confianza trataron y arreglaron la boda, y un día, encontrándome yo bien descuidada..., ¡a casarse!, y no vale replicar. -¿Y qué efecto te hizo la noticia? Malo, ¿eh? -Detestable.... porque yo tenía la tontuna de estar enamorada hasta los tuétanos, como se enamora una chiquilla, pero chiquilla forrada de mujer..., de «uno» de Infantería, un teniente pobre como las ratas.... y se me había metido en la cabeza que aquel había de ser mi marido apenas saliese a capitán. Las súplicas de mi padre; los consejos de las amigas; las órdenes y hasta los pescozones de mi madrastra, que no me dejaba respirar, me aturdieron de tal manera, que no me atreví a resistir. Y vengan regalos, y desclávense cajones de vestidos enviados de Madrid, y cuélguese usted los faralaes blancos, y préndase el embelequito de la corona de azahar, y a la iglesia, y ahí te suelto la bendición, y en seguida gran comilona, los amigos de la familia y la parentela del novio que brindan y me ponen la cabeza como un bombo, a mí, que más ganas tenía de lloriquear que de probar bocado... -Hija, por ahora no encuentro mucho de particular en tu historia. Casarse así, rabiando y por máquina, es bastante frecuente. -Aguarda, aguarda -advirtió amenzándome con la mano-. Ahora entra lo ridículo, la peripecia... Pues, señor, yo en mi vida había probado el tal champagne... Me sirvieron la primera copa para que contestase a los brindis, y después de vaciarla, me pareció que me sentía con más ánimo, que se me aliviaba el malestar y la negra tristeza. Bebí la segunda, y el buen efecto aumentó. La alegría se me derramaba por el cuerpo... Entonces me deslicé a tomar tres, cuatro, cinco, quizá media docena... Los convidados bromeaban celebrando la gracia de que bebiese así, y yo bebía buscando en la especie de vértigo que causa el champagne un olvido completo de lo que había de suceder y de lo que me estaba sucediendo ya. Sin embargo, me contuve antes de llegar a transtornarme por completo, y sólo podían notar en la mesa que reía muy alto, que me relucían los ojos y que estaba sofocadísima. Nos esperaba un coche, a mi marido y a mí, coche que nos había de llevar a una casa de campo de él, a pasar la primera semana después de la boda. Chiquillo, no sé si fue el movimiento del coche o si fue el aire libre, o buenamente que estaba yo como una uva, pero lo cierto es que apenas me vi sola con el tal señor y él pretendió hacerme garatusas cariñosas, se me desató la lengua, se me arrebató la sangre, y le solté de pe a pa lo del teniente, y que sólo al teniente quería, y teniente va y teniente viene, y dale con que si me han casado contra mi gusto, y toma con que ya me desquitaría y le mataría a palos... Barbaridades, cosas que inspira el vino a los que no acostumbran... Y mi esposo, más pálido que un muerto, mandó que volviese atrás el coche, y en el acto me devolvió a mi casa. Es decir, esto me lo dijeron luego, porque yo, de puro borrachita, ¿sabes?..., de nada me enteré. -¿Y nunca más te quiso recibir tu marido? -Nunca más. Parece que le espeté atrocidades tremendas. Ya ves: quien hablaba por mi boca era el maldito espumoso... -¿Y... en tu casa? ¿Te admitieron contentos? -¡Quiá! Mi madrastra me insultaba horriblemente, y mi padre lloraba por los rincones... Preferí tomar la puerta, ¡qué caramba! -¿Y... el teniente? -¡Sí, busca teniente! Al saber mi boda se había echado otra novia, y se casó con ella poco después. -¿Sabes que has tenido mala sombra? -Mala por cierto... Pero creo que si todas las mujeres hablasen lo que piensan, como hice yo por culpa del champagne, más de cuatro y más de ocho se verían peor que esta individua. -¿Y no te da tu marido alimento? La ley le obliga. ¡Bah! Eso ya me lo avisó un abogadito «que tuve»... ¡El diablo que se meta a pleitear! ¿Voy a pedirle que me mantenga a ese, después del desengaño que le costé? Anda, ponme más champaña... Ahora ya puedo beber lo que quiera. No se me escapará ningún secreto. Sor Aparición En el convento de las Clarisas de S***, al través de la doble reja baja, vi a una monja postrada, adorando. Estaba de frente al altar mayor, pero tenía el rostro pegado al suelo, los brazos extendidos en cruz y guardaba inmovilidad absoluta. No parecía más viva que los yacentes bultos de una reina y una infanta, cuyos mausoleos de alabastro adornaban el coro. De pronto, la monja prosternada se incorporó, sin duda para respirar, y pude distinguir sus facciones. Se notaba que había debido de ser muy hermosa en sus juventudes, como se conoce que unos paredones derruidos fueron palacios espléndidos. Lo mismo podría contar la monja ochenta años que noventa. Su cara, de una amarillez sepulcral, su temblorosa cabeza, su boca consumida, sus cejas blancas, revelaban ese grado sumo de la senectud en que hasta es insensible el paso del tiempo. Lo singular de aquella cara espectral, que ya pertenecía al otro mundo, eran los ojos. Desafiando a la edad, conservaban, por caso extraño, su fuego, su intenso negror, y una violenta expresión apasionada y dramática. La mirada de tales ojos no podía olvidarse nunca. Semejantes ojos volcánicos serían inexplicables en monja que hubiese ingresado en el claustro ofreciendo a Dios un corazón inocente; delataban un pasado borrascoso; despedían la luz siniestra de algún terrible recuerdo. Sentí ardiente curiosidad, sin esperar que la suerte me deparase a alguien conocedor del secreto de la religiosa. Sirvióme la casualidad a medida del deseo. La misma noche, en la mesa redonda de la posada, trabé conversación con un caballero machucho, muy comunicativo y más que medianalmente perspicaz, de esos que gozan cuando enteran a un forastero. Halagado por mi interés, me abrió de par en par el archivo de su feliz memoria. Apenas nombré el convento de las