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tundrario

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Primer post: 6 jun 2014Último post: 6 dic 2014
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Recordemos que la vida es un punto
ArteporAnónimo6/6/2014

Cada tanto se me da por recordar que la vida es un punto: Me hace sentir bien recordar que la vida es un punto. En cuanto lo hago, me siento rebosante por unos minutos. Me gusta empezar pensando por la inmensidad del universo y lo pequeño que es nuestro planeta. Es como si fijara la vida primero en un lugar preciso, geográfico. Hasta el momento de encontrar imaginariamente a nuestro planeta y tomar conciencia de lo pequeño que es. Después, necesariamente tengo que hacer referencia al tiempo. Es ahí cuando cito ciertos números que no puedo olvidar: Que los dinosaurios vivieron 160 millones de años en la tierra, también que éste planeta existe hace 4500 millones de años. Que insignificante somos!, si recién celebramos llegar al 2014. Vuelvo a graficar mentalmente éste nuevo dato, y en mi línea de tiempo imaginaria, realizo grafismos proporcionados acorde a lo ocupado por cada especie. Otra vez vuelvo a marcar la humanidad ,y por consiguiente mi propia vida, en un punto. Cuando vuelvo cansado de algún lado, y me hago muchas preguntas sobre el sentido de las cosas, sobre qué decisiones debo tomar, es cuando recuerdo que la vida es un punto, que nada de esto lo tiene, que en definitiva todo pasará y pasará de la misma manera haga lo que yo haga. Ese sinsentido es el mejor de los sentidos para mi, para disfrutar de las cosas y de lo que nos queda. Es por eso que cuando me preguntan qué haría si me muriera mañana, simplemente me hace mucha gracia. Mañana es poco tiempo? Si es por eso, quedate tranquilo que la vida no dura mucho más, si ya te dije que la vida es un punto. TUNDRARIO

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Te gusta reflexionar? (MEGAPOST) Pasate!
ArteporAnónimo12/6/2014

Buenas noches a todos. Mi intención aquí es compartir con ustedes unos textos que estuve escribiendo el último año. Podrán encontrar algunos cuentos cortos y poesías. Sería un honor para mi que puedan apreciar mi trabajo, ya que todo lo aquí plasmado salió directamente del corazón. Espero que puedan llevarse alguna reflexión, alguna idea compartida, o simplemente una bella sensación. Muchas gracias. Por la calle oscura camina el viejo, lo hace con dificultad. La luz se hizo penumbra para abrirle paso al destino. Sus recuerdos se multiplican con la misma intensidad con que pierden nitidez. Imagina su cuerpo esbelto exhibiendo antiguas destrezas, acompañado por su corazón latiendo de timidez y algunos amores adolescentes. El aire húmedo de la noche acaricia sus arrugas fingiendo admiración y memoria. Bien sabe el viejo que pronto su ser le pertenecerá a la propia brisa, para transformarse en viento y dirigirse hacia el olvido. Los rostros que observa ya no dicen nada, las miradas ahora son mentiras y hasta el amor se volvió ingenuo. Se pregunta por las pasiones que escuchará prontamente, por los sentimientos expresados a través de señales de fuego que ya no lo alcanzan. Con nostalgia añora la inmortalidad, con desdén observa sus manos, con paciencia camina el viejo. Da la vuelta a la esquina y se encuentra con una imagen difusa de la propia vida. Se sorprende al encontrarla. No ve su rostro pero lleva un reloj en su muñeca. Percibe que es suyo, el reloj indica su tiempo perdido y brilla hasta enceguecerlo. El viejo recuerda el hurto y la insulta. Se acerca a golpearla con puños afligidos y lágrimas. La vida gime riendo, sobra la escena y se desarma en una euforia de triunfo. El viejo cae y la vida se aparta. Ensaya un grito asfixiado y se calla. Las manos tocan el asfalto y su rostro acompaña. Una vez eclipsadas aquellas formas del saber, la ética y sus normas. Que difieren los sentidos e incumbencias de novatos jugueteando con su sombra. En el campo lo que fue alguna vez, en el propio trono, su tozudez. Sus proyectos laten lo indigno recorriendo una lágrima soez. Simbolismo disuelto en un mensaje, agraviado por aquel pasaje. Sin sentirlo pero creyendo, sin saberlo pero de viaje. Falsas causas de egoísmo, evitan con pericia el eufemismo. las mentiras ahora son más crueles, son creídas por uno mismo. Ingenuo ha sido aquel canto ancestral, que no admite helada invernal. El que cobija los cuerpos de los amantes, los que valen menos que la sal. Se despierta el joven en su habitación. Abre los ojos con cierto dejo de amargura mientras se incorpora de manera lenta y torpe. Logra asomarse por la ventana y observa el espacio. Solo puede sentir deseos. Fuerzas intensas en su interior lo hostigan hasta eliminar su contenido humano y convertir su voluntad en carencias. Los deseos están en el cielo. Aparecen muy lejos junto con su energía. El joven se detiene a recapacitar de qué manera podría alcanzarlos, pero son ellos mismos los que entre carcajadas buscan distraerlo. El joven cierra la ventana y se dedica a elaborar un procedimiento sabio. Se recuesta con la intención de reflexionar claramente y un mar de sensaciones lo azotan. Su estrategia corre peligro y decide cubrirse ambos oídos para evitar la filtración del sonido. A continuación, cierra sus ojos para eludir la seducción de alguna excusa plasmada en imágenes. No logra su fin, continúa siendo preso de abstracciones mezquinas que lo abordan por todos los frentes. Decide entonces respirar de manera suave y automática, alternando pausas controladas desde el subconsciente. Se convierte finalmente en una inerte masa que reposa sobre una cama. Como último paso, persevera con esfuerzo hasta neutralizar el trabajo de su propio cerebro. Se concentra en el resto de su organismo, en su corazón latiendo y en la rítmica dilatación de sus venas. El tiempo parece detenerse, el objetivo se acerca. Su cuerpo se encuentra paralizado y continúa mermando su velocidad mental. Ya no queda absolutamente nada en funcionamiento. Perezosamente comienza a levantarse, pero no es él quien lo hace. Una confusa transparencia con brillo propio logra distinguirse en la habitación. Se escucha el silencio absoluto, el universo entero está en paz. El espectro lumínico identificado como su propio espíritu se acerca a la ventana y observa los deseos con arrogancia. Son ellos quienes ahora se encuentran perturbados y buscan consuelo. Estuve buscando mi voz, la encontré en la noche, la encontré vagando, la encontré rezando de rodillas suplicando por los que más tienen y porque el mundo se haga trizas. También me busqué a mi mismo, me encontré en la noche, me encontré vagando, me encontré pidiendo con dinero lo que ya había conseguido cuando todo era casero. Hice de fiera cuando hablaba sucio rodeado de estepa de un gris negruzco y en ese entonces cuando fui llamado por sirenas de algún lejano siglo pasado. Quiero un poco de aquel hambre que nadie sepa del desmadre. Porque cuando aún no estábamos juntos siempre nos manchábamos con sangre. La noche transcurría disimuladamente en un cálido departamento de Caballito. Allí se reunió un viejo grupo de amigos, quiénes se alegraban de volver a compartir una cena luego de unos largos años. Las horas corrían mientras Naty, quien gozaba del rostro más bello allí presente, compartía alegremente sus opiniones sobre la moda, televisión, o diferentes entretenimientos que cumplían su función original de entretenerla. También había asistido esa noche el buen amigo Germán. Un personaje con perfil más bajo que se limitaba por lo general a escuchar, pero era justamente quien aportaba algunas chanzas con cierta exquisitez que resultaban de lo más ocurrentes y efectivas a la hora de hacer reír al resto sin adulterar el esbozo natural de una sonrisa. Nadie escatimaba carcajadas mientras Eduardo relataba un episodio reciente enfocando sus ojos con euforia observando la nada misma, plenamente concentrado en representar su propio comportamiento en un reciente viaje de subte. El relato se extendió hasta finalizar en una aparentemente entretenida anécdota acerca de un joven que no quiso cederle su asiento a una anciana. Germán escuchaba con atención al igual que el resto de sus amigos hasta notar que este relato fue el más trascendente que escuchó alguna vez en su vida. Agradeciendo en su interior aquellas palabras, se encontró preso de una imagen reveladora que marcaría el resto de sus días en éste planeta. Reflexionó profundamente al darse cuenta de que esa historia no le interesaba en lo más