Claras e indiqué la especial impresión que me causaba el mirar de la monja, mi guía exclamó: -¡Ah! ¡Sor Aparición! Ya lo creo, ya lo creo... Tiene un «no sé qué» en los ojos... Lleva escrita allí su historia. Donde usted la ve, los dos surcos de las mejillas que de cerca parecen canales, se los han abierto las lágrimas. ¡Llorar más de cuarenta años! Ya corre agua salada en tantos días... El caso es que el agua no le ha apagado las brasas de la mirada... ¡Pobre sor Aparición! Le puedo descubrir a usted el quid de su vida mejor que nadie, porque mi padre la conoció moza y hasta creo que le hizo unas miajas el amor... ¡Es que era una deidad! Sor Aparición se llamó en el siglo Irene. Sus padres eran gente hidalga, ricachos de pueblo; tuvieron varios retoños, pero los perdieron, y concentraron en Irene el cariño y el mimo de hija única. El pueblo donde nació se llama A***. Y el Destino, que con las sábanas de la cuna empieza a tejer la cuerda que ha de ahorcarnos, hizo que en ese mismo pueblo viese la luz, algunos años antes que Irene, el famoso poeta... Lancé una exclamación y pronuncié, adelantándome al narrador, el glorioso nombre del autor del Arcángel maldito, tal vez el más genuino representante de la fiebre romántica; nombre que lleva en sus sílabas un eco de arrogancia desdeñosa, de mofador desdén, de acerba ironía y de nostalgia desesperada y blasfemadora. Aquel nombre y el mirar de la religiosa se confundieron en mi imaginación, sin que todavía el uno me diese la clave del otro, pero anunciando ya, al aparecer unidos, un drama del corazón de esos que chorrean viva sangre. -El mismo -repitió mi interlocutor-, el ilustre Juan de Camargo orgullo del pueblecito de A***, que ni tiene aguas minerales, ni santo milagroso, ni catedral, ni lápidas romanas, ni nada notable que enseñar a los que lo visitan, pero repite, envanecido: «En esta casa de la plaza nació Camargo.» -Vamos- interrumpí, ya comprendo; sor Aparición.... digo, Irene, se enamoró de Camargo, él la desdeñó, y ella, para olvidar, entró en el claustro... -¡Chis!- exclamó el narrador, sonriendo-. ¡Espere usted, espere usted, que si no fuese más...! De eso se ve todos los días; ni valdría la pena de contarlo. No; el caso de sor Aparición tiene miga. Paciencia, que ya llegaremos al fin. De niña, Irene había visto mil veces a Juan Camargo, sin hablarle nunca, porque él era ya mozo y muy huraño y retraído: ni con los demás chicos del pueblo se juntaba. Al romper Irene su capullo, Camargo, huérfano, ya estudiaba leyes en Salamanca, y sólo venía a casa de su tutor durante las vacaciones. Un verano, al entrar en A***, el estudiante levantó por casualidad los ojos hacia la ventana de Irene y reparó en la muchacha, que fijaba en él los suyos.... unos ojos de date preso, dos soles negros, porque ya ve usted lo que son todavía ahora. Refrenó Camargo el caballejo de alquiler para recrearse en aquella soberana hermosura; Irene era un asombro de guapa. Pero la muchacha, encendida como una amapola, se quitó de la ventana, cerrándola de golpe. Aquella misma noche, Camargo, que ya empezaba a publicar versos en periodiquillos, escribió unos, preciosos, pintando el efecto que le había producido la vista de Irene en el momento de llegar a su pueblo... Y envolviendo en los versos una piedra, al anochecer la disparo contra la ventana de Irene. Rompióse el vidrio, y la muchacha «recogió el papel y leyó los versos, no una vez, ciento, mil; los bebió, se empapó en ellos. Sin embargo, aquellos versos, que no figuran en la colección de las poesías de Camargo, no eran declaraciones amorosas, sino algo raro, mezcla de queja e imprecación. El poeta se dolía de que la pureza y la hermosura de la niña de la ventana no se hubiesen hecho para él, que era un réprobo. Si él se acercase, marchitaría aquella azucena... Después del episodio de los versos, Camargo no dio señales de acordarse de que existía Irene en el mundo, y en octubre se dirigió a Madrid. Empezaba el período agitado de su vida, las aventuras políticas y la actividad literaria. Desde que Camargo se marchó, Irene se puso triste, llegando a enfermar de pasión de ánimo. Sus padres intentaron distraerla; la llevaron algún tiempo a Badajoz, le hicieron conocer jóvenes, asistir a bailes; tuvo adoradores, oyó lisonjas...; pero no mejoró de humor ni de salud. No podía pensar sino en Camargo, a quien era aplicable lo que dice Byron de Larra: que los que le veían no le veían en vano; que su recuerdo acudía siempre a la memoria; pues hombres tales lanzan un reto al desdén y al olvido. No creía la misma Irene hallarse enamorada, juzgábase solo víctima de un maleficio, emanado de aquellos versos tan sombríos, tan extraños. Lo cierto es que Irene tenía eso que ahora llaman obsesión, y a todas horas veía «aparecerse» a Camargo, pálido, serio, el rizado pelo sombreando la pensativa frente... Los padres de Irene, al observar que su hija se moría minada por un padecimiento misterioso, decidieron llevarla a la corte, donde hay grandes médicos para consultar y también grandes distracciones. Cuando Irene llegó a Madrid, era célebre Camargo. Sus versos, fogosos, altaneros, de sentimiento fuerte y nervioso, hacían escuela; sus aventuras y genialidades se comentaban. Asociada con él una pandilla de perdidos, de bohemios desenfadados e ingeniosos, cada noche inventaban nuevas diabluras, ya turbaban el sueño de los honrados vecinos, ya realizaban las orgiásticas proezas a que aluden ciertas poesías blasfemas y obscenas, que algunos críticos aseguran que no son de Camargo en realidad. Con las borracheras y el libertinaje alternaban las sesiones en las logias masónicas y en los comités; Camargo se preparaba ya la senda de la emigración. No estaba enterada de todo esto la provinciana y