mínimo. Esto lo conmovió y creyó por un momento que se encontraba presente frente a sus ojos la verdad final de la existencia. Posteriormente a este acontecimiento repleto de intensas sensaciones, se culpó a sí mismo por su egoísmo y su falta de consideración. Más tarde se preguntó qué podrían comentarle en esa reunión que le importase, o qué podría aportar él que ciertamente tenga un sentido noble. Con esos ánimos generó una espesa coraza tras la cual se escondió el resto de la noche en sí mismo escuchando sin atención las conversaciones ajenas sobre futbol y política. Sin ser consciente realmente del transcurso del tiempo, la reunión llegaba a su fin y él había permanecido en silencio. Comieron algo, rieron, y a la hora de marcharse, Germán muy confundido simplemente besó a sus amigos y se despidió. Al día siguiente tuvo que lidiar con un ligero inconveniente. En su hogar abatido todavía por su rotunda revelación, decidió evitar también la emisión de alguna palabra dirigida a su mujer o a sus hijos. Su conyugue se encontró ofendida y enlistó una serie de reproches, los cuales llevaron a Germán a meditar en algo aún más aterrador. Sintió que una respuesta estaría de más. Consideró que cualquier acotación sería utilizada en su contra. No había palabra alguna que lograse evacuar el cólera de María. Resultaría engorroso iniciar una explicación a partir de su reciente idea, comentarle que no consideraba tener nada suficientemente digno para decir. También creyó que aunque lograse hacerse entender tampoco conseguiría alterar favorablemente el estado anímico de su mujer. Decidió entonces abrazarla con cariño y callar hasta que su enojo se diluyese. Cuando regresó al trabajo también lo hizo con discreción. Desayunó leyendo las noticias y se concentró en realizar correctamente sus tareas. Fue en el horario del almuerzo donde se entablaron debates de diversos tipos. Germán se angustió nuevamente al distinguir la banalidad en el uso de las palabras. Consideró que sus compañeros utilizaban temas externos para convertirlos en disputas personales, buscando una especie de victoria tácita en lugar de intercambiar opiniones ciertas. Percibía en las conversaciones un intenso aire frívolo que lo helaba en lo más profundo, impidiéndole mover su boca para emitir su propio veredicto. Sospechaba que el argumento primario de un debate quedaba olvidado velozmente para convertirse en una sencilla colección de fundamentos. Lo que más lo entristecía era percibir que ambos interlocutores estaban de acuerdo. Ellos no lo notaban mientras buscaban con empeño vencer en una interminable batalla de palabras, la cual tal vez encontraba su origen en íntimos conflictos de carácter cuyos roles no les permitían ceder bajo ninguna circunstancia. Germán relacionaba a las personas que hablaban en forma desmedida con el egoísmo. No con un egoísmo consciente, sino con uno mucho más inocente y algo endeble. En el cual el uso de la palabra se convertía en un trofeo efímero enraizado en la búsqueda de cierta centralización de miradas ajenas donde los débiles podían refugiarse por unos instantes. Le aburrían hondamente las reuniones donde todos hablaban al mismo tiempo. Sentía cierto rechazo por las conversaciones donde quiénes escuchan conservando el silencio lo hacen mientras esperan ansiosamente su turno y se concentran en encontrar el momento adecuado para poder aportar su sentencia. Los días se volvieron pesados en un principio. Pasaban lentamente mientras Germán no emitía ningún sonido. Sus hijos se encontraban completamente confundidos ante aquel nuevo modo de afrontar la vida de su padre aunque todavía no se animaban a comentar nada al respecto. Por otro lado, lo interesante es que no se veía en él ningún tipo de disgusto ni de reproche, sino todo lo contrario. Se lo notaba animoso inmerso en su propio silencio, también cordial, y hasta curiosamente más expresivo que cuando hablaba diariamente. Mientras Germán permanecía sumergido en un cúmulo de sensaciones, no dejaba de meditar sobre lo acertado de su decisión. Lo que más lo preocupaba era la relación con sus hijos. Germán los amaba profundamente y hasta el momento había sido un buen padre. Siempre consideró que era su responsabilidad educarlos de la mejor manera. Debía trasmitirles