cándida familia de Irene; y como se encontrasen en la calle al poeta, le saludaron alegres, que al fin era «de allá». Camargo, sorprendido otra vez de la hermosura de la joven, notando que al verle se teñían de púrpura las descoloridas mejillas de una niña tan preciosa, los acompañó, y prometió visitar a sus convecinos. Quedaron lisonjeados los pobres lugareños, y creció su satisfacción al notar que de allí a pocos días, habiendo cumplido Camargo su promesa, Irene revivía. Desconocedores de la crónica, les parecía Camargo un yerno posible, y consintieron que menudeasen las visitas. Veo en su cara de usted que cree adivinar el desenlace... ¡No lo adivina! Irene, fascinada, trastornada, como si hubiese bebido zumo de hierbas, tardó, sin embargo, seis meses en acceder a una entrevista a solas, en la misma casa de Camargo. La honesta resistencia de la niña fue causa de que los perdidos amigotes del poeta se burlasen de él, y el orgullo, que es la raíz venenosa de ciertos romanticismos, como el de Byron y el de Camargo, inspiró a éste una apuesta, un desquite satánico, infernal. Pidió, rogó, se alejó, volvió, dio celos, fingió planes de suicidio, e hizo tanto, que Irene, atropellando por todo, consintió en acudir a la peligrosa cita. Gracias a un milagro de valor y de decoro salió de ella pura y sin mancha, y Camargo sufrió una chacota que le enloqueció de despecho. A la segunda cita se agotaron las fuerzas de Irene; se oscureció su razón y fue vencida. Y cuando confusa y trémula, yacía, cerrando los párpados, en brazos del infame, éste exhaló una estrepitosa carcajada, descorrió unas cortinas, e Irene vio que la devoraban los impuros ojos de ocho o diez hombres jóvenes, que también reían y palmoteaban irónicamente. Irene se incorporó, dio un salto, y sin cubrirse, con el pelo suelto y los hombros desnudos, se lanzó a la escalera y a la calle. Llegó a su morada seguida de una turba de pilluelos que le arrojaban barro y piedras. Jamás consintió decir de dónde venía ni qué le había sucedido. Mi padre lo averiguó porque casualmente era amigo de uno de los de la apuesta de Camargo. Irene sufrió una fiebre de septenarios en que estuvo desahuciada; así que convaleció, entró en este convento, lo más lejos posible de A***. Su penitencia ha espantado a las monjas: ayunos increíbles, mezclar el pan con ceniza, pasarse tres días sin beber; las noches de invierno, descalza y de rodillas, en oración; disciplinarse, llevar una argolla al cuello, una corona de espinas bajo la toca, un rallo a la cintura... Lo que más edificó a sus compañeras que la tienen por santa fue el continuo llorar. Cuentan -pero serán consejas- que una vez llenó de llanto la escudilla del agua. ¡Y quién le dice a usted que de repente se le quedan los ojos secos, sin una lágrima, y brillando de ese modo que ha notado usted! Esto aconteció más de veinte años hace; las gentes piadosas creen que fue la señal del perdón de Dios. No obstante, sor Aparición, sin duda, no se cree perdonada, porque, hecha una momia, sigue ayunando y postrándose y usando el cilico de cerda... -Es que hará penitencia por dos -respondí, admirada de que en este punto fallase la penetración de mi cronista-. ¿Piensa usted que sor Aparición no se acuerda del alma infeliz de Camargo? ¿Justicia? Sin ser filósofo ni sabio, con sólo la viveza del natural discurso, Pablo Roldán había llegado a formarse en muchas cuestiones un criterio extraño e independiente; no digo que superior, porque no pienso que lo sea, pero al menos distinto del de la generalidad de los mortales. En todo tiempo habían existido estas divergencias entre el modo de pensar colectivo y el de algunos individuos innovadores o retrógrados con exceso, pues tanto nos separamos de nuestra época por adelantarnos como por rezagarnos. Uno de los problemas que Pablo Roldán consideraba de modo original y hasta chocante, era el de la infidelidad de la esposa. Es de advertir que Pablo Roldán estaba casado, y con dama tan principal, moza, hermosa y elegante, que se llevaba los ojos y quizá el corazón de cuantos la veían. Un tesoro así debiera hacer vigilante a su guardador; pero Pablo Roldán, no sólo alardeaba de confianza ciega, rayana en descuido, sino que declaraba que la vigilancia le parecía inútil, porque, no juzgándose «propietario» de su bella mitad, no se creía en el caso de guardarla como se guarda una viña, un huerto o una caja de valores. «Una mujer -decía, sonriendo, Pablo- se diferencia de una fruta y de un rollo de billetes de Banco en que tiene conciencia y lengua. A nadie se le ha ocurrido hacer responsable a la pavía si un ratero la hurta y se la come. La mujer es capaz y responsable, y vean cómo realmente, pareciendo tan bonachón, soy más rígido que ustedes, los celosos extremeños. La mujer es responsable, culpable.., entendámonos: cuando engaña. Claro que la mía, moralmente, no conseguirá nunca engañarme, porque yo sería la flor de los imbéciles si, al acercarme a ella, no comprendiese la impresión que le produzco, si me ama, o le soy indiferente, o no me puede sufrir. Del estado de su alma no necesitará mi esposa darme cuenta: yo adivinaré... ¡No faltaría más! Y al adivinar, tan cierto como que me llamo Pablo Roldán y me tengo por hombre de honor-, consideraré roto el lazo que la sujeta a mí, y no haré al Creador de las almas la ofensa de violentar un alma esencialmente igual a la mía... Desde el día en que no me quiera, mi mujer será «interiormente» libre como el aire. Sin embargo (pues el nudo legal es indisoluble y la equivocación mutua), le advertiré que queda obligada a salvar las apariencias, a tener muy en cuenta la exterioridad, a no hacerme blanco de la burla; y yo, por mi parte, me creeré en el deber de seguir amparandola, de escudarla contra el menosprecio. ¡Bah! Amigo mío, esto es hablar por hablar; Felicia parece que aún no me ha perdido el cariño... Son teorías, y ya sabe usted que, llegado el caso práctico, raro es el hombre que las aplica rigurosamente.» No platicaba así Roldán sino con los pocos que tenía por verdaderos amigos y hombres de corazón y de entendimiento; con los demás, creía él que no se debían conferir puntos tan delicados. Al parecer, el sistema amplio y generoso de Pablo daba resultados excelentes: el matrimonio vivía unido, respetado, contento. No obstante, yo, que lo observaba sin cesar, atraído por aquel experimento curioso, empecé a notar, transcurridos algunos años -poco después de que la mujer de Pablo entró en el período de esplendor de la belleza femenina, los treinta-, ciertos síntomas que me inquietaron un poco. Pablo andaba a veces triste y meditabundo; tenía días de murria, momentos de distracción y ausencia, aunque se rehacía luego y volvía a su acostumbrada ecuanimidad. En cambio, su mujer demostraba una alegría y animación exageradas y febriles, y se entregaba más que nunca al mundo y a las fiestas. Seguían yendo siempre juntos; las buenas costumbres conyugales no se habían alterado en lo más mínimo; pero yo, que tampoco soy la flor de los imbéciles, no podía dudar que existía en aquella pareja, antes venturosa, algún desajuste, alguna grieta oculta, algo que alteraba su contextura íntima. Para la gente, el matrimonio Roldán se mantenía inalterable; para mí el matrimonio Roldán se había disuelto. Por aquel entonces se anunció la boda de cierta opulenta señorita, y los padres convidaron a sus relaciones a examinar las «vistas» y ricos regalos que formaban la canastilla de la novia. Encontrábame entretenido en admirar un largo hilo de perlas, obsequio del novio, cuando vi entrar a Pablo Roldán y a su mujer. Acercáronse a la mesa cargada de preseas magníficas, y la gente, agolpada, les abrió paso difícilmente. La señora de Roldán se extasió con el hilo de perlas: ¡qué iguales!, ¡qué gruesas!, ¡qué oriente tan nacarado y tan puro! Mientras expresaba su admiración hacia la joya, noté... -¿quién explicaría por qué me fijaba ansiosamente en los movimientos de la mujer de Pablo?-, noté, digo, que se deslizaba hacia ella, como para compartir su admiración, Dámaso Vargas Padilla, mozo más conocido por calaveradas y despilfarros que por obras de caridad, y hube de ver que sobre el color avellana del guante de Suecia de la dama relucía un objetito blanco, inmediatamente trasladado a los dominios de un guante rojizo del Tirol... Y sentí el mismo estremecimiento que si de cosa propia se tratase, al cerciorarme de que Pablo Roldán, demudado y con el rostro color de muerto, había visto como yo, y sorprendido, como yo, el paso del billete de mandos de su mujer a manos de Vargas. Temí que se arrojase sobre los que así le escarnecían en público. No se arrojó; no dio la más leve muestra de cólera o pesadumbre, al contrario, siguió curioseando y alabando las galas bonitas, revolviendo y mezclando los objetos colocados más cerca, deteniéndose y obligando a su mujer a que se detuviese y reparase el mérito de cada uno. Tan despacio procedió a este examen, que la gente fue retirándose poco a poco, y ya no quedamos en el gabinete sino media docena de personas. Y cuando me disponía a cruzar la puerta, en una ojeada que lancé al descuido, volví a ver algo que me hizo el efecto de la espantable cabeza de Medusa, paralizándome de horror, dejándome sin voz, sin discurso, sin aliento... Pablo Roldán había deslizado rápidamente en el bolsillo de su chaleco el hilo de perlas, y salía tranquilo, alta la frente bromeando con su esposa, elogiando un cuadro en el cual logró concentrar toda la atención de los circunstantes. Desde el día siguiente empezó a murmurarse sobre el tema del robo: primero, en voz baja; después, con escandalosa publicidad. Hubo periódicos que lo insinuaron: el «tole tole» fue horrible. Las muchas personas distinguidas que habían admirado las galas de la novia clamaban al Cielo y mostraban, naturalmente, deseo furioso de que se descubriese al ladrón. Se calumnió a varios inocentes, y el rencor buscó medios de herir, devolviendo la flecha. Todos respiraron, por fin, al saber que el juez -avisado por una delación anónima- acababa de registrar la casa de Pablo, encontrando el hilo de perlas en un armario del tocador de la señora de Roldán. Sólo yo comprendía la tremenda venganza. Sólo yo logré penetrar el siniestro enigma, sin clave para la propia señora, que no anda lejos de expiar con años de presidio el delito que no cometió. Y un día que encontré a Pablo y le abrí mi alma y le confesé mis perplejidades, mis dudas respecto a si debía o no revelar la verdad, puesto que la conocía, Pablo me respondió, con lágrimas de rabia al borde de los lagrimales: -No intervengas. ¡Paso a la justicia, paso!... Dejó de amarme, y no me creí con derecho ni a la queja; quiso a otro, y únicamente le rogué que no me entregase a la risa del mundo... ¡Ya sabes cómo atendió a mi ruego... ya lo sabes! Antes que consiguiese ridiculizarme, la infamé. ¡Los medios fueron malos, pero... se lo tenía advertido! Si tú eres de los que creen que la venganza pertenece a Dios, apártate de mí, porque no nos entendemos. Amor, odio, y venganza.... ¿dónde habrá nada más humano? Me desvié de Pablo Roldán y no quiero volver a verle. No sé juzgarle; tan pronto le compadezco como me inspira horror. Más allá Era un balneario elegante, pero no de esos en que la gente rica, antojadiza y maniática, cuida imaginarias dolencias, sino de los que reciben todos los años, desde principios de junio, retahílas de verdaderos enfermos pálidos y débiles, y donde, a la hora de la consulta, se ven a la puerta del consultorio