sus experiencias y dotarlos de las herramientas con las que él contaba para que ellos tal vez puedan encontrar la felicidad algún día. Reflexionó de qué manera debía hacerlo, qué podría enseñarles o decirles para cumplir con su fin. Fue cuando nuevamente su espíritu se vio invadido en forma rotunda. Cayó en la cuenta de que ningún sentido tenía hablar con ellos y explicarles oralmente la forma correcta de proceder en la vida si él no demostraba con hechos que efectivamente creía en esas palabras. No solo les inculcaría actos errados, sino que además se convertiría en un mentiroso. Se educa con el ejemplo, concluyó sabiamente. Al reparar en que ni siquiera sus hijos necesitaban escuchar sus palabras, fue para él una manifestación absoluta e irrevocable en su interior. Decidió entonces dejar de hablar. Se desprendió de las palabras para siempre. Dejó de escuchar las que provenían de los medios de comunicación. Consideró que ninguna de ellas valían la pena cuando estaban manipuladas por diferentes intereses, y que tal vez éstos tenían orígenes algo siniestros. Dejó de escuchar voces ajenas que utilizaban el lenguaje para dañar, hasta que también se desprendió de las que solo eran utilizadas vanamente. Sin embargo, sus restantes años de vida fueron felices. Se sumió intensamente en la búsqueda de la liberación de su propio espíritu sin dejar de realizar sus labores habituales, permaneciendo siempre en silencio. Cumplía sus tareas en el hogar y también en el trabajo, sumando largas horas de meditación, actividad que realizaba en soledad en el viejo altillo de su hogar. Aquel lugar se convirtió en su pequeño escondijo, donde nadie podía entrar a perturbar sus actividades. Éste cambio fue clave. Determinó su personalidad y su actitud frente a los demás. No utilizaba el silencio para incomodar o acusar a los demás por su frívolo uso de la palabra, sino todo lo contrario. No culpaba a nadie de su enraizada creencia y consideraba que simplemente debía comprender al resto con una especie de ternura paternal. Ahora realizaba todas sus actividades con un aire realmente encantador. De solo sentir su presencia la gente se abrazaba a la alegría. Cuando él llegaba al trabajo, se limitaba a esbozar una pequeña sonrisa que al verse tan honesta resultaba imposible no sentirse atrapado por ella y sonreír también. Paradójicamente se convirtió en el confidente ideal de todos sus seres queridos. Germán comprendió que quiénes conservan la decisión de hablar precisan sencillamente receptores dispuestos a oír. Al reflexionar sobre esto casi como una ecuación matemática, consideró que su interpretación del silencio era una especie de don, el cual debía utilizar con los demás de un modo noble. Ante la presencia de quién necesitaba hacer una confesión, Germán se convertía en la persona ideal para destinar sus contrariedades y secretos. Se dedicaba a escuchar con atención sin interrumpir. Entendió en forma madura que cuando alguien desea despojarse de diversas problemáticas, precisa ser el único protagonista del diálogo. Por el contrario a lo que el resto cree, no suponía necesario aportar ninguna palabra de aliento y menos algún consejo. Concluyó en que solo necesitaban su oído, casi como una actividad burdamente física y primitiva. Por otro lado, quienes creían entenderlo en forma aguda eran los que percibían un gran placer ante la presencia del silencio. Jamás se animarían a acompañarlo en ese modo de vida, pero sentían hacia él cierta admiración. Estas personas recibían una hermosa energía que provenía de Germán. Lo llamaban por ejemplo cuando deseaban sentarse con compañía a escuchar atentamente un disco, o ver una película sin que nadie interrumpiera. También se daba el caso de quien solo deseaba observar el fuego en silencio junto a Germán. Lo invitaban entonces a contemplar su belleza y meditar juntos. Continuaba asistiendo a las reuniones con sus amigos muy a gusto. Ya estaba completamente asumido su curioso carácter entre sus pares. Nadie tenía que preocuparse por preguntarle cómo estaba o qué era de su vida, lo cual terminaba por resultar agradable. Para Germán ese momento era trivial. Quiénes no sienten interés hacia él solo lo hacen por una responsabilidad social. Estas preguntas solo tienen sentido cuando