gestos ansiosos, enrojecidos párpados y señoras de pelo gris, que dan el brazo y sostienen a señoritas demacradas, de trabajoso andar. Para decirlo pronto: aquellas aguas convenían a los tísicos. Pared por medio estaban los dos. «Ella», la niña apasionada y romántica, la interesante enfermita que, indiferente a la muerte como aniquilamiento del ser físico, no la aceptaba como abdicación de la gracia y la belleza; que a su paso por los salones, cuando los cruzaba con porte airoso de ninfa joven, solía levantar un rumor halagüeño, un murmuro pérfido de mar que acaricia y devora; y defendiendo hasta el último instante su corona de encantos, que iba a marchitarse en el sepulcro, se rodeaba de flores y perfumes, sonreía dulcemente, envolvía su cuerpo enflaquecido en finos crespones de China y delicados encajes, y calzaba su pie menudo de blanco tafilete, con igual coquetería que si fuese a dirigir alegre y raudo cotillón. «El», el mozo galán, que había derrochado sus fuerzas vitales con prodigalidad regia, despreciando las advertencias de la tierna e inquieta madre y la indicación hereditaria de los dos tíos maternos, arrebatados en lo mejor de la edad, hasta que un día sintió a su vez el golpe sordo que le hería el pecho y le disolvía lentamente el pulmón, avivando, en vez de extinguirlo, el incendio que siempre había consumido su alma. Pared por medio estaban los dos sin conocerse ni saber que existían, y, sin embargo, el mal que los llevaba a la tumba tenía idéntico origen; el mismo anhelo insaciable había atacado en ellos las fuentes de la vida. Ella y él, fascinados por el propio sueño, hicieron de la pasión el único ideal de la existencia y aspiraron a un amor grande, profundamente estético, ardiente y resuelto como si fuese criminal; noble y altivo como si fuese legítimo; puro a fuerza de intensidad, abrasador a fuerza de pureza. Y como quien busca ave fénix o talismán poderoso, habían buscado ambos la encantada isla de sus ensueños: ella, entre los sosos incidentes del diario flirt; él entre los episodios no menos vulgares de la calvatronería orgiástica; hasta que una serie de decepciones tristes, cómicas o indignas, les arruinó la salud, dejando intacto el tesoro de ilusiones y aspiraciones nunca satisfechas, la sed de amar inextinta, más bien exacerbada por la calentura y la alta tensión nerviosa, fruto del padecimiento. ¡Quién les dijera que allí, detrás del tabique en cuyo papel de caprichosos dibujos hallaban maquinal entretenimiento los aburridos ojos, se encontraba lo que habían buscado en balde tanto tiempo, lo que necesitaban para asirse otra vez a la existencia! Porque ya ni él ni ella podían salir del cuarto, ni bajar las escaleras, ni comer en el comedor. Postrados y exánimes, les traían el agua mineral en un vaso puesto boca abajo sobre un platillo; últimamente, hasta no se atrevieron a beber, y el médico, presintiendo fatal desenlace, advirtió que convendría atender al alma, señal casi siempre funestísima para el pobre del cuerpo. El y ella se prepararon a recibir a Jesucristo con todo el agasajo que tal visita merece. No hubo fuerzas humanas que les impidiesen vestirse y engalanarse como para un sarao. Ella se lavó con esencias fragantes y jabones exquisitos, hizo peinar esmeradamente la negra mata de pelo, se puso traje de blanco gro, y con sonriente coquetería prendió en la mantilla sus agujas de turquesa; él atusó la bien recortada barba, eligió la camisa más bruñida y tersa, el chaleco de mejor caída, y de frac y corbata blanca esperó a su Dios. Y él y ella, al sentir en los labios la sagrada partícula, gozaron un momento de emoción deliciosa; les pareció que la efusión esperada en vano, el supremo arrobamiento del éxtasis vendría después de despojada la vestidura carnal, cuando el alma, libre y dichosa, volase al seno de su Criador... Así fue que tuvieron unas últimas horas edificantes, ejemplares, de un ardor místico sublime que hacía derramar lágrimas a los que rodeaban el lecho. Sus palabras de esperanza sonaban conmovedoras y misteriosas, dichas desde el borde de la huesa. Hablaban del Cielo, y diríase que al nombrarlo lo veían ya; de tal suerte se iluminaban sus ojos y resplandecía en sus rostros la beatitud y la fe que transfigura. A la misma hora fallecieron, y sus espíritus se encontraron en el camino del otro mundo, antes de tomar rumbos distintos, pues él se encaminaba al Purgatorio en forma de llama rojiza, y ella al Cielo, convertida en ligero fueguecillo azul. Entonces se vieron por primera vez, y, sorprendidos, detuviéronse a contemplarse. Como a aquellas alturas todo se adivinaba, inmediatamente adivinaron de qué habían muerto y la semejanza de sus destinos durante la vida terrenal. Y así como comprendieron claramente que los dos habían muerto de plétora de pasión no satisfecha ni entendida, advirtieron también con asombro que él era el alma nacida para ella, y ella el corazón capaz de encerrar aquel amor infinito de que él se sentía minado y consumido, como el árbol que todo se derrite en gomas. Y lo mismo fue advertirlo que juntarse impetuosamente los dos espíritus, mezclándose la llama rojiza con el fueguecillo azul, tan estrechamente, que se hicieron una luz sola. Y sucedió que, unidos ya, él no pudo entrar en el Purgatorio por la parte que llevaba de Cielo, y ella tampoco pudo ingresar en el Cielo por la parte que llevaba de Purgatorio. Él, generoso, le propuso que se apartasen, yéndose ella a disfrutar la dichas del Empíreo; mas ella prefirió seguir unida a él, aun a costa de la eterna bienandanza; y desde entonces la luz anda errante, y los dos espíritus no hallan otro nido para sus amores póstumos sino la extremidad del palo de algún buque, donde los marinos los confunden con el fuego de Santelmo.
Capítulo 2 Ya de noche en la casa de los Son; - Goku: Vaya creo que este día a sido muy cansado - Milk: Goten ya es hora de que te acuestes a dormir - Goten: Si Mamá - Milk: Gohan tu también, además ya as perdido muchas clases y tienes que ponerte al día así que mañana volverás a tus clases - Goku: Vamos Milk, no seas tan dura con el no crees que se merece un descanso - Milk: No señor el ya a perdido muchas clases, y por cierto no quiero que ahora que estas devuelta distraigas a Gohan de sus estudios - Goku: Esta bien Milk, pero al menos puedo entrenar con cuando regrese de clases, porque nunca se sabe cuando aparecerá un nuevo rival y todos tenemos que estar listo no crees - Milk: Bueno está bien siempre y cuando no descuide sus estudios - Goku: Bien Gohan entonces ve a dormir porque desde mañana empezaremos a entrenar - Gohan: Si papá – pero esa noche Gohan no podía dormir porque ahora que todos sabían su identidad secreta las cosas se le iban a complicar y estaba pensando en como afrontar la situación, pero también estaba muy emocionado por volver a ver a Videl En ese mismo momento en la casa de la familia Satán Videl se encontraba en la misma situación que Gohan ya no sabia como explicarles a todos sobre como pudo irse volando del torneo de las artes marciales, pero lo que en verdad no la dejaba dormir era su emoción por volver a Gohan Al siguiente día en la Preparatoria Estrella Naranja Gohan llegaba apresurado debido a que se había levantado tarde por el desvelo de anoche, aterrizo en la terraza de la escuela y enseguida se percato de la presencia de Videl - Gohan: Hola Videl que haces aquí pensé que ya estabas en clases - Videl: Ah Hola Gohan, es que no se si entrar porque no se que les voy a decir sobre lo que paso en el torneo de las artes marciales, y tu ya pensaste que decir - Gohan: Entiendo yo también estuve pensando en eso anoche pero no se me ocurrió nada, así que decidí venir de todos modos y afrontar la situación - Videl: Si creo que tienes razón bueno entremos rápido antes de que llegue el profesor Gohan y Videl entraron al salón y cuando lo hicieron todos comenzaron a murmurar sobre ellos dos y cuando llegaron a sus asientos tuvieron que someterse al interrogatorio de Iresa - Iresa: Gohan, Videl, al fin llegaron pensé que no vendrían - Gohan y Videl: Hola Iresa - Iresa: Ahora que al fin los veo quiero que me expliquen que fueron todos esos trucos que se la pasaron haciendo durante el torneo de las artes marciales - Gohan: ¿Qué? trucos pero de cuales trucos me estas hablando - Iresa: Como que de cuales, pues el de volar el de cambiar el color de tu cabello y hacerte pasar como el Gran Sayaman - Gohan: Ah esos trucos pues veras – Gohan se quedo callado por unos segundos ya que no sabia que responder pero fue salvado por Videl - Videl: Bueno es que era parte del espectáculo por que así seria más emocionante no lo crees - Iresa: Si es justo lo que me imaginaba pero no lo vuelvan a hacer sin avisarme antes si - Profesor: Muy buenos días estudiantes espero que disculpen mi retraso, vamos a comenzar Al finalizar la clase Gohan y Videl ya se habían tranquilizado después de que todos pensaran que lo que pasó en el torneo fueron solo trucos - Gohan: Vaya de la que nos salvamos - Videl: Si estoy de acuerdo, oye Gohan este fin de semana voy a ir a tu casa recuerda que prometiste que me entrenarías, así que hasta entonces - Gohan: Si de acuerdo hasta luego Y así llego el fin de semana y en la montaña paoz se encontraban entrenando en el aire Goku, Gohan y Goten, pero de repente Gohan comienza a sentir el ki de Videl acercase por lo que se distrae y su ki disminuye y Goten aprovecho el momento para darle un buen golpe a su hermano quien cayo al piso enseguida - Goku: Que paso hijo porque te distrajiste - pero en ese momento se voltea y ve llegar volando a Videl – Aja entonces fue por ella que desconcentraste – y Gohan solo pudo asentir con la cabeza aquel comentario de su padre - Goten: Hola Videl que haces aquí acaso bienes a entrenar con nosotros - Videl: Bueno algo así, pero donde esta Gohan - Goten: Esta allí abajo es que se distrajo al saber que venias y no esquivo mi golpe - Videl: Vaya Gohan no sabia que el Gran Sayaman se dejara golpear de un niño – y mientras Videl reía Gohan solo puso su mano detrás de la cabeza y empezó a reír de la misma forma que su papá y su hermano - Gohan: Ah papá espero que no te moleste pero voy comenzar a entrenar con Videl - Goku: No te preocupes hijo Goten y yo seguiremos entrenando en otro lugar, vamos Goten Una vez que Goku y Goten se alejaron Videl bajo hacia donde estaba Gohan Videl: Bien ya estoy lista así que empecemos de una vez – a medida que avanzaba el entrenamiento Gohan le enseño a Videl a usar el tradicional kamekame ha y como Videl ye sabia controlar su ki no tuvo problema en hacerlo y cuando soltó toda esa energía ella no lo podía creer había dominado esa técnica en tan solo unos instantes pero a la vez se sintió muy cansada y decidió recostarse - Gohan: Es fabuloso Videl aprendiste esta técnica en muy poco tiempo te felicito eres una chica muy fuerte - Videl: Si pero eso me dejo muy cansada, bueno Gohan ahora quiero que me cuentes sobre ti recuerda que me lo prometiste y esta vez quiero que sea la verdad entendido - Gohan: Si esta bien Gohan le contó todo sobre su infancia y de la raza de la que provenían el y su padre, además le hablo de las batallas en las que estuvo hasta su combate contra Cell - Videl: Vaya entonces ustedes los Sayajim son una raza de guerreros tremendamente fuerte, pero me tiene sorprendida que siendo tan solo un niño te convertiste en el más fuerte del universo y que hasta superaras a tu propio padre - Gohan: Si bueno aunque la verdad a mi no gusta mucho pelear De