son motivadas por el afecto. En estos casos, son acompañadas con una mirada, con algún gesto de ternura, o hasta con una especie de conexión espiritual en la que ambas personas se ven sumergidas. Germán respondía con el mismo cariño, comunicando que el sentimiento era mutuo, y que con él efectivamente no se tenían que preocupar por preguntar cosas que no le interesan. En su hogar cumplía con todas sus obligaciones diariamente, miraba películas con sus hijos y hacía intensamente el amor con su mujer. En la cena escuchaba atentamente las historias y comentarios de todos los integrantes de su familia. Solía asentir en forma amistosa y hasta reía cuando escuchaba las travesuras que sus pequeños niños hacían en la escuela. Todas las noches, antes de despedirse de todos ellos, les acariciaba suavemente la cabeza con una tierna mirada que expresaba el más verdadero cariño. Solo después de este acto, todos podían dormir placenteramente. Germán no necesitaba hablar para conservar su autoridad y protagonismo como hombre de la casa. Por fin, todos pudieron aceptar ésta actitud y convivir en paz con su decisión. Los años pasaron, los hijos se fueron de casa y poco a poco Germán notaba como su cuerpo respondía obedientemente al transcurso del tiempo. Su mujer terminó por incorporar esta condición en su hogar y alcanzó un maravilloso estado de armonía. Se observaron juntos envejecer y no tuvieron que mentirse jamás. Lo único que precisaban uno del otro era abrazarse antes de dormir y percibir que la fuerza aplicada en ese cruce de brazos era la necesaria. De esa manera comunicaban su amor y confirmaban su decisión de pasar el resto de su vida bajo el mismo techo. Fue una noche de invierno cuando lo encontraron inmóvil en su vieja cama momentos después de que su corazón se detuviera. Toda su familia sumida en la congoja organizó el funeral correspondiente e hicieron todas las actividades habituales en éste tipo de eventos. Poco tiempo después comprendieron que su luto había sido suficiente y que debían olvidar la pérdida. Resolvieron despojarse poco a poco de las pertenencias de Germán. Comenzaron por las que estaban más a la vista y así fueron recorriendo el hogar hasta que solo restaba acceder al viejo altillo donde Germán dedicaba largas horas a la meditación. Casi disimuladamente decidieron dirigirse hacia aquel sector y fue allí donde se encontraron con una grandísima sorpresa. Cientos de libros aparecían organizados prolijamente en diferentes estanterías. Justamente su padre, quien se despojó del lenguaje para siempre, quien ni siquiera hablaba, se ocultaba para leer en soledad millones de palabras. Abrieron algunas obras al azar y su asombro creció, quedaron completamente atónitos. Se trataban únicamente de libros repletos de versos y rimas. Continuaron entonces hurgando y no pudieron encontrar ninguno que incluya otro tipo de contenido. Nadie podía comprender lo que estaba sucediendo. ¿Qué significaba aquello?. De pronto ocurrió algo conmovedor. Uno de sus hijos, que investigaba con euforia los diferentes libros, encontró una pila de cuadernos que al parecer estaban escritos por Germán. Soltó un grito ahogado comunicando el hecho y el resto se acercó rápidamente con excitación. Se agruparon para leer las palabras que allí se encontraban, las que no habían sido expresadas a través del habla de su padre en larguísimos años, las que tal vez contengan una respuesta. Las sorpresas no cesaban. Se encontraron con hojas repletas del mismo estilo literario que sus libros. Hallaron un sinfín de estrofas compuestas con mucho trabajo que resultaban particularmente bellas, las cuales no podían dejar de ojear mientras fracasaban también en el intento de contener sus lágrimas. Encontraron por fin su expresión y sus años de silencio se vieron completamente olvidados. Mientras se avocaban a la lectura lograron entender al fin el silencio de su padre. Comprendieron que en verdad no detestaba el lenguaje y sus palabras, sino que las amaba. Por ésta razón solo deseaba observadas vestidas de gala, necesitaba descubrirlas despojadas de los malos usos y de cualquier otro fin ajeno a su propia belleza, y lo más importante, quería utilizar las palabras de la única manera en que se pueden privar de la mentira. Ésta fue la