pronto el celular de Videl empieza a sonar, era la policía de Ciudad Satán había un robo en un banco y necesitaban de su ayuda así que Videl y el Gran Sayaman fueron al lugar, cuando llegaron ellos dos atraparon de inmediato a los maleantes, pero cuando Videl dirigió su mirada hacia los policías que estaban asustados al ver a la señorita Videl flotar en el aire al ver esto Gohan y Videl se fueron volando lo más rápido posible del lugar - Videl: Vaya ahora que voy a hacer al parecer a muchos les asusta verme volar Gohan se quedo callado y se empezó a meditar un poco sobre esta situación y al cabo de unos minutos pego un grito de emoción que asusto a la pobre Videl quien también estaba concentrada en la situación - Gohan: Lo tengo, ya se que puedes hacer, iremos a casa de Bulma y le pediremos que te haga un traje igual al mió así podrás volar sin que sepan que eres tu, seremos como un equipo y seremos el Gran Sayaman 1 y 2 – Gohan estaba tan emocionado que agarro a Videl de brazo y apresuro el vuelo hacia la casa de Bulma sin siquiera darle algo de tiempo para asimilar bien lo que el le estaba diciendo. Apenas llegaron a casa de Bulma Gohan le pidió el favor de que hiciera el traje de Videl y como Bulma ya tenía un modelo de cuando le hizo el traje a Gohan solo tenía que hacer unos pequeños cambios y les dijo que esperarán unos minutos, en ese momento Videl tuvo unos momentos para reflexionar la situación y quería hablar con Gohan sobre el asunto pero al verlo tan emocionado no se atrevió, y poco después apareció Bulma con el traje de Videl y ante las sugerencias de que se lo pruebe Videl acepto así que dejo a Gohan solo para ir a ponerse el traje, cuando se lo puso se dio cuenta que le quedaba muy bien y el diseño le pareció fabuloso por lo fue de inmediato donde Gohan - Videl: Que tal Gohan que te parece no crees que es genial - Gohan: si la verdad es que te ves muy bonita En ese instante Videl no pudo controlar la emoción que le había provocado esas palabras, pero a la vez se puso un poco tímida y se sonrojo un poco - Videl: De verdad Gohan, enserio crees que me veo hermosa Rápidamente los nervios se apoderaron de Gohan quien al oírla y ver los hermosos ojos azules de Videl agacho un poco la cabeza pero sin dejar aquellos ojos que lo estaban cautivando y solo pudo dejar salir de su boca las palabras que ella quería oír en ese instante y que el también deseaba mucho decir - Gohan: Si la verdad es que te ves preciosa Videl El nerviosismo de ambos iba aumentando cada vez más pero sus miradas seguían conectadas haciendo que el silencio los empiece a torturar, pero Gohan decidió terminar con aquel dulce tormento cambiando el tema, aunque solo pudo dominarlo un poco - Gohan: Bueno y que tal si comenzamos a ensayar una presentación si vamos a ser un equipo tenemos que tener una muy buena Videl aun nerviosa solo pudo asentir con la cabeza aquella propuesta pero cuando quiso dar un paso sus pies se tropezaron con la capa del traje que estaba usando, Gohan reacciona inmediatamente atrapándola con sus brazos para que no cayera al piso provocando que sus miradas se volvieran a encontrar volviendo aun más intensa la tortura de la que Gohan quiso escapar al principio, sus corazones empezaron a latir cada vez más fuerte y sus rostros empezaron a acercarse cada vez más sin que ninguno de los dos fuese consiente de sus movimientos
Capítulo 3 Pero en tan solo unos instantes ese momento mágico desapareció por completo cuando se empezaron a escuchar unos pasos que se acercaban cada vez más - Trunks: Oigan que están haciendo ustedes dos El nerviosismo que antes tenían Gohan y Videl enseguida se transformo en vergüenza al no saber como explicar lo que estaba sucediendo a aquel niño que los había interrumpido cuando ni siquiera ellos sabían bien lo que estaban haciendo - Trunks: Aja ya veo con que ustedes dos estaban a punto de besarse Inmediatamente gohan y Videl se pusieron totalmente rojos y solo Gohan se atrevió a decir algo - Gohan: Nooooooo no es así, es solo que sujete a Videl para que no se cayera - Trunks: Pero por lo visto no lo hiciste bien por que la acabas de dejar caer Gohan no se había percatado de lo que acababa de hacer y al mirar hacia el piso se percato de Videl estaba en el suelo y con una cara de pocos amigos, ella se puso tan furiosa por el descuido de Gohan que se levanto enseguida y empezó a soltar toda su furia con gritos dejando a Gohan paralizado y arrinconado en una esquina - Videl: Que diablos te pasa Gohan, como pudiste dejarme caer, eres un cerdo y olvídate de toda esta tontería del Gran Sayaman dos, no quiero que me vuelvas a dirigir la palabra – luego de estas palabras Videl se fue volando de aquel lugar pero no sin antes de darle una cachetada que lo mando al piso dejando marcada su mano en la cara de Gohan - Trunks: Vaya si que se fue furiosa esa chica, mira nada más como te dejo la cara se ve que es muy fuerte – de pronto una risa se escucho entrando en aquella sala - Vegeta: J aja veo que tienes problemas con las mujeres, pues déjame darte un consejo, nunca dejes que una mujer tome el control, la próxima vez demuestra que eres un Sayajim y demuéstrale que eres tu el que tiene la ultima palabra entendiste – después de unos segundos se podía escuchar una voz que venia desde la cocina - Bulma: Vegeta será mejor que te apresures a cambiarte de ropa recuerda que tenemos que ir a la reunión de padres de familia en la escuela de Trunks – al oír esto vegeta se puso un poco furioso - Vegeta: No me molestes Bulma ya te dije que no pienso ir además quiero quedarme en casa y seguir entrenando en la cámara de gravedad – Vegeta termino de hablar luciendo una sonrisa en el rostro pensando que su esposa aceptaría su decisión y que ya no lo molestaría