creencia que determinó su vida. Germán solo podía expresarse a través de la verdad en estado puro. Germán solo escribía poesía. En un jardín de armónicas proporciones se celebraba un cumpleaños. Los invitados asistieron con ánimos de agasajo y el anfitrión manifestaba moderadamente su dicha. Mientras se entablaban diversos debates, dos hombres extraños se vieron atraídos inmediatamente al descubrir una asombrosa afinidad en sus pensamientos. El diálogo se desarrollaba naturalmente entre todos los presentes al mismo tiempo que ellos compartían sus conocimientos con entusiasmo. Espontáneamente decidieron apartarse y continuaron intercambiando conceptos. Finalmente acordaron un encuentro privado, donde se imaginaron proponiendo algunos análisis sobre los temas más remotos. La semana posterior se llevó a cabo la cita, la cual resultó agradable en un principio. Ambos reían y se asombraban al encontrar tantas coincidencias en sus ideas. Compartían las mismas percepciones musicales y literarias, lo mismo sucedía cuando debatían sobre valores filosóficos y existenciales. El diálogo avanzaba a una velocidad desmedida. Sumergidos en un mar de excitación, continuaron por confesar intimidades, sus actitudes más retorcidas y algunas perversiones. Lentamente la conversación se tornó extraña. Se vieron prácticamente idénticos, y continuaron por proyectarse mutuamente. De pronto cada uno descubría el potencial y las virtudes ajenas. Podían también apreciar las más íntimas reflexiones, las cuales venían inmediatamente acompañadas por sus propios miedos. En ese instante se concentraron en la más profunda introspección sin ignorar que el otro también lo haría. Se miraron fijamente con pánico. Ambos se examinaban en forma juiciosa y aterradora. Frente a sí mismos hallaban a su peor amenaza. Sin decir una palabra se levantaron conjuntamente. Se miraron a los ojos comprendiendo la situación de manera clara, se dieron la mano con énfasis y jamás volvieron a verse. Lentos son los últimos pasos del león. Arrastra una herida profunda que lo encamina hacia la muerte. Su figura da pena. Le resulta imposible sostener su cabeza, la visión se nubla y sus músculos ceden. Observa a su alrededor descansando en el herbazal. El cielo está gris y no hay luna. Se detiene por un momento como hipnotizado por su último pensamiento. Solo puede distinguir cadáveres. Una gacela agoniza hasta desmayarse junto a un chacal que se descompone hace algunos días. Los restos de un elefante descansan sobre los huesos de algún ave despreciable. Exige una explicación en sus rostros. Las hienas le sonríen mientras se caen torpemente. Un poco más lejos encuentra a los ciervos que lo observan mientras sus ojos se humedecen. Se pregunta qué significa aquello. Busca con sus últimas fuerzas algún león. Desea una mirada de complicidad verdadera justo antes de morir. No la encuentra. Se apodera de él una intensa alteración. Entiende rápidamente que allí no encontraría otro ejemplar de su especie y su sangre comienza a sacudirse violentamente. De pronto esa energía súbita recorre su cuerpo y se siente fuerte. Sus piernas responden y comienzan a moverse. Logra erguirse mientras exhibe con orgullo su imponente físico. En forma ágil retrocede buscando nuevamente aquellos rostros. Se acerca a las hienas y se dirige a ellas con desprecio. Luego recuerda a los ciervos y solo puede sentir lástima. Completamente recuperado entiende que aquellas especies se están encontrando con el momento que les resultaría definitivo. Es entonces cuando tuerce su cuello y observa su propia melena. La encontró brillando como nunca antes, jugando junto a la sabana y el sol del atardecer africano. Casi acompañado por ella comenzó a caminar. Comprendió que ese momento era definitivo, pero no era todavía el momento del león. Un hombre se desvanece en una silla. Reflexiona en una forma tan intensa que comienza a sudar. Sofocado ante la presencia de la verdad final, se incorpora. Es consciente del tiempo y percibe el acercamiento del siguiente paso vital. Con muecas de nerviosismo dirige su mirada a un elemento estático. Lo observa con miedo y le jura que lo seguirá haciendo. No sentirá otra cosa, simplemente fundirá sus pensamientos. Cierra sus ojos y su interior se disipa. Se sumerge en el recorrido de su sangre, la que trae consigo la calma infinita. Su cuerpo no existe, sus fluidos se pierden. Sin saberlo, se siente capaz de cumplir su juramento y descansa placenteramente. Una acción inesperada lo inquieta. Aturdido observa a su alrededor. El escenario lo acusa de convertirse nuevamente en víctima de su propia falta de coraje. El elemento estático estaba allí, también él. Línea de tiempo infinita, tejida por hilos de voz refugian las almas perdidas que aún hoy conservan la razón. La dicha eterna está afligida, en camino y en silencio. Por no leer, escribe su suerte y la de todo el universo. Justiciera sin laureles, de almas desprevenidas. Su hermana gris nos mintió excusando a la misma vida. Poco importa el devenir si el ahora es malcriado por versos tristes y sonetos que dejaron para mi los olvidados. Obsesión y búsqueda de verdades tropiezan con dibujos de razones. Me abrazan las estrategias más frías que pierden en el tiempo sus edades. Escribo preguntas viejas que los dioses y las almas nunca supieron responder. Tal vez los pecados sepan algo al respecto y me lo puedan devolver. En sus cavernas sombrías suelen faltarle el respeto a la coherencia y se atreven a esbozar siniestras teorías que tienen lo mismo de efímeras que de ciertas. Mientras tanto me reencuentro con largas vigilias del venir. El oxígeno y las razones empiezan a hacerme falta y yo, que siempre fui curioso, las vuelvo a escribir. Nadie escucha al lobo es un cachorro perdido por la mañana murió su madre llora bajo un árbol. Cuervos observan sus pasos tiembla el pequeño lobo siente vergüenza de su especie camina con la frente baja. Se detiene por un momento, observa su pelaje y su miedo, se paraliza por completo, las aves dejan de reír. El tiempo ahora es suyo el camino está en su huella apalabró al destino, juró no acusarlo. Su cuerpo no crece, su instinto tampoco, sus ojos cambiaron, ya no es el mismo el lobo. Podría decir de la soledad pero prefiero escucharla. No sea el caso que en la charla me confiese la verdad. Podría también desmerecerla haciendo un juicio de valores, de cuando admito mis errores y cuando ya no quiero verla. Si ésta impronta fue una farsa de poetas sin dinero no merezco nada bueno. Nada más que la esperanza. Hasta aquí el dialogar del desenlace siniestro, cuando me he creído diestro, me he olvidado de escuchar. Se acerca un hombre solo. Sus pasos se oyen rápido y cada vez más cerca. Suenan rítmicos, de tiempo perfecto. Rostros lo observan y lo detestan. Las mujeres hablan de su infidelidad y de que alguna vez les mintió. Las niñas toman el ejemplo de lo que deben evitar. Las ancianas reconocen al hijo que nunca querrían tener. Los hombres gruñen. Desprecian su arrogancia y estilo. Los niños descubren quien los llevó a la miseria. Los ancianos ruegan olvidarlo prontamente. El hombre no evita el encuentro. Se acerca en forma suave y firme. Se toma un momento dando unos pequeños pasos familiares, de tiempo perfecto. Saluda y su sonrisa es única. La plenitud está en su rostro. La seducción original acompañada de empatía verdadera. Las mujeres se debilitan de excitación. Las niñas encuentran su primer amor en el mismo momento. Las ancianas ignoran el tiempo y se sienten jóvenes. Los hombres tienden su mano débilmente, sus ojos se detienen en un punto perdido. Los niños experimentan la admiración inmediata. Los ancianos repasan con congoja su propia vida. El hombre se aleja, no hay nada más para ellos. El silencio se vuelve ensordecedor mientras su figura se hace pequeña. Todavía se observan sus pasos, de tiempo perfecto. El conocimiento ha sido vencido con el aval de quien hace el mal. El elixir del lobo fue sometido en su cueva al más triste final. La expresión sin su propio sol guarda con mesura el secreto de los pobres. Nutridos desde siempre sin el agua que les juraron que les corresponde. Si aún este viaje de ultraje concibe poemas sin uso, llorará el corazón bastardo escondiendo papeles sucios. En el cosmos sobrarán cenizas de un extraño que nació fuego, que nació ya muerto y humillado por palabras mustias como el miedo. Si les gustó, los invito a pasar por mi página de facebook. Gracias. https://www.facebook.com/pages/Tundrario

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