con ese tema, mientras tanto Bulma opto por la decisión de amenazar a Vegeta con lo que más le dolía - Bulma: Pues si no vas te prometo que voy a descomponer esa maldita cámara de gravedad para que ya no la vuelvas a usar y además te quedaras sin cenar esta noche – Vegeta se quedo sin palabras después de escuchar esto, le estaban presionando con lo que más le dolía que era no tener su cámara de gravedad y no cenar, y con el apetito que tienen los Sayajim de seguro eso era algo fatal para el, así que lo unico que hizo fue disimular un poco ante Gohan e irse de inmediato de sala antes de que Gohan se empezara a burlar de su intento por ser el que da las ordenes en su casa - Vegeta: Pensándolo bien creo que ya entrene suficiente el día de hoy además necesito salir de vez en cuando y tomar un poco de aire fresco creo que no me caería mal ir a esa reunión, pero no vayas que es por que Bulma me lo ordena entendiste Gohan, mientras Vegeta se iba a su cuarto Gohan empezó a reírse disimuladamente de aquel papelón que había pasado Vegeta para que no se diera cuenta, pero en eso recordó su problema con Videl y decidió irse a casa a pensar en lo sucedido A la mañana siguiente Gohan se dirigía a la preparatoria pero en el camino seguía pensando en como pedirle disculpas a Videl, al llegar a Ciudad Satán pudo observar que varios obreros de una construcción se habían quedado atrapados y el edificio en construcción estaba a punto de caerse, Gohan fue inmediatamente a ayudarlos y sostuvo el edificio justo antes de que se cayera, en ese instante apareció Videl vestida con el traje que ayer le había regalado Bulma, rescato a los obreros y los llevo a un lugar seguro, la gente que estaba presenciando el rescate estaba intrigada al no saber quien era aquella chica, pero el que más estaba asombrado era Gohan que no sabia porque Videl apareció vestida así y se preguntaba si acaso eso significaba que lo habia perdonado, Videl al verlo se dirigió a el y le grito - Videl: Que estas viendo acaso también piensas dejar caer ese edificio – Gohan enderezo el edificio y lo aseguro para que no se cayera, pero cuando quiso volver a ver a Videl ella ya se habia marchado y entonces se dio cuenta de que ella seguía molesta con el, pero también quería saber que significaba el que ella apareciera vestida de esa manera así que se marcho de aquel lugar y se dirigió a la preparatoria de inmediato para poder hablar con ella y pedirle disculpas Gohan llego un poco tarde a clases y cuando se sentó en su puesto se dio cuenta de que Videl ya estaba allí pero cuando ella se dio cuenta de que la estaba mirando volteo la cara para no verlo Al terminar la clase Gohan fue detrás de Videl para tratar de hablar con ella, pero cuando Videl se percato que la seguía decidió acelerar el paso, la verdad es que a ella ya se le habia pasado la furia que sintió ayer pero quería hacer que Gohan se sintiera un poco mal por lo sucedió y le pidiera disculpas así que desacelero un poco su ritmo para que el la alcanzará y se disculpara mientras sonreía disimuladamente recordando la cachetada que le había dado el día anterior, Gohan la alcanzo en seguida y se paro en frente de ella impidiéndole que siguiera caminando Gohan: Videl necesito hablar contigo, se que estas molesta por la estupidez que cometí el día de ayer y yo solo quería disculparme Videl trato de disimular su alegría por escuchar aquella disculpa que tato esperaba y volteo la mirada y cruzo los brazos para hacerle pensar a Gohan que todavía seguía enfadada con el Videl: Vaya por lo menos veo que tienes el valor de venirte a disculpar, pero ni creas que con una simple disculpas esta todo solucionado Gohan: Si lo se pero espero que en algún momento me perdones – Gohan avergonzado dirigió su mirada hacia otro lado para no seguirla viendo enfadada pero al hacer esto vio algo que hizo que se alegrara, al verlo tan alegre Videl se enfado un poco por su sonrisa en ese momento tan serio Videl: Y se puede saber que es lo que te alegra tanto acaso te da risa lo que me hiciste ayer Gohan: No es eso Videl; mira lee lo que dice ese cartel – Gohan le señalo con el dedo aquel cartel que lo había hecho sonreír Videl: ¿Qué?, la película del Gran Sayaman (me imagino que muchos recuerdan la película en la que Gohan participo y que después destruyo toda la escenografita al salir volando, pues esta es), a mira y la estrenan hoy a las seis de la tarde, vaya Gohan al parecer te estas volviendo famoso Gohan: Si es genial no crees, dime no quisieras venirla a ver conmigo, vamos será divertido Gohan estaba tan alegre que ni siquiera se había percatado de lo que acababa de decir, mientras tanto Videl se sonrojo un poco y volvió su mirada hacia la de el no podía creer lo que había oído Videl: ¿Qué? me estas pidiendo que vea la película contigo, acaso me estas invitando a una cita Gohan al fin reacciono y se puso un poco nervioso pero a la vez alegre el perecer este era el momento que tanto había esperado para tener una cita con ella pero decidió no afirmar lo dicho por Videl por el temor a que ella rechazara su invitación ya que pensaba que ella seguía molesta con el Gohan: No, bueno veras es solo que me gustaría veneramos juntos eso es todo Videl se decepciono un poco pero de todas formas estaba alegre al fin saldrían juntos Videl: Bueno esta bien, después de todo va a ser divertido ver tus estupideces en el cine Gohan: Perfecto, entonces más tarde te paso buscando a tu casa, nos vemos, hasta luego, Gohan se fue volando de aquel lugar con una sonrisa en el rostro que incluso le hizo olvidar que Videl nom lo había disculpado todavía, Videl también olvido que no lo había disculpado. Bueno de todas formas ambos estaban felices que ya no les importaba lo